jueves, 27 de diciembre de 2012

El laberinto de Hawara

Como desde hace mucho tiempo, como desde el ritual que he hecho al leer la antigüedad, como soy, entonces, bebo a goteo lento de la κρατηρ (crátera) infinita libada por Heródoto, y así me embriago con una de sus testimonios más alucinantes: la descripción que hizo sobre el laberinto de Hawara, Egipto:

«Compónese de doce palacios cubiertos, contiguos unos a otros y cercados todos por una pared exterior, con las puertas fronteras entre sí; seis de ellos miran al norte y seis al mediodía. Cada uno tiene duplicadas su piezas, unas subterráneas, otras en el primer piso, levantadas sobre los sótanos, y hay 1.500 de cada especie, que forman entre todas 3.000. De las del primer piso, que anduve recorriendo, hablaré como testigo de vista; a las subterráneas sólo las conozco de oídas, pues que los egipcios a cuyo cargo están se negaron siempre a enseñármelas, dándome por razón el hallarse abajo los sepulcros de los doce reyes fundadores y dueños del Laberinto y las sepulturas de los cocodrilos sagrados; y de tales estancias por lo mismo sólo hablaré por lo que me refirieron. En las piezas superiores, que cual obra más que humana por mis ojos estuve contemplando, admiraba atónito y confuso sus pasos y salidas entre sí, y las vueltas y rodeos tan varios de aquellas salas, pasando de los salones a las cámaras, de las cámaras a los retretes, de éstos a otras galerías, y después a otras cámaras y salones. El techo de estas piezas y sus paredes cubiertas de relieves y figuras son todos de mármol. Cada uno de los palacios está rodeado de un pórtico sostenido con columnas de mármol blanco perfectamente labrado y unido. Al extremo del Laberinto se ve pegada a uno de sus ángulos una pirámide de cuarenta orgías, esculpida de grandes animales, a la cual se va por un camino fabricado bajo tierra»

Y Estrabón no se queda atrás:


«Encontramos además el Laberinto, obra igual a las pirámides, y, al extremo de ese monumento, la tumba del rey que lo hizo construir. Después de haber pasado la primera de las entradas del canal se ve, a la distancia de treinta o cuarenta estadios, un terreno llano como una mesa sobre el cual hay una aldea y un vasto palacio compuesto de tantos palacios [interiores] como nomos había antiguamente. Encierra un número igual de aulae rodeadas de columnas y contiguas unas a otras, todas sobre la misma línea, todas bordeadas por un mismo muro, de manera que se encuentran colocadas delante de una larga pared en cuyo lado opuesto están sus entradas respectivas.
Al atravesar las entradas se hallan numerosas criptas de bastante longitud, comunicadas entre sí por caminos tortuosos, hasta el punto que ningún extranjero sin guía sería capaz de recorrerlas, ni de salir una vez que hubiera entrado. Lo más sorprendente es que el techo de cada una de las cámaras es monolítico, y que las criptas, en toda su longitud, están igualmente cubiertas de lajas de una sola pieza, de tamaño desmesurado, sin mezcla de madera u otra materia. Cuando se asciende al techo, que no está muy elevado, pues el edificio tiene un solo piso, se ve una llanura formada por esas enormes piedras; al descender desde allí a las aulae se las ve colocadas en fila y sostenida cada una por veintisiete columnas monolíticas. Las piedras utilizadas en la construcción de los muros no tienen menores dimensiones.
En el extremo de este edificio, que ocupa más de un estadio, se eleva la tumba, pirámide cuadrada de cuatro pletros de lado e igual altura. Ismandes es el nombre de quien está ahí enterrado. Se dice que hizo construir tal número de estancias porque era costumbre que las delegaciones de todos los nomos vinieran a reunirse en este lugar, cada una con sus sacerdotes y sacerdotisas, para hacer sacrificios y discutir los asuntos más importantes. Estas delegaciones ocupaban cada una el aula destinada al nomo»

Mucho menos Plinio:

«No es posible describir con detalle las partes y sus articulaciones. Se subdivide en distritos llamados nomos, de los cuales veintiuno están atribuidos a otros tantos vastos edificios. Además, contiene los templos de todos los dioses egipcios, y Nemesis ha erigido en el interior cuarenta templetes y pirámides de cuarenta codos de altura y seis arourai de base. Es cuando se está ya cansado de caminar que se llega al más inextricable rodeo del recorrido, y allí hay también salas a las que se accede salvando un declive, luego de bajar por galerías que descienden noventa peldaños. En ellas se ven columnas de pórfido, estatuas de divinidades y de reyes, y figuras de monstruos. Algunas estancias están organizadas de modo tal que, cuando se abre la puerta, surge del interior un bramido terrible, y, cuando se atraviesan, la mayor parte del recorrido se hace entre tinieblas. Otras construcciones imponentes se encuentran extramuros del Laberinto, denominadas pteron. Finalmente, se alzan ahí unos aposentos a los que se llega atravesando pasadizos excavados en la tierra. Las únicas reformas, de poca entidad, las realizó Cheremón, un eunuco del rey Nectanebo, cincuenta años antes de Alejandro Magno; según recoge la tradición, habría colocado un armazón de vigas cocidas en aceite y bloques de piedra cuadrados»

“ A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
De piedra y sin tronco. A su lado cierto
Rostro en la arena yace: la faz rota,
Sus labios, su frío gesto tirano,
Nos dicen que el escultor ha podido
Salvar la pasión, que ha sobrevivido
Al que pudo tallarlo con su mano.
Algo ha sido escrito en el pedestal:
«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!:
La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria”.
                                                                               
                                               (Ozymandias, Shelley 1818)