jueves, 19 de junio de 2014

El termómetro anda mal

El termómetro que levantaron al pie de las gradas en Torres Metrópolis se alza como un centinela. Inconmovible sigue errando en su medición. Desde el comienzo del verano en marzo marca 34 grados centígrados. Un día la temperatura bajó y nos dimos cuenta que estaba funcionando mal, que se había quedado en marzo con todo y sus fuegos.

Creo que lo hemos subestimado. Algo está mal en nosotros y él lo percibe.



Acostumbro a leer las notas rojas desde que descubrí a mi prima muerta y alguien arrodillado ante ella. Era mi tío, su padre. Pasé con rapidez las hojas pero retrocedí hacia esa foto, desandé alrededor de 10 páginas porque algo me quedó vibrando en el rabillo del ojo, como un tic de esos que me hacen creer en un rompimiento de la matrix. Era ella ¡cómo no lo pude ver a la primera! Un sicario llegó y frente a su pequeña hija le disparó, así sin más. Desde ese impacto repaso cada nota, aunque me duela a diversidad de los múltiples asesinatos. Pareciera que los asesinatos son hechos por asesinos aburridos pero excitables a la hora de romper la rutina.

¿A qué le temen? Me pregunto ¿A qué le temen los sicarios? Existen estudios sobre la psicología criminal que apunta a que el ser humano tiende a evitar las peleas cuerpo a cuerpo y que, en esa supervivencia darwiniana de no provocar su extinción personalísima, lo que ocurre son una serie de fintas y golpes disparejos, timoratos. Prefiere matar de lejos, el ser éste que somos. Disparar de lejos y luego huir, así como se mira en todos los videos que la policía filtra de las cámaras de vigilancia en las calles. En ellos se ve cómo los sicarios corren cuando la víctima decide enfrentarlos. Estos mismos estudios sugieren que los graves asesinatos y genocidios son provocados por “una huida hacia adelante” de los miedosos, de los que se sienten vulnerables y acosados. Es decir, no se huye hacia atrás, sino que entra en juego una furia patológica siempre latente que hace ir hacia delante y asesinar, desmembrar, aniquilar.

¿A qué le temen los asesinos en Honduras? Hace tres días un hombre mató a machetazos a tres niños en el departamento de Cortés. Los esperó en un piñal y se les fue encima aprovechando la noche. Celos del muchacho mayor, especulan los investigadores. Crimen pasional. Esta atrocidad sucede en momentos que se denuncia a nivel internacional que en la frontera de Estados Unidos hay centenares de niños detenidos por la policía fronteriza estadounidense. La mayoría de ellos son niños y niñas hondureñas que huyen solos o acompañados de sus padres por la dantesca situación del país, un territorio que día a día recibe una matanza y que informa, por igual, que viene aumentando el número de casos de niños muertos o heridos en el fuego cruzado, por no hablar de los miles de niños y niñas que han quedado huérfanos, a la deriva de las corrientes migratorias.

Salgo a ver el termómetro junto a las gradas. 34 grados y todos usamos abrigo en esta mañana de frío, de neblinas y de lluvia real en pleno junio. Todos lo miramos de reojo. Miramos de reojo la nota roja y el termómetro. 

Sabemos, muy en el fondo, que ese termómetro mide en realidad la temperatura corporal de nuestra fiebre social.

F.E. 

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