Solares, 2004


Solares
















Fabricio Estrada












Jamás los días fueron tan fugaces como en nuestra época y jamás el ser humano tuvo tantas cosas que ver sin ser parte de ellas. Simples testigos de una claridad permanente, despertamos y nos adormecemos en medio de alucinantes desiertos, la imaginación va ciega y el lazarillo de la intuición decidió abandonarnos.
La poesía, sol de siempre, está siendo convertida en esa luna a la cual Cocteau llamó “sol de las estatuas”.

Rodeado por su tiempo, el poeta, solómetro, reloj que marca las horas con su sombra, está obligado a recordar, con suma urgencia, las vivencias que la moda y los avances tecnológicos le van borrando inexorablemente.





























A Ezequiel Padilla y Guillermo Díaz,
por la risa cómplice







































“Tierras de sol y no podéis ver de frente al sol, tierra de hombres y no podéis ver de frente al hombre”. (Yorgos Seferis)













“Poseemos el conocimiento sin la sabiduría, la comodidad sin la seguridad, la creencia sin fe…esta es la era del cambio y el riesgo; la gran deriva ha comenzado”. (H. Miller – El Tiempo de los Asesinos)













“El hombre es un animal…ha cometido una traición contra la animalidad. No ha conseguido convertirse en ángel y ha perdido la beatitud inocente de la bestia. Por esto ha quedado suspendido en medio del aire, torturado, angustiado, enfermo, turbado y no satisfecho”. (G. Papini – Gog)











El Orto





























                                                                “Cerremos también nuestro destino
como ese sol, allí entre las alturas.
Vamos ascendiendo y al final
despedacemos los límites del mundo,
como él, con rosas encendidas”.
(N. Vretakos)
Hijo del sol

No fui llamado
para oscurecer razones.
Mi mano es de papel
y sin embargo, nada la incendia
ni contrae su puño en ceniza.
Asumidos los hechos
puedo salir sin perderme.
Aseguro que soy un sol caído en desgracia,
es mi paso quien abrasa
y obliga a inclinar el rostro
a los girasoles.
Con semejante ardor
es poco lo que debo decir:
mi buena nueva se esparce
allí donde los gallos despiertan
cantando
su pagana canción solar.
























Cuando el río suena.

Yo escuché cuando venías, piedra,
en el tumulto del invierno
tronaste bajo el río, piedra,
piloto de las hondas, martillo de los pobres,
benjamín de las armas,
corazón del rayo
incrustado en los ocotes.

Yo escuché cuando rompías, piedra,
la cerámica de las frentes,
el espejo de los pechos,
te arrimaste magnética a mis manos
y a tumbos me pediste la fuerza, piedra,
para describir parábolas en los ojos,
amenazas en los tímpanos,
murmullo fantasmal en las arenas.

Yo te vi saltar en Jericó
de tu prisión en la muralla,
impávida, del teocalli
a tu nuevo disfraz de catedral.
y yo escuché cuando venías
aprestándome al golpe,
al retumbo de tu canto, piedra,
corona de basalto,
collar de grava,
perla escondida
en la ostra de mi mano.













Una vela de oscuridad.

Por estos días
he convencido a mi sombra
para servirme de lazarillo.

Tanta luz es propicia,
el resplandor de muchos ojos
viéndome pasar a tientas,
el sol reflejado en anillos y cadenas
que detienen,
que sujetan el alma
y aprietan hasta sangrar los sueños.
Esta es la época del insecto,
el regreso a la danza
en torno a fogatas,
la lentejuela seductora,
la época de los iluminados.

Voy pasando entre luces
con una vela de oscuridad en las manos,
como alma en pena entre vivos,
ráfaga del humo negro en los incendios,
nube oscura, eléctrica, punzante,
bastón sensible del tiempo,
carbón destinado a no volverse nunca
diamante ni espejo.
















El lenguaje verdadero.

De esos días en que me levanto
y despliego el velamen pulmonar
y ardo de una fiebre redonda
y el sol abre la puerta
y achica los ojos
al no poder verme a la cara,
y los planetas todos, a una sola voz,
cantando estridentes en los patios,
despertando a los ríos
que habían quedado
a medio camino del mar.

De esos días
en que todo me induce al abrazo
e intuyo que vos, allá, en tu canto
me incluís en la vida
me hacés ser la vida
y las alas del ángel en que no creo
y las promesas más audaces
que ambos renegamos.

De esos días son los que hablo,
cuando tu nombre irrumpe
en medio de cualquier palabra
que a todos pronuncio.
















El enésimo día.

Finjo demencia,
cansancio.
Hago una vida quieta
llena de puntos de partida y retorno.
Amago a los pájaros
que se divierten en los cables
y de paso, conjuro al cielo
cuando llueve o asolea.
si debo llorar
aprovecho el almuerzo
entre doce y una, como Dios manda,
luego sonrío
y voy flameante por los pasillos,
pródigo en consejos
y hablando del clima
que siempre puede estar mejor o peor.

Cuando entro a casa
el mundo a mis espaldas
vuelve a ser de piedra
y, ante el sillón, las noticias exageran
- ¡las heridas de ese niño son imposibles! –
y las películas son perfectas
para darle un buen pretexto al sueño.

Finjo que duermo:
el insomnio debería
ser un título para estreno.













El vuelo de las teas.

Ahora vengo y les hablo.
Mi cuerpo sobra pues
no se ha dado a entender.

Lo que mi frente decía
es que el mundo tiene
la vastedad de los sueños
y que en él se puede andar jubiloso
sin temor al ocaso.
En un vuelo de teas
el pensamiento debe buscar
el pasto seco del silencio
y hacerlo crepitar
con voces ardientes
que lleguen a confundir al mismísimo sol.

De nada sirven
los golpes en el pecho,
su eco portentoso y vacío
nos ha creado heridas
y redobles siniestros
para hombres que jugaron
con el amor de batalla
y el odio mármol esculpido en los ojos.

De aquí provenía el destello,
el lenguaje de fuego
que intentaba mi cuerpo,
las manos crispadas, las bondadosas
y el confuso orgullo
de mantener en pie mi frente
cuando todo a mi alrededor
por multitudes caía.








Phatos.

“Yo viví esas odiseas hace ya tanto tiempo
y guardo conmigo un relámpago como recuerdo”
(Pedro Antonio Valdez)

Al principio somos la idea,
las sombras que presienten las formas,
las formas que son las ideas
y éstas, flotando sobre las sombras.
Nada está escrito
somos resplandores o abismos,
voces en busca de labios,
flechas en busca de talones
para iniciar el derrumbe,
el prolongado grito,
la sangre como hiedra
desbordando las venas.
Luego comienza todo:
las muchedumbres en las plazas, somos,
palabras cortadas y exhibidas
con los ojos aún abiertos
boqueando sílabas, besos lejanos, negaciones,
cicutas que brindan el último sueño,
la visión del fotón y el cohete,
el impulso de transformarnos en metal
creyendo que todo es nuevo
y que el espacio y sus mundos
no son ni el cuerpo ni el sueño.















La eternidad es un largo aburrimiento.

El inmortal corre peligro. Se aburre. Rotos los sellos no hay secretos en el mundo.
Las sorpresas terminan, la vida se muestra igual como era en el principio: apenas unos cuantos grados cayó el sol en el firmamento y ya la luna vuelve con pompas y viejos rituales a reclamar un cielo vacío y emprender de nuevo la última persecución a las estrellas.

Pocas cosas llaman su atención: un niño transparente que mira el cielo y luego sonríe, la ruptura del cascarón terrestre y el nacimiento atolondrado de la criatura espacial, el posterior olvido, el lejano punto en que se irá convirtiendo el planeta, sus más orgullosas montañas, los verticales ríos que hacen del valle un mar e inundan el oscuro recinto donde yace el fugaz despojo del hombre.

Mientras tanto, oscurece. El inmortal sueña la muerte. Un escalofrío lo obliga a encender la fogata del televisor.

























Fogatas en los espejos.

Porque tal vez nada, hermano,
nada de lo que hablamos sea absoluto
o cierto,
o a medias una esperanza
o una bandera irrisoria.
Porque tal vez partimos
y siempre regresamos
de un viaje que apenas dura
la historia de un bosquejo,
porque tal vez ya es tarde
y apresurados, quebramos bombillas
para forzar al sueño
o armamos fogatas con los espejos
o simplemente en nada
vamos gastando las palabras,
entera la esperanza,
perfecta
la nostalgia.























A caminarte vine, Cuscatlán.

A caminarte vine, Cuscatlán,
con agujas de pino para unirte
y ubicar el norte inexistente
de tu brújula insólita.

Pobre razón la mía,
agreste montañés que invoca
el recuerdo de Guazapa bajo fuego,
al indio Aquino que no quiere,
que no se rendirá
entre sus cuatro piedras de imperio.
A caminarte vine, Cuscatlán,
y ya no hay paso,
y ya no hay tierra que andar
y no hay medida para estrecharte
ni mayor sangre para hundir mis huellas.
Todo lo derramaste en tu copa insuficiente
cáliz de Ilopango
cáliz Soyapango
cáliz de los treinta y dos mil en un día,
aleja de mí este nombre
que a nadie salva y que sólo alcanza
para hacerte pequeño el corazón
al menor intento
de salvarte en el recuerdo.
















Y si el país es todo un nombre.

Vengan hombres del Patuca
orfebres del sueño,
vengan a tomar por la cintura
a las hembras tímidas del Coyocutena.
Levántense brazos de Utila,
crucen a nado
el pecho hirviente del Goascorán.

Ahora la tierra es vasta
en Jamastrán del surco,
ahora en Boquerón del ciervo
faro Caxinas
y espejo gigante de la Caratasca.
Vengan lluvias lejanas del Mocorón
a engrosar los cauces y a besar convulsas
las tierras bajas del Aguán.
Tremendo poder infinito
¡hombres de poca fe y de mucha tierra!
en Teupasenti la dulzura
y en Colomoncagua el grito de guerra…
Son nombres y un país,
conjuros de lengua muerta
¡y qué importa
si cantando Sensenti ya es un poema!

















La espina.

Defiendo esta rosa
con mi espina dorsal.

Te defiendo, poesía
porque así me pariste,
a capa y espada de las hienas
fuiste
la luminosa cueva de mi sombra
la correcta manía
de aplastar entre uñas la muerte.

No me extraviaste, virgen en celo,
aun y cuando la ventisca del silencio
arrebatábame el velo
que te hacía misterio y agonía,
danza lujuriosa de monedas baratas.
Y es aquí donde me ofrezco,
encarnando el papel
que mejor te escriba y soporte,
traslucido ciego
fusta y piel para que llorés sin pena,
para que rías
cuando desato el vacío
del nudo humano.

En tu templo de paja
fuego endiosado soy,
y me bendigo
en la terrible certeza
de ser tu tiempo y de ser nada a la vez.











Tríptico a Edgardo.

I

De este octubre, el cielo:
vela desplegándose,
caracol sonoro e íntimo
que se lleva al oído en busca de la canción primera.
Mar desierto, dormido
mar amares
donde nadan de espalda las nubes.

No hay sol tan solo
como éste que afronta y refleja,
papalote traslucido
cyan perfecto, sin rincones
donde los ángeles amantes
oculten con miedo sus ardores.
Octubre espiral única,
viento en cilindro que asciende
que me enrolla formándome
abriéndome espacios para crecer
fuera de mí como bandera,
asta de huesos y murmullos
mirada
globular yunta de bueyes transparentes,
delgadez,
tiempo que se puede atravesar
y recuperar lo perdido.

II

Hoy cambia el día su rostro intacto.
Corvas raíces crecen
en las sienes de los hombres.
mastico el bocado
mientras dejo que lluevan las horas.

Engullo.

Soy la montaña que tritura
al horizonte y sus nubes.
dos compases caen sobre la mesa y el vaso,
amargo el silencio
endulzo su grano con palabras,
con los ojos girando
hasta llegar al centro, callando
en medio del remolino plato.

Ahí te escondés
tristeza torva y perseguida,
yo te miro de cuando en cuando como hélice,
ventilador que ya entregó su último aliento,
uno más entre sillas y cubiertos
cocinas bufetes
secretos
y monedas e cambio.

III

Mascan máscaras muecas,
una y otra vez, huecas.
Las calles nos aclaran la vida,
la lluvia nos limpia y expulsa
por desagües hacia el mar.
Pero siempre
el gesto animal que se revela,
la quijada que mata al hambre,
alambres por nervios
que nos sostienen en pie y haciendo fila,
interminable el tiempo perdido
pero no buscamos
pero no rompemos
este ciclo de ruinas radiales.

Lets dance the fox trot!

desbordantes y aceitosas lágrimas,
sangre incolora
desnuda e impúdica
para escandalizar felices.





Si la esperanza toca a mi puerta.

¿Cuánto más
de esta escritura débil e imperceptible?
¿Cuánto más
del vuelo que regresa
cansado de las mismas alas
y del fogonazo a muerte que confunde?
Blanca danza de las palomas,
terminá de llegar y explicame
los por qués, los cuándos
los cómo aparece la esperanza intacta,
mágica, bienhechora.

¿Acaso es cierto
que abriendo agujeros en el cielo
sorprenderemos a Dios
poniéndose la máscara,
qué azotando al mar con una red
derribaremos carontes
y descubriremos peces de vida
sin múltiplos que sacíen
ni carbones que repitan sus figuras
como estandarte?

Si jamás se nos explican
las humillaciones, las burlas,
si jamás se nos dice
quiénes son los que manipulan
las expresiones del odio en la tierra

¡al diablo entonces con la esperanza!











La fiebre del día.

No hay necesidad que amanezca
para aclarar las cosas.
Hoy me he puesto la camisa más blanca
y mis ojos más incendiarios.

No habrá rincón que se resista,
como a herejes que han leído las sombras
iré persiguiendo,
lamiendo la fiebre del día
desde los pies que suben
y marchan hasta mi cabeza.

Aquí están mis brazos
extendidos y trémulos:
tomen el pulso y llévenlo
pues el magma de la sangre
está explotando
en mi volcánico pecho.























El llamado.

¡Vámonos pues al Gorongoro!

Huyamos de la estepa diaria,
quitémonos el dócil disfraz
y hagamos correr la sangre
rumorosa de ríos bravos.
Vámonos tras la vida con fiera ternura,
sin el pronóstico de morir jóvenes
enjutos y apagados.

Vámonos en busca del manantial y la lluvia,
del verano en manadas
y de la estampida de los sueños.
Esta sonrisa crece a dentelladas,
puesta en el lomo de las presas
corre, vuela como un buitre saciado.

Vámonos pues
de prisa,
llenemos de pura brisa
el cráter prohibido del Gorongoro.




















El Cenit




























“Soy hija de mi época
pero no por obligación.
Hace un par de años
vi dos soles
y anteayer, un pingüino
con meridiana claridad.”

(W. Szymborska)



La danza de los papagayos.

Despertá de una buena vez,
los papagayos pueblan el techo
y el mundo gira perfecto en su rosca.
Un clic ha suplantado a la trompeta,
del cielo vienen cayendo
calcinados los dioses.

El gong de las doce
nos divide en blanco y negro,
oscuros e iluminados
menguantes y crecientes
somos testigos
acusadores, víctimas,
coreógrafos de una muerte ensayada día a día,
sedientos del aplauso
que precede al fracaso.

























Manual de Ícaro.

Una flor corresponde
a una palmera que se incendia,
al costillar de un bote
hecho ceniza en la arena.
Una vocal corresponde
al tronar en la tormenta,
al silencio que se escapa
como olas de la arena.

Pulmón y vela corresponden,
costilla y fuselaje corresponden,
dedos pianos dientes corresponden,
ojos y sueños corresponden.

Un ser humano, corresponde,
al par de alas que se cuelga,
camisa vieja en la perchera
salto al sol
deslumbramiento,
ahogado y mar sobre la arena.





















Teoría última sobre el poema
(Fragmento de la Nacional Geographic)

Todo comenzó por una esponja,
animalejo de mar
tímido rey de las especies.

Luego aparecieron las alas
y flotó majestuoso el absurdo sobre las aguas.
aún no éramos el verbo
pues apenas, sustantivos,
nos deleitábamos creciendo
faltos de gramática y de la pose respectiva.

“Esponja serás
-tronó una voz sobre la tierra –
te multiplicarás en sueños
y aunque te salgan patas, amés y seás odiado
no dejarás de absorber
todo lo que frente a vos
vaya siendo creado.”

Y entonces, feliz creció la mano,
se adaptó al lápiz
y señoreó sobre las palabras,
nomenclatura del cosmos,
exoesqueleto del alma.

Y atardeció y amaneció,
fue el día primero
y vio Dios que esto era bueno,
bastante bueno,



demasiado.







Canzone Fellini.

Ay de los hiperbóreos gatos
del ambarino Vístula,
ay de los gatos del Shangai Lá
omniásticos y videntes.

Ay de los gatos de Karnak
guardianes e intérpretes,
sombras prudentes del ronroneo fúnebre.
Ay de los gatos equilibristas
ahogados en el Yang Tsé
y aparecidos intactos en Nazca y Titicaca.
Ay de los gatos del Jordán
que no ayudan al trasiego como los perros
y prefieren esperar en la otra orilla
con su garra hipócrita.

Ay del gato inmolado en todo barrio,
mártir de Salem
y amuleto para impacientes.
Ay
de los gatos todos,
escuadras sigilosas, falanges indomables,
herederos de un mundo
que se irá de cabeza, mientras ellos
parcos y serenos
caerán siempre
de pie.














Pavlov tenía perros.

Los perros de Pavlov
aman el sol y odian la luna,
en ese orden.
Sueñan que saltan eléctricas esferas
y que van tras las nubes
mordisqueando lluvias.

Si Pavlov grita guerra
ellos ladran guerra,
si Pavlov mata
ellos entierran los huesos.

Los cachorros de Pavlov
tienen ancestros comunes;
“el lobo es el hombre del lobo,
-repiten-
la mañana es blanca y la noche negra,
si lo quieres a color…sueña!”

Pavlov tenia perros
y los golpeaba,
andaban en dos patas, se hacían los muertos,
casi te hablaban.
y te quedaban viendo, tan lejanos,
que sus colas frenéticas y andariegas
eran, a lo sumo,
una audaz y muy discreta
súplica de auxilio.













Cuando el rojo se detiene.

En esta esquina, el peón,
y en esta otra, la torre.

Salto como un caballo al centro de la pista,
me niego al juego
a costa de volverme humano y atropellable.
Con un pase de pecho
evito la corneada del último auto
y siguiendo el ritmo, giro
en un torbellino de risa
que apaga y destroza pancartas.

Una sonrisa en la nuca me salva,
espanta puñales.

Semáforo en rojo y palpito,
detengo por breves segundos
la muerte en los cristales,
la próxima estocada del mundo
que resopla
y se me viene encima.




















Del buen gusto per natura.

Supongo (y esto se nota, es cierto)
que para ser feliz
hay que tener mal gusto,
cautivar al amor con lenguaje de plata
y canciones terribles
de lo eterno y sus fantasmas.

¡Imaginadlo!

Palidez en las tardes,
perfecta oscuridad en los trajes,
garbo, pues, luna de tocador
cajita musical con bailarina y todo.

Pero hay más
¡oh dioses de la impotencia!
toda una vida
todas las flores confundidas en cifras,
lentes por ojos y amores por odios.

Hay que tener buen gusto, señores,
el porte de los búfalos
la precocidad en los gorriones.

¿Quién no ama el fuego de los tigres
aún sabiéndose pasto del engaño?

¡Animales!, señores, ¡sin rencores ni temores!

Simples criaturas sonrientes
presas de una estética más pura,
volátil, simiesca.
infelices, pues,
displicentes.







Daniel sueña y se confunde.

Nabucodonosor lleva en su barba
viejos anzuelos,
tirabuzones para nuevas champañas,
corchos finos que lo infectan
y hacen pasar graves vergüenzas.

Pero es un rey de pies a cabeza,
funestas profecías penden sobre él
y tiene en la manga –escondidos-
jardines colgantes donde sueña colgar
a quien se atreva a señalarle sus piernas de barro.
Gusta retratarse como un toro,
y caminar de perfil entre la gente.
Incisivo, pulcro,
amo de los signos triangulares:
Nabucodonosor, luz del desierto,
sonrisa ambigua y divina,
Señor de los cuatro confines
de su celda.






















Fígaro duerme en la encrucijada.

Se entra a una barbería
para olvidarse,
abandonarse a las manos frías
y al filo preciso de la tarde.
Dejar pasar, para ver
lluvias negras y blancos signos
atrás del párpado en reposo.

A veces las ideas
van en la punta de los cabellos
marcando un peso monstruoso
y llenando el día de palabras y palabras…
Es urgente olvidarlas,
podar de vez en cuando sus furias
y entregarse, luego, sumiso,
y sin ninguna armadura,
a la espada sedienta de gloria
que toda simple tijera
enfrenta en sus sueños
como una encrucijada.























La incertidumbre.

La gota inversa que absorbe
el océano sobre mi cabeza,
las tres dimensiones de una línea
la pared que no divide
la noche en que se cuaja la vida.
Las huellas de mis manos al caminar,
el insulto que satisface,
el pulcro teorema de un golpe en el rostro.

El agua que brinda la sed,
la mañana en que se anuncia el fin del día,
el comienzo de la fiesta
y el extraño canto de los gorilas.
el poder por el poder,
no cambiar nada…pero el poder.
la firma que sella el espejismo,
el saco roto del muerto
la mortal corbata
donde cuelga el desesperado.

El pie con que pega patadas la serpiente,
el balance general de los estúpidos,
los números rojos de la incertidumbre.


















Vallejo me dio un poema.

Serpea el sol en tu mano fresca
y se derrama cauteloso
en tu curiosidad.”  (Trilce)

Se hizo marzo la noche
y también yo voy cantándole a París.
¡Qué invento el del moaré!
abanico el paisaje con mis pestaña.

Se hizo de pronto la luna
y todo flota en su duda.
Construyo gramatical mi propia tumba,
con palabras han de cubrir mi ceño.
Marzo que vibra y gotea,
calentura que trae el delirio de las cigarras,
madre que se sienta allá, junto al río
y salta en los copantes su figura
y se retrae y murmura con sangre fría.

Códigos de los brázigos que se alargan
hasta la punta de un lápiz
que hurga el panal de la noche
en son que zumbe el enjambre de estrellas
en los sueños que hace marzo,
selenitas
para que vengan todos a flotar en la duda.














El efecto mariposa.

Encendí la pluma de un ángel y causé
carnavales de tristeza.

Dos cucharadas de tristeza alivian una desmesurada alegría y aceleran el otoño en Terranova. Esta mirada que ahuyenta a los optimistas pone en riesgo a la bolsa de valores…Dow Jones es un notable señor que sufre cuando alguien piensa en Juan y lo confunde. Un tropezón en la jaula provoca un tumulto en el metro de Tokio, hablar a solas es una consigna en Tlatelolco y un susurro detiene tanques en Tian Anmen.
El naipe de los castillos se viene abajo y con él New York entera. Si maldigo quedito, un meteoro estremece a la Estación Alfa y provoca un rastreo que te ubica en el momento en que Itaipú revienta a causa de un suspiro, a causa del llanto que reseca los polos y el eco de mis pasos en la oficina y el crujido del hueso pequeño en el meñique
y el amor…nada,
y el amor no provoca nada,
nada
nada.























Correo para un amigo.

Heber, ayer
un pobre hombre fue muerto a tiros
mientras comía una naranja.
Yo no vi su agonía
sin embargo, cada mañana
he podido ver el redondo lugar
que dejó al caer.

Sobre él, dos niños juegan al trompo
y apuestan y discuten,
enrollan el cáñamo y lo sueltan
con un largo ademán de dioses creando.
Las horas se llenan de zumbidos
de voces difusas
que el pequeño tornado de madera
esparce junto al polvo.

Cada mañana
este hombre renace, Heber,
puedo asegurártelo.
lo he reconocido en su corta alegría
y por la sencilla forma
en que se detiene
cayendo sobre un costado.

















Arquímides Cruz *

Leo a un muerto,
dizque a un hombre
sepultado bajo sus letras.

Su libro es un país pequeño
fácil de recorrer
pero inmenso a la hora
de ir en busca de su cuerpo.
Arquímides supo encontrar la mentira
de una corona sin oro sumergida
en el agua,
supo responder como un maestro
al momento de la traición:
Ya todo estaba escrito,
mi destino, mi noche salvadoreña
enarbolada, oscura y enmudecida,
guapango lejano
de una guitarra bruñida por el silencio.

Leo a un muerto,
dizque a un hombre que intentaron
sepultar bajo sus letras.



*Poeta y combatiente salvadoreño asesinado a traición.



















Blake muere en París a causa de un paparazzi.

Uno quisiera, por lo menos,
que la muerte tuviera la decencia
de no espiarnos cada noche
con su ojo lascivo brillando
en las cerraduras.
Que al menos,
tuviera el sentido teatral
de ir preparándonos acto por acto
hasta llegar a un final de coros
como preludio
de nuestras últimas palabras,
máximas que luego servirían
para adornar nuestras tumbas
y para que la gente se enterara
que no fuimos mudas sillas
o unos perros que aullaban a la luna.

Pero no,
paparazzi detestable,
la muerte nos retrata como nunca fuimos
y nos pone a circular
por los diarios del mundo
con una sonrisa de impotencia
y de amarga desnudez.
¡Ah, pobres ángeles amarillos!
¡Ay, pobres demonios de terracota!
que sorprendidos
por el puro relámpago de la muerte
cuando llega
nos dejan viendo recuerdos
entre luces que se prenden
y se apagan
definitivamente.








Sueño del Padre, 1981*

Carlos Esteban* soñó
que una espina de coyol
penetraba su sangre
y que subía, inexorable,
con su muerte aguda
apuntándole al corazón.

A partir de entonces
no conoció el sosiego.
Leyó con desespero que Josué
detuvo un día
el sol en plena batalla,
que Stalin, Idiota de Dios,
frenó en Moscú
la revolución de los pueblos
y que Disney, por esas mismas fechas,
paró de dibujar
y se entregó sonriente al hielo.
“¿Y por qué no? –se dijo el hombre- yo
osado como ellos
podría detener el sueño que me hiere
profundo en su amargo destello?”

Mi padre duerme
en una tumba de azul barbarie.
En su interior,
una palmera crece
y se hunde inexorable
hasta el fondo del olvido.




*Asesinado por las Fuerzas Armadas de Honduras.









Petrus.

Primera negación

No, yo no estuve en la última cena,
pero vi los platos vacíos
y el pan enfriándose,
el triste rostro
del que esperó a sus invitados
hasta la medianoche.
No me acusen entonces
de pertenecer a ellos:
fui uno más de los que en silencio
y con rabia contenida,
esperó verlo volar, mientras sus ángeles,
con terribles voces,
vengaban su cáliz y espinas.

Segunda negación

Aquí están las piedras.
Con ellas construirán mi muerte.
Aquí dejo mis gallos
y el despecho, la oreja cortada
y mi espada para la buena suerte.
Mi lengua puede servir a los mudos,
pero les advierto
que nuevas torres de Babel
se confundirán con ella.
Mi sombra la heredo a los leprosos
y estas llaves a los ladrones del Reino.
Pido el martirio de cabeza
para que la sangre se agolpe de nuevo
en mis ojos de furia.

Condenan a un inocente, señores,
vine a Roma como turista,
si mi bastón enardeció el avispero
fue tan solo porque quise
disfrutar de sus mieles.

Tercera negación

Le tengo miedo al mar.










































Morazán del silencio.
A Roger Rovelo

Centauro de los miopes,
trofeo augusto de los ciegos,
jinete a punto de caer y aguanta
el estoque pájaro del olvido.
Meteoro en suspenso
vuelto presagio,
molde maestro
para soldados de plomo.

Alfil de la plaza,
monarca de los mudos,
polo a tierra en la tempestad del tiempo,
hombre
a pesar del silencio
hombre:
¿Cuántas campanas harías,
responde,
si pudieras un día
disponer de tu bronce?





















Valle en el parque del fauno.

Sabia elección, señor Valle,
venirse a vivir entre las garzas,
jugar con ellas
y convertir la paciencia blanca
en algo tan duro como sus ojos.

¿Ya le llegaron con el chisme del viento?
¿Aquel referente a los escotes vistos
a vuelo de pájaro?

Pero
¿Cómo se aguanta, piedra eminencia,
entre lenguados besos
que suben y se enrollan en la piel
hasta provocarle escalofríos de plumas
que nievan y derriten por doquier?

¿No ha querido increparles
o armarles un ensayo sobre la impudicia
o un manifiesto continental
contra esa manía de los pueblos
de encerrar en mármol
sus más preciados placeres?

¡Tome la pluma, señor Valle!
No lo piense tanto.
Firme y febril
proceda al acto
de su propia independencia.












Primer movimiento.

I

Las montañas petrifican
su antiguo ritmo de olas.
El viento clama por un mendrugo de cielo.
Calla el hombre y asegura:
el sol es un espejo en el cual
destellan millones de ojos;
cuando ellos se cierran
mi mundo enceguece.

II

Una lágrima.
Lágrima que trepa los muros
creando ríos que inundan las grietas.
Arboles que resuelven
el nudo de sus raíces y vagan
deslumbrados
a través de las plazas.
Es el primer movimiento
y los sordos tararean a Beethoven,
mujeres que lloran en los portales del beso
paredes que sueñan
con el grafiti perfecto.
















Segundo movimiento.

¿Caerá el tiempo como fruto muerto
y los flamencos gritarán ¡poesía!?

Hoy me abandono al reflejo del ébano
y descubro marfil en mis costillas.

¿Qué animal se ha vuelto agua y viento
noche y día en tus manos vacías?
Vuelan tus dedos como blancas gaviotas
se abre el tiempo como una semilla,
brota el agua,
ruge el viento
y los flamencos, fugaces,
gritan ¡poesía!



























Solares.

Más allá del tiempo medido, reflejados en los espejos distantes que adornan la constelación del cangrejo; más allá del primer diagrama y de la sospecha de una continuidad alterna donde el alma es radical del cero y el pensamiento, una cifra que retrocede hacia la luz primordial de la nada.

Más allá de la piedra que calca lo mutable y la fuga de la comprensión, la fuga del orden, la fuga que ahonda y marca en meses el terror a la sombra. Más allá de la deriva calculada para encontrarle nombre a Dios y a sus cosas, nombre a las estaciones, nombres de lo imperceptible, del simple roce que nos transforma y que ningún astrolabio vuelve a encontrar unido.

Más allá de donde vence la noche y los eclipses fallan en su cita con lo nefasto o propicio y se dejan pasar así los siglos y se dejan de matar así los hombres, más allá de la necedad y el miedo a no explicarnos es allí donde nos encontramos, asombrados del sol que nos arde bajo el plexo y de los planetas que penden en los cabellos, creándose y destruyéndose, empezando y empezándonos de nuevo, siempre de nuevo.


























El ocaso


























“Y aparece la luna seguida de algunas
gaviotas y sobre el camino
un caballo que se va agrandando a medida
que se aleja.”

(V. Huidobro)



Oleaje de la tarde.

Cuando el sol de las cinco
rompe sus cauces
y dorado y dorando cae
sobre la ciudad,
se alzan los edificios
como diques para retenerlo.

Así
escuchás el fragor del viento solar
toda la noche estrellándose
contra el tiempo y tus sueños,
haciéndose añicos en las paredes
alzando brozas nombres de estrellas,
comienzo y fin
de una tarde en que las garzas
parpadeaban en las miradas
y los árboles se teñían del blanco
de sus plumajes.























El acertijo que arde en mi patio.

Un caballo de Troya
salta en la jaula.

No he sabido qué hacer con él.

En su boca el freno
y en su cruz, las bridas apremiantes;
de su altura cósmica la imposibilidad,
la lejanía de sus estrellas ocultas.
Tan solo un poder absoluto
-la rabia tal vez-
podría descifrar el acertijo de su abandono,
esa inútil muestra de arrojo a mis puertas,
famélica y humilde.

Un caballo de madera
arde en mi patio.

De sus entrañas vueltas cenizas
un llanto violento y extraño de hombres
sube,
se desvanece.



















La lluvia deja caer su nombre.

Mayra viene con la lluvia,
jalona un sol doblón de oro
que se esfuma a la deriva
en el estanque doble de mis ojos.
Mayra cruza por los bosques
es ráfaga de día en la noche,
con dagas de agua se hunde
en la tierra seca de mis besos.

Mayra danza como nube
y sus pasos
tap de truenos rodando lejanos,
resplandores del cielo
espejos rotos en el teatro del sueño.
Mayra viene con la lluvia
arando el silencio
y escampando en mi canto
canta Mayra en cada gota,
mujer de tormentas,
bosque inverso que me llueve verde.





















Levántate entonces.

¿Sabías que cada noche
mi sueño muere y encerrado yace
tras la pulida piedra de los ojos?

Poderoso llamado,
voz de primera luna
¿acaso me dirás
que ya conocías del milagro
provocado en mí
por tus palabras al despertar?

Yo me levanto
entonces,
y te amo.



























Igual de verde era el verano.

Era igual de verde el verano,
atravesado en cortinas,
fértil sequedad y una bruma confusa
que hacía esperar la tormenta
en el juego previo del vaho y la carne.

Y entonces creía
que la tierra estaba enferma
de un réptil abandonado.

Verde igual de cortinas era el verano,
bordado en brasas
piedra jugosa
mandobles que la memoria daba
sobre la zurda mano.

Guardaba una sed espantosa
para las lluvias del verano.























Qué dulce sangre.

Dejaste encendida las luces,
la mañana todavía es confusa.

Prefiero las sombras y adivinar
qué dulce sangre
puso en tus labios la espina.
y florezco en negro terciopelo,
me costuro a tu talle
para que luego me deshilvanes
dolorosamente quieta.

Ya no lloran los grillos,

debe ser el día y no las luces del patios
éstas
que a tientas
sueño.
























El tiempo es viento.

Hazte más piedra
¡oh, monolito!
rómpeme si puedes mientras canto.

Monzón rebelde
sirocco encanto
vengo
en son de fiebre a esculpir tus pasos.
¡Y no te cubras en las canteras!
¡Y no te cubras de sol blindado!
Vendaval de horas traigo en mis manos
Para moldear sin prisa

un cuerpo


mujer.
























Para nunca más.

Me comeré tus cenizas
pájaro fénix,

Te hundiré tras la piedra en Betania
y ya no consumirás los nidos
con que poblaste mis venas.
Borraré los surcos del cielo
y a manotazo ocultaré las chispas
donde le verano venía
a encender su cuerpo.

Plumaje de brasas que mi lluvia apaga:
ni en la peor oscuridad,
ni en tus ojos
jamás convocaré de nuevo
la angustiosa paz que traía en las noches
tu luminoso vuelo.
























Palabras en la esquina.

Ancha red es mi paso.
Pescadora de hombres
sentada al borde del día me lanzo
contra pájaros e islotes.

Pero nadie camina sobre las almas,
la tempestad de asfalto arrecia
¡y no señor! déjame ir
hacia el fondo de la alcantarilla.
La esquina serpentea
trayéndome le fruto
que de pronto desnuda,
un brazo amargo el vientre.

Llena de cielo y costumbre
practico
el silencio de las santas.
























La prisa que desnuda.

Confiémonos,
hablemos de dormir juntos
expuestos
a la radiación de los sueños.
Contémonos las costillas rotas
y juguemos con esta apariencia
de barcos que se van a pique
en la calma de un estero.
No perdás el tiempo,
amor que se construye de confesiones
aunque imperio se vuelva,
de la noche a la mañana
nos lega
tan solo
la caricia de sus ruinas.


























Fue como no encontrarte.

I

Era el tiempo de la siembra,
aré tu abismo y esperé paciente
los frutos del vértigo.

Fiel a tu balanza,
grano a grano deduje
el peso de tu augurio.

En la cosecha
mis manos marchitaron,
hubo una plaga de sueños
que no pude ahuyentar,
ni las estrellas más ardientes pudieron
ni el mercurio en que convertí mi sangre,
nada,
ni siquiera encender mi cuerpo
para con llamas
gritarle al cielo tu ausencia.

II

Fue como no encontrarte,
y con todo el sol del mundo, fue
como clavarme ojos de ciego
para mirarte en la nada.
fue como no encontrarte,
a pesar de los mapas
que descubrí en tus huellas,
a pesar del siseo
de tu voz en suspenso,
del compás persistente
de tu cuerpo de agua
en ondas
en la punta de mis dedos.





Entre dientes.

I

¿En cuál de estos años te marcaste,
en cuál de ellos
con su hierro candente,
con su furia blanca
más precoz y ardiente,
más luminosa
más que la nieve?

II

Asustado,
terriblemente abandonado
salto en la espuma,
con la rabia canto
la lluvia del mar.
























El reflejo en la burbuja.

No mirarte ni tocarte,
pues partidos vamos
lejanos el uno del otro.

Vos amás los pronósticos,
predecir en pantallas
antes que del cielo inmenso.
La noche es un artículo de lujo
y el día, la necesaria luz
para distinguirte de los pobres.
El pobre es genérico,
una palabra que apesta
que anda a pie y que suda
que ama cursilerías
como las de ver un hijo
corriendo tras las palomas en la plaza.

Vos preferís un amor virtual,
elegir por catálogo
la sonrisa y el sexo,
las posiciones cosmopolitas
las intrigas que mejor te cubran
y te muestren imbatible,
héroe, redentor de las masas.

No mirarte ni tocarte,
pues partidos vamos
lejanos el uno del otro.













Lo revelado.

El hombre nace disperso,
busca su propia mitad
y un día la encuentra.
En ocasiones es dueño de la cuerda
pero habita silencioso en los extremos.

El hombre se cree infinito
pero jamás multiplica,
levanta el censo de la unidad
y jamás explica nada.
Él es Xochipilli o Xipetotec,
a veces huele a flor
y otras veces
a carne.

El hombre hace lo imposible
y se resbala,
va de un lado a otro,
se aferra con uñas y dientes al recuerdo.

El hombre nace disperso
y la mujer, conmiserada
busca reunirlo,
hace cuanto puede.

















Los escombros del alma.

El grafito del cielo
boceta un mundo de hombres en ruinas,
atlas cotidianos que apenas soportan
la tristeza de un pájaro
esculpido en los hombros.

¿Adónde van con su yeso y acero,
con la herida jungla,
con la boca espanto del coliseo?

Déjame, ciudad,
una plaza intacta de sueño,
un costillar de tiempo,
el plomo esternón que hunde
los ojos a ras de suelo.
Déjame, ciudad de sombra,
al menos
una muralla vena
un vestigio
la ruta que me lleve a descubrir
bajo tierra y agua
las manías,
las columnas del hombre
los escombros del alma.

















Arte patética.

Técnicamente
esto
es un abrazo,
el vano intento de esfumar las palabras
y recrear con ellas el cuerpo,
los brazos que en esencia
son los puentes y los motivos
y las ganas de morir juntos
a causa del amor eterno
o en su defecto
por el odio que tanto
y tantos
nos tenemos.




























Instrucciones para el solo.

“Empiece por romper los espejos de su casa.
deje caer los brazos, mire vagamente las paredes,
olvídese.”
(Cortázar)


Los primero es bajar los espejos (ya otros nos soportan mejor).
Se cubren con una manta negra o se quiebran al grito ¡Perseo!
Bajo la luna llena.
Luego se busca el hilo de agua que está formando charcos en cada
rincón de tu casa; al encontrarlo, regás cal sobre él y esperás a que
se retuerzan los recuerdos brillosos y a que la hondura no sea más
que un reflejo de tu mirada satisfecha.

Pero en principio desconfiá de las paredes que avanzarán en puntillas,
arrinconándote con disimulo, midiéndote en ladrillos y devolviéndote
ecos y palabras de amor que creerás olvidadas.

La necedad del amor es tal que te confunde con soledad para encontrarte
una mínima compañía.

























Don Recuerdos.

Don Recuerdos está sentado,
contempla absorto al Momotombo.
La ventana azul resplandece,
los árboles son de vidrio y en ellos
cantan alocadas las chilincocas.
María pasa,
una mariposa danza e ilumina su rostro.
De la calle viene el rumor del agua
como un río que corre entre las piedras.
el mundo es verde y pulido brilla,
es una campana que dobla y vuelve
siempre vestida de domingo.

Hay baños de luz en cada esquina,
alborotados y eternos
bajan persiguiéndose los escolares.
Con sus mochilas de cuero
capas de plástico y botas de hule
juegan a ser inmortales,
de dos en dos y en fila
entran a la vida,
caminan seguros
sobre las aguas.

Don Recuerdos está de fiesta,
deslumbrado de sí mismo
hace cuentas cristalinas con su memoria.
















Mi primer barco.

Mi primer barco
estaba hecho de silencio,
ninguna letra pudo construirlo
ninguna palabra explicarlo.
Apareció de pronto
en una tarde de Sabanagrande,
con su proa partiendo la realidad
y echando anclas para siempre
en mis sueños.

Mi asombro fue su mar,
un blanco gesto de niño
su banderita inútil.
¿Dónde se construyen los barcos?
-me decía-
¿En el centro de la tierra, en los bosques,
o son otros ríos que a pedazos
va reuniendo la mar?

Mi primer barco fue en Sabanagrande,
un lunes, por cierto,
y era azul como los cerros lejanos,
lleno de armas y nubes negras,
grave como un viernes santo,
fugaz
como todo recuerdo.






















Bitácora del párvulo.

“¡Seamos felices! Yo soy Dios
y he hecho esta caricatura.”
(Nietzsche)

No contaré la historia porque apenas recuerdo a los personajes.
Los personajes son de la infancia por lo tanto irreales, el discurso de la insobornable vejez, real como un conejo, trémulo y de inquietantes ojos rojos.

Diré que junto a ellos le prendí fuego a calendarios con fotos de santos,
Mártires de papel que iban ardiendo mientras atizábamos en nuestras bocas
La delicia pirómana y reconocía, fácil, entre reflejos y petardos, al camén de los fósforos, al veto que tosía riendo como una fragua, al naldo que saltaba al río para no quemarse, al fabri Torquemada aprendiz de mago y tesorero de las horas. Rompían las lluvias las tejas del verano y entonces nos convertíamos en palomas que cruzaban el diluvio, zompopos de mayo corriendo en los patios, zurcidores del sueño en las grandes goteras, y contábamos leyendas que duraron tanto como los segundos contados entre el rayo y el trueno.

Para ese tiempo, el sol fue la moneda perfecta para el trompo de las tardes, Damocles era el rey y su espada, una vaina enorme de carao. Fidel contaba que en el Sur la gente vivía a orillas de la pavimentada para gozar del único viento de los carros al pasar.
“Se llamará Fidel Castro (dijo a todos Manfredo) para que nadie me lo humille, para que viva algún día como Robinson, perdido en una isla.”
Y eran los viernes que llegaba el circo, estrella caída y musical, parlantes coloreados, Hotel California con huéspedes maromeros y pitonisas que adivinaban la luz por medio de la bombilla atestada de insectos.
Un lunes pasó un barco, recuerdo, por tierra de marinos que nunca vieron el mar. Cerraron la escuela nos mandaron saludarlo para que aprendiéramos a soñar y a gritarles fuck you! A los gringos cuando no daban chocolates y a correr para robarles la bebida de sus convoyes accidentados en La Curva y a reír, caramba, entre hervidero de helicópteros y compás de botas pulidas como espejos.

Yo asistí, por diosito, a entierros donde las vacas eran las dolientes, a entierros de espanto y diluvio en que la tumba era de agua y se abría rompiendo aguas como un segundo vientre para el recién morido (Gerardo llamó a Belinda cuando se iba y ella miraba la niebla y yo la miraba a ella, aún viva, despidiendo al muerto que la llamaba).

El gran memo se fue para Oregon a darse cuenta del abismo en que vivía y desde entonces comenzó a odiar con un terrible amor a Honduras, igual que Roque, pero no el Dalton, hablo del filibustero Castro, creador de la teoría definitiva del soltero eterno: “Hay que odiar a la mujer –me dijo- porque ellas nos odian, porque no pueden ser los ángeles que dicen, ni las ninfas de Rubens, ni el poema, ni siquiera lo eterno del beso primero que el tiempo muerde y destroza”. Sin embargo, pudo más la curiosidad: las alas que nos brinda el vértigo también me dieron el primer vacío.

Y así comenzó la búsqueda, cantando el Yellow submarine sobre un neumático bajo las tormentas. La búsqueda, la fórmula para no olvidar la colección de instantes, la restauración de los frisos, las palabras y los rostros que no harán historia ni poesía, el último gran juego de la vida antes de olvidarme y nacer de nuevo en la muerte.

























Léster.

Aquí se lleva él
esperando.
No acepta que la noche
se le suba a los hombros,
ríe
y logra desfigurar
las demás sonrisas.

Allá va él
marchándose,
esperando que el día
se le baje a la boca
(pareciera dispuesto
a quitar las manos del timón
y bajar sin frenos
la empinada cuesta).

























Advertencia del inscriptor al reverso de la partida de nacimiento.

Vas a encontrarte de pronto
reconociendo que fuiste un nombre
no un hombre,
un nombre dicho por azar
para culpar a alguien del desastre
en una firma demasiada presta
en una carta
en una foto con número sobre
o bajo el rostro,
en un cuaderno extraviado
o en un libro robado
o en la factura telefónica
donde no se detallan los aguantes
los exabruptos,
las melodías cantadas en la madrugada
queditas, para que nadie escuche
o los días en que tu nombre
era el único que no escuchabas
y tenías que decírtelo para no olvidar
la voz de tu madre llorándolo en la tarde,
la voz de tus amigos riéndose
la voz de tu abuela que se confunde
y repite el sonido de tu infancia
o la dulzura que creíste infinita
en los labios de todas las mujeres
que te amaron por el eco
por el desgrane la cascada
el odio salido a colación,
la lista en la escuela
en la rifa
en los voluntarios para sostener la bandera,
tu nombre en la bruma
o en la broma de una calle
desesperado tu nombre
parafernalio, poca cosa
de pronto alguien respetable
que se pone en corbatas y menciones
y se busca para adornar una hoja
y para coleccionar, para tachar
para ser ejemplo de la locura
del divorcio, de lo mal que suena
tu nombre que tal vez aguanta
o sea un simple decir, una síntesis,
un crisol
o el punto final en una lápida.