sábado, 25 de abril de 2015

Un eco para el tríptico de la vaca en Poemas de onda corta

Valnetina Souza, poeta y cantante panameña, amiga querida, hermana, me manda esta réplica para los poemas de la vaca (El regreso a la vaca perdida, Volviendo al asunto y Plegaria vacuna) que publiqué en Poemas de onda corta en el 2009. No queda más que releerme con la curiosidad y alegría que la complicidad con Valentina me ha dado.




En tus palabras encuentro la mirada profunda de aquella diosa mamífera. Me sostiene las pupilas y dulcemente me traga. En su paso lento transcurro como cocuyo sin tiempo, soy una digestión cuadruplicada Me duelen los huesos cuando vuelvo a ser niña, porque yo también un día no pude resistirle la mirada a lo perdido "El olvido entra por el cuello", dime si es verdad eso que dices, entonces deja que el recuerdo se deposite detrás de la oreja, esperando el instante propenso, para soplar leve, hasta resonar el tímpano y esconderse en una tuba de nombre impronunciable Deja que el recuerdo resucite aquella mirada primeriza donde los padres fueron héroes eternos y la vida un trofeo sin óxido ni derrotas. El animal me devolvió la imagen de un niño suspendido sobre un abismo
"Angel de la guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día" Yo ya no sé rezar, pero hoy busco en mis bolsillos la estampa de un pasado digerido. No la encuentro, pero sigo rumiando los versos.

Valentina Souza.

El regreso a la vaca perdida.



Un hombre puede quedar vacío 

si se toma demasiado en serio,

idea tras idea,

limpio el cráneo para un cenicero.



Hay cruces atiborrando las bodegas

y pelucas de juez que se miden

con mucho cuidado,

al igual, un hombre puede reunirse

y vaciar de un trago sus recuerdos,

ni más ni menos, ebrio en las estaciones

contemplar los buses y a su gente en las ventanillas

enmarcados 

como tristes cuadros de la asfixia.



Tengo presente el llanto en los mataderos

y el largo cruce de miradas entre la vaca y el niño.

El resoplar de la sangre

como una lona zarandeada por el viento,

el mugido interrogante y los ojos

acuchillándole todo el laberinto de las vísceras.



Ayer creía verme despierto

envuelto en el aura de las palomas,

deteniendo con soplidos la caída de las estatuas.



Quizá de allí la vaca y su relación con lo perdido,

eso que buscamos en los archivos del tedio

y entre el polvo que los lavabos trasiegan.



Una estatua me decía que su amor

eran las ondulaciones del humo

y el poder del cigarrillo besando a cualquiera.

Habían corazones en la historia, claro,

con seguridad 

una lengua lasciva burbujeando en las palabras.



Pero yo estaba en el asunto de los buses

y sus museos ambulantes,

fascinado bajo el farol que me rodeaba

como una polilla.

Ni siquiera hablaba en griego esa noche

y por lo tanto, Helena, nada tenía que ver con mi guerra.

Era yo y mis zumbares, nada más,

la miel empalagosa de la memoria,

el sentido absurdo de regresar a una vaca

que te miraba y preguntaba

sin decirte 

absolutamente nada.




Volviendo al asunto



En todo caso,

el niño es un pasillo con luz en el fondo,

algo que se va cerrando o abriendo paso

en la conciencia de la vaca.

La sangre, es una alfombra roja

por donde pasan los recuerdos invitados.



Afuera lloran los que esperan entrar,

entre ellos, la lluvia, ese invento de los tristes.



Porque era fácil hablar de piedad

cuando el trueno sacudía los nervios

y el azote de nuestra madre

se convertía en abrazo y respuesta;

porque uno preguntaba, sí,

siempre haciendo el papel del infeliz más necio,

buscándole piedras rosettas al tapizado con revistas

y explicando cualquier mancha en la hoja de tarea;

porque de lo contrario, la maestra se enojaba,

la maestra vida y el conjunto vacío,

ese silencio ante las notas en rojo del animal

que mugía y hacía correr a los débiles de carácter.



Y al niño, no le quedaba otra que estudiar,

repasar, olvidar, borrar,

olvidar con la rapidez de un carnicero 

que pasa presto a la siguiente víctima,

como la maestra, eligiendo respuesta

o borrando del pizarrón

el trazo de una vaca dibujada por alguien

a quien no le interesaban los timbrazos del recreo

ni las clases de inglés de la gringa Johnson,

sólo las palomillas que salían del rastro en invierno

como llevándose algo que tan sólo él y sólo él

podrían ya reconocer.





Plegaria vacuna



Cuelgo divertido de mi globo ocular.



Y claro, que el viento es un niño resuelto

que me lleva a la altura

donde toda catedral es una vaca muerta

con la ubre de las cúpulas

tensas y agrietadas.

El cielo tiene un filo que espanta

y sin embargo, ninguna campana delata

el temblor supino de nuestra heroica vaca..



“Cada animal es gregario –me decía el arriero-

y el rumiar, es su constante rezo.

¿Pero adónde puede ir una vaca

que siempre ha cargado en sus manchas

todas las nubes del cielo?”



Ya nada importa,

el olvido entra por el cuello.



Mañana rezaré

antes de lamer tu manso cuerpo.

sábado, 18 de abril de 2015

Bartender, o la paciencia delirante



Un bartender es funcionario de la aduana más movida en el tránsito humano. No pide pasaportes de ningún tipo, cartas de recomendación, invitaciones oficiales, al contrario, siempre da y escucha la polifonía del silencio, porque todos hacen como que hablan pero en realidad, el bartender sabe que vienen a él para llenar su silencio de un solo trago.
Has aprendido las conductas:                                                                         
si esperan una chica
buscarán la última mesa junto a la ventana
si esperan a su sombra
buscarán la barra                                                                                                                    
Un francotirador aviva la llama del bartender, y Paola lo sabe ahora, porque en su momento supo disparar hacia las sombras cuando las tuvo a su alcance, implacable, calcó la paciencia y precisión del dolor, la nostalgia, el suicidio, la conspiración de los tristes, el contrato de la carne y de lo efímero, el gran carnaval que Dionisio trajo en su despedida.

¿Quién recoge las cenizas del  bonzo silencioso que se inmola en un rincón del bar? El bartender. ¿Quién encuentra las madrugadas que se fueron rodando bajo la mesa con  retinteo metálico y devaluado? El bartender. ¿Quién recibe las hurañas propinas que deja la soledad? El bartender, por supuesto.  En todo el poemario vamos siendo testigos de una paciencia infinita decidida a detallar la celebración íntima que cada uno de los clientes trae para compartir en esta tierra de nadie, esta zona franca de la locura. Como Panero lo dijo, Paola reivindica el derecho a la locura, el hecho de que hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca, porque hacer un poemario sobre la fauna y flora que llegó a Rayuela en los tiempos que Paola y Dennis estuvieron detrás de la barra, es negar – y sublimar a la vez- las duras jornadas del desamparo económico en que el azar y  la frustración impusieron su dinámica. Así es que la fortuna fue contar con el temple que la poesía auténtica sabe dar a sus elegidas junto al arqueo de caja que solo la locura puede asumir como riesgo y fe.

Leer Bartender, de Paola Valverde, es entrar a un mundo dentro del cual todos y todas estamos en deuda y a la vez perdonados, porque al entrar en él ya pagamos el precio de habernos convertido en personajes de una poesía delirante que elevará a consigna la épica de los solos.

Fabricio Estrada
San José, Costa Rica

18-4-15

jueves, 16 de abril de 2015

Un bolero, varios helicópteros y el Mitch.

Foto: Diario La Nación, Costa Rica.

Cuando el helicóptero llegó sobrevolando el techo del Ministerio de Educación el hombre llevaba ya toda una noche y parte de la mañana desnudo, agitando los brazos en señal de auxilio. Lo habíamos notado una vez que se nos pasó el primer asombro ante la descomunal laguna que se formó a causa del dique de la Soto. 

La colonia Soto desapareció la noche anterior a su rescate. El estruendo nos hizo saltar en medio de la oscuridad sin saber muy bien qué cosa era ese nuevo delirio. Ese 31 de octubre, junto a un grupo de amigos de Sabanagrande, nos quedamos en la casa del doctor Osly Vásquez ubicada en el Callejón Moncada, seguros que la inundación no pasaría de ser una más de las tantas que ocurrieran en inviernos iguales, pero pasadas las horas y la evacuación a la medianoche, supimos que esta vez todo iba a ser diferente. Teníamos los nervios de punta tras haber pasado lo peor del paso del huracán Mitch por Tegucigalpa, el Gordito Castellanos, alcalde de la capital, ya había fallecido esa mañana del 1 de noviembre  junto a sus acompañantes del mini-helicóptero burbuja y las noticias de la radio intentaban describir, uniendo testimonios de corresponsales a través del territorio nacional, la absoluta desgracia que había caído sobre el país en forma de masivas inundaciones, miles de muertes y un millón de damnificados.
El estruendo resultó ser –lo supimos al día siguiente- el deslizamiento total de la colonia Soto que se asentaba sobre la falla sísmica en las faldas del cerro El Berrinche. Cerca de 200 casas y miles de toneladas de tierra y piedra terminaron formando el famoso dique que se mantuvo por más de un mes para delicia del nuevo turismo pos-catástrofe. Hubo un medio televisivo que llegó a decir que en las noches de luna vecinos habían avistado una sirena, quizá la misma que evocara Juan Ramón Molina en su celebrado poema “Pesca de sirenas”.

El puente Juan Ramón Molina estaba destruido en ese momento y aún no llegaba Bill Clinton a recitar el poema de re-inauguración en su visita de condolencias a la ciudad; el puente Mallol resistía con sus arcos de piedra decimonónica no así su mampostería reciente; el puente Soberanía tenía incrustada una enorme ceiba en su costado y el puente Carías emergía de su zambullida momentánea ocurrida alrededor de las 2 de la madrugada del 1 de noviembre cuando las aguas del Río Choluteca alcanzaron su paroxismo debido a la descarga de emergencia realizada en la represa Los Laureles o a la ruptura imprevista de la Laguna del Pescado. Decenas de autos habían pasado flotando, arrastrados, y muchos de los autobuses de la Empresa El Rey estacionados en la zona del puente Guacerique, habían fracasado ya en su corta prueba de submarinos (recuerdo muy bien a uno de ellos estrellándose  de frente en el Soberanía y girando en al aire para luego hundirse limpiamente en las profundidades del campo Motagua).

Todo esto había visto pasar el hombre desnudo. ¿Quién podía ser ese afortunado sobreviviente? Sin ningún tipo de vergüenza caminaba de un extremo a otro del largo techo del Ministerio de Educación, como un náufrago del Poseidón que hubiera logrado llegar en camino inverso hacia la quilla; agitaba los brazos, saltaba queriendo afianzar con sus manos la escalerilla que le era extendida desde el viejo UH-1N de la Fuerza Aérea Hondureña. Tiempo después, gracias a una entrevista que él mismo dio a un diario de Tegucigalpa, supimos que el hombre era el compositor Rubén Salazar, quien durante muchos años ha ostentado la dirección de la Asociación de Autores y Compositores de Honduras. Amigo cercano de José Alfredo Jiménez durante su estadía en México y de otras estrellas de la farándula en el D.F., don Rubén vivía en un apartamento de Comayagüela que fue inundado por la crecida de ese 31 de octubre de 1998. Absorbido por la fuerza de las aguas, flotó milagrosamente cuadra tras cuadra hasta llegar a los portones abiertos del Ministerio de Educación, dentro del cual pudo reponerse a pesar que el río le había arrancado las ropas al igual que su enorme colección de LPs y otros tesoros personales, tal como le sucedió ese mismo día a José de la Paz Herrera, Chelato, ex técnico mundialista de Honduras en España 82, quien perdiera en la inundación toda su videoteca futbolística. Bolero y fútbol, entonces, resultaron anegados y jamás devueltos. Otra música sonaba al ritmo de los rotores de los helicópteros y de las sirenas de las ambulancias.

Antes de alcanzar la escalerilla, don Rubén corrió hacia el asta de la bandera nacional que aún estaba sujeta, aunque en jirones, sobre el fondo pizarra de esa lluviosa mañana. Con mucha paciencia y haciendo equilibrio la arrancó de su lugar y se envolvió en ella, resguardando su pudor revelado a último segundo. La imagen más nítida que tengo de esa mañana de tragedia –aparte de los ahogados enredados en el Parque La Concordia y los borrachos que arrancaban del lodo las cervezas intactas de la Cervecería Hondureña-, es la de don Rubén siendo elevado por los aires con esa bandera de Honduras envolviéndolo. Quizá no sea la estatua de Lenin llevada por el helicóptero en Good Bye Lenin, pero sin duda, esa visión adelantaba con todo y sus presagios- el cambio de época que traería a nuestras tierras el huracán más enconado y amnésico de nuestra historia.


Apago la tele. Un bolero suena. Ya no recuerdo nada.

F.E.

lunes, 13 de abril de 2015

Trinidad Gan - España



Su poesía tenía esa voz que las artesanas más delicadas susurran cuando, cincel en mano, le dan cuerpo y amor a las estatuas más solitarias de las plazas. Se detenía ahí, frente a los públicos, dejando que el misterio ocupara lugar, palabra a palabra, sin prisas, ella misma estatua de un conjunto escultórico sumamente medido y equilibrado. Luego, habíamos logrado la complicidad de asentir o negar los poemas que íbamos escuchando en una lectura silenciosa de gestos y alegrías prudentísimas. Bastaba la mirada y dialogábamos, montábamos la crítica más silenciosa. Era el festival internacional de poesía en Costa Rica y las mesas de lectura nos llevaron varia veces a la doble exposición que da un festival de este tipo: público y público poeta, lo que significa entre otras cosas (cuando hay poetas de peso en la mesa) estar entre la espada y la pared.

Y así llegaron los poemas, como el suspenso de una equilibrista que llevara en sus manos esa pértiga inútil del deseo.


           
De   LAS SEÑAS DEL PIRATA

(editorial Cuadernos del Vigía-www.cuadernosdelvigia.com)


I

Arde la noche en las calles
con un fuego que imita al paraíso.
Y, como dos marinos de ventura,
desde el puente de mando de algún bar,
se divierten tomando al abordaje
las naves que se cruzan, sus banderas,
las gentes enemigas.


En la mano cerrada las agitan,
como si fuesen dados
y, al echarlos, hubieran de decir
qué suerte les aguarda.
Entonces el pirata, haciendo corro,
apuesta su barco y su fortuna
contra el punto más alto
de luz del remolino.
También ella se juega su persona
(  y todos sus gestos literarios)
contra la blanca doble del deseo.

Aun sabiendo que está el juego trucado,
que a este tahúr, la noche,
no es posible ganarle la partida.


II


Recuerdo vagamente
que supe navegar, que lo aprendí
cegada por las llamas de la tarde.

Y desde entonces vivo a solas
con lo que fuera mi rapiña,
con las cosas que él me regaló:
el azul, la música, las mareas
y el amor a la fragilidad propia.


Cada vez merma más el paraíso.
De      CAJA DE FOTOS          (editorial Renacimiento – 2009)

OTRAS LUNAS                           

                        Los años, a dentelladas unas veces
                        y otras veces con un  lento bocado,
                        verso a verso, tenaces,
                        te quitaron la piel
                        que te prestaba Alicia.
                        Al dorso de fotografías antiguas
                        dejaron las voces y los rostros,
                        las palabras más crueles del amor,
                        como escamas de niebla.
                        Y es solo la luz fría de la luna
                        la que invade las viejas bibliotecas
                        y te sorprende hoy, mujer,
riendo a carcajadas
                        desde el lado prohibido
                        de todos los espejos.
                       
                                    SOLITARIOS
                        Vuelvo a casa.
                        Y si está la soledad propicia,
                        la llama de la vela,
                        la noche y esa música,
                        me pongo a separar lo que me has dicho,
                        palabra tras palabra,
                        con cuidado.
                        Y luego
                        las pongo en la mesa,
                        boca abajo,
                        y con la mano izquierda
                        —la mano del deseo—
                        las escojo al azar,       
                        las vuelvo como cartas
                        y las miro.
                        Y siempre me sale un solitario.
                        TARDE DE CINE
            (Para un corto)
                                   Es jueves por la tarde.
                                   Fila 9.
                                   La sala casi llena.
            (panorámica)
                                   Un encuentro casual.
                                   Él la deja pasar a la butaca del fondo
                                   y luego se sienta a su lado
       —cogida entre el deseo y la pared—
            (primeros planos)
                                   Él mira fijamente a la pantalla             
                                   Ella agradece, sin mucha ceremonia,
                                   tener que girarse de su lado,
                                   ver así la esquina de su cara y su pelo.
                                   Detrás de su perfil está pasando
                                   la secuencia de citas no acordadas,
                                   los meses de abandono.
            (la cámara se vuelve hacia lo alto)
                                   En el haz de luz y humo que atraviesa la sala
                                   se recorta otro final para esta historia:
                                   Ella acerca los labios a su pelo,
                                   él responde cogiéndole la mano,
                                   con toda la dulzura del que es cómplice.
                                    — Un fuego de caricias sin regreso
                                   podría ir quemando la pantalla.—
                                   Se encienden las luces de la sala.
                                   Él se despide.
                (contraplano)
                                   Ella ha cerrado los ojos y, en su fondo,
                                   se ve cómo, en un travelling,
                                   una mujer camina
                                   Ruido de coches. Llueve.
                                   Ruido de lágrimas.
                                   La mujer llega a casa.
                                   Abre la puerta y entra.
            (funde en negro……..             Suenan dos vueltas de una llave)
                        INSTINTOS SUICIDAS

                        Porque sigo atreviéndome
                        a buscarte los ojos
                        —aunque sea de lejos—
                        y me empeño en tener
                        tu roce y tu palabra
                        y en llevar cuenta exacta
                        de tus manías y goces
                        —una mala costumbre—
                        me has llamado terca.
                        Y dices que son meses de dar vueltas,
                        que ya debí poner punto final
                        desde hace tiempo.
                        No sabes que yo soy como los niños:
                        que,  para poner punto final a sus historias,
                        aprietan con la pluma el papel
                        y lo traspasan.
                        Y después
                        se contemplan las manos manchadas
                        con asombro.






















            De   FIN DE FUGA

            (Editorial Visor—2008)




Tenebræ

Me dicen que la luna va creciendo,
            que como nunca finge
            ser la llave que guarda la puerta de la noche,
            y yo, mujer tan inocente,
            me salgo a la terraza
            –a esa proa tan fría
            donde contemplo el mar de los tejados–
            y sí, echándole poesía, es cierta la metáfora.

            Mas aún no estoy tan ciega, tan muerta o tan perdida
            para no ver enfrente de mi cara
            que lo que crece es la noche, sus tinieblas,
            que nuestra media luna cercada está de sombra,
            que en este mar urbano
            flotan a la deriva
            desconocidos rostros de mujeres ahogadas.


La isla en ruinas

Ha pasado el amor arrasándolo todo.
            Desgajaba las ramas de los árboles,
            hacía volar tejas,
            inundaba de escombros
            las aceras, la noche.
            Y ahora miras llegar
            esta triste cuadrilla del olvido
            que acude a recoger todas las ruinas
con descuido y desgana,
            sin intención alguna
            de recobrar la isla.

            Cómo no temblar cuando se aleja
            y eleva, tan distante, al horizonte
–con tus horas quebradas
y todos los naufragios de los hombres–
la selva del deseo,
definitivamente perdida para el día.




           
                        Turno de ronda
                        Solo hay una hora en que cerradas
            las ventanas semejan
            ser un espejo nítido:
            aquélla desolada del ocaso.
            Entonces nos parecen tantas cosas
            posibles finalmente
            que escribir un poema,
            más que un gesto gratuito
            al que hizo su acomodo la costumbre,
            es forma en que al azar
            cierras contra la noche
            tantas lunas quebradas.

            Hay otra hora terrible.
            En ella es un oscuro espejo
toda ventana abierta
            y nocturnos soldados
            te lanzan como dardos los recuerdos,
            se arrojan sobre ti, apenas sin mirarte,
            y te hacen barajar
            perdida toda ruta,
            palabras y palabras en la sombra.


Oráculo de la soledad         

Es hora del desahucio.
            Tranquila ella lo espera.
            Ve desfilar los muebles,
            los recuerdos, fetiches que atesora,
            las palabras pasadas y sus ecos.
            Entra después al cuarto
            vacío de memoria.
            Echa entonces la llave.
            Emborrona despacio
            la página que lees.


                                   Oráculo del amor

Afirmar que lo sé
                        ha de espantar los pájaros
                        y manchar de palabras el silencio.
                        Dejo entonces la vida en sus alambres,
                        en la sombra y sorpresa de lo incierto.

                        Te dejo a tu misterio, amor,
                        a tu vivo misterio.



                        Contrafugas


                                    II

Ninguna fuerza tengo
                        para alzarte sobre tantos infiernos.
                        Tampoco puedo dar las coordenadas
                        que desde la oscura trastienda
                        a que aboca la noche,
                        escapado del fuego,
                        han de ponerte a salvo.

                        Laberintos te ofrezco.
                        Laberintos que habrás de transitar
                        sin guía, sin padrinos,
                        desnudo, desarmado.
                        Laberintos tan solo
                        donde habita esa música
                        y de ronda se cuela
                        esa inquilina ingrata y descarada:
                        la poesía.        
           

                                    V        

                        Son tan claros los signos
                        que emanan desde un cuerpo
                        que osadía es volcarlos
                        en manchadas palabras.

                        ¿Qué voz le pongo al pliegue
                        de un labio que desea?
                        ¿Qué vocablo al latido,
                        desbocado e insomne,
                        de un corazón urgente?
¿Qué letras al amor,
                        amor el innombrable?

                        ¿Con qué cifro el deseo,
                        cómo la vida escribo?

                        Retóricas preguntas:
                        sospecho que he topado,
                        irremediablemente,
                        con la literatura.

                        De “Papel ceniza” (Valparaíso ediciones, 2014)

Pie de página



Si lees que el ocaso es una mancha
de luz que va latiendo como una despedida,
el trazo de un puñal —violín de luna—
en los bordes oscuros de las cosas,
esa lenta sospecha del agua tras los árboles
o una última herida inesperada,
detente,

a pie de página traduce
que atardece y se acercan esas horas
en que, tras unas copas, la nostalgia
te seduce y se empeña en subir a tu casa,
en abrirte la cama con fingido deseo
y quedarse esa noche a dormir a tu lado.


Derribos


Recoge las pavesas,
las letras de tu nombre
dispersas por el suelo
entre el cristal y el grito.

Con las manos que tiemblan
cargadas de vocales,
abandona tu cuarto a la resaca.
Comprueba cómo el mundo
es edificio a pique de derribo
que habrá de sostenerse a costa tuya.

Otra noche se acerca,
otra noche de luna sin licántropos,
de soledad que insiste en travestirse
y se finge verano.




Cayeron por el suelo pedazos del espejo.
Aquel cristal de cuerpo entero y frágil,
mal apoyado en las paredes
de los cuartos oscuros,
que se quebró al grito de las horas.
En el agua ya quieta de sus gotas de plata
veo flotar casas y libros,
una cuna convertida en un árbol,
los amigos ausentes y los cuerpos,
la risa, la locura, las traiciones,
el amor y sus barcos naufragados.

Venciendo la superstición,
con gran cuidado, tomo lo que brilla.
Afilo los fragmentos rotos.
Con ellos hago flechas
para el carcaj del tiempo,
señuelos, armas, lazos
con que cazar la vida que vendrá.

El resto, hecho trizas, bien cerrado,
lo bajaré esta noche en una bolsa.


Trazo quebrado

Sabes, abierta la ventana,  
que el horizonte es una cabellera
trenzada por los ojos,
una línea de sombras y de luz
que hacen mudar las horas,                                                                      
un cuerpo que se tiende, tan lejano,
que cambia si te acercas
—vana impresión que huye en tu mirada—.
Y que la realidad nunca confirma
el calado de ningún sueño:
arriesga solo unos perfiles,
confunde las distancias,
trueca cuentas y planes.
Te obliga a caminar sobre la cuerda
de las cosas posibles
como un equilibrista
que llevara en las manos
esa pértiga inútil del deseo.

No pongas ya tus pasos en el aire.
Tendrás que separar el cielo de la tierra
con trazo más preciso, más quebrado,
como el que hoy te ofrecen las montañas.


                                                                                              

 TRINIDAD GAN


Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Granada (España), ciudad en la que reside.

En 1999 publica “Las señas del pirata”, plaquette editada en la colección Cuadernos del Vigía. Algunos de estos poemas aparecen también incluidos en el Diccionario-Antología “Plumas femeninas en la literatura de Granada (siglos VII-XX) de Amelina Correa Ramón editado por Universidad de Granada en 2002.

Ha publicado también poemas en revistas ( Revista Litoral: La poesía de mar,2001 y Escribir la luz,2010-Revista EntreRíos y La Revista Áurea, ambas en 2012 , Rivista Letteraria Sagarana en 2013) y obtenido accésit en los Premios del Tren en al año 2009 con el poema titulado “El fugitivo”.
Participa en las antologías “La luna en verso” y “Ventanas con palabras”, en 2013.

En el año 2014 colabora con en el número 1 de la revista “Estación poesía”, así como en la revista “Cuaderno Ático” y en su web Noches áticas, y es invitada también al Festival de Poesía de Costa Rica.

Sus últimos poemarios publicados son “Fin de Fuga”, XX Premio Ciudad de Cáceres, editado por Visor, 2008,  “Caja de fotos”, XII Premio “Surcos de poesía” editado por Renacimiento en 2009 y “Papel ceniza” publicado en 2014 en Valparaíso Ediciones.