domingo, 21 de septiembre de 2014

El arca rusa, de Sukorov



Hubo un momento luego de la pérdida de la ciudad de Rostov en 1942, que la comandancia suprema percibió el hundimiento de la moral del Ejército Rojo. Para ahondar el profundo orgullo nacionalista, Stalin y sus cercanos del kremlin, crearon la estrategia de hacer un giro en 360 grados respecto a los comisarios políticos y la subordinación que debían a ellos los oficiales. Se comenzó entonces por suprimir el liderazgo de los comisarios entre la tropa y se continuó por la renovación de los uniformes en la oficialidad. Se diseñaron nuevos cortes para los abrigos y se estandarizó el uso de charreteras de oro entre los generales (el oro fue importado con urgencia desde Inglaterra).

Todo este cambio, cuidadosamente estudiado en la psiquis del pueblo ruso, trajo consigo el despegue definitivo del mayor ejército nacional que existiera en ese momento y, lo que más importaba, el desapego simbólico con el ejército rojo revolucionario de la guerra civil hostil a todo aquello que oliera a elegancia zarista. La estrategia funcionó: el antiguo esplendor brilló de nuevo en los ojos de los soldados y los oficiales adoptaron de nuevo los protocolos de dominio aristocrático, integrados por supuesto, a un mayor estudio y profesionalización de sus capacidades reales de mando, más allá de la insistencia propagandística de los comisarios y sus métodos radicales de fusilamiento para todo aquel que mostrara debilidad o pánico en el campo de batalla. ¿Funcionó la estrategia? Sí, funcionó, como funcionó el acercamiento de Stalin con la Iglesia Ortodoxa Rusa y la supresión de los diarios anti-clericales y la elevación como antepasado heroico de Alexander Nevski, el Santo ortodoxo vencedor de los tártaros, suecos y teutones en el siglo XIII.

Quiérase o no, para cuando llegó el momento decisivo durante la batalla de Stalingrado, este cambio de discurso y presentación, había logrado acercar de nuevo a los oficiales con su tropa, en una mezcla de nuevos valores: Patria-Pasado-Venganza. Porque en ese momento fue la patria y no el soviet, porque en ese pasado fue Kutuzov en el Borodino napaoleónico de 1812 y, porque en ese momento era la sagrada venganza contra la afrenta a la Madre Rusia. Todo ello lo sintetiza Sokurov en su impresionante película "El arca rusa", filmada en el mismísimo Palacio de Invierno de Leningrado-San Petersburgo (el Museo Hermitage dio un permiso de filmación por sólo 36 horas), la ciudad mártir y dual: alma de la europeización zarista y núcleo ardiente de la revolución de octubre. Ahí está, en un solo plano secuencial, 300 años de historia dentro del sueño europeo que de pronto salta hecho añicos y sin tiempo para decir adiós. Sólo los fantasmas dicen adiós en esta película, como aquella hermosa personaje de Woody Allen en Medianoche en París que decide quedarse en la belle epoque.

Podría concentrarme en el impresionante y único plano secuencial de la película, imaginarme las horas de pre-producción para lograrlo, pero sólo me preguntaré ¿de qué otra forma podía encerrarse tanto misterio? El intento secuencial de Ana Karenina de Joe Wright queda revelado en sus fuentes y la también impresionante secuencia del estadio en El secreto de sus ojos del argentino Juan José Campanella completamente superado. Pero lo que yo quiero reiterar es la nostalgia incubada como sueño perdido y en cuánto cuesta superarla en el plano histórico, que es, a mi parecer, la mayor indagación que Sukorov propone hacer. Y señalar, claro está, ese momento crucial en que se despide el viejo diplomático una vez finalizada la mazurka (nobles bailando una danza rural, otro signo enorme), ese momento en que de manera sutil cruzan las siluetas de soldados bolcheviques en uno de los salones oscuros, ese momento, pues, de la despedida, "adiós Europa, adiós" y la tristeza espectral del adiós a la grandeza a despecho de todo lo brutal que fue el imperio tras bambalinas.

El arca rusa es uno de los mayores testimonios del cine y uno de los mayores portentos técnicos jamás montados, una película que todo fantasma desearía ver.

"Señor, señor, es una lástima que no estés aquí conmigo. Entenderías todo. Mira. El mar está por todas partes. Estamos destinados a navegar para siempre, a vivir para siempre".

F.E.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tres pasos para desmontar Nómada 2014 - Escuela Experimental de Arte, Tegucigalpa

Lucie Smith

Compañera Lucy, Compañero Léster: no hablaré del cómo se monta una exposición de arte desde un marco curatorial. Hablaré del cómo se desmonta desde el mismo lugar en que las obras se han colgado.

Primero se saca grapa tras grapa del bastidor y entonces da tiempo de putear en silencio a cada una de las instituciones artísticas de Honduras. Se va sintiendo el sudor aflorando en la espalda y así se recuerda que tenemos el arte sobre nosotros, con  todo el peso de un David de mármol quebrado, un brazo del David entonces o esa cabeza monumental Olmeca que se instala en el sueño cuando dormimos.

Luego se ven las grapas regadas por el piso y Arturito, solícito, te trae un poco de agua. Así va enrollándose la fotografía hasta que cabe exacta en el cilindro de pvc. Mientras se va enrollando da tiempo de acordarse de todo el proceso que llevó a Nómada 2014 y van cruzando las discusiones y las ideas de este juego de abalorios que Herman Hesse hubiera querido ver pero que es fácil de explicarlo: "a ver, don Hesse, el asunto es que aquí en Honduras se instaló el mayor cinismo que hubiéramos conocido y el arte no es lenguaje porque sólo es lenguaje lo que comunica y aquí todos estamos incomunicados cada quien en su celda monacal y el lenguaje no alcanza a comunicar ni entre los que deberían escribir sobre arte". Por ejemplo, hay un acto simbólico en el hecho de recorrer cada sala cargando cajas y pantallas que fueron las articulaciones de un gigante silencioso que se fue construyendo entre lxs artistas de Nómada cada sábado... no, mejoremos la imagen: son los huesos de una gigantona de Yuscarán que se despedazó en la pista del Estadio Nacional el 15 mientras saludaba a la tribu política en su estrado cívico. Ahí va la gigantona desmontada entonces, casi como un ensayo de Adorno en una sopa de res dominical, compitiendo por ser sabor entre la yuca y el ayote. ¿Comunica ésto algo?

Como segundo paso uno se permite breves minutos ante la pieza artística que pronto estará embalada. Hay que absorber la médula que flota entre tanta dignidad. Sorber por los ojos, inventariar el esfuerzo supremo de sobrevivirle al vacío, pensar, pensar, pensar qué más hacer para unir las neuronas del pensamiento académico con el acto creador del artista, cómo extirpar el alzheimer, cómo sacar de su cueva al cusucocoolsnobposmodernista sin que Habermas diga que está bien que salga a darse aire, que hace buena época para crear la mayor afrenta moral que haya existido jamás en un país de eterna crisis ética, urbanística e incluso gastronómica (vamos, vamos, no hay por qué sentirse mal con el lenguaje cantinflesco ahora, precisamente, cuando ya viene el estreno en el cine y que los curadores del sistema sí derrocharán ríos de tinta en reseñas, ensayos sobre cine y hasta en entrevistas a los nietos de Mario Moreno).

Como tercer paso, se levanta una grapa del piso, se le queda viendo largos minutos y se hace la pregunta fenomenológica del día: ¿cómo se manifiesta la indiferencia en su estado más puro dentro del arte hondureño? No habrá respuesta, por supuesto, pero la agenda del museo borrará y escribirá de nuevo algo parecido a un anuncio de circo, y bajo la nueva agenda quedarán como anécdota "lo entretenido que fue ver a los artistas creyendo que cambiarán algo de lo que no queremos cambiar". Llegados a este punto, la sala ya está vacía. Nómada ha sido demontada, Don Rómulo nos pasa sus martillos y los clavos salen rápido de los maderos. Algunas personas que vagan como fantasmas por los pasillos de la "Identidad Nacional" preguntan qué se estaba exponiendo y yo ni corto ni perezoso les respondo: los artistas, los artistas se estaban exponiendo al vacío y no hubo Kafka ni Barthes que tomaran nota y, sin embargo ¡qué gran muestra de codificaciones nuevas se observaron! ¡qué proceso más bello el del arte anónimo que se vuelve más anónimo mientras más se muestra en los espacios oficiales! Honduras y su arte han ganado otro vacío, porque de eso se trata, de vaciar, de vaciarnos desde adentro en los pulcros pisos, de hacer y que el producto artístico sea sístole y diástole natural.

Compañero Léster, Compañera Lucy, la sala está vacía, como siempre. Lo que lograron montar junto a todxs lxs que participaron en Nómada 2014 ha sido inventariado entre lo mejor de la expresión artística colectiva de este año en Honduras. Sellemos las cajas.

Sucede que estamos en inventario.

Estamos desmontando un mundo, estamos desmontando el artificio. 

Ocurre que estamos borrando el número de serie y volviéndonos artesanos, llenos del barro de los días, amasados por el golpe, nos estamos haciendo irrepetibles.

Cada cosa, cada concepto es devuelto a una categoría básica y sustanciosa.

Trilobites, sílabas unicelulares: piedra, grito, alma.

Sucede que Eva sacó la cara y Adán la acompaña con su listado de novedades: esto es alegría, esto es tristeza, esto es mañana y esto olvido.

La mirada, los árboles, la hondonada de una herida brutal, ya son otros paraísos los que buscamos, nos hemos hartado de todos los frutales.

Esto es dolo, ésto es ángel inverso, ésto es flor y ésto un hombre desollado.

Ocurre que estamos inventando el tiempo y el sueño debe esperar, con su capa rota el sueño, con sus brillos el sueño, con su descanso mortuorio el sueño.

Hemos abierto -de un solo tajo- el vientre pulposo del bien y el mal y lo entendemos frío, áspero, entendemos que el viento silba nuestros nombres y a él nos entregamos llenos de ramajes.

Sucede que nos sabemos nuevos


y estamos en inventario.


Fabricio Estrada.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Volver de El Salvador y traerte un nombre

Volver de El Salvador y traerte un nombre, pequeño, lleno de viento y lluvia: Juayúa. Volver de Nahuizalco y traerte un baile que va escribiendo sobre las baldosas con roces secretos, de manera discreta, una lengua sólo conocida por quien la baila. Leerla es bailarla, entonces, y los círculos se van dando suavemente y de ellos sube el color hasta los labios rojos de las bailarinas.



Había visto los volcanes desde niño. Hubo una carretera desde donde se miraba, muy adentro de Honduras, el perfil dorado del viejo Chaparrastique. Antes de subir al bus sorbía de él su bruma de ensueño hasta que mi abuela me halaba presurosa. El volcán silencioso quedaba en un territorio lejano e incógnito desde el cual nos llegaba el fragor de punzantes detonaciones.  Cierta noche pasaron las imágenes de una plaza donde hormigueaban miles de personas bajo el fuego de francotiradores. El noticiario hablaba de cientos de muertos provocados por los comandos urbanos de la guerrilla y nada decía de los escuadrones de la mano blanca que disparaban a discreción, tumbados en las terrazas alrededor del funeral de Romero. Eso me traían las bolas de fuego, eso era lo que recordaba en Nejapa junto al Duke. Volver a El Salvador, me decía en una especie de rezo, volver y seguir las bolas de fuego casi quemándome en sus idas y vueltas, ígneos recuerdos que sólo la lluvia, llamada de emergencia, logró apagar cerca de la medianoche, antes que Popo Arreola dejara de darle al tambor más triste de los garífunas en el exilio. “Fabri –me dijo-, Fabri, qué joven estás, y yo tan lejano, tan viejo, aquí tocando”… No dijo más porque la lluvia caía en serio y apagaba todo y el último quiebre del cuero sonaba ya como entre olas que rompían en El Metalío, allá en Acajutla.




Luego Otoniel –pastor sin equivocaciones- arreándonos hacia la poesía, a todos los que fuimos, conduciéndonos a pesar de su fiebre que lo hizo contar menos chistes que antes, casi la misma fiebre con que logré verlo en el video del Museo de la Imagen y la Palabra”. ¡Ahí está el Oto, ahí está el Oto! Me dijo Marisol emocionada mientras señalaba una toma contrapicada donde aparecía el poeta volando candela en la ofensiva Hasta el Tope de 1989. Y ahí fue donde volvieron los fuegos de Nejapa con todas las conversaciones que Otoniel me ha dado desde hace tantos años. Estallaban sus risotadas y caían chispas por todos lados, se quemaban las buenas convenciones, regresaba la huida hacia El Ocio en aquel ya lejano 2003, con Saul Ibargoyen, Allan Mills, Lauren Mendinueta, Raúl Zurita y aquel Fabricio que no sabía gran cosa acerca de los protocolos y se moría de felicidad de estar por primera vez en San Salvador.


Volver del corazón de América Central, volver de vos El Salvador, de tu Sonsonate-Salarrué, de tu Santa Catarina de Masahuat, de tus 32 mil fantasmas de Izalco. Volver y traerme un nombre: Juayúa: lleno de viento y lluvia, y de la poesía de Roberto Arizmendi, de Ricardo Ballón, Anarella Velez, Rigoberto Paredes, Alejandro Urizar, Ramón Torres, Edgar Alfaro, Marco Tulio del Arca, Manuel Ibarra y Anthony Molina. Subíamos hacia la lengua que quieren matar los mismos de Daubisson, bajábamos hacia el Nahuat-Pipil que se sigue hablando a despecho de tanta bomba y fusilamiento. No vi la mano blanca pintada en las puertas de Nahuizalco ni de Salcoatitán, pero hay una mano transparente que sigue oprimiendo la respiración de las abuelas y nietas de Ama. La pude percibir. Las velas de colores se apagaban temerosas y el incienso a veces olía a pólvora. No hay descanso aún para tantas y tantos, algo quedó enredado entre los matorrales, algo como un hilo desprendido de un refajo multicolor pero sangrante.





Te traigo un baile secreto, entonces, la suela debe rozar apenas las baldosas de barro crear pequeños círculos e impulsarte suavemente el salto. ¿Así es la cosa, Marvin Paula? Doña Merceditas asiente y me dice que Marvin estuvo en el ballet folclórico salvadoreño y que nadie mejor para enseñarme a leer los pasos. Rosarito ríe junto a Lucy. Marvin continúa y baila allí mismo casi al mismo tiempo en que llega el busito para regresar a las lecturas. Pero yo sigo con lo del baile. Veo el paisaje y el paisaje sigue en el baile, la suela de los cerros roza las cenizas dejadas por los volcanes y, por breves momentos, se lee algo que las marejadas borrarán de inmediato. Llegamos ante los estudiantes, nos escuchan y comparten la poesía de lo indefinible. Sube el amigo de la marimba de arco y nos habla en nahuat-pipil en un acto de resistencia más, en un silbado dulce que hace florecer palabras alrededor nuestro, como collar de garmendias, como polen salido del cráter del Izalco.

De vuelta en San Salvador. El polen antes disperso regresa y los rostros de Krisma, Alfonso, Willian, Noé, Pedro y Alberto hacen rueda y vida. Nos vamos despidiendo de a poco, así como hiciera ante la tumba de Morazán, de Farabundo Martí, de Shafick. Nos vamos viendo desde la ventanilla, cierro los ojos y vuleve la tumba muda de Maximiliano Martínez sin ninguna inscripción. Vuelvo a ese momento en que decidí escupirla para dejarle una lápida de desprecio. Floto en la piscina de Juayúa y vuelvo a rehacer la plática con Rigoberto y las olas de Acajutla que le hacen recordar  su hijo a Roberto, vuelvo al instante en que conocí por fin a Santiago con todas las frecuencias radiales resumidas en su Radio Venceremos.  Allí mismo, donde bate la mar del sur se sumerge Alejandro Urizar, allá mismo, desde las ventanillas Vladimir Baiza me da su tono triste, de hermano de todas las guanaxias en el torbellino silencioso en que ha quedado El Salvador.



¿Querías que te trajera algo, Esteban, mi pequeño trotamundos? Te traigo un nombre: Juayúa, te traigo lluvia y viento, un país pequeñito para que lo cuidés como aquel Chaparrastique que guardo siempre desde niño, en la orilla de toda carretera. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Arturo Martínez Galindo, La tentación - Honduras


La Tentación
(Arturo Martínez Galindo)

En el centro del valle se destacaba la aldea. Desde la cumbre de un otero, media oculta en el follaje, yo la había adivinado. A la proximidad del villorrio mi mulo alargó, el paso. Llegué a eso de las cuatro de la tarde, cuando el mordisco del sol tendía a la clemencia.
Hallábame hospedado en casa de gente cristiana. Dióseme aposento en la sala de honor, muy blanca de cal y alfombrada de pino fragante. ¡Qué encanto el de estas casitas aldeanas, limpias como ropa lavada y hospitala-irias como un corazón! Al atardecer, una chica de pies desnudos vino a mi cuarto. Sonrojóse hasta los ojos bajo el pecado de los míos que la escudriñaron y me dijo con cantarína voz:
Se le ruega, mi señor, la merienda está esperándole.Fui tras ella hasta el extremo de un corredor, donde sobre una mesa sin mantel humeaba el candido yantar.
Al caer la noche, una muchacha robusta y despeinada se ocupaba de rajar una pesada troza de pino. Yo la ofrecí la fuerza de mi brazo:
—Déjame la tarea, muchacha. —¡Ay no, señor, no! Si yo lo puedo hender y hay ya bastante ocote para la luminaria. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano regordeta y rió agradecida. Pude ver la blanca salud de sus dientes, y cuando se inclinó a recoger las astillas resinosas, vi también, por el amplio escote de su camisa almidonada, la rotunda verdad de sus senos.
En el centro del patio chisporroteaba ya la fogarata; era una suerte de sahumerio para ahuyentar la plaga; era además el viejo hogar, el viejo calor doméstico grato a los corazones. Todas las gentes de la casa, en cuclillas, formaban noche a noche una ronda cordial cabe la luminaria; relataban leyendas; toda una tradición de aparecidos y duendes danzaban su danza fantástica; era la hora clásica de la conseja; la llama roja y palpitante ponía en todos los ojos un extraño fulgor, y el estupor que despertaban los relatos, agrandando los ojos, agrandaba el fulgor. Yo, en tanto, desentumía mis piernas dando lentos paseos a lo largo del corredor; el taconeo de mis botas producía un sonido isócrono y amodorrante; mi sombra trepaba por la pared enjalbegada, en locas embestidas, tan locas e inquietas como las mil lenguas rojas de la luminaria.
Tras el naranjo del patio una luna achatada asomó su desteñida faz, y, a lo lejos, de algún corral distante/ un perro aulló. Era un aullido prolongado y quejumbroso como un grito. Un escatefrío de terror recorrió a las gentes congregadas y hubo un silencio que duró lo que el aullido. Luego alguien explicó:
Sí confirmó otra voz, los perros ven muchas cosas que los hombres no ven.
Un anciano de manos sarmentosas, hundidos los carrillos, desdentado, largas y blancas las pestañas que parecían punzarle los discos apagados de sus iris, terció con gesto patriarcal:
—No es un alma en pena, es que ha visto pasar la Tentación. —¡La Tentación! clamó una voz medrosa de mujer; y un mocetón recio y brutal, inocente o estúpido, se persignó. —Sí, la Tentación confirmó el anciano—. Primero se siente un gran viento frío y luego baja de la montaña una bola de fuego... Cuando esto pasa, aullan los perros y caen las flores de los árboles que están en flor y a las mujeres embarazadas las prende la -calentura... Cuando pasa la Tentación es que el Enemigo Malo anda suelto...
Un zagal, los ojos de asombro y la voz aflautada, con tono presuntuoso exclamó:
—¡Mérito ayer no más al mediodía que yo venía del rastrojo! Hizo un gran viento, un gran viento frío, pero no vi la bola porque se me voló el sombrero y medi la estampía a recogerlo.
—¡Animal! agredió el corro. La Tentación sólo tienta de noche. —¡Verídico! sentenció el viejo de las pestañas. La Tentación sólo tienta de noche. Yo sí que la vi allá en mis mocedades.
Era una noche negra, negra... Cuando yo regresaba de rondar la casa de una muchacha, que ahora ya es abuela, terciada la vihuela con que me acompañaba las coplas, y unos buenos tragos entre pecho y espalda, medio adormilado, íbame derechito a mi champa, cuando desde un corral un perro aulló y vino un gran viento frío...
—¡Asús, qué tribulación! —¡Sea por Dios! ¿Era la Tentación, abuelo? —¡Era la Tentación! repuso el viejo. Y al ver venir desde la cumbre del Pinabetoso la gran bola de fuego, me puse a temblar... pero me acordé del escapulario del Carmen que llevaba en el pecho, y agarrándolo con la mano izquierda, me persigné tres veces con la derecha. En ese momento la bola pasó sobre mí sin tocarme...
El mocetón recio y brutal se levantó calladamente para atizar la fogarata; la luna parecía, naufragar entre un oleaje de nubes plomizas; yo continuaba mis paseos a lo largo del corredor; el taconeo de mis botas producía un ruido isócrono y amodorrante; mi sombra trepaba por la pared enjalbegada, en locas embestidas, tan locas e inquietas como las mil lenguas rojas de la luminaria; la muchacha que sabía hender el ocote se destacó del corro y al dirigirse hacia su cuarto, pasó cerca de mí; iba muy pálida y los ojos le brillaban extrañamente; recordé sus dientes blancos y el amplio escote de su camisa almidonada, dentro de la cual yo había sorprendido la doble verdad de sus senos: y sentí frío en la médula y como una bola de fuego rodó por mis venas, la Tentación...



Este es el lugar, en Sabá, Colón, donde fue asesinado Arturo Martínez Galindo, en el año de 1940. Destino espantoso para este gran escritor. Las fotos y el cuento me fueron enviados por el poeta Juan Carlos Zelaya, a quien agradezco inmensamente esta contribución.  

A saltos de canguro


Me ha gustado el video, tanto como el de Kangaroo court. Creo que reflejan muy bien el ritmo inquietante de lo que pasa alrededor y que la nueva generación siente. No es desasosiego, es una especie de divertirse a espaldas de todo, muy inteligente y sutil, una burla continua. Con mucha dirección artística de por medio, estos dos videos sacan la cara en medio de lo que voy viendo desde la perspectiva del video-arte.

viernes, 22 de agosto de 2014

Impuesto a la luz natural

Qué mejor ocasión para afirmar o afilar convicciones que cuando el fascismo se revela cotidiano y hasta risueño ante nuestros ojos. Lo que aparenta ser un capricho adminsitrativo en un gobierno fascista es exactamente lo que su normativa busca eliminar de raíz. Circula ya en este termitero llamado Tegucigalpa, la circular emitida por la alcaldía nacionalista de Tito Asfura en cuanto al gravamen de todo espectáculo o evento artístico. Se cobrará por todo lo que signifique público alrededor de una banda, una presentación teatral, un circo, etc., incluso por una o un poeta en su lectura y no digamos por festivales... y apuesto que en su incontinente impulso, se gravará hasta los boy scouts que canten alrededor de una fogata.


El General Santa Anna (dictador mexicano, 1794-1876) no sólo exageraba con su nombre (se llamaba Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón) sino que su grandiculencia llegó a tal extremo de hacerle un entierro con todos los honores de Estado a su pierna amputada. Así fue totalmente natural que impusiera un gravamen a todo edificio que tuviera ventanas que diera a alguna plaza. El impuesto era por número de ventanas y esto no sólo era un capricho, era imitación -maldito quien se lo dijo- del mismo impuesto que el el Siglo XVII se impusiera a los edificios en Inglaterra por el número de ventanas. ¿Tenían algún problema con la luz natural? quizá, lo que me hace pensar que los nacionalistas del glorioso partido nazional de Honduras, al menos, relacionan a los artistas con cierta luz liberadora con tendencias insurreccionales de alto peligro para la sociedad si no se sabe contener gradualmente. Luz, qué bella luz somos que necesita ser encerrada en lámparas y en bovinas eléctricas y sujetas, por igual, al cáñamo de una vela... la cosa es que la luz no puede andar suelta por ahí como si de aire se tratara. Hay que atraparla para iluminar los salones privados del oscurantista gobierno de juan orlando hernández.

Y no es un capricho, repito, que salta feliz como un conejo en la pradera, el susodicho impuesto que se pretende reglamentar es la consecuencia lógica de todo un proceso de conversión privada iniciada con la desaparición paulatina de la Secretaría de Cultura, el ascenso de la Ley Orgánica de Educación y la privatización de los espacios públicos. Que la educación artística sea encomendada a la iniciativa privada y que los centros comerciales sean los que ofrezcan la seguridad al público mientras succiona su granita es el objetivo de esta miserable imposición. La rebusca de  fondos es tal entre los nacionalistas que son capaces de imponer un estado de sitio ficticio y cobrar por circular mientras dure. Luego del saqueo llevado a cabo por pepe lobo y juan orlando para financiar la campaña política ahora es que los expoliados debemos pagarlo, sabiendo de antemano que ellos son los cómplices de la devastadora delincuencia que ha hundido al IHSS, sin olvidar, claro está, la hipoteca que pesa sobre Tegucigalpa con el fideicomiso de 800 millones de lempiras que FICOHSA dio a ricardo álvarez para solventar el descalabro financiero del políticamente estructural TRANS-450.

"Ahora los hondureños no tendrán que ir hasta Estados Unidos para visitar Disney World, ahora les daremos 21 parques que la vida mejor construirá en los próximos meses", decía hace dos días joh al referirse a un supuesto proyecto de áreas públicas a nivel nacional, y esa luminosa reflexión del ente que nos gobierna también nos revela la disoación que la élite tiene respecto al pueblo llano, la creencia fatal de que la gente se va para el norte porque "busca lo bonito". De igual forma, creer que el artista pagará este impuesto encierra un desconocimiento total o un escarnio alevoso hacia un sector que bien saben los detesta al punto de querer amputarle a joh una pierna y celebrar su entierro con un concierto. Yo propongo esto último: hagamos que punta de nuestras filosas carcajadas se le caiga la pierna a joh y después nos vamos a quebrar a pura piedra todas las ventanas que de las oficinas de la AMDC den a nuestras plazas públicas. No queda de otra. Pero hay que hacerlo con talento, con buena estética, y sí, con mucha luz.

F.E.

viernes, 8 de agosto de 2014

Cantagallo cambia de humor

En medio de toda la sequía que azota la región y que está poniendo en situación calamitosa a Honduras con todo y sus secuelas de falta de producción y crisis energética, en medio de todo aparece la mutación de la belleza elemental. En cosa de minutos de pronto un arco-iris da paso a una enorme réplica de la montaña Cantagallo, aquí en Tegucigalpa.



miércoles, 6 de agosto de 2014

La calca del ajedrez

Alexander Werth entra al tuétano de la sociedad soviética en su descripción de Rusia en la guerra (1941-1945) y se concentra en describir las reacciones cotidianas más allá de las grandes operaciones militares estiladas para describir el choque ruso-alemán. Las idas y venidas de la diplomacia estalinista para contener o contentar a Hitler, los informes de los periódicos oficiales, la guerra que parecía tan lejana a "la prosperidad del sistema socialista de la mano de Stalin", todas esas voces que son las mismas voces que se repiten ahora con la crisis de Ucrania, casi con pasmosa similitud como lo demuestran las declaraciones de ayer del Ministro de Defensa de Rusia, Konashenov: "El Ministro de Defensa de Rusia no puede sino compadecer los portavoces del Pentágono, el Departamento de Estado y de la OTAN..." (http://sp.ria.ru/international/20140806/161155176.html)

¿Es posible que las escuelas diplomáticas rusas y de la OTAN mantengan inalterables sus códigos desde siempre? Entonces este libro es esencial para entender los pasos que Putin viene dando a despecho de occidente, o viceversa si estamos de acuerdo que una caracterización fascista mueve los recursos bélicos y diplomáticos de la OTAN y Estados Unidos.