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martes, 24 de mayo de 2016

Comic con Puerto Rico 2016, la subversión del Avatar


Mi primer voto fuera de Honduras lo vine a depositar a Puerto Rico, dos semanas antes de las elecciones primarias del 7 de junio. Y lo hice por la fantasía.

Voté por Lady Thor y por Lady Loki, números de inscripción 255 y 256, respectivamente. Lugar: Centro de Convenciones. El mediodía no tenía nada que ver con el Walhalla eternamente nórdico pero sí con su aspecto resplandeciente. Los héroes y heroínas iban bajando sumisos al orden que les imponían los de seguridad, esperaban con paciencia en las enormes filas y se dejaban registrar por detectores que buscaban kriptonita o rayos de amperaje excesivo. De alguna forma me las arreglé para guiar la cuadriga invisible con la cámara en una mano, yo, el que iba disfrazado de cíclope. Estaba entrando al Comic con Puerto Rico 2016 y lo que miraba era de niveles gigantes y de una vibración fuera de este mundo, quizá no como debe ser el gran Comic con San Diego pero sí con la misma voluntariosa decisión de subvertir la realidad.
Centro de Convenciones.








Me sentía indefenso pero tenía a decenas de super héroes a mano una vez que ya no pudiera más. Un zombie me dio paso cerca de taquilla, de manera muy educada, debo admitir. Lord Sith me permitió una broma y un demonio de Silent Hill tuvo paciencia para que yo regulara la luz de mi cámara y disparara. Con su cabeza triangular me dijo adiós antes de poner su enorme espada al hombro y seguir su camino hacia el reino del tormento. La estridencia de los monitores y los concursos de baile en video juegos llenaban el lugar. Las inmensas pantallas obligaban a tenerles reverencia hasta que un animé cualquiera llegaba con su tropa demente y poderosa a llamar la atención. ¿No había realidad o yo no era parte de esa realidad? Al menos me puse la camiseta de Flash, me dije, de lo contrario hubiera parecido un inspector de salud mental enviado por no sé qué instituto maligno del Estado. Todo lo que los cines distribuyen cada mes y cada temporada de secuelas, pre secuelas y estrenos estaba ahí tan normal como un día de campo.







El diseño va funcionando, me repetía en cada stand que observaba, the big vacuum cleaner* está haciendo su trabajo de vaciamiento y absorción muy pero muy bien. La alteración del tiempo real en su mejor expresión virtual, sin codificación moral para ciudadanías retros, sin ningún control ético para el cuidado de memorias dolorosas. Todo aquello que ha logrado dar consuelo a la vieja humanidad de plegarias ahora ofrece plegarias mutantes para atorrantes,  pero cool, semi dioses. Ninguna posición política aparente, pero todo, absolutamente todo políticamente sistémico… aunque divertido. Tan divertido que el US Army tenía su propio stand donde -of course- la emoción se volvía una auténtica multitud que deseaba tocar los juguetitos que siempre acompañan a toda película de Marvel o DC. Porque no hay película de acción sin que el equipo del US Army se muestre incapaz de contener a los mutantes o monstruos, pero en un juego de manos de la vida y según una óptica infalible, resulta ser que sí son efectivos para contener y destripar a los monstruos más cercanos y probables: los seres humanos de otros lejanos países. Esos humanos con los cuales se practica tiro al blanco desde drones o Apaches, pero que en las miras y en los filtros del radar y los monitores de comando se convierten en simples puntajes, en zombies y mutaciones anormales de la política internacional, precisamente.


Me sorprendí cuando sentí hambre. No pensé que en un mundo así pegara el hambre más desesperada. En el food court ya nos esperaba un Spiderman que, solícito, nos señaló la pizza en promoción. Frente a nosotros, un espacio asignado para combates de paint ball tenía en refriega a dos grupos de muchachos. Un Pikachoo ametrallaba a un Guasón que pedía refuerzos y municiones a un Samurai X. Pregunté cuándo darían los resultados de las votaciones y me dijeron que en algún momento de esa tarde. En realidad, no importaba mucho. El asunto pasaba más por la diversión y el despliegue de los avatares múltiples que cada quien pudiera tener. No daba estatus ni perdonaba deudas, pero ayudaba a olvidar a la generación más joven y fresca que he visto hasta ahora. Si algo se decide, entonces los semidioses, los villanos, los héroes y anti héroes lo decidirán.





*La Gran Aspiradora

lunes, 9 de julio de 2012

Raviber - McDonald






RAVIBER

Caminaba yo sin esperanza ni rumbos en la vida una
madrugada de diciembre en 1983, desahuciado por el frio que apuñalaba toda mi existencia, entonces me senté en una banca del parque Central de Tegucigalpa.

El viento era una caballo decía Neruda y esa noche se desbocaba por los cerros de plata y solo un par de ánimas caminaban dando tumbos cuando salían del bar Brik Brak, que nunca cerraba en la plena peatonal enchapada de huellas borradas ya por el olvido fugaz del siglo pasado.

Yo miraba con los ojitos tristes y enroscado en la banca gris, como si esa cosa de cemento fuera mi única ilusión. Y miraba esa callecita peatonal de luces amarillas y entonces vi hacia la pared de bazar Buenos Aires, esa inmensa pared y descubrí la caricatura más grande que se ha hecho en Honduras, la más monumental caricatura.

Dibujada por un tal Raviber: Era una mano que botaba un papel en un basurero y decía la basura en su lugar.

Me pareció sublime esa enorme mano caricaturizada en blanco y negro y soñé esa madrugada ya sin importarme el frio; con ser el mejor caricaturista del mundo.

Pasaron los años, la vida, todo pasó y el mundo fue otro y en una nueva madrugada yo desperté en San Pedro Sula, ya era 1987 y yo era ya el caricaturista editorial de diario La Prensa; las ventanas del apartamento donde vivía en la colonia Fesitranh se abrían de par en par y el viento era el mismo caballo de Neruda, el sopor era un hervidero de vientos helados que sucumbían al insoportable calor de ese año. Me levanté y vi el cielo, todo parecía un desierto de estrellas echadas como quien ve una marabunta volando en el infinito. Cerré las ventanas y ya no dormí, sino que me puse a dibujar cosas y me acordé de aquella inmensa caricatura del Dr. Ramón Villeda Bermúdez.

Raviber entonces era el caricaturista oficial de diario El Heraldo, donde también dibujaba un muchacho en aquel tiempo, llamado Darío Banegas. Pero Raviber tenía ya muchos años de estar allí y era el maestro para todos nosotros.

Su caricatura era una guía política, un maestro del trazo, ningún otro caricaturista fue capaz de destornillar los duros muñones de los movimientos gráficos como Raviber. Solo él fue capaz de hacer una caricatura totalmente deforme y brutalmente parecido al personaje.

Lo conocí el mismo año de 1987, en octubre en diario La Prensa, él era precandidato presidencial y escribía los editoriales del diario, lo vi subir unas gradas con su sonrisa retorcida en la bondad, su pelo de canas breves en el afán de resistir las épocas que volaban como un pajarito en el pecho rojo del hombre. Se me acercó y me abrazó, como un padre que ve su hijo huérfano, con su voz adormecida en el tiempo sonoro de las películas en blanco y negro; me dijo que no firmara tan grande mis dibujos. – Ponga su firma en donde haya mas espacios blancos – y yo lo miraba como si con los ojos se escuchara mejor sus palabras y anotaba en mi memoria cada detalle, él me pedía una página blanca y me dibujaba, acá esta su nombre en sus rostro de niño decía... Y lo miraba irse con su chumpita beige con un forro en rojo cuadriculado, como un maletín de viajero triste.

El maestro Raviber nunca lo volví a ver en San Pedro Sula.
En el 2002 me lo encontré en la librería Metromedia de Tegucigalpa en la presentación de un libro mio de caricaturas políticas, se me acercó y de nuevo compartimos, yo ya no era el niño aquel que abrazó como un huérfano, y ahora más bien parecía que el huérfano era el día que estaba ya por irse, y él con una copa de vino me decía - lo que me gusta de su caricatura es que se ve como si fuera un relámpago de tinta, hay que tener una mente veloz para saber que quiere decir- yo me reí y le pregunté – ¿que quiere decir doctor? - y nos reímos los dos, y me habló de sus estudios de caricatura en Bélgica en los años 60, y que terminó por ser médico de perros y gatos. – mi sueño era ser caricaturista de verdad, y no como ahora que publico de vez en cuando, decía. - Tiene suerte doctor, estar dibujando todos los días, es peor que estar frente a un perro y descubrir que no es eterno – le decía. Y él pensando sabia que era cierto…

Expusimos varias veces nuestro trabajo juntos y con los demás compañeros. Hablamos en universidades muchas veces sobre este arte tan difícil en tiempos que nadie entiende el humor.

El miércoles 20 de junio, Darío Banegas me llamó horrorizado por la muerte de Raviber, que unos minutos antes se había dejado a la mano azul de la muerte. Abandonó sus lápices y se fue Raviber.

Fuimos un grupo de caricaturistas a su funeral en medio de un círculo fulminante de ricos y encaprichados hombres y mujeres de la real sociedad, versados artesanos en golpes de Estado, entre la burguesía y las luces doradas del lujo estaba el hombre amortajado bajo la bandera nacional.

Napoleón Ham recordaba con sus palabras a Raviber y decía que siempre era un placer de maestros platicar con él, Banegas evocaba la tarde en que coincidió con él en las páginas del Heraldo. Y yo no decía más nada, y pensaba en la enorme caricatura de la peatonal, y en los tiempos frescos del golpe de Estado, donde el apoyó y alimentó su imaginación con caricaturas a favor del Gorilato, que el mismo con su familia, décadas atrás había sufrido. Pero había respeto entre nuestras ideas, y esa noche de vela compartimos el recuerdo con sus hermanos y amigos, salvando las distancias del garrote, dábamos el pésame del dolor que se impone ante cualquier ideología y condición.

Estar en un ataúd encerrado para siempre es la más grande tragedia de un humorista en este mundo.

Nos despedimos de él. Le entregamos una corana de rosas recientes, con una caricatura sembrada entre sus hojas y nos fuimos de esa sala gris.


La madrugada era una mancha de tinta y la caricatura del mundo aun estaba allí.


Saludos atentos.
Allan Mcdonald

ALLAN MCDONALD web

jueves, 24 de noviembre de 2011

jueves, 11 de agosto de 2011

jueves, 11 de marzo de 2010

Chile



Allan McDonald, caricaturista hondureño.

viernes, 29 de enero de 2010

Allan McDonald: Las calles sin Manuel

Detrás de una cinta de seda bordada con manos esclavas yace el traje oscuro del nuevo presidente de Honduras, don Porfirio, un hombre de cerro abierto al igual que don Manuel Zelaya.

La televisión local a destajo soltó las imagines del circo en vivo, del traspaso presidencial de la ultima pantomima de la democracia estilo Honduras.

Solo dos presidentes vinieron de visita de los 256 que tiene el mundo.

Ricardo Martinelli de Panamá, un velón del imperio, arrastrado con ansias de ser el satélite de EE.UU. Y el presidente de la república de China (Taiwán)

Ma Ying-jeou que ni idea tiene que idioma se habla en Honduras y para qué sirven los garrotes que se usan en un golpe de Estado, porque allá en su país se usan para hacer palillos chinos.

Detrás de todo este teatro carísimo y malo, están las calles, abandonadas, aunque por ella caminen 350 mil almas de rojo y negro, con la dignidad en las espaldas y en la vida, gritando, aclamando al presidente del pueblo: Manuel Zelaya.

Pese a esto, las calles están vacías, sin Manuel Zelaya, ningún viento pasa por la ciudad, ni ese aliento helado que en las noches verdeolivo se congelaba en las afueras de la embajada de Brasil, donde el hombre estaba secuestrado, rehén de gorilas enfundados en un caparazón servil de burgueses horrorizados por el pueblo.

Zelaya se fue en un avión con su sombrero, su mujer, su hija y su nieta que caminaba triste con un vestidito rojo, volándole como un pájaro herido en medio de este pálido azul que es la patria que dejan.

Mel solo dijo 7 letras: “volveré”…

Eso fue todo, no había más palabras; eso lo encerraba todo, allí en esas 7 letras estaban la utopía y los sueños, la esperanza y la lucha, la dignidad y la masa, la fe y la locura, la razón y la lágrima.

El avión voló junto al presidente Leonel Fernández de República Dominicana, solo se vio la sombra en lo alto del cielo ya oscuro por los últimos adioses de la muchedumbre chusma que abajo lanzaban besos y abrazos para el hombre que dio todo por ellos.

Detrás de eso, las calles es un desierto, vacío, sin gorilas y sin nostalgias, sin fantasías y sin humo, sin retenes y sin cobardes trincheras, abandonadas esas calles por donde franqueó el paso redoblado de los fantasmas verduscos. Cruzar por esas aceras donde los compañeros dieron la batalla envuelta en pañuelos rojos y banderas blancas, solo los grafitis quedan en las paredes con un “te amo patria” y una beso marcado en la pared de la embajada brasileña para un amor perdido.

Las calles no son, ni serán nunca iguales sin Manuel, sin la lucha que el abanderó, sin la fuerza que el dio, sin las palabras que el lanzó como un barrilete místico, sin Manuel las calles de Honduras son huellas frescas en el asfalto, nada camina, nada anda, solo los pasos perdidos de una anciana buscando entre la basura los escombros de la democracia.