viernes, 7 de junio de 2013

Post-Bang



Oscar quiso atravesar su casa de la sala a su dormitorio pero ya había comenzado el intercambio de ametralladoras afuera. Una poderosa descarga hizo que la bala atravesara la pared de concreto y diera directamente en la cabeza de Oscar, que cayó ante su familia, al lado de la computadora. Alcancé a ver la escena en un noticiario pero ya habíamos escuchado el fragor de los tiros la noche de ayer.
Fue impresionante en verdad la intensidad de fuego. No hubo ninguna diferencia entre lo escuchado en cualquier ciudad de Siria o en Malí. Había encono y no parecía terminar. Es más, llevamos ya una semana completa escuchando los disparos entre las 8:30 pm y la 9:30pm, quizá más días.

Vivo en una colonia que fue urbanizada en 1986. La Cerro-Grande, en Comayagüela. Ubicada en lo alto de la capital (noroeste) se domina desde sus miradores ambas ciudades, Tegucigalpa y Comayagüela. 1,100 metro sobre el nivel del mar. Al mismo tiempo que su construcción fueron creciendo a sus alrededores lo que pronto se dio por llamar invasiones y que ahora, bajo el nuevo lenguaje tecnócrata suavizador, son llamadas colonias en vías de desarrollo, áreas de marginamiento urbano o, en lenguaje marxista, áreas excluidas. El punto es que sus nombres fueron surgiendo con alentadora buena fe: Villa Franca, Villa Unión, Villa Cristina, Campo Cielo, Alemania, La laguna y Las Pavas.
A medida que fueron creciendo creció el conflicto. Siempre se supo que eran zonas calientes pero su auténtica calentura se muestra en su totalidad hasta ahora, a sangre y fuego, como una auténtica zona de combate. Todos sus ecos llegan directamente hasta la Cerro-Grande y también sus muertos. Por lo general la ruta de ascenso hacia esta colonia (El Chile) ha sido un lugar para abandonar cadáveres; el más famoso de ellos el sonado caso de la estudiante normalista Ricci Mabel, asesinato que dio por inaugurado el Kali-yuga en Tegucigalpa.

Pero repito, lo que estamos viviendo estos días sobrepasa la definición de criminalidad. No es una guerra solo de mareros. Esto es un entramado mucho más complejo como un aparato sanguíneo en sí que filtra por todos lados: dispara el XIII al XVII, el XVIII al policía, el policía uniformado al policía de civil, el XIII al sicario policía de franco, el policía sicario al civil desarmado, el desarmado civil le paga a un XIII o un XVIII para eliminar al policía uniformado que lo intentó matar de civil... y en medio de todo eso, los blancos surcos de la cocaína como pintura guía dentro de un hospital desplomado.

Hace unos días tuvimos en casa a Héctor, un niño de 11 años que vive en la Campo Cielo. Nos ofreció su servicio para chapear las plantas (podar) frente a la casa. Ya en confianza nos habló de cómo se vive en su colonia, del miedo a cruzar ciertas zonas hacia la Villa Unión porque ahí hasta los niños odian a los del "otro lado" y "nos verguean". Habló de las tirazones (de las balaceras) y del cómo una mañana se encontró una pistola con balas "bien puntuditas". Se la quiso quedar pero un policía lo vio con ella y se la arrebató para quedársela él, luego de un brusco interrogatorio donde tuvo que intervenir toda la familia. Héctor ya no va a la escuela como Oscar ya no va hacia su dormitorio. Héctor vive aún, sigue viniendo por acá, pero no sé, a ese ritmo, por cuánto tiempo más.

Así sucedió con Don Augustín, quien venía con sus dos hijos pequeños a chapear por la colonia. Un día vino solo. Me contó que el mayorcito había muerto (13 años) asesinado por malas compañías. Me señaló hacia lo alto de la Zona 2. Ahí está el enorme tanque de abastecimiento de agua, pintado de azul. El primer lugar donde tocaba la neblina antes -recordé yo. "Ahí mataron a mi muchachito sus propios amigos" -me dijo Don Augustín-, por eso mandé al otro para afuera (hacia tierra adentro), para que no me lo maten. No sé qué ha pasado con Don Augustín, no ha vuelto, y las plantas se crecían esperándolo y nada. Ahora no puedo dejar de ver el tanque de agua allá arriba sin imaginarme a su hijo elevando un barrilete púrpura, como lo hacíamos antes nosotros, niños, sobre el tanque de agua en el terreno de los Alfaro, allá en Sabanagrande.

También la muerte y su centro de gravedad fijado en los alrededores -y que ahora se desplaza hacia aquí, inexorablemente- ha ido atrayendo a amigas y amigos que crecimos en la Zona 3. Gaby, desde muy niña, me decía "Adiós espagueti" y se reía a carcajadas cuando yo le respondía: "adíos albóndigas" (todo por unas tiras cómicas que pasaban en la tele). Siempre sonriente de pronto ya era una jovencita que muy pronto, también, quedó embarazada. Logró graduarse de maestra pero nunca encontró plaza. Un día vino a casa a pedirme ayuda en dinero para llevar a su hijo al hospital. Otro día apareció en las noticias, asesinada en la zona de El Pedregal. "Estaba enviciada con la droga", me contó alguien cercana a ella. Dos disparos en la cabeza.

Chorro de humo -Gabriel- murió dentro de un bus. Se había ido a vivir a La Laguna. Baleado. Arlem, que conocí igual desde niña y que tuvo un pequeño con un amigo, fue asaltada y se negó a entregar su celular. Fue baleada dentro de un "rapidito" de ruta Cerro-Grande Centro. Osman fue asesinado de un balazo en la cabeza dentro de su propio auto. Era periodista, recién graduado. Un año antes su padre había sido asesinado en un hotel del Guanacaste. La esposa de "el negro", Allan, fue asesinada frente a él cuando dejaban la basura en el contenedor cerca de la escuela. Se negó a entregar el celular. Un disparo. No hay que ser un mago para aprender a sortear lo que parecería inminente. Las consecuencias han sido un repliegue paulatino hacia el encierro y salir nada más bajo pasos y rutas precisas. Y escuchar, claro, con los oídos aguzados, hacia dónde van las balas. Mientras tanto, el cuerpo de vigilantes mantienen a raya la Zona
3 aunque la amenaza haya llegado ya en forma de un letrero que los delincuentes pintaron en la propia garita de guardia, a medianoche: "se las tiran de muy vivos guashis, ya les va a tocar". Los guashis borraron como pudieron la advertencia y ahora, esperan.