martes, 9 de junio de 2015

El alma buena del arrabal: la bondad tiene dos caras.



“Un momento, venerables dioses… es que no estoy segura de ser buena”. Shen-te
Una vez que se apaguen las luces y que el ciego abra los párpados de los telones, será difícil saber quién conserva bondad y quien la dilapida como agua para una flor de metal. Volver a esa penumbra que es el lugar más privilegiado hoy por hoy de Tegucigalpa. Volver al Teatro Memorias en la barrio La Plazuela para ver El alma buena del arrabal, adaptación de El alma buena de Se-chuan, de Bertolt Brecht.


Tito Ochoa plantea en su montaje ir a la raíz de la propuesta de Brecht respecto al desnudar la acción teatral a sus más humanos mecanismos, ya sean estos la puesta en escena sin efectismos o lo que es esencial, exponer lo humano a su dialéctica natural, sin sutilezas, la sociedad y la asociación sin piedad. Lo mundano.  Desde la primera intervención del aguatero sabemos que lo que viene es el desierto espiritual más enconado y la repentina aparición de los dioses en medio del arrabal no cambiará las cosas más allá de probar quién es bueno o si existe un alma buena capaz de sobrevivir al despiadado acoso de la miseria en todas sus expresiones.

La promiscua coexistencia de todos los intereses posibles en torno al personaje principal, Shan-te, la favorecida por los dioses con muchísimo dinero repentino, despierta una serie de cambios en toda la barriada, la misma gente que no puede evitar advertir que un alma buena –y que de paso le sobra dinero- ha nacido entre ellos, pero que no significa que la bondad reconocida en Shan-te sea valorada desde la moralidad o ética que propone la teoría, sino que es la inmoralidad y lo anti-ético lo que condiciona todas las relaciones incluido el amor, debilidad no permitida porque como dice uno de los personajes, “de pronto uno de nosotros ama y está perdido”. Ante esto, Shan-te debe duplicarse –Shan-te que ha sido prostituta y que ha tenido que multiplicar su cuerpo siempre- para ver la situación de su repentina fortuna o desgracia en conjunto. Unos días es ella, para amar, y otras es Vicente, su alter-ego o disfraz de primo lejano para ser fría. De esta forma resiste todos los acosos, todas las invasiones a su intimidad y a su deseo de superarse, incluso, resiste a la nostalgia de lo que aparentemente ha sido la gracia del amor representado por el piloto fracasado, que se le presenta primero como desvalido pero que rápidamente ve en ella su oportunidad para vivirla. De esta forma, un nuevo deseo, más allá de la carne, se dirige hacia ella.


Vivirla, sí, esa doble acepción que en nuestro medio puede significar aprovecharse y también disfrutar algo sin límites, viene a ser el hilo conductor que Tito Ochoa sabe elevar a dramatismo y a pura acción atorrante, como suele ser en la realidad. Aquí están representados los que no dejarán pasar sin peaje la inclinación a la bondad de Shan-te, ese manoseo de lo poco que le va quedando a esta mujer dadivosa que raya en la ingenuidad y la ternura. Y es así por una dialéctica que el mismo cuerpo le ha impuesto a Shan-te y que todos en el barrio lo saben: sólo quien entregó su cuerpo sin preguntar nombres ni condiciones,  es capaz de saber cuánto se entrega para redimir, aunque sea en un orgasmo fugaz, al otro que no tiene cuerpo, que sólo son billetes al viento que hay que cazar. “Usted no sabe lo que es la desgracia – le soborna inmoralmente una vecina- ¡con la suerte que tiene!”.

El aguatero, actuando como voz de la conciencia, intenta contener a los demás en medio de mil frustraciones y se convierte, lleno de miedo y debilidades, en el signo de la piedad, el que da de beber a los ciegos, a los amantes, a los perseguidos. Todo el arrabal le pide de beber y a la vez lo desprecia, sólo Shan-te es su amiga, pero Shan-te debe irse a la ciudad para desligarse de las formas promiscuas con que el capital se mueve a bajas alturas. Quizá ahí reside el amor que le guarda de manera perniciosa al aviador que  la vive: ella quiere volar, despegar –despegarse de su destino, desapegarse, desarraigarse. Y ese amor pervertido es la que la lleva, en su imagen duplicada de Primo Vicente, a triunfar sobre sí misma y a alcanzar un capital más alto pero igual de promiscuo. Y es aquí donde el texto de Bertolt Brecht señala, con toda lucidez, el marco deshumanizador de la sociedad: de vender su cuerpo Shan-te pasa a aprovecharse de la fuerza de trabajo de los cuerpos que subyuga en la explotación más inmisericorde, ahora como patrona de una fábrica para indigentes gracias a la adopción permanente –travestismo esencial y necesario- de la personalidad de Vicente. Es así que los pasos de Shan-te no conducen a ninguna redención de tipo moral, sino que al final, el sistema de enajenación por la que ha sido miserable toda su vida la convierte en instrumento de su impiedad, y por lo tanto, volverá al seno de donde surgió, en una producción en serie infinita dentro las relaciones más corruptas. ¿Quién prostituye? ¿Quién ama? ¿Quién tiene el poder de los dioses para romper ese nudo gordiano? Ni los que prostituyen, ni los que aman, ni los dioses. El poder está en el sistema.


Ser público de El alma buena del arrabal de Teatro Memorias es lo mejor que le puede pasar en Tegucigalpa a alguien que busca calidad y alto nivel para su entendimiento del arte dramático. La experiencia actoral de José Luis Recinos, Inma López y Gary Názar  logra transferirse hacia el resto del reparto representado por Marey Álvarez, Jean Navarro, Gyanendra Portillo, Bruno Valladares y Walter Lobo, logrando unos picos actorales delirantes a la vez que demuestran su capacidad para sostener el perfil del personaje a quien representan de principio a fin, dando pausa a sus diálogos y manejando de manera sobresaliente su lenguaje corporal, un estro escénico donde se nota la magistral dirección del Maese Tito Ochoa. Un gran aplauso por igual para la solución escenográfica y para la decisión de que la mutación del mismo se haya hecho a  favor del voyerismo del público. Gran signo, por igual, de ninguna forma irreconciliable con lo que vemos a diario en forma de desastre urbano en nuestro paisaje al igual que en nuestra precaria ciudadanía.

Fabricio Estrada.

Junio-2015