Sur del mediodía, 2013

Sur del mediodía

Fabricio Estrada























“El país de las golondrinas
acaba de estar aquí hace unos segundos”.
(René Morales)





“Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza”.
(Eugenio Montejo)




























De los grandes territorios que completan
el círculo del vacío
y de los cuales muchos pueblos discuten
su nombre y fe
se prolonga uno en particular
hacia lo más profundo de sí mismo,
como una montaña que se derrumba
y vuelve a regurgitar sus peñascos.

El primero de los pueblos,
del cual existen apenas dispersas reseñas
hubo de extinguirse
como el mural que recibe humo diario en los santuarios
o como una mujer que,
ante el abismo del amor
danza con los ojos vendados.
Después llegaron los bosques y por siglos
delimitaron, contuvieron,
dieron lengua simple
y costumbres úmbricas a los cazadores.

Existen todavía
al pie de los osarios principales
aldeas que veneran un silencio prístino
que no se encuentra en ningún otro lugar.
Su comercio es tratado como prodigio,
como lástima,
como un favor o voto de tristeza.

Esta es la geografía de lo extraño,
de lo que pocos cuentan en sus cartas de viaje
y a lo que yo doy mucho crédito
ante los mapas vacíos.





A la izquierda está el paisaje,

a la derecha
los límites de velocidad,
las señales de no girar.

A la izquierda va el paisaje,
el sol cayendo rojo
como rojo mango
en la lenta luna.




























Ticabús, 5:45 am

Siempre hay una isla demasiado lejana
habitada por gigantes.

El motor tarda en encender
y es muy probable que todos
hayan rezado ya en todas las lenguas conocidas.

Mi lengua está muerta.

Transito entre moldes para Madame Tussauds
que han quedado varados en los andenes.
He abordado a mi silencio más verdadero
con el arpón de Ahab como amuleto.

Siempre hay una isla demasiado lejana
santuario de ballenas fantásticas.

Mis pertrechos se distribuyen
entre una cámara, un bote de agua
y este lápiz lleno de un inflamable y desconocido río.
Siempre hay un cura sin rebaño
un cura perdido
entre niños con dentaduras plásticas de Drácula,
un viudo instantáneo que pasea su luto
insistente, hacia el confesionario del baño,
una madre soltera
que te pide cambiar de asiento
-me acompaño mejor con mi reflejo en la ventanilla-
 una ilegal cuyos papeles
son retratos de hijos cada vez más extraños.

Siempre hay una isla demasiado lejana,
sin punto fijo en las guías turísticas,
sin muñecos de cera
sin autobuses que unidos en la memoria
son un largo laberinto ferroviario
por donde vagas
boleto en mano
automáticamente
triste.


































10:25 am

1

Grandes heridas,
como hectáreas vistas
desde un avión:

el mundo entero



desollado.


2

Existe un punto
similar a la cumbre del Everest
donde sin oxígeno
y sin asombro
es imposible saber
a dónde dirigirse.















1:30 pm

La campiña era como irlandesa
- no sé cómo aman las irlandesas
pero ante tanto verde
han de amar con nostalgia-,

todos quisieron una casa en ella

(porque el arco iris se hundía justo en ella
casi barreno,
y lo que va profundo
siempre llama la atención).

No había fósiles
pero estaba la campiña haciendo brotar casas
y psicotrópicos.
La lluvia regaba por goteo
y los tomates rodaban espalda abajo
en la espalda del bracero.

Ahora entendía
cómo amaban las irlandesas,
no del norte, no del sur,
digo las irlandesas
que toman el sol en los acantilados
indiferentes a los disparos en Belfast
o a la mala dicción
de los cursos de inglés
para enamorados.








2:10 pm

Hice tratos
con los que coleccionan fotos
de familiares presos.
Yo mismo ayudé a ordenar sus recortes.

Soy de hierro.
El sur, mi enorme imán.

Algo se agrupa en mi corazón de lata,
alcancía de balas.
Llevo, también,
la estampa de un familiar preso y golpeado,
la primera de una torva colección de vanidades.

Soy de hierro,
tengo a mi ojo dando vueltas en la ruleta.
Ayer me perdí en las ventas de ropa usada,
perdí mi suerte más no el disfraz.
Era un necesitado,
pedía rebajas mientras rechinaba
la mandíbula oxidada.
Varios niños vinieron a mí con su abrazo
pero yo era de lata,
cortaba.

Mañana recontarán las urnas
donde fui elegido payaso.
Nadie admite la ley suprema
que hace de un místico un payaso.

La gente hizo filas interminables.

Fui elegido
espantapájaros de hojalata.


2:30 pm (los monitores se encienden)

3

¿Quién come toda esa comida
que desperdician en las películas?

¿Quién prepara la sangre
que estalla en la cabeza del actor
y que luego se sirve
como salsa
en el almuerzo de los extras?

4

¡Oh, satélite, todopoderoso!
Tú que estás en los cielos
¿qué escuchas?

¿nuestros pecados?


















6:23 pm (adormecido)

Todas mis ruinas conducen a Roma.
Déjame ir en busca de ellas,
hacerles un museo.

Circa del 93
Amaba la poesía, esculpía aceras…
Todo fue borrado por los vándalos.

Circa del 98
Vi por primera vez la lluvia.
Toda nube fue saqueada por los vándalos.

Circa del 2000
La más hermosa ballena de sal
fue llevada de plaza en plaza,
hecha santuario,
amada.
Toda ella sobrevivió a los vándalos.

Circa del 2005
Vi la partición del día y la noche,
la espera glacial en la isla de los godos
y los mimos elevados a categoría de héroes.
Todas sus estatuas
fueron derribadas por los vándalos.

Circa del 2009
Vi el mar con infinita atención,
vi oleadas de piratas saqueando las costas
y los vándalos pasaron al África,
ejercieron dominio
y bebieron hasta quedar ciegos
en los bares de Hipona.

He despertado al sentir las escobillas
limpiando mi agrietada nariz.
El funcionario de aduana me pide el pasaporte.
Dormía en el estrato 4 y aparecí
-ya duchado e iluminado- bajo los fríos reflectores.

“¿De dónde es usted?
¿Para quién escribe?
¿Cuánta tierra le tomará para volver a su tierra?”

Pocos se habrán sentido más viejos que yo,
una ruina sin glorias
que conduce a la nada.




























6:50 pm (ante los cambistas)

¿Cuántas veces regresé del banco
con un dulce en la lengua,
con el saldo vacío ahorrado por mi tristeza?

Dólares, Pesos, Quetzales, Colones,
Euros, Yenes, Lempiras…
me sentía a punto de encontrar
el secreto de un grano de azúcar,
sentía que en un grano de azúcar
se podía esconder
la piedra fundamental de la amargura,
el cubo flotante que estallaba sobre el mar
y salpicaba de islas
el sueño de todos los náufragos.

Decirles no en cingalés,
decirles no gracias en francés,
decirles no en español, no, NO tengo ni para volver…
pero insistentes volvían a mí con sus billetes,
con las cifras ausentes de mi banco
con las deudas insalvables
unos tras otros en sucesivas lenguas
y el oleaje dentro de mi boca
ahogaba excusas y plegarias.

Veía
la dulce arenilla de la caña
creando sílabas en su ventisca.











II

Rumbos reversos







“Mi relato, desde luego, busca digresiones desde su comienzo”
(Heródoto)




















“Left behind him
and he had no way of knowing
of the suspect
or what to expect…”
(M.J. – Smooth criminal)
                                               
De Francisco
-antiguo caminante de la luna-
aprendí a deslizarme para matar la ansiedad.

“Deja que tus pasos vayan hacia atrás”,
déjate llevar como un ciclista
que abandona la ruta empinada
y encuentra así un camino en la caída.

Ya entendido
me deslizaba mientras llegaba el bus,
en las filas de los bancos,
mientras esperaba la hostia sacramental.
Parecía que el mundo se iba
como el limpio corte de un témpano en el ártico,
como la bella testa de Ana Bolena
en la fiebre de Enrique VIII.

“Ablanda las piernas
-me decía Francisco-
haz que las estatuas lo sufran,
que los peatones reconsideren sus rumbos,
que las aves despedacen las nubes
por puro miedo a sus pistas de hielo”.

Desde entonces voy hacia atrás
y estar de pie, junto a una ventana,
es retroceder ingrávido
hacia una madrugada,
con todos los rostros alejándose
suavemente
como un niño que se va de espaldas
en un tobogán.




Mi cámara es un batiscafo
(mi corazón es ácido y tiene forma de batiscafo)

Las miradas vienen de las escafandras
(mis ojos las sondean profundamente)

Mi cámara deja un rastro de burbujas
(la burbuja es un grito redondo y silencioso)

Mi cámara es un pulmón
(el otro colapsó bajo presión y yace incrustado en Las Marianas)

Mi cámara es un batiscafo
(y colecciona
disecciona buzos y les saca su perla)

Mi cámara se hunde
(y blanco pálpito de anémona
envenena)



















Cuando solo te creía el viento eras el pájaro de la tarde,

el tordo que volaba entre las piedras
y que sabía hacer su nido en la mano del hondero.

Luego fuiste la confianza del agua y viajaste
hasta el palacio de arena deslumbrante,
hasta la cama donde ardía una fragua desnuda,
hasta el mismo corazón de los calcinados.

Pez de cuaresmas olvidadas,
rezabas y tus dedos quemaban tu frente,
tuviste la confianza del agua y la dejaste escapar
cuerpo de agua
pulmones de agua
miradas que corrían por todas las aguas...

Pero hubo remolinos de polvo
y la tierra también tuvo su presencia. Hablaste con ella
mientras los mozos paleaban la tierra traída por los muertos
los terrones que llenaban la boca de niñas bellas
los adobes angulares del verano.
Escarbaban los mozos sin propósito
y en su danza circular abrían pozos malacates,
se hundían
en la danza del vacío.
Bajaste a respirar con ellos el aire enrarecido
solo para encontrarte dormido en la humedad de la arcilla,
en el blando camino de los gusanos
donde las raíces pactan en silencio una nueva conjura contra el sol,
profunda e irremediable.

Cuando solo te creía el viento
a nadie más contaste tus secretos.




“Ustedes no han viajado, no,
ustedes han sido enlatados
como sardinas de factoría”
(de bitácora hacia el Soconusco)
                                                       
El empleado por las horas
que mantiene sus manos sobre la mesa
y adquiere la piel de la mesa
y es por ello adornado con vajillas
y tenedores correctamente dispuestos
y es mesa entonces, madera carcomible
cuatro endebles pilares.
El empleado por las horas
para decir adiós en los andenes
-alguien debe cumplir con el adiós para quien no lo tiene-
y sabe ser la imagen de un pueblo que se deja,
volverse a la vez
inquietud y sosiego,
una especie de pañuelo al que el viento
da caprichosas formas
y que la distancia vuelve destello,
breve pulso entre el dolor y el viaje,
hilo que se enreda en cada árbol
y hace difícil el empeño de todas las parcas.

El empleado doméstico del tiempo inabarcable,
con dormida adentro de sí mismo,
el doméstico dromedario
del desierto cotidiano
que dominguea vestido de polvo y pana
así llueva
y arriesgue su trabajo meticuloso
de muerto, de vigía absorto
de asalariado en la empresa de las arañas.
El empleado que hace las horas vacuas,
el que pule los lentes de Baruch
para conversar con tono sabio
y darse cuenta luego
del apenas, del precario intento,
de lo que intuye el caballo que se ahoga
de lo que piensa el estibador
al oír el crujido de su columna,
de lo que gana en silencio la multitud
al reconocer su falso ídolo que se quiebra en dos
y muge a coro con las reses del matadero.
El empleado que se encarga de marcarle las faltas
al recurso humano de lo inhumano,
el que paga con hormigas
y debe con libros jamás leídos,
el que piensa en los días feriados
al mismo tiempo que talla su ataúd,
el que nunca gozóٙ de un bono
para morirse de la risa
y en cambio fue la imagen
del servicial, del pobre hombre
que limpiaba su incómoda presencia
con mil disculpas y gestos…
“alguien debe cumplir con el adiós
para quien no lo tiene”
dicen tras de él los siempre bienvenidos,
los que viajan al mar del sur cuando les place
y regresan con fotos coloridas
rojos de sol, saciados.

El empleado de las horas
que es una mesa y un pañuelo perdido en la tarde,
el empleado giboso, cumplidor,
el que come tres tiempos de sal
y bebe de un mar desconocido.








Más vital que el río es la carretera.
Para la gente del sur
la carretera
es más antigua que el río.

Por las noches
la gente del sur afina el oído
y sabe por el zumbido qué tipo de pez
flota en el corazón de los autos.
Algunas noches saben que la inundación se aproxima
y preparan las redes
y los neumáticos coloridos
y la comida
que no se encuentra en el río
sino en la corriente de asfalto.

La gente del sur
nunca muere ahogada:
muere en los camiones que nunca regresan
o en las fauces de un pez
que de pronto se les fue encima
con los ojos apagados.
















5

Del silencio voraz
saciado de kilómetros y casas
indefinibles,
han quedado nada más
las migas de unos cerros
con los cuales me oriento.

Pago con monedas que ya nadie recuerda
y a nadie digo
que fui profanando tumbas para dar con ellas.

El sur no tiene barcas,
no tiene al barquero manchado de grasa
con su overol eterno,
sólo corre este río de alquitrán
que toma fuego
apenas rozo mi dedo en él.

6


Pero no era de la poesía que quería hablar.
Había algo menos transcendente
y no exigía palabras
porque hablar no es un texto que se recompone
y comienza a ser signo
hablar es la grafía de una mujer sola en una montaña
por ejemplo
o la transparente sinuosidad de un río en su último hilo
no
no era poesía a pesar de ella
no era poesía a pesar de mí
quería al menos definirme ante el espectáculo final de la carne
carne palpitante y explosiva
sudoración
carne tenue que sentía el frío y la molienda del tiempo
como suele ser cuando no hay testigo ni testimonios.
Soy un hilo que dejó de seguir la trama, rompí los mapas
 y así hago mi camisa
con la que salgo varias veces al día
imantado
cubierto del polvo de los tornos
hecho a mano por un grafito gigantesco
que sólo marca lugares, rutas
o bosquejos.
Soy un punto, tal vez.
La conversación no era de poesía.








Era del silencio.













El sur queda a la izquierda,
el norte a la derecha.

A la derecha la osa polar
al sur la cruz del sur.

A la derecha las señales de no acelerar,
las estaciones solitarias,
el frío retén de los inmigrantes.

El sur tiene siempre fronteras con otro sur
y los pájaros lo saben
y no descansan hasta dar con él.

Yo siempre elijo las ventanillas que dan al sur.
Por la derecha suben siempre los policías,
por la izquierda
emigran los pájaros.




















Los compas
no alcanzaron a ver las grandes warehouse complex
surgidas del óxido
y el descomunal verde del valle.
No imaginaron
ese corazón disperso que se va en los autobuses
como talleres mecánicos del merengue y la bachata,
unánimes en su rugido
acarreando miles de viajeros
que no saben de nada
que no quieren más que snacks y vitualla barata
de núbiles promesas en la orilla de las casetas,
todo sabor ellas y vibraciones
alzadas sus faldas
como casas sobre pilones,
porque los ojos arrecian en vaguadas concéntricas
e inundan y humedecen
y no hay consigna que pueda aprenderse
bajo este sol semáforo
donde los desagües se interceptan en cada solar baldío
o bajo los moles.

Nada vieron los compas
más allá de los mangales
y la siesta en hamacas dialécticas
nada vieron
y el cemento hidráulico les pasó por encima
al igual que todas las caravanas de neumáticos coloridos
y la caña mascada por multitudes en las playas;
les pasó por encima la regulada hectárea
la simétrica parcela,
las turiplazas, las bermejas plazas
en las que Cartier Bresson se detuvo un instante
a medir la luz y descartarla,
los molinos harineros escondiendo la nieve,
empacándola, amasándola
para la masa sin hambre de pan
pero con toda la sed por la imagen
como niños en cuna
bajo la hipnosis del chin chin
del agú chiquito, del agú,
mire la maroma de los monitos
escuche el hit de la temporada
el espectro telepático
que todo niega y todo acepta
sin contradicción ni sueño, sólo bloques abismales
pura vitrinas
pura cuadrícula sin espantos.

II

No galoparon compitas,
no se amarraron a la crin de la historia
ni bebieron la sangre de la TV
ni durmieron en la panza abierta de un caballo melódico.
hace frío y no saben
como una víscera puede ser bufanda,
hace frío y todo ignoran
acerca del más puro materialismo
que vuelve transparente y deseable
cada estupidez bien dicha en tono de sol.

Habrían dado un adoquín de la terapia grupal
por cantar la internacional en los abismos de Belice
y en las gasgantas castrati de Talgua,
pero vino el tarareo a escondidas
mientras afuera
las bandas de guerra atronaban la dependencia al opio
jilguereaban los sacerdocios y cada quien pagaba
su taza de té sonámbula, pipiripútica, delicadita.
Era de amarrarse al caballo
compitas,
era de saludar con sombrero ajeno,
compartir la leche fermentada
y no hacer la carita de asco
ni escupirla a las flores
ni soñar con la merienda escolar.
Se debía todo
todo era un deber
galopar galopar galopar
romperle la vejiga fantasma al horizonte,
se debía todo
hasta saber hacerse el pendejo

en los días de adorable independencia.