miércoles, 12 de noviembre de 2008

La ceguera según Orahn Pamuk


La inquietud que causan los ciegos ha sido motivo suficiente para escribir novelas magistrales, prueba de ello está en la manera que Saramago y Sábato hacen de este tema o en el cine, la famosa escena donde a Ben Hur, practicamente cegado por la sed y el sol abrasador, se le hace imposible ver -o advertir- a su mesías.

Orahn Pamuk en "Me llamo Rojo" hace una gran metáfora histórica del permanente acoso de la modernidad sobre su Turquía natal, utilizando como esencia de su novela la irrupción de los nuevos estilos occidentales sobre la antigua técnica de ilustración de los maestros otomanos, diciéndonos a la vez que la desaparición de una forma de arte -estilo o corriente- también es el fin de una manera de ver y comprender la vida y por ende, el comienzo de la memoria o la leyenda.


"Según el historiador Mirza Muhammet Haydar Duglat, que también escribió sobre los ilustradores de la Herat de la época y sobre sus leyendas, el maestro Seyyit Mirek propuso el ejemplo del artesano que quería pintar un caballo para aclarar aquella forma de entender la pintura. Según su razonamiento, incluso el ilustrador de menos talento, cuando pinta un caballo observándolo porque tiene la cabeza tan vacía como los pintores francos de hoy en día, en realidad está pintando de memoria. Porque nadie puede mirar a la vez al caballo y al papel en el que se está dibujando su imagen. Primero el ilustrador mira el caballo y luego pasa al papel lo que tiene en la memoria. Aunque solo pase el tiempo de un parpadeo, lo que el ilustrador pasa al papel no es el caballo que está viendo, sino el recuerdo del caballo que acaba de ver, lo cual es la prueba de que incluso para el más mísero de los ilustradores la pintura sólo es posible gracias a la memoria.

Como resultado de aquella forma de entender la pintura, que consideraba la vida activa del artista como una preparación para la futura y gozosa ceguera y los recuerdos que implicaba, los maestros de la Herat de la época veían las pinturas que hacían para monarcas y príncipes aficionados a los libros como una especie de ejercicio de la mano, una práctica, y aceptaban el trabajo, el dibujar sin parar y el observar las páginas sin interrupción durante días a la luz de los candelabros como algo gozoso que conducía al ilustrador a la ceguera.

El maestro ilustrador Mirek se pasó la vida buscando el momento más apropiado en que le llegara ese final feliz, bien sea acelerando la ceguera intencionadamente dibujando árboles con todas sus hojas en uñas, granos de arroz e incluso cabellos, o bien retrasando precavidamente la llegada de la oscuridad pintando jardines alegres y soleados. Cuando cumplió setenta años, el sultán Hüseyin Baykara decidió premiar a tan gran maestro y le abrió su tesoro donde se guardaba bajo siete llaves miles de páginas de libros que había ido reuniendo.

El maestro Mirek estuvo tres días y tres noches contemplando sin parar las páginas maravillosas de los libros legendarios de los antiguos maestros de Herat a la luz de los candelabros de oro de aquel tesoro repleto de armas, telas de seda y terciopelo y monedas de oro, y luego se quedó ciego. Aceptó su nueva condición con tanta madurez y resignación como si hubiera recibido a los ángeles de Dios y el gran maestro ya no volvió a hablar ni a pintar.

Mirza Muhammet Haydar Duglat, autor de la Historia del que sigue el camino recto, lo explica diciendo que un ilustrador que ha alcanzado a ver le paisaje del tiempo inmortal de Dios ya nunca puede regresar a las hojas de los libros, hechas para los vulgares mortales, y prosigue: “Allí donde los recuerdos de un ilustrador ciego alcanzan a Dios, reina un silencio absoluto, una oscuridad absoluta y la infinitud de la hoja en blanco”.

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