viernes, 27 de septiembre de 2019

Entrevista a José Luis Quesada, Fotos: Fabricio Estrada



El 26 de febrero del 2016, un mes antes de mudarme a Puerto Rico, acordé con la Revista Digital Literofilia, de Costa Rica, hacerle una entreviste a José Luis Quesada. Ante su dolorosa partida, hago memoria de su pensamiento:

Busqué a José Luis Quesada (Olanchito-Yoro, 1947) durante varios días, casi como un buque de superficie busca al más evasivo Octubre Rojo. Escuchaba los latidos que iba dejando en las esquinas y por ellos sabía que iba despacio, a su propio ritmo, con sus propios fonemas de ballena arquetípica. No es fácil ubicar a Pepe en una Tegucigalpa que aparenta ser pequeña. Pepe Luis la vuelve inmensa y, cuando se llega a él, lo insondable de su silencio sabe decirnos las profundas leyes que rigen la construcción del gran poema. Esta fue la tarde, y los sonidos, los pájaros y la curva melódica de uno de los Maeses vivos más importantes de nuestra poesía en Honduras.

Pepe Luis, usted me decía hace unos meses que de acometer la tarea de escribir sobre un río se debía hacer que el río suene en ese poema. ¿Esa forma y fondo la mantuvo siempre en su poesía?
Bueno, esa es una forma de decir que el poema debe ser persuasivo, igual que el relato, debe convencernos  de que aquel río es real, que podamos sentirlo, captarlo por medio de imágenes, sentir el movimiento del agua, es decir, mediante una cantidad de recursos estilísticos que van desde lo fonético a lo estrictamente verbal  podamos pasar de las imágenes visuales a imágenes sonoras, al grado de usar todos los elementos que ayuden al lector a percibir ese río, comprender lo que estamos diciendo.

Desde que tenemos nociones de la existencia de su poesía, encontramos esa particular insistencia en la sonoridad, y no sólo me refiero al fonema sino también al hecho de hacer existir al ser humano  en su urbanidad y en sus tensiones y resonancias sociales ¿cómo percibe usted esa constante?

Yo considero, y es la verdad que los poetas saben, que la poesía no sólo es el hecho del elemento expresivo y de contenido, sino que tiene una forma, que la relación justa entre ambas cosas es lo que produce un buen poema o una buena prosa. El equilibrio entre el contenido y las formas verbales de manera que el sonido, la musicalidad –la forma en que uno la emplee-, tienen también un valor importante para la comprensión y para la transmisión de lo que nosotros queremos expresar… porque hay un valor subconsciente en el lenguaje donde tienen mucho que ver los sonidos… ciertos sonidos producen ciertas emociones, a veces inequívocas; por igual, estas sensaciones pueden coadyuvar con el contenido enviando todo el mensaje en una dirección única. 

Volviendo a la imagen del río tenés que tener un sonido entre las piedras, las hojas que puedan caer, elementos rítmicos que contribuyan a lo que vos querés expresar, como lo vemos en el cine porque en el cine es más evidente esto: estamos ante la banda sonora, vemos las imágenes oscuras o claras. Pienso, como decía Roque Dalton, que con la poesía contemporánea puede decirse todo y, también pienso que acepta tantos recursos que no vale la pena desperdiciarlos: podés combinar prosa, versos, sería absurdo no aprovecharlos. En algunos poemas yo estoy muy consciente de eso para combinar tanto en el hecho poético, el efecto emocional, el sentimental, el conceptual. Definitivamente todos los recursos estilísticos  tienen que acudir para apoyar ese fin que es la emoción poética.

Hablemos un poco de la revelación de la poesía en usted ¿Cómo fue ese proceso? ¿Cómo eligió el formato?

Comenzó en la escuela, con los poemas que hay en ciertos libros, a algunos nos emocionan y a otros no, ese fue mi contacto, con los profesores de literatura muy sensibles que se esforzaron en que uno pudiera valorar el significado de la belleza en un poema. A mí me gustó la poesía desde que tuve contacto con ella, me gustaba cómo sonaba, ese atractivo fuerte que son las rimas, los consonantes, los asonantes, todas esas minucias de la poesía que vienen a nosotros a través del sonido y que cuando uno es niño es lo que más nos impresiona.

Cuando se habla de “trabajar un poema” hablamos del “oficio del poeta”. ¿Cuáles son las herramientas reales para “trabajar un poema”?

Para mí cuando alguien dice que está “trabajando un poema” es que está en un proceso de corrección. La primera etapa -aunque el término no esté tan de boga- es la inspiración, cuando el poema está en el aire como decía un escritor que ahora no recuerdo; uno lo olfatea, uno siente cuando el poema viene. Cuando por fin toma forma ese verso puede quedar en el comienzo, en el centro o en el final. A mí me ocurre que me llega primero un verso y luego ese verso va arrastrando a los demás como si ese algo que ya está hecho dentro de uno ocupara que uno sólo encontrara un filón para seguir la veta. En ese momento yo no estoy trabajando, en ese momento estoy recibiendo generosamente ese factor humano, espiritual, psicológico como querrás llamarlo, es como replicar el interior de uno mismo. Uno ha ido recogiendo experiencia, consciente o inconscientemente. Para mí uno tiene una capacidad que nace con uno para escribir pero luego está el compromiso, la honestidad literaria con la calidad del poema; por eso me refiero a honestidad y sinceridad, ya que tienes que entregar un producto decente al público del cual no te vas a arrepentir el resto de la vida , o por lo menos vas a decir: en el momento en que lo escribí es todo lo que yo podía dar (risas), pero sí lo hiciste con las herramientas adecuadas, echando mano de lecturas. 

La poesía en la que uno es el marco, tiene sus referencias, tiene sus autores, de manera que uno se va comprometiendo con estos autores y poemas que ha leído. De tu lectura va a nacer el estilo, va a nacer la voz, la entonación, vas a poder construir la atmósfera, cosa que muy poco se trata de hablar en la poesía, lo que mucho nos enseñó Elliot y yo siempre he hecho caso a eso… tiene más parecido con el cuento, pero en el poema se puede crear atmósfera para producir el efecto adecuado, la suficiente transferencia de contenido. Por ejemplo Darío en “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo”, antes del poema mismo te ha atraído la entonación, la curva melódica… Si el poema es de tono mayor va en tono mayor… el poeta por eso tiene que tener cultura, no se debe desaprovechar los recursos que han usado tantos poetas, los críticos lo mencionan, pero muchos poetas se dejan arrastrar a veces por el poder imaginativo que puedan tener o por el talento, y sí, hay que dejarse arrastrar pero luego –como decía Hemingway- hay que ir con una buena tijera, o como decía Cortázar también, que el valor de la literatura consiste en el valor de quitar lo malo, y eso cuesta mucho porque quizá un verso está muy unido a nuestros sentimientos pero resulta que los sentimientos también cambian. Yo les digo cuando hacemos un taller: nunca desechen la versión original porque en esa versión original pueden estar las cosas verdaderas.

La atmósfera de la que habla entonces, Pepe, es ese espacio simbólico que requiere la estructura del poema y que, una vez lograda, contiene a la forma, a la figura ¿cómo considera usted esa plasticidad? ¿Es transición hacia su pintura? ¿Cómo ve ese interludio?

Si te fijás bien los cuentos y las novelas más convincentes son aquellas que saben pintar una atmósfera, la capacidad descriptiva de las cosas, pintar a sus personajes. La plasticidad está sumamente implicada en la literatura. En El viejo y el mar de Hemingway vos olés el mar, escuchás el sonido de las aletas del pez, cuando está agonizando… es un constante ver la novela,  Quizá una de las fallas de la narrativa actual sea que no se le preste demasiada atención en mostrar las imágenes plásticas,  las que nos sitúan en el lugar donde ocurre la acción. Entonces yo voy de esa plasticidad en la novela y en la poesía hacia la pintura, si bien yo tenía la vocación pictórica desde antes, desde niño.


Cuando hablamos de precisar un poema estamos hablando de las formas técnicas, pero en el caso de las búsquedas, del leiv motiv personalísimo suyo ¿qué ha querido precisar?

El problema está en que en la poesía, precisamente, buscamos lo opuesto, la búsqueda de lo impreciso. Por eso es poesía, porque no es un lenguaje denotativo, es pluri-significativo y por lo tanto queremos buscar lo impreciso: el vuelo de un gorrión, de un colibrí. Eso es lo difícil: precisar lo impreciso. Por eso es difícil determinar lo que queremos decir en un poema hasta que lo terminamos, pero a lo largo del camino del poema es cuando vamos encontrando el motivo mismo que nos hizo recrearlo. Es mejor que surja y después buscar los por qué, los cómo, el cómo hacer que aquello impreciso dentro de vos pueda ser preciso sobre el papel, para el lector, y esa es la función del poeta, validar la imprecisión como segunda fase del poema y que, por cierto, muchos descuidan, y por eso el poema queda tieso, marmóreo como una estatua, y eso a veces ocurre cuando elaborás mucho el poema… y es que en el aparente defecto del poemas es donde suele encontrarse el engarce. 

Puede decirse entonces que uno de los motivos de la poesía es la poesía misma, porque no es cierto que uno quiera ser un poeta cuando se es niño. Ahora bien, de nada te sirve un motivo si no tenés nada que decir: en el recorrido de la vida vos has tenido el deseo de escribir pero es en ese recorrido donde te van llegando las situaciones, los motivos, de manera que al final se terminan cumpliendo tus sueños en la poesía pero ya cuando has encontrado los elementos para llenar ese vacío. Borges decía que con la madurez había más que decir.

Una de las preguntas que cabe hacerse, Pepe, es que en estos tiempos donde la poesía ha tenido las plataformas suficientes como para expresar poetas en escenarios –con masividad incluida como el caso de los festivales en Medellín, en Granada, en la época de la Rusia soviética-, ¿por qué se sigue escuchando al poeta? ¿Por qué es necesario?

Al poeta siempre lo escucharemos porque el poeta es como lo pájaros ¿verdad? Inevitablemente lo escuchamos aunque ni siquiera lo estemos pensando. Lo que ocurre es que la poesía es para minorías, cuánto no quisiera yo que fuera para mayorías, pero así tiene que ser… las cosas existen, la realidad existe. Pero la poesía existe en esa realidad y como tal es escuchada, aunque el interés personal no sea hacia ella, inevitablemente habrán escuchado a Neruda, inevitablemente estuvieron enamorados y buscaron la poesía para decir algo mejor, inevitablemente la gente aunque no sea poeta habla como poeta, inevitablemente el pueblo ha creado un lenguaje poético, las formas de nombrar las cosas son poéticas queramos o no, por ejemplo ¿no es poético decirle al follaje de un árbol la copa de un árbol? Y eso no lo inventó ningún poeta, lo inventó el pueblo. 

La poesía es inevitable, está en la vida de la gente… pero la poesía escrita también tiene su público que se identifica, porque como es un lenguaje especial  hay quienes necesitan que se les hable en ese lenguaje y para eso nosotros hablamos, para aquellos que necesitan… y es mucha la gente que busca lo que Platón echó de la República, el lenguaje prohibido para no enloquecerse con las imágenes y las sensaciones.


Ya como cierre, Pepe ¿cuánto tiempo debe durar un canon o cuándo advierte usted que se ha roto ese canon? ¿Cuál es exactamente el tiempo de duración de una voz, de una corriente o de una visión de la palabra en la poesía?

Eso que has preguntado es muy amplio. Creo que el canon se rompe siempre por necesidad, cuando el canon se vuelve una prisión se reduce y se convierte en una vuelta de tuerca más entonces hay necesidad de romperlo. Podría decirse que el canon se rompe a sí mismo cuando se agota, entonces, inevitablemente saltamos, rompemos la tradición. El caso de Vallejo, por ejemplo, el modernismo ya había sido agotado y por lo tanto ya no valía la pena seguirse expresando de la manera en que ellos lo hacían, el estilo de aquellas formas, pero en cierta manera los modernistas habían incursionado muy lejos en asuntos de lenguaje, entonces viene Vallejo y rompe con aquello para expresarse en una forma aparentemente absurda, difícil, pero no era tal: había la necesidad de expresarse diferente y había los hombres adecuados, nuevas emociones, nuevos sentimientos. 

No es que el hombre invente nada sino que en él se va formando la nueva forma necesaria para ciertos hombres especiales… es lo mismo que hizo Darío que empezó a buscar palabras sobresdrújulas para aumentar las sílabas de las palabras en español –que casi no se usaban- y crear el alejandrino que viene del francés, y llevó el lenguaje hasta donde chilla –como dijo Octavio Paz ¡chillen putas!-, el lenguaje debe llevarse hasta allí y es por eso que cuando el lenguaje se vuelve opresión es necesario buscar nuevas rutas… es una condición de la vida misma y por eso está Vallejo, están los grandes poetas franceses, por eso está Whitman que fue de los primeros en romper con tradiciones poéticas.

Tengo la impresión que en la frontera de la ruptura se ha pasado demasiado tiempo en las últimas décadas, ¿Cuál es su apreciación sobre esto?

Lo que ocurre es que no debe de olvidarse que en el siglo recién pasado hubo una cosecha extraordinaria de genios que todavía tienen –como decirlo- dominio sobre las nuevas generaciones, entonces todavía no se ha agotado esa veta como para que surjan voces que se emparejen a aquellas. Me parece a mí que ahí lo que conviene es un delicado equilibrio entre esas grandes voces y las nuevas, como quien dice “yo no me voy a lanzar a la modernidad de un solo sino que también voy a tener en cuenta también los clásicos, porque si me tiro a lo contemporáneo sin haber asimilado a los grandes me puede ir muy mal”, eso hablando en forma consciente. Como decís vos, hay un afán por estar en la frontera y hay un afán por ser diferente que se puede caer en lo ridículo, por ejemplo, algunos quieren valer en la poesía lo urbano –como valor- y la lógica que se sigue es que metiendo elementos urbanos su poesía se va a volver moderna: supermercados, buses, taxis, lo que fuere, pero no se trata de eso, sino en realidad del cómo se expresa eso en tu poesía aún sin mencionarlo o cómo ha logrado cimentarse en vos el logro de expresar el espíritu urbano, sin necesidad de querer parecer contemporáneo porque cito una canción en inglés o porque hablo de París o de Boston… por otro lado la ciudad y el campo siempre han subsistido juntos y un poeta decía que en realidad en todo gran poeta existe un campesino, queriendo decir que hay que llevar mucho de lo primero, de lo original. 

Yo no creo en esas separaciones que te dicen que vas a ser mejor poeta que otro o que te va a poner delante de la modernidad. Vallejo creaba palabras venidas de las usuales cuyos sonidos simplemente te producían conceptos sin decirlo, por lo menos llamar a la madre “tuberosa” ¿Qué es tuberosa? Pero te sugiere tantas cosas… de modo que no es lo urbano en sí mismo, sino que es la expresión eterna del ser en cualquier contexto que éste se encuentre.


Las Crónicas del Capitán Snorkel 11, Fabricio Estrada



El mar estaba en una cinta plateada de las que vendía La Giralda o quizá en el tembloroso espejismo del asfalto al mediodía/ El mar estaba en la dudosa línea blanca dentro de los ojos de mi abuela/cuando el bus alcanzaba la altura del Cerro de Hula/ El mar estaba en el calendario de año nuevo/era un círculo rojo que encerraba una fecha/ El mar llegaba pregonado todos los sábados/ sorteaba a los gatos/ y el vendedor de pescado no daba rebaja/ El mar se destapaba y regaba su olor por toda la casa/ y lo comíamos rápido porque era poco /Era el calor de marzo el mar/ Era una ciudad llena de autobuses impacientes de mar/ Tenía olor a plástico el mar y sus criaturas/ flotaban en los mercados en racimos multicolores/ y se desinflaban como el sueño/ El mar era aquello que imaginaría Francisco Ruiz y que luego/ después de verlo/ me costaría imaginar/ Tenía el mar su propia idea de las distancias/ y su medida estaba en los cerros/ en la punta de un árbol el mar/ en la velocidad de un pájaro el mar/ en la bruma del sur el mar/ No está el mar en el muro azul que ahora rodea/ un círculo azul que pone fecha y horario/ un muro que de vez en cuando trae cruceros llenos de asombros pasajeros/ gente que nunca supo imaginarlo/ asomada en las ventanillas/ siguiendo la dudosa mirada de una abuela que juraba/ e insistía/ que aquella cinta blanca a lo lejos/ sin duda era otra cosa pero no el mar.

F.E.

Paola Valverde, Bartender, presentación


La noche de la presentación de Bartender, de la poeta costarricense Paola Valverde, leí estas palabras en el Lobo Estepario, allá, en la bella San José:

Un bartender es funcionario de la aduana más movida en el tránsito humano. No pide pasaportes de ningún tipo, cartas de recomendación, invitaciones oficiales, al contrario, siempre da y escucha la polifonía del silencio, porque todos hacen como que hablan pero en realidad, el bartender sabe que vienen a él para llenar su silencio de un solo trago.
Has aprendido las conductas:                                                                                                  si esperan una chica
buscarán la última mesa junto a la ventana
si esperan a su sombra
buscarán la barra                                                                                                                    
Un francotirador aviva la llama del bartender, y Paola lo sabe ahora, porque en su momento supo disparar hacia las sombras cuando las tuvo a su alcance, implacable, calcó la paciencia y precisión del dolor, la nostalgia, el suicidio, la conspiración de los tristes, el contrato de la carne y de lo efímero, el gran carnaval que Dionisio trajo en su despedida.

¿Quién recoge las cenizas del  bonzo silencioso que se inmola en un rincón del bar? El bartender. ¿Quién encuentra las madrugadas que se fueron rodando bajo la mesa con  retinteo metálico y devaluado? El bartender. ¿Quién recibe las hurañas propinas que deja la soledad? El bartender, por supuesto.  En todo el poemario vamos siendo testigos de una paciencia infinita decidida a detallar la celebración íntima que cada uno de los clientes trae para compartir en esta tierra de nadie, esta zona franca de la locura. Como Panero lo dijo, Paola reivindica el derecho a la locura, el hecho de que hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca, porque hacer un poemario sobre la fauna y flora que llegó a Rayuela en los tiempos que Paola y Dennis estuvieron detrás de la barra, es negar – y sublimar a la vez- las duras jornadas del desamparo económico en que el azar y  la frustración impusieron su dinámica. Así es que la fortuna fue contar con el temple que la poesía auténtica sabe dar a sus elegidas junto al arqueo de caja que solo la locura puede asumir como riesgo y fe.

Leer Bartender, de Paola Valverde, es entrar a un mundo dentro del cual todos y todas estamos en deuda y a la vez perdonados, porque al entrar en él ya pagamos el precio de habernos convertido en personajes de una poesía delirante que elevará a consigna la épica de los solos.

Fabricio Estrada

Alfredo Trejos, Crooner, contraportada



Estas son las plabras de presentación que le escribiera al poeta costarricense Alfredo Trejos, para su poemario editado en el 2016, Crooner.


Cuando se hizo el contrato para el reality más atractivo de la temporada, Trejos puso una condición: denme un escenario, el más solitario de San José, y déjenme cantar lo que no canto en la ducha y mucho menos mientras cocino mi soledad. Al recibir respuesta positiva, el crooner firmó; con mucha elegancia sacó su pluma y comenzó a escribir -como pie de página a su nombre- una serie de historias que los productores supieron interpretar como se debía: eran historias, cada una de ellas, hechas poemas y guiones a la vez, postales para el más clásico cine negro, el testimonio de un desencantado que tiene la poco común capacidad de hacer ficción su vida real.

Desde ese momento, el show ha roto todas las marcas, y no hay solitario que no haya asistido con su periscopio de u-boat a punto de ser cazado por un Trejos que se sienta junto a  Heminway con su escopeta lista. Mientras tanto, pasan los amores, los juramentos sensatos de no amar más allá del vodka con limón que insinúa el chino de la esquina. Trejos canta, y vuelve a llenar a la poesía centroamericana de esa frescura vital que trae el reírse de uno mismo, pone los discos olvidados y los poemas van dando vueltas y vueltas. Nadie podrá estar a salvo –nos advierte- pero todos seremos salvos si tenemos la capacidad de agarrarle aprecio a la rata que viene a vernos en la madrugada, casi compadecida o quizá ella también hastiada de tanta lluvia y grave poesía.

Afredo Trejos es irrenunciable, “una ciudad de varias cosas al mismo tiempo”, una soledad que es un caleidoscopio inquietante, un caballeroso unabomber que viene y dispara al monitor sentenciando “esto no es un kareoke, carajillo, esto es un Crooner. El reality show puede comenzar.”

Fabricio Estrada.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Sobre Solares y Sur del mediodía

La académica hondureña Linda María Concepción Cortés, ha escrito esta nota crítica sobre dos poemarios míos, Solares (2004) y Sur del mediodía (2015). Me da una visión transversal, como una especie de agujero de gusano en la física, sobre cómo he asumido la poética en dos momentos opuestos de mi escritura. Agradezco muchísimo este diálogo.

https://www.latribuna.hn/2019/09/01/de-la-efervescencia-al-decaimiento-pos-vanguardista-en-dos-poemarios-de-fabricio-estrada/

miércoles, 28 de agosto de 2019

Álvaro Mata Guillé - Costa Rica





De niño
me preguntaba por la niebla mezclándome en ella,
dejándome ir en el letargo que abrazaba el polvo,
era un tiempo sin tiempo:

lo ajeno, la nostalgia,
yo mismo reapareciendo en la lejanía, en el cerro
que desdibujaba las cuevas de la bruja, en los
brazos de los árboles dirigiéndose hacia las lomas,
diluidos en la bruma,
en el vacío
;

había unas pocas calles
recorridas por el sol y el rumor de algunos fantasmas,
voces de sombras que salían de las casas,
un antes de un antes inmerso en la penumbra,
confundido en el silencio,
al que percibía mientras buscaba (en el cúmulo de cosas,
el polvo, la lluvia, el viento)
cuál era mi rostro,
cuál mi voz
una sombra
;
nací en un lugar sin nombre,
el país de los ausentes decía Jorge Arturo,
el pueblón le llamaba Eunice Odio,
un lugar que no era un lugar decía yo
.




En las noches imaginaba lugares distantes,
veredas,
callejones,
sonidos que pernoctaban en las aceras,
escapando entre los bosques,
un dejarse ir vislumbrando en lo lejano,
un perderse
;

la misma sensación de nostalgia reaparecía
al contemplar el brillor
que parpadeaba en las montañas,
en las casas al lado de la bruma
que encubría los surcos
entre los árboles,
el exilio,
la distancia
;

sumido en la llovizna,
buscaba un algo del algo,
estando allá estaba aquí,
todo era todo:

ajenidad, sueño, 
minutos transformados en lo incierto,
el mutismo que iba al pasado en busca de respuestas,
pero las respuestas no son respuestas,
son ópalos que se pierden sin brillo en el abismo,
diluyéndose como la lluvia en los cerros,
esperando la venida de los muertos,
lo que dicen en nosotros,
mientras llega la niebla
.




Casi al amanecer,
quedando todavía unas estrellas,
con el viento detenido y también la lluvia, 
continuaba deambulando por los barrios
de mi barrio:

reaparecía el desierto,
unos cerros dormidos,
el murmullo de cantos que apenas escuchaba,
ritos caminando hacia el vacío
;

el allá era el aquí,
iba y venía era el otro:

la sombra, la niebla, lo ausente,
el pasado regresando a la lejanía,
el todo en el todo, 
la sombra, la niebla,
lo ausente
.



El mutismo se sumergía en la indiferencia,
pasaban las cosas sin pasar:

un pájaro, una nube,
el sol de nuevo entre las calles envejeciendo,
un perro arrastrando las cadenas,
un grito, un pájaro,
una nube
,

perseguía el crepúsculo,
buscaba un fantasma,
la extrañeza,  
el origen del origen en el polvo
pero nada había
.




(Del capítulo: Una laguna muerta)




<<Yo estoy convencido de ser un fragmento de sol,
pero educado como un fragmento sin sol>>,
nos decía Antidio en su Campo Nublo,
cuando empujaba la luna intentando podarla
hasta la esencia:

era una luciérnaga redonda,
una pelota de belleza,
nos decía
. 

A finales de un mes de octubre,
cuando los muertos se preparan
para regresar de Mictlán,
donde habían ido en busca de la casa del Sol,
atravesando cuevas entre cerros y montes,
persiguiendo estrellas de granito, allá,
en aquel lugar, 
donde los niños se cuelgan de los árboles
amamantándose como hojas,
mecidos por las nubes entre flores
;

cuando los viejos junto a los niños,
regresaban a conversar con parientes y conocidos,
departiendo en los altares,
al lado de las tumbas
marcadas con una cruz en la vereda,
cuando en los cementerios,
junto a la bruma que espejeaba en calles
y poblados,
partió Antidio Cabal iniciando así el mutar
entre olvido y recuerdo
;

abandonaba la incompletud y el ente,
detenía lo incierto que empaña lo otro,
reuniéndose con lo que no se conoce
desde lo provisional,
desde la temporalidad que termina
y se evapora
;

cuando las almas
como luces que parpadean,
de viejos y niños abandonaban el crepúsculo,
Antidio se internó en el campo nublo,
deponía sus partes temporales,
dejando el conflicto entre razón y sinrazón
en busca,
como lo había hecho siempre,
del exilio a otro exilio,
llevándose la esencia a un lugar sin lugar
y sin esencia,
ajeno a la normalidad, a los entornos,
para mudar carne y sangre en ceniza,
los conceptos en viento,
en ensueño,
en sombra
;


cuando los altares se sumían en olores
y el fragor del incienso
teñía las flores amarillas
entre dulces, pan de muerto,
rostros convertidos en calacas,
y Mictlán,
el jardín de humo de Tlaltecuhtli,
habitaba por unas horas entre nosotros,
nos llegó la noticia de su muerte,
llegaba como llega noviembre,
con más lluvia,
más bruma,
más frío
.



(Del capítulo: Memorias)





Al regresar,
después de haberme ido con viento
y nubes detenidas,
inmerso todavía en lo lejano,
envuelto en el rumor de las campanas,
me encontré con algunas voces que aún
pregonaban en los cuartos,
con el clamor de las sombras junto al polvo,
entre libros cubiertos de mugre y ceniza, 
algunos recuerdos entre los bocetos
de los escritos,
algunas hojas carcomidas por el tiempo
en los escombros,
por lo ausente,
por el vacío
;

me adentré,
en aquella casa de la que había salido en un día
temprano aventurándome,
escondido en la penumbra hacia los cerros,
sin saber quién era, qué hacía ahí,
cuál era mi rostro, cuál mi voz, 
palpando las paredes,
los pasillos,
sintiendo los tablones flojos en el piso
;

quedaban algunos cuadros,
algunos muebles,
los tallos de flores secas en los vasos
y la cama sola en el cuarto,
el crucifijo,
las velas desgastadas,
los estantes,
los libros quemados
;

la casa no era mi casa,
era un lugar sin lugar,
sin nombre
;

un rato después salí al patio,
miré sin mirar los árboles
confundidos en la hojarasca,
a lo lejos,
en la planicie,
mientras llegaba la lluvia,
mientras bañaban la ceniza
y la nieve era perseguida por el viento
y el ruido del granizo,
;

era un día como cualquier otro,
un día en el que me sentía más solo,
en una tarde como cualquier otra, 
sumido en la bruma
.


Noches después
de dialogar con voces y sombras,
con la nieve, el viento,
     el mutismo de la hojarasca
regresé a las calles entre los cerros
                    todavía adormecidos,
caminé por lugares que no recordaba,
por las sombras en las lomas en los bosques,
por las planicies que cubrían el desierto,
en la espesura
en la lejanía
;

en los caminos,
había algunos fantasmas que corrían detrás de los perros,
los pájaros mudos entraban
y salían de las casas entre las sombras,
volvía a los árboles, a las hojas de ceniza,
al cementerio
;

era un pueblo que no era un pueblo,
teñido por el polvo
;
entre las losas
busqué sin buscar un destello,
me perdí en los reflejos,
en un algo que presentía el horizonte,
pero los cerros oscurecían detrás de las nubes, 
anocheciendo,
huyendo
;

volví sin llegar,
iba y venía sin irme,
no estaba,
era el humo, era yo,
era un sol, un astro,
una ostra,
el otro lado de sí,
era el otro:

los pájaros mudos,
la sombra, la hojarasca,
el desierto en la planicie oscurecido por la ceniza,
por el polvo,
los fantasmas entre las nubes
detrás de la niebla
persiguiendo el fulgor
.



Ir y venir es una ilusión,
otro espejismo
.




(Capítulo: En un país sin nombre)

*Todos los textos pertenecen al libro: Un país sin nombre.




Álvaro Mata Guillé
Escritor, ensayista, director teatral. 


Como escritor

        Invitado frecuente de festivales literarios, como de poesía o ferias del libro, en países como México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Argentina, España, donde ha realizado talleres literarios, charlas y conferencias.
        Ha publicado en diversos periódicos y revistas del mundo.
        Columnista de crítica cultural en la revista Libros y letras, de Bogotá, Colombia.
        Director de Poesía en tránsito-Corredor cultural, que integra festivales de México, Costa Rica, Argentina, El Salvador, Guatemala, España, coordinando además los encuentros en Costa Rica, México y España. Director de Aire en el agua editores (Costa Rica) y del cuerpo editorial de la Revista Contra el tedio.
        Director general del proyecto literario En el lugar de los escudos (en el Estado de México), buscando renovar los vínculos sociales desde la literatura.

Libros publicados:
Un libro sin nombre, antología, Editorial La Chifurnia, El Salvador; Una serpiente sin alas, editorial Babilonia, Bogotá, Colombia (2019) Un país sin nombre, editorial Ponciano Arriaga, México (2018); Más allá de la bruma, Editorial Abismos, Ciudad de México (2017); La niebla y lo ausente, antología, Colectivo Editor Latinoamericano, Argentina (2015); Separata. Breve Antología, Secretaría de Cultura, México (2010); Debajo del Viento, 2°edición, Editorial Ciudad Gótica, Rosario, Argentina (2010); Intemperies, Editorial Aldus, México D.F. (2015); Debajo del Viento, 1° edición, Ediciones Libri Amicis, Caracas, Venezuela (2015); Escenas de una tarde, 1° y 2° edición Costa Rica (2014 y 2015), Escenas de una tarde, 1° edición, Bahía, Brasil.