sábado, 13 de junio de 2009

nescit vox- Ezequiel Padilla, 2006




Locación: Biblioteca Nacional Juan Ramón Molina, Tegucigalpa
¿Qué es? -le pregunté a don Eze, y él me respondió: es el conocimiento...


Ezequiel Padilla o la incomunicación del lenguaje

Leticia de Oyuela (RIP)

Desde 1975, Ezequiel Padilla se inició en el camino del arte. La primera vez que lo vi, aún era un joven atolondrado, con la cabeza llena de aquellas ilusiones que van de la búsqueda de la construcción de una sociedad mejor al papel del artista como profeta de su generación. Había terminado su carrera de Ingeniería Civil y miraba con desconfianza su destino en su ejercicio.
Amigo personal del autor Luna, era su compañero en adquirir la experiencia sobre el carácter de los mate¬riales, y la fatiga de los metales, compartiendo exploraciones con barnices y oxidaciones de metal, expe-riencia habida del empirismo directo, de aquella necesidad de entender la plástica como verbo infinito.

De corazón generoso siempre se introdujo en los grupos de alumnos y graduado de Bellas Artes, lleván¬dolo su sueño a la búsqueda del colectivismo pictórico con que arrancó con el grupo taller de La Merced y el esfuerzo divulgativo de los Zots.
Sin embargo, siempre había en él aquella melancolía, aquel profundo pesar, aquella herida en el alma –de su vida personal– que signaba todos los esfuerzos de la pintura en sus lienzos de caballete. El lo comprendía muy bien, decayendo en una angustia comparativa de otras experiencias similares, en los despegues de otras obras creadas en el torno similares del acontecer social.

Así fue como descubrió el círculo negro en que se basó Kandinsky y Max Ernest. "Los Comediantes" de Max Ernest, más fuerte que el de igual título de Picasso, le permitieron, ingresar en el gran camino del dolor colectivo. Abrir su garganta para él expulsar el gran grito, desangrándose en la infinitud, eludiendo la forma personalista y ubicándose –desde luego a espaldas de una estética tradicional, que evadía la belle¬za y sobre todo, el conformismo de sirios y troyanos.


Así fue como se presentó en la sala Leo de Editorial Nuevo Continente, con una primera colección indi¬vidual de 20 lienzos unitarios con el gran tema del "Transporte Colectivo". Marcos Carías Zapata firmó su presentación, enfocándolo a partir de la gloria del cartel, en una doble reivindicación, Toulouse-Lautrec y Ezequiel Padilla, como conclusión de aquellos días de brillante vida intelectual, –no sin cierta nostalgia– reivindicar las técnicas del "afiche" y el cartel, como parte expresiva de la comunicación ciudadana.
Sin embargo, la obra de Ezequiel trascendía más allá de los propósitos del cartel porque iba más bien hacia el camino del graffiti, de reclamo popular.

Deliberadamente Ezequiel se echaba sobre los hombros toda la carga de la incomunicación del pueblo, hacia propio –con el peligro del martirologio- de prestar su voz a los sin voz, a los conformes, a los mudos, a los inexpresivos y como diría Eduardo Bähr, a los valeverguistas, que somos los más.

A raíz de esta exposición Ezequiel, ha sido víctima de su propio y circunstanciado calvario que se fincó en el espacio de la novedad, de la preferida función política, del banderiísmo, hasta del mal gusto y de la inca¬pacidad personal de aquellos que estaban más interesados en la novedad y no en formular sus propias propuestas. Y por otra parte, aquellos que como público nos negamos a ver en la obra pictórica, el espejo delator de nuestra culpabilidad colectiva, los del pecado de la omisión, los áulicos, los del parnaso, los señoritos que aún buscamos en la obra un sentimiento de evasión que sólo permita las representaciones oníricas emanadas de nuestra torre de marfil: los de la intimidad que nos negamos a ver más allá de nues¬tras representaciones personales, refugiándonos como supervivientes de las angustias del sistema.


Mientras tanto, Ezequiel aceptó su destino de vivir sin mercado de arte, ni “marchante”, sin interme- diarios, en una agotadora batalla personal que lo condujo a buscar ese cambio tan soñado y tan lamentado de la sociedad hondureña. Rabiosamente llenaba cientos de cuadernos de notas, con apuntes de sus impre¬siones o imprecaciones cotidianas. Gráficas algunas de ellas, jamás terminadas, se quedaron apenas en el simple boceto, pero que se constituye como testigo más claro y más evidente de esa angustia de vivir.


Sin reciprocidad, raíz de lo solitario. Soledad de compañía quizá la más terrible de las soledades, la infin¬itud del bar, de la cantina, del "acto" cultural, de la fanfarria de las propuestas, de los homenajes en los que no se participa más que con la timidez de la sonrisa y la vaguedad de un esquivo saludo.

Todo esto lo llevó a otear sobre otras colectividades, a ir y ver, a escarbar crítica y escatológicamente otros horizontes: Europa y los Estados Unidos. Y como García Lorca "buscó el río de la soledad y encontró que no había río". Sólo encontró comentarios, críticas, aceptaciones temporales, visiones técnicas y todo aquello impreso en el desgastado lienzo del espíritu del siglo que, en el fondo, no es más que la impresión de la incertidumbre del porvenir y el miedo de sus habitantes.

A pesar de todo ello, Ezequiel sigue siendo pintor, comprometido no sólo por sus circunstancias, con su coyuntura histórica, con su melancolía y con la soledad –que es ahora su compañera y amiga ineluctable, casi inefable–, que se complace en advertir, en pleno olvido del lenguaje, que ya no es propuesta, sino simplemente una forma de advertir el mundo y reflejarla.
En un estado de catarsis casi total, es posible que continúe con sus viejas y queridas manías de integrar el arte con la aspiración popular que es el graffiti. Que se sienta más seguro de sí mismo por su forma de

interpretar y ver el mundo, de aspirar a ese lento proceso humano que se afinca en la transformación y que se desarrolla mediante la evolución, lentísima pero certera, es el camino que tenemos obligación de transi¬tar, más allá de lo vivido, advertido o simplemente intuido, dentro de las posibilidades que nos marcó Pascal en el inicio de los esplendorosos tiempos de la modernidad, que nos enseñó que los hombres son débiles cañas que apenas piensan o como dijo Homero "van y dan vueltas y revueltas, pasan por los camin¬os y los mares para después encontrar los mismos hombres y las mismas casas".



Viento en Popa
Ramón Oquelí (RIP)

El abuelo de Ezequiel Padilla Ayestas era, en 1886, el alcalde de la paceña San Antonio del Norte (antes llamada de Padua, según Carmencita Fiallos, "y sin duda por el fuerte viento que azota este lugar", susti¬tuyeron la referencia italiana por la atmosférica). Don Celestino fue quien comunicó al presidente Luis Bográn que había sido capturado el jefe rebelde Emilio Delgado. Uno de los tíos del pintor fue el abogado Horacio Padilla, mencionado por don Medardo Mejía en una de sus sabrosas narraciones; respetado, pues, y litigante en Guatemala y el último sobreviviente de los diputados hondureños que concluyeron su perío¬do en 1932.


A Ezequiel le precedió en la dedicación artística su hermano Alejandro, cuya prematura muerte fue lamen¬tada por todos los que apreciamos la jovialidad del "choco" Padilla. Ezequiel amplió la tradición familiar, acercándose a personas mayores que pudieron orientarlo en el mar de las letras, otra de sus aficiones. Uno de ellos fue Don Salvador Turcios Parra, fundador de "Repertorio de Honduras", publicación muy esti¬mada a mediados del siglo XX.

Tan hermanado está Ezequiel con la historia que coincide en nombre y apellido con un célebre canciller mexicano. Esta influencia le ha facilitado ser incisivo cronista de las barbaries y esperanza de nuestro tiem¬po, utilizando a la vez pincel y pluma, resaltando lo que ocurre aquí y fuera de aquí. Su rebeldía se inscribe dentro de la más fina estirpe humanista, ajena a toda irreverencia artificiosa.

Su actitud sincera y perspicaz le permite establecer una especie de "complicidad" consensuada con los espe¬ctadores de sus obras y mantenerse fiel a la lealtad escogida. Además de la regularidad con que realiza exposiciones, siempre impactantes, se puede dar otro ejemplo de su constancia: es el permanente ilustrador de la revista "Paraninfo", con cuyos propósitos se identifica.

Pintando la ciudad sitiada o semidestruida, los héroes sacrificados, las fronteras imprecisas, la gracia de niñas o varones, con "formas intrépidas" (Diana Pickett), estallantes, ha aportado nuevas inquietudes y matices a la espléndida aventura iniciada hace muchas décadas por Pablo Zelaya Sierra, Confucio Montes de Oca y Max Euceda. La pintura hondureña actual sigue viento en popa, a pleno color, dentro del pano-rama general sombrío.


(Ambos textos pertenecen a Mano de Obra, edición-homenaje que Evaristo López realizara hace algun tiempo)






1 comentario:

Buzón de Rodriguedades dijo...

Excelentes aportes, Fabricio. Gracias.