sábado, 20 de diciembre de 2014

Giovanni Rodríguez - San Pedro Sula, Honduras


Giovanni conoce lo depreciable. Tiene ese fino olfato para no engañarse en la imagen falaz y todo sus arreboles. Así lo conocí siempre y siempre que voy a San Pedro Sula trato de hacer romería hacia la conversación que mantenemos sobre la poesía y la narrativa, sin medias tintas. Sucede que -en la literatura-  uno se va encontrando con aquello que renunciamos al inicio: el yunque, las chispas del forjado en una época blanda y muchas veces ilusa y, es así, que con Giovanni podemos entrarle a los altos hornos para identificar la poesía en su nivel de fuego blanco. Me decía, la última vez, que estaba metido a la crónica y así, recordando a Monsivais y a otras vertientes, supimos que la amplia parábola de estos años termina en la coincidencia, en el intercambio de prisioneros, en aquello que cuesta tanto encontrar por aquí.
Giovanni conoce lo despreciable. Sin duda. San Pedro Sula podrá llenarse de espejuelos y maquilas, pero no podrá escapar de los poetas que le han crecido, como domadores de dragones.


Yo soy el que soy

Acojo tempestades en mi boca de sed y arena oscura, gritos para el silencio de mi esqueleto enmudecido.
Camino sobre filosas piedras cuando es preciso andar sobre las aguas.
Soy eso que se busca o se persigue con el dorso de una mano.
Soy el mal, el fraterno mal: el afán innombrable, el eros sangriento que la razón evade.
Desde uno de mis ojos mira el odio y en el otro exhibe el fuego su locura.
Vengan la furia, el celo, la dulce amargura de unos labios malditos; hay que amar fieramente en estas noches de tedio.
Que no cesen la sangre y su ira latente, aún si el tiempo es obra de unos dioses dormidos; en mis manos violentas se deshacen los cuerpos y vuelven a crecer con nuevos corazones.
Soy el mal, el fraterno mal; ¿quién en la hora adversa me persigue?, ¿quién se arrastra y me nombra con lengua lisonjera?
Escupo las palabras, salta mortalmente el odio de mi boca.
Soy el mal, el fraterno mal, la mitad aborrecible, tu mitad prohibida.

Los pequeños amantes

Preguntan por el amor los pequeños amantes que se hunden bajo el peso de una luna antigua.
Quieren saber por qué se esconde la luz de las luciérnagas.
Preguntan con la mirada puesta en cualquier parte, apenas sollozantes, apenas diferentes, con su dolor, del mundo entero.
Aprendieron a amar bajo la lluvia los pequeños amantes una tarde de invierno que se olvidó del tiempo.
Aprendieron a entregar en besos su corazón desnudo.
Aprendieron que la vida no es más que un fruto de sabor extraño.
Pero hoy los pequeños amantes no saben ser esos amantes, y se van por ahí, mirando las calles, los faroles, las esquinas dormidas de la noche, como grandes almas solitarias y felices.
Después ignoran incluso que se buscan, que allá a lo lejos, cada uno desde su propia forma de la soledad, siente la misma fiera rondar o perseguirlos.
Se detienen a recordar algún instante en que la luz de otra luna entraba de soslayo hasta su melancolía y combatían el frío bajo la misma piel.
Y se entregan por fin a la hermosa tarea de encontrarse, y vuelven a preguntar por el amor, ya no de lejos, sino con esa sensación de estar a punto de romperse, al borde mismo de la propia ternura.
Preguntan por el amor los pequeños amantes solitarios.
Véanlos ir, con la mirada perdida, a cualquier parte, inmersos en la bruma que les deja el pasado.


Última visita
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Cesare Pavese
De lejos te amé, como se ama al mar desde la arena;
te entregué mis ojos desde antes, mi último tacto, y el sabor podrido que acumulé en los labios.
De lejos sentías mi dolor ya casi tuyo;
querías amarme y dejaste que tu sueño se volviera mío.
Hoy regalo mis restos a la tierra;
que otros conserven el peso de mi lágrima en sus ojos y el sonido de las cosas que no se van conmigo.
Hoy llegas, inocente y puntual, y toda mi soledad, inquieta, se acuesta con tu sombra.
Eres la sangre fría que empuja mi otra sangre, yo sólo el eco que nace fugaz de mis latidos.
Llegas como un pájaro oscuro a reclamar mi aliento, te asomas a mi oído y cantas algo, una última canción, las notas que ultrajan el cuerpo derrotado de mi vida.


Las horas bajas

X

No pusimos una hoja sobre la faz del agua;
creímos siempre que en el aire, en el sueño, se entretejían hilos desde una piel a otra.
Era el tiempo de los ojos cerrados, de las palabras húmedas, y hacíamos que un beso creciera en la tarde de algún jueves, al lado de un café, entre los faroles, bajo la férrea mirada de los policías.
No estuvimos a unos pasos del mar, no soñamos el sueño que nos soñara juntos.
La hora llega, sin embargo, en que las manos se cansan, el amor se cansa;
hasta que un grito nos inunda la boca y nos volvemos grito, y somos el eco apenas, la golpeada huella.
Entonces la voz atada a la garganta, el temblor en las pupilas, una lágrima antigua y postergada.
Rotos los besos, encerrado el adiós en el puño de una mano, una sombra se alarga y la otra se hace piedra.
De golpe la vida se amontona en el pecho en un solo latido.
Alguien se va, es cierto, era cierto el amor.

XXVI

Alguien amaba entre las gotas de lluvia;
hoy, caídos los besos, un extraño pasa sobre ellos en el polvo.
No hay más amor que entre las huellas rotas o golpeadas.
Amor estrujado, antiguo, pobre amor, ya nadie recuerda tu fiebre y tu delirio.
Hoy las manos blancas buscan recoger el eco de los besos, besos que son agua, líquidos besos muriendo entre los dedos.
Alguien amaba cuando del cielo llovía esa música dura y persistente, y en los bordes de las hojas, de los techos, de las piedras, en esos finales del mundo para cualquier amor, las voces se iban confundidas con la piel efímera del agua.
Alguien amaba aquí, sobre esta tierra marchita y sus resquicios de tiempo;
y hoy que vuelvo sólo soy un extraño que camina y deja unas huellas distintas en el polvo.

Melancolía inútil

VI

Hasta aquí los ojos de este hombre viejo que he sido casi todas las mañanas de mi vida.
Que ninguna luz se afiance a mis párpados para volverlos agua.
Respiro por el tacto, me arrastro y busco la escalera con las manos para aferrarme a la memoria de los pasos de otros.
No seré más ese explorador de signos antiguos y olvidados, no comulgaré un día más con la tristeza.
Si alguna vez la vida me prodigó otra vida, fue cuando mis ojos vieron otros ojos y en ellos el tiempo ya no era un frágil destello equivocado.

VII

No diré más de lo que ya mis ojos confiaron en secreto a las paredes.
Mi silencio es mi voz, no mi secreto.
No escribiré sobre los huesos ajenos, aun cuando esos huesos griten, estallen de dolor acumulado.
Al filo del poema tragaré mi propia rabia, vomitaré la espuma de mis resentimientos, le ahorraré mi asco a la Poesía.
Mi silencio es mi voz.

XVII

Una vez conocí la lengua de los pájaros, ahí donde todo queda en silencio; respiré el lado lluvia del viento, saboreé la tierra húmeda, besé las últimas piedras del camino;
llegué a morir de tedio, de tristeza, mientras tardes y más tardes hacían desfilar ante mis ojos su exacta dosis de melancolía inútil.
Pero eso es pasado.
En adelante seré otro.
En adelante seré tan leve como el aire que roza las hojas en las tardes.
Me dejaré arrastrar por las vicisitudes.
En adelante el hombre equivocado que he sido dejará de sonreír con ironía y empezará a pulir los rasgos de su indiferencia.

XVIII

Hasta aquí la música, la maldita música del alma, las notas ultrajantes.
Ahora soy otro.
Soy el otro que me sobrevive.
Soy el reverso insoportable para la Poesía.
En el anverso fui poeta e intenté la muerte y el amor y otras cosas inútiles.
Ahora soy otro.
Que nadie quiera imponerme ser quien ya he sido.

Ser / No ser

Ser poeta.
Ser poeta y esperar, tener esperanza aún, tenerla siempre.
Ser poeta y amar con increíble fuerza las cosas más pequeñas.
Decir así, siendo poeta, que la vida es inventario de instantes dolorosos, recuento de pasiones no correspondidas, de tragedias sin fin, de incertidumbres, y aún así, siendo poeta, sonreír amablemente porque es hermosa la vida…
Alojar en el pecho todas las desdichas, los golpes cotidianos, las infamias ajenas; robustecer de esa manera el corazón; acumular ternura, amor, cariño, etcétera.
En resumen, ser infinitamente triste, melancólico, un hombre sin fortuna.
Ser poeta y hablarle al mundo connotativamente.
Asumir que uno no es uno sino todos.
Dedicarse por entero a la Poesía, a transformar la lluvia en llanto, el aire en breves caricias de la tarde, el más prosaico acto de la vida en una imagen poética.
Todo eso, sí, es ser poeta, según los cánones de la alta academia del espíritu, pero yo he decidido ya no serlo, si alguna vez lo fui, si alguna vez creí ser Dios, como en ese poema cursi de Huidobro.
Mejor no ser poeta.
Ser sólo un hombre común que silba mientras anda.
No tener esperanza porque es mucha esperanza para tan poca vida.
No ser poeta y amar apenas las cosas necesarias.
No pronunciar jamás palabras tristes o cursis o sacadas de un libro de autoayuda, ni sonreír con estoicismo ante el desastre, ni intentar ver lucesitas al final del largo y tenebroso túnel de la vida.
Mejor no decir nada, cerrar la boca, o abrirla sólo para las cosas serias o infinitamente divertidas.
Y desterrar del pecho la melancolía.
No ser poeta y hablarle al mundo denotativamente.
Saber que yo soy yo, no pretender ser tanto ni tantos ni ninguno; a un hombre le basta su propia mísera existencia.
Dedicarse a otra cosa: a practicar el amor del cuerpo a cuerpo, el tiro al blanco, dedicarse al sano aprendizaje de decir “yo quiero una cerveza” en el idioma de Kafka.
Aficionarse al fútbol y a la novela negra o de aventuras, aprender a bailar salsa para no aburrirse el día de la fiesta.

Todas ellas, cosas muchísimo más interesantes y sensatas que escribirle poemitas a las musas.



GIOVANNI RODRÍGUEZ (San Luis, Santa Bárbara, Honduras, 1980) Estudió Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Es miembro fundador de mimalapalabra y editor del blog www.mimalapalabra.com. Durante 2007 y 2008 coeditó la sección literaria del mismo nombre en Diario La Prensa de Honduras. Ha publicado los libros de poesía Morir todavía (Letra Negra, Guatemala, 2005) y Las horas bajas (SCAD, Tegucigalpa, 2007); y la novela Ficción hereje para lectores castos (mimalapalabra editores, San Pedro Sula, 2009). Con Las horas bajas ganó en 2006 el Premio Hispanoamericano de los Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala. En 2008 fue uno de los ganadores del certamen de poesía La voz + Joven, de Madrid.