jueves, 17 de noviembre de 2011

Un altar en La Terraza - Fabricio Estrada


Desde la terraza se veía el cine Variedades en agonía, con todas las palomas estrellándose en palco. Si olvidaba el vértigo alcanzaba a ver al Duncan Mayan y su largo río de aceras corriendo hacia el centro. La música del combo y el no vidente sobre el piano, como una estampa de la soledad, la música en pleno domingo a salón vacío, los manteles rojos, los amantes burocráticos compartiendo el sandwich cubano y la imperial, las gringas despistadas y el verano grabando las fotos antiguas de una Tegucigalpa marchita.

Steve Wonder era nada cuando el risueño del piano alcanzaba a recordar cómo era la luz del teclado, y era así que Jugo de Piña extendía una luz por toda la avenida y llamaba a los parroquianos a kilómetros de distancia. A mi me daba siempre la sensación de un restaurante de la vieja Amapala. Algo tenía el cielo visto desde ahí que lo mantenía listo para una escena memorable en el balcón, y era por eso que uno venía y se sentaba sintiéndose en el marco de algo memorable, aunque estuviera todo teñido de una nostalgia por lo que aún no había sucedido. El cierre podía esperar, importaba tan solo imaginar las notas que el cieguito miraba y que convertía en un aquelarre para fantasmales comensales.

Los días del amor, las meseras y cocineras decoraban las paredes con recortes de corazones escolares. Era tan ingenuo ese amor que hasta llegaban a hacer murales de parejas besándose en fotografías de revista, de acrósticos y citas célebres sobre el amor y la amistad. Toda la terraza centraba su misterio en un antiguo sanitario convertido en nicho, sancto santorum de una virgen de Suyapa robada y aparecida luego en ese mismísimo lugar. 

Los ladrones desnudaron a la pequeñita, cargaron con las joyas minúsculas de su atavío y luego la tiraron al basurero. Don Pepe, al declararse su hallazgo, también declaró que ese lugar era el sitio de “la segunda aparición misteriosa de nuestra virgencita”, y así, entre cortinas de abalorios, cadenas y recortes de periódicos con la noticia, los peregrinos comenzaron a llegar y a nutrirse de fe y de mondongos deliciosos y por supuesto, de esa celebración impetuosa al ritmo de Apágame la vela María o de una instrumentalización pegadita –para dar el chance a los enamorados- del New York New York.
 El poeta costarricense Adriano Corrales, el día que lo llevé junto al poeta Donaldo Altamirano a La Terraza de Don Pepe sin saber que era mi último almuerzo ahí antes que lo cerraran. Nos acompañaba la amiga teatrista Eunice.

Lugar donde se encontraba el nicho de la virgen de Suyapa


Don Pepe no habría soportado cerrar por su propia mano el lugar que tanto orgullo le dio.
Los boleros, siempre dejan que el romance sea el de la última palabra y no el adiós, pero aún con este consuelo ¿quién hará el bolero que nos recuerde las innumerables citas y rechazos, la embriaguez del verano y la brisa entrando bajo la mesa, el damero del piso donde jugamos a saltos de niños? Todo se fue, La Terraza de Don Pepe se fue a la tumba y en su proa, como en un barco náufrago que flota entre viejas fotografías y diplomas, el altar de la virgen de Suyapa es el mascarón que nadie volverá a encontrar jamás.



1 comentario:

Dilmer Alvarado dijo...

Lugar especial para todos los que crecimos o por lo menos pasamos grandes momentos de nuestra vida en esa Tegucigalpa. Cuando ir a Don Pepe era fiesta!