jueves, 22 de marzo de 2012

Paul Celán- Ante una vela

De oro repujado, tal
como me lo ordenaste, madre,
modelé el candelabro; de donde
ella se me alza, oscura, en medio
de horas astillantes:
la hija
de tu muerte.

De esbelta figura,
de una fina sombra de ojos almendrados,
boca y sexo
rodeados de un baile de bestias de ensueño,
alza el vuelo donde el hendido oro,
sube
al vértice del ahora.

Con labios
velados de noche
rezo la oración:

En el nombre de los tres
que se hostigan mutuamente, hasta
que el cielo se sumerge en la tumba de los sentires,
en el nombre de los res, cuyos anillos
me brillan en el dedo siempre que
suelto el pelo a los árboles del abismo,
para que un flujo más rico atraviese la hondura-,
en el nombre del primero de los tres,
que gritó
cuando hubo que vivir allí donde antes que él ya estuvo
su palabra,
en el nombre del segundo, que miró y lloró,
en el nombre del tercero, que blancas
piedras apiló en el centro,-
te absuelvo
del amen que nos aturde,
de la luz glacial que lo bordea
allí donde, alto cual torre, entra en el mar,
allí donde la gris, la paloma,
picotea los nombres
a este lado y al otro del morir:
Tú sigues siendo, sigues siendo
la hija de una muerta,
consagrada al no de mi añoranza,
enlazada a una grieta del tiempo
ante la que me llevó la palabra materna,
para que una sola vez
se estremezca la mano
que en todo tiempo me aprieta el corazón!