viernes, 22 de mayo de 2015

El centro de nuestra ingravidez

Foto: Diario El Heraldo.

Todo país o nación necesita un centro de donde emane o gravite el ordenamiento político, territorial, espiritual, identitario. La población tiende, de manera natural, a ubicar en él su centro geofísico como en cada ciudad la orientación ciudadana se da en perspectiva de su centro histórico o su centro de gobierno.

Siguiendo el hilo de los estudios del alemán Otto Friedrich Bollnow y sus relaciones espaciales cito lo siguiente, de su ensayo El hombre y su casa:

"La cuestión sobre el punto central de las coordenadas se ha de determinar, por eso, a base de la sociedad y no sólo del hombre. Se repite así, en plano superior, lo que hemos desarrollado hasta ahora sobre el individuo aislado. Hasta las casas de una población se ordenan alrededor de un punto central… El hombre no puede vivir únicamente en el mundo exterior con sus puntos de orientación, regiones, calles y caminos. Perdería su apoyo si no tuviera un sólido punto de referencia hacia el cual estén dirigidos todos sus caminos, punto del cual salen éstos y al cual regresan. El hombre precisa tal centro por el cual se arraiga en el espacio y al cual van referidas todas sus relaciones espaciales. ”

De todos es conocido que los grandes imperios antiguos reglaron su mundo auto afirmándose como "el centro del mundo". Los chinos, los persas, los romanos, los aztecas, los incas, los mayas todos identificaron su propio ombligo como el punto desde donde el poder político dictaba leyes y costumbres (ningún otro símbolo mayor que las grandes plazas mayores, estadios o coliseos: enormes ombligos), pero de igual forma, los países actuales tienen su corazón definido, su centro de pulsión geofísica que le da equilibrio a todo su territorio.

En Honduras, este centro desde donde se alcanza a proyectar o ser punto de fuga territorial y, por ende, punto de partida de nuestra interpretación política, se puede identificar en la posición geofísica de la ciudad de Siguatepeque, no sólo centro de Honduras sino también de todo el continente americano. Sin embargo, fue hacia el valle de Comayagua, un poco más al sur, donde se desplazó este punto geofísico para convertirse en geopolítico: Palmerola. El centro de nuestra ubicación espacial viene a resultar entonces la imposición de la base estadounidense más grande de Latinoamérica, el lugar desde donde toda América queda más cercana. Centro de dominio e intervención. Centro para ubicar –ya sea en el mapa o en la realidad- a todo habitante que pasa en automóvil de norte a sur Honduras, centro inevitable en el paisaje a aún pasemos a la mayor velocidad posible. Todo converge en Palmerola.
Adonde vayamos, Palmerola extiende su presencia en disposición radial y  nos dará su mensaje y normativa esencial: el centro de todo lo que suceda en Honduras está aquí, así como cuando se forma el vórtice de un remolino, así como cuando no se ha invitado a la fiesta humilde al poderoso del pueblo y el poderoso ve con ojos inquietantes a la muchacha recién crecida.

El Anahuac pre-colombino, el Palacio del Emperador del Cielo, el Hellas griego, los Campos Elíseos franceses con una enorme yunta invisible en lugar de arco de triunfo –quizá de arco de la derrota- y sin embargo, con su misma presencia y voluntad imperial.


Todo centro tiene un peso enorme. ¿Qué pesa más en la ingrávida Honduras? El centro de apoyo de esta clase política que hace y deshace, que se va y regresa siempre al mismo punto de partida es sin duda alguna Palmerola.

viernes, 15 de mayo de 2015

Homero Aridjis - Breve viaje por un pequeño rostro.



La buena muchacha creía que la vida era una calle
abierta, un semáforo en siga, un salón de baile y una
cuerda floja, que podían estirarse hasta lo máximo con
resultados inequívocos.

La buena muchacha se llamaba Paloma.
Tenía ojos verdes y venía de Río.

A los quince años conoció el amor, mirándolo pasma-
da desde abajo, como si aleteara con ojos nerviosos en
el cielo nublado de septiembre y en el coloreado silencio
de los montes.
La buena muchacha pisó el éxtasis y la repetición del
éxtasis.
Deambuló en paraísos carnales y en postraciones alco-
hólicas o mágicas.
Pensaba que el amor era la cópula del desgaire, en
férreos brazos de suburbio y en sofocantes músculos de
atleta.
Y el amor la ocultó bajo los puentes, la tomó de la
mano y la escondió en las alcobas.
Y era diferente, y lo sentía infinito.
La buena muchacha vivía sola, y pisaba sola en las
tardes el crepúsculo en las calles.
Llevaba pantalones negros, y en lugar de blusa un
pañuelo rojo.
Creía que la noche era un caballo loco de negras
decisiones.
Y habitaba de pronto las prendas de sus hombres, y
los obligaba a ponerse sus vestidos. Y hacía el amor de
otra manera.
Pero sólo eran contrarios jugueteos, coherencias de
otro orden.
En el fondo sentía que el mundo y los cuerpos eran
superficies agotables, y sólo la imaginación para vivirlos
podía disfrutarlos y saberlos.
Y rememoraba, dulce y relajada, el curso reciente del
abrazo.
Creía que los instantes eran monedas en el aire, y
sólo el convivirse construía un pasado meritorio, y sólo
la irrupción en otro ser nos afirmaba.
Había encontrado un modo de coexistir con sus deseos,
acorde con un pretérito presente y con una cadena im-
penetrable de sueños por usarse.
La buena muchacha tenía minutos redondos como se-
nos, colores tan blandos como muslos, y furias tan reales
como furias.
Sus ojos eran tan sólo resplandor telúrico.
La buena muchacha era deseada en cualquiera  de sus
gestos, en cualquiera de sus posiciones; sus miradas eran
calientes movimientos y actos de soslayo.
Tenía una manera voluptuosa de sentarse y un dejo
de algo al caminar. Su mohín de fastidio era perfecto
por lo obsceno.
La buena muchacha sabía amar, sobria, borracha, y ya
sobre cenizas.
Era un corpóreo leño de fuego inextinguible.
Sabía amar.

Y se fue del mundo
con la imagen quemada entre colillas y el sueño des-
pierto entre las sábanas,
con la mejilla izquierda arañada por un filo de arma
y las manos buscando la luz bajo la puerta.
Y no fue superfluo el titubeo, sino un tiempo curvado
en su sentido, en la emoción de alguien.
Porque la buena muchacha sabía amar.
En lentos paisajes como tumbas, eslabonadamente y
sobre higos, en segundos tan largos como un fruto cayen-
do y en ojos que hielan la poesía.
La buena muchacha sabía amar en un doble estallido
de bestias que sollozan.

H.A.


Tomado de ECO, Revista de la cultura de occidente, agosto-septiembre, octubre 1964, 52/54, Tomo IX, 4-5-6. Buchholz, Bogotá, Colombia.

Poesía peruana: seis poemas de José Watanabe



EL ENVIO


Una delgada columna de sangre desciende desde una bolsa de polietileno hasta la vena mayor de mi mano. ¿Qué otro corazón la impulsaba antes, qué otro corazón más vigoroso y espléndido que el mío, lento y trémulo? Esta sangre que me reconforta es anónima. Puede ser de cualquiera. Yo voy (o iba) para misántropo y no quiero una deuda sospechada en todos los hombres. ¿Cuál es el nombre de mi dador? A ese solo y preciso hombre le debo agradecimiento. Sin embargo, la sangre que está entrando en mi cuerpo me corrige. Habla, sin retórica, de una fraternidad más vasta. Dice que viene de parte de todos, que la reciba como un envío de la especie.



COMO SI ESTUVIERA DEBAJO DE UN ÁRBOL


En otro lado esta muchacha tendría hermosas piernas
y yo abriría las manos midiendo en el aire su cadera
o pensaría algo impúdico y bello para nombrar sus senos.
Esta muchacha taquígrafa mecanógrafa de buena presencia
no me sonríe ni canta,
pero debiera.
Vive ocho horas diarias frente a mí
sentada sola y lejana
lejana en una larga perspectiva sobrevolada por estantes y escrito-
rios y palomas fijadas en el aire y una ventana que distor-
siona su propio marco y ella más sola y lejana cada vez.
Oh, yo no
soy surrealista
soy empleado
y esta muchacha archiva mi oficio y beneficio, mi nombre
que flota como un globo entre los conserjes y los doctores.
A la hora del refrigerio ella abre su lonchera
y dispone sobre el escritorio su alimentación de pájaro
como si estuviera debajo de un árbol.
Esta muchacha
como si estuviera debajo de un árbol debiera cantar
y yo debiera ser galante con el suave color de sus mejillas.



POEMA TRÁGICO CON DUDOSOS LOGROS CÓMICOS


Mi familia no tiene médico
ni sacerdote ni visitas
y todos se tienden en la playa
saludables bajo el sol del verano.

Algunas yerbas nos curan los males del estómago
y la religión sólo entra con las campanas alborotando los canarios.

Aquí todos se han muerto con una modestia conmovedora,
mi padre, por ejemplo, el lamentable Prometeo
silenciosamente picado por el cáncer más bravo que las águilas.

Ahora nosotros
         ninguno doctor o notable
en el corazón de modestas tribus,
la tribu de los relojeros
la más triste de los empleados públicos
la de los taxistas
la de los dueños de fonda
de vez en cuando nos ponemos trágicos y nos preguntamos por la muerte.

Pero hoy estamos aquí saludables escuchando el murmullo
de la mar que es el morir.

Y este murmullo nos reconcilia con el otro murmullo del río
por cuya ribera anduvimos matando sapos sin misericordia,
reventándolos con un palo sobre las piedras del río tan metafórico
                            que da risa.

Y nadie había en la ribera contemplando nuestras vidas hace años
sino solamente nosotros
los que ahora descansamos colorados bajo el verano
como esperando el vuelo del garrote
        sobre nuestra barriga
        sobre nuestra cabeza
nada notable
nada notable.



LOS VERSOS QUE TARJO


Las palabras no nos reflejan como los espejos, así exactamente,
pero quisiera.
Escribo con una pregunta obsesiva en las orejas:
¿Es ésta la palabra exacta o es el amague de otra
que viene
                        no más bella sino más especular?
Por esta inseguridad
tarjo,
toda la noche tarjo, y en el espejo que aún porfío
sólo queda una figura borrosa, mutilada, malograda.
Es como si cumpliera la amenaza de la madre
sibilina
al niño que estaba descubriéndose, curioso,
en su imagen:
“Tanto te miras en el espejo
que algún día terminarás por no verte”.
Los versos que irreprimiblemente tarjo
       se llevarán siempre mi poema.



LA MANTIS RELIGIOSA


Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.
Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
de agradecimiento.



EL PAN


Perdonen que lo diga sin pudor,
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo
       de hambrunas.
Las carencias
nos llevaban a todos a una especie de inocencia,
         a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos.
Así es cuando ya no queda nada, salvo
la postura orgullosa de mi madre
que dormía como saciada.

Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios
prometedor, pero cruel.
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos
ni hizo el milagro de una simple lechuga.

Una tarde se asomó a nuestra puerta
un extranjero de mirada llameante, otro agorero,
pero no supimos quién ardía en él, si su dios
o su demonio.
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.
Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa
con una cucharada de manteca sin nombre.
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos
y después, con la dignidad de los pobres satisfechos,
nos moriremos de hambre, dijo mi madre
en Reyes 17:12.


José Watanabe (Laredo, Trujillo, 1946 – Lima, 2007) Publicó su primer libro, Álbum de familia, en 1971 que mereció el premio Poeta Joven del Perú. Su segundo libro, El huso de la palabra (1989), fue considerado por la crítica nacional como el poemario más importante de la década de los ochenta. Además publicó los poemarios Historia natural en 1994, Cosas del cuerpo en 1999, Habitó entre nosotros en 2002, La piedra alada en 2005 y Banderas detrás de la niebla en 2006. Antígona, reescritura del clásico griego de Sófocles, "lo muestra como un dramaturgo de mucha potencia", y fue llevado a las tablas Yuyashkani.
También escribió guiones de cine para varias películas como Maruja en el infierno, La ciudad y los perros, basada en la novela de Mario Vargas Llosa, y Alias La Gringa.


*Selección hecha por Martín Zúñiga Chávez

jueves, 14 de mayo de 2015

Las costuras se rompieron aquel 28 de junio.

Toque de queda en Paradiso, noche de julio del 2009. Foto: Fabricio Estrada.

La ciudad era perfecta para un golpe de Estado. Las callejuelas traicioneras, los edificios chatos perfectos para los francotiradores, las calles sin salida. La lluvia. Porque la lluvia era un velo verde olivo y servía para sacar a medio mundo de las calles, para intentar el borrado de los grafitis, para que nadie dijera que no tenía lágrimas.

La ciudad era lejana, un risco, un cráter. Ni vértigo ni lava, pero la ciudad levantó, aquel 28 de junio del 2009, la escenografía guardada entre bastidores, con todo y sus telones raídos y los mismos actores de los golpes de Estado de siempre. Hasta el mismo soldado de la foto del 63 apareció apuntando en las esquinas, con otro casco pero el mismo rostro sombreado, con otro uniforme pero con los músculos en tensión para caerle a todo civil que se moviera. Era lluvioso junio, muy lluvioso, y no se repartieron volantes para explicarnos las instrucciones. ¿Cómo se instruye a una nueva generación para actuar dentro de un golpe cívico-militar? Ni idea, pero ahora que lo recuerdo, las cosas fueron como seguir un guión: levantarse a las 5:40 de la mañana tras la llamada del poeta Samuel Trigueros –“poné la radio, han dado el golpe”-, prender la radio entonces, escuchar la entrevista radial de un testigo, eran muchos soldados con capucha, dispararon contra la casa del presidente, me dijeron que me metiera, que aquello no ocupaba testigos, y de pronto la desconexión total, el corte de la energía eléctrica y de la internet, salir a ver junto a los vecinos los F-5E que cruzaban sobre un cielo arrugado como moscas súper sónicas y luego la banda sonora que se acompasaba con el rabioso ritmo de nuestros corazones: los helicópteros.


¡Ah! ¡Los helicópteros angelicales!, Los helicópteros de las películas burbujeando el nuevo discurso, el peso extraño de ese sonido que se metía por todos lados. Nunca hubo un terremoto en Tegucigalpa pero ese sonido era el nuestro, el aeromoto militar sin cabalgata de valquirias pero tan cadencioso que desorientaba, fascinaba, enardecía. Las vecinas salieron con sus camisones y ollas a gritarles a los pilotos, pero los pilotos iban escuchando su otra música y no las escucharon. La ciudad era lejana, un lejano risco, un cráter. La gente comenzaba a moverse hacia Casa Presidencial, como polillas atraídas por una luz que se iba extinguiendo, tomaban el bus, el taxi, caminaban en pequeños grupos y llegaban frente a los soldados a votar en su cara en las urnas ya inútiles de la Cuarta Urna. Era el símbolo que empezaba a moverse, el otro teatro doloroso, y las mujeres abofeteaban a los refuerzos que mandaba el Estado Mayor y éstos aún no respondían como lo fueron haciendo cada vez con mayor sadismo una vez que la doctrina de los batallones iba recordándoles para que estaban en las calles.


Porque a la par de las movilizaciones ciudadanas también se movilizaron las tribus que hacían vida en los cuarteles. Jamás la ciudad vio tanto militar, tanta gente extraña. Ahí caminaban los veteranos sargentos que se entrenaron con los kaibiles y los del Atlacatl, los que permanecen guardados en los batallones contrainsurgentes y que ya probaron sangre y fuego vivo en los ochentas cuando las incursiones a la Segovia y al Sumpul. Se les notaba en el rostro: soldados que no probaban sol civil desde hace mucho y que les dieron órdenes de pasearse por las avenidas con todo y su arsenal y pintura de camuflaje en las mejillas. Los tesones no tenían piedad y machacaron a conciencia.


La ciudad traía correntadas oscuras que sobrepasaron los tragantes. Bullía un barro líquido y a la par florecía la Tegucigalpa de junio. El verdor era magnífico, la humedad y la neblina se turnaban. Sin descanso, Micheletti hablaba todo el día a través de las cadenas de radio y televisión y la tonadita miskita de su banda sonora enloqueció a más de alguno, lo hizo cantar sin querer, aprenderse la lengua de Brus Laguna y odiarla a la vez. Los toques de queda llegaron por igual y la dinámica social cambió por completo. Cientos de negocios quebraron y otros se la jugaron para sobrevivir. Por motivos de toque de queda abriremos a las 4 de la tarde y cerraremos a las siete. Baile privado en descuento. Entrada a mitad de precio. Escrito en folder amarillo, el anuncio del Night Club Illusion era el mismo que colgaba hasta en los negocios más respetables. Nadie se salvó de la quiebra. Las iglesias perdieron a la mitad de sus fieles, las canchas de futbolito se convirtieron en parqueos, los travestis eran asesinados sin piedad y las polleras encendían su lúgubre foco amarillo sólo para espantar las sombras o para recordar las urnas vacías de aquel día en que se presagiaba el cambio de rumbo en las decisiones populares.

La lluvia no dejó de caer, muy parecida a la tormenta de Nieve con que Pamuk aisló a Kars para que ocurriera el golpe de Estado más silencioso y oculto en la historia de la literatura. Pero la ciudad tuvo que ensancharse ante las multitudes que se fueron abriendo paso por ella. Las estrecheces desaparecieron. Cientos de miles había iniciado la Resistencia. Jamás llegaron tantos desde tanto país.

Las costuras del viejo vestido se habían roto. Tegucigalpa vivía y salía a pasear con vestidos rojinegros, blancos y manchas de lodo.


 F.E.

martes, 12 de mayo de 2015

Alejandría la nuestra.

Alejandría la nuestra.



Era un laberinto de aromas aquel mercado. De mano de mi abuela reconocía el tilo, la canela, la manzanilla, la valeriana, el romero, el clavo, pero el olor que mejor reconocía y que se sobreponía con intensidad, era el de los libros. Los libros usados del Mercado Colón, su multitud de Archies, de novelas de vaqueros intercambiables… las letras tenían un olor especial, casi sagrado como aprendí a oler en los jazmines que mi abuela llevaba para el Santísimo del pueblo. Mi Santísimo se convirtió, de manera rápida e inapelable, en las portadas que iba viendo mientras recorría el laberinto: el indio con su lanza emplumada de fondo y una dama del oeste aterrorizada en primer plano, con sus bucles colgando y sus ojos desmesurados en el azul del escape; la nave espacial descendiendo sobre un cráter en cuyo fondo se erigían ruinas siderales de una civilización perdida… las letras olían a lejanía y a aventura, toda la aventura posible que mi tío Filadelfo guardaba en la casa del Barrio Morazán y que yo iba leyendo a paso de hormiga marabunta.


Era el mercado una biblioteca, “el mercado es una biblioteca” –me repetía cuando salíamos de ahí-  y sus libros fueron aumentando el espacio y quizá hubieran seguido en su expansión hasta ocupar todos los puestos y desbordar a la ciudad, en la misma forma que el cementerio de Saramago en Todos los nombres, si no hubiera llegado el incendio.
Ya sin mi abuela María y sus jazmines, aprendí a recorrer solo las diferentes ventas y fue en ellas donde encontré los libros de historia que eran vendidas por señoras que siempre estaban comiendo algo o regañando, avezadas en precios al ojo  y con su delantal pulcro rebosante de billetes de diferente denominación. 

El precio al ojo en la que eran expertas consistía en ver el tamaño del libro y el interés del comprador, de manera tal que fui aprendiendo a pasar indiferente ante las joyas que saltaban hacia mí pidiendo rescate, buscar bien dónde podían estar las mismas joyas pero en edición modesta y tamaño discreto. Hacer parecer de imitación la misma joya, entonces, y pedir rebaja. El mercado en su más esencial oficio de especulación, así como el pensamiento que no se escribe, así como lo escrito que no se publica, el juego del polvo en las manos, el mosaico de papel viejo que despertaba tanta vida interior a aquellos que no tenían a su alcance el dinero para ir a las librerías del centro de Tegucigalpa. Comayagüela era el centro del saber para los de bajísimo salario pero también para los avezados conocedores del tiempo y sus vericuetos, los profanadores de tumbas gramaticales, los arqueólogos de libros robados, revendidos, olvidados en pupitres de aulas, en banquetas de parques o jamás devueltos a sus dueños originales.


La noche del incendio me encontraba en casa del doctor Osly Vásquez, la misma casa desde la cual me tocaría ver la portentosa inundación que el huracán Mitch provocara en la ciudad. El mismo año y el mismo ángulo de visión. 1998 y un resplandor se movía en el piso del patio como agua amarilla que bulle de peces al rojo vivo. Fui a ver y al levantar la vista hacia el mercado el infierno ya estaba desatado. Enormes llamas subían hasta la altura de la virgen María Auxiliadora quien no daba su auxilio y estaba fascinada, aunque sin arpa, ante las llamas que lamían sus vestidos de bronce. El rugido era el de un horno gigantesco y el humo ya era otra noche, más profunda quizá, más inolvidable. En los techos de los negocios chinos que rodean el mercado se distinguían las siluetas de hombres que lanzaban cubetazos de agua casi como una ofrenda diminuta a un violento dios desencadenado. No había nada qué hacer: ni los santos cristianos ni los semidioses orientales llegaron a tiempo.


Yo olía la tinta de los miles de libros que se esfumaban, podía darle forma a las llamas y al humo, rogaba que los bomberos hubieran salvado los libros del sector sur del mercado. Toda Alejandría se arremolinaba en mis ojos porque lejos de los grandes textos laudatorios nuestra humilde Alejandría estaba siendo barrida de la historia y nadie lo contaría en epístolas urgentes ni en poemas fabulosos. Miles de volúmenes desaparecidos y la forma de las llamas eran los rostros de Solyenitzin, Arthur C. Clark, Aristóteles, Ramón Amaya Amador, John Dos Passos, Nietzsche, Hesse, Mariategui, pero los que más se distinguían eran los vaqueros e indios del viejo oeste, tratando de salir de las llamas, apretándose, abrazándose junto a los jazmines y el tilo, junto a las verduras calcinadas y las dedicatorias marchitas que se agitaban en pavesas por toda la ciudad.


No sé cuántas veces más se habrán quemado los mercados. Las palabras que tenía para recordarlo se hicieron carbones, y ya no dejan rastro.

Fabricio Estrada.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El anillo de Golum

- Nada podía ser más obvio dentro de LIBRE. Lo sabíamos, no hay sorpresa por los diputados que han abandonado las filas. Siempre será cosa de tiempo una vez que se recuerda cuál fue la apuesta estratégica de Manuel Zelaya Rosales: meter el mayor número de diputadxs invocando nada más el peso y el cálculo de desgaste ante la trilladora nacionalista.

- El tema de llamado a una Constituyente Popular se ha ido esfumando ante una realidad tremenda: más de 200 leyes han sido promulgadas en lo que va la continuidad de gobierno nacionalista, lo que viene a resultar en un reseteo masivo de la Constitución existente. La nueva Constitución, entonces, ya está en boga.

- La vulgar caracterización que el Estado de joh ha hecho de los Derechos Humanos en cuanto que se violan los derechos de elección de ciudadanos que aspiran a la reelección presidencial -él mismo, por supuesto-, viene a mostrarnos a qué nivel manejan la desinformación pública con el fin de pervertir el principal enunciado de los derechos humanos: el resguardo de la ciudadanía ante el poder.

- El ascendente rumor sobre la posible luz verde para que los militares voten es un espejismo, ya se consiga constitucionalmente o no: los militares siempre fueron beligerantes e inclinados históricamente hacia el nacionalismo. Sería ideal plantear un dilema en este momento: si lo militares quieren votar hagamos lo que hizo Néstor Kirchner en la Argentina, a saber, quitarle a los militares su papel de garantes de la Constitución.

- La nueva Ley de Seguridad Social es la conversión simple de lo público hacia lo privado, en una alevosa y monstruosa jugada que incluyó desfondar más de 6 mil millones de lempiras del IHSS. Todo el sistema de salud que actualmente elige la empresa privada es el de clínicas privadas, específicamente PORSALUD, ¿Quién es el mayor socio de estas clínicas? FICOHSA. ¿Quiénes son los involucrados en el latrocinio del IHSS? Algunos de los más cercanos al Grupo FICOHSA. ¿Adónde fue a parar gran parte de ese dinero? A la campaña política de joh ¿Quién es el principal promotor de esa Ley de Seguridad Social? joh, en deuda con el grupo FICOHSA que le financió gran parte de su campaña. El anillo de Golum tan perfecto como enloquecedor.


viernes, 1 de mayo de 2015

Las fotos de Justiniano, El Apóstata

 Fotos: Fabricio Estrada. Locaciones en Puerto Rico: Santurce y panteón de Pazzis-San Juan, Vega Baja, Caguas. Locaciones en Honduras: Comayagua.







jueves, 30 de abril de 2015

La Perla, San Juan - Fotos: Fabricio Estrada

 Tuve la oportunidad de conocer La Perla durante el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, en marzo pasado y lo primero que me causó fascinación es su condición de resistencia urbanística en medio de El Viejo San Juan con toda y su sortilegio para turistas.

En muchos aspectos, La Perla se presenta ante el mar como una joya extraña en medio de la ostra esplendorosa de la ciudad vieja y, por igual, resiste con un nivel de vida de favela a despecho de los planes que puedan tener los diseñadores del tour. La modestia es su enorme tesoro y además, la cercanía, el lazo anímico que conservan de toda latinoamérica ante el acoso del colonialismo estadounidense. Aquí grabó su video Calle 13 junto a Rubén Blades y ese orgullo se redobló. Ser Boricua y ser de La Perla tiene significados aún no explicados más que en esa  canción y su video clip. Hermosa la visita, hermosa la sensación de que ese mar también estaba en Tegucigalpa, aunque invisible. Estas fotos que tomé intentan trasladarles el colorido de la resistencia cultural de Borinquen.









El poeta costarricense Carlos Villalobos.

La poeta cubana Lina de Feria durante la lectura del festival.