lunes, 26 de marzo de 2012

Blancas piranhas o la rebelión de un poeta - Luis Chávez, El Salvador


“Escribir/ (es) cruzar el bosque/
y matar a los demonios del paraíso…”
Alex Canizález

Conocí al poeta hondureño Fabricio Estrada (Sabanagrande, Francisco Morazán, Honduras, 1974), en un Encuentro de Escritores realizado en nuestro país a inicios de la década anterior; un quinquenio después lo vi en su país natal adonde fui invitado por el poeta Rainier Alfaro y su esposa Armida García, junto al vate y pintor Juan Carlos Rivas…
Tras escucharlo leer sus versos -me dije-, a este poeta debo seguirle la huella, y ¡vaya que no me equivoqué! Hoy se reafirma mi apreciación con la lectura de su más reciente libro titulado Blancas piranhas (Editorial Pez Dulce), el cual leí de un tirón acompañado de un tazón de café y de vendaje, un nacatamal.
Confieso no ser muy dado a enarbolar monumentos en una isla de granito, pero cuando lo leído pulveriza por sus imágenes lindando el desamparo, la oquedad, la desazón por un mundo cataléptico denunciado con la misma aptitud con que abordas tu realidad, no dudo en estrechar la mano del poeta.
La poesía impresa en Blancas piranhas nos presenta versos sustanciales, no evasivos ni plañideros, líneas avasalladoras, testimoniales… tal como percibe su realidad el poeta Fabricio Estrada, quien observa a los seres humanos entregados a sus labores cual marionetas movidas por las agujas del reloj. 

“No tengas miedo, ni dolor, ni nostalgia: / sólo basta mantener el asco a su nivel de alarma/ y todo irá bien” escribe Fabricio en sus primeras líneas como preámbulo a lo que vendrá después.
“… sos un santo al que nadie reza, / un corazón de Jesús / trasplantado exitosamente. / El trabajo es tuyo”… versos con los cuales me identifiqué, constatando que muchos seres humanos con tal de conservar sus empleos pierden su independencia, confirmándolo con la siguiente cita: “si entramos a una iglesia vamos de rodillas/ si entramos donde el jefe vamos humillados”…
Y es que Fabricio Estrada es parte de esa pléyade de escritores lunáticos noventeros surgidos a la sazón de los nuevos tiempos, vates cuyas líneas desenfundan sables, bailan jazz, idolatran a Bob Marley, se sacuden a Pink Floyd para andar de la mano con Madonna, son poetas que además de cohabitar cavernas desnudan a las musas y no se amilanan cuando les muestran arlequines, pues se mueven con las aguas a su nivel.
“La primera impresión es la que cuenta, / mantenete presentable, no dejes la cara de náufrago, traete la tabla rota y la sal seca de la frente”… escribe Fabricio, para martillar después: “por supuesto que he llegado/ y jurando, he respondido/ que nada es más valioso que el trabajo.”
En Blancas piranhas hay líneas testimoniales del Honduras de hoy, la desazón por un mundo robotizado como resaca de una sociedad mercantilista, consumista y comercializada… aquí encontramos versos mordaces, urbanos, deseosos de decir lo que el vulgo calla, pero que en la pluma de este vate hondureño hayan cabida: “Los androides desayunan viendo hacia los monitores y así permanecen”…
Aquella tierra descrita por sus paisanos poetas Clementina Suárez y Roberto Sosa está distante… hoy la poesía de Fabricio Estrada testimonia una década a la que muchos tememos trasladarnos, quizá por vergüenza de recobrar nuestras raíces, por mediocridad, o simplemente por ser parte de una sociedad “light”.
“… zumba el salario…/ bajo los escritorios, se acumula la broza de los malos acentos. / Hay sacapuntas que le van sacando filo al good morning y a la expresión cool.”       
Fabricio Estrada quiere dejar huella por su paso y no se amilana cuando de denunciar un hecho se trata, “Bien pude crecer a las orillas del Estigio sin embargo vino el viento y me llevó apretado a tu pecho”.
Cada línea escrita en Blancas piranhas es una retroalimentación nacionalista, es volver al pasado, sufrir con los que sufren y señalar las congojas a través de la poesía, como en una catarsis perenne.
“En la calle detecto cuando alguien se acerca, y entonces comienza a echar espuma por la boca, y como araña, subo y espero en las paredes”.
A Fabricio Estrada no se le escapan espacios lindantes al paroxismo, usando como imágenes poéticas a las inocentes Piranhas que, al igual que ciertos personajes, tienen un ojo abierto y los dientes afilados para enviarte a entregar tus quejas al averno.
Blancas Piranhas es un libro iconoclasta, la voz de una generación que contrasta el pasado y se da cuenta que nada ha cambiado, que las demagogias siguen agazapadas, el sueño de ser diferentes, al irse de mojado y experimentar un viaje en avión aunque sea deportado-, es la imagen del latinoamericano que ve en la bota yanqui la oportunidad de salir de sus miserias.
“todas, todos se irán para el norte, en un momento cualquiera, sin aviso. Sólo se irán y regresarán en avión pagado, deportados, felices de su primer vuelo, de regreso al vacío”…
Fabricio Estrada está dolido por la parsimonia con que sus contertulios ven la realidad y como buen publicista usa técnicas del cine, el flash back para ir desnudando una escena a lo Ionesco:
“El asunto es que la mueca debe ser perfeccionada a diario, frente a todos, face off. / De lo contrario se corre el riesgo de que los espejos revienten y que los teclados se conviertan en blancas piranhas tatuadas alfabéticamente”.
Amigos lectores, leamos a Fabricio Estrada, ese melenudo que conocí hace una década y que hoy cambia look pero no las ganas de seguir escribiendo buenos versos que se atosigan en la retina y nos quedamos cuál náufragos a la espera de un nuevo libro.


Luis Antonio Chávez
Escritor y periodista
Enero de 2012