viernes, 18 de noviembre de 2011

No amanece igual para todos en la crítica - Fabricio Estrada



El cine como tal no tiene nacionalidad. Ningún arte lo tiene. La identificación del lugar de manufactura es propio de la parcelización del mercado que busca dar estándares de calidad en la referencia, por ejemplo, al decir que éste es "cine europeo" (generalmente con el fin de decir "artístico") o "cine americano" (con el fin de expresar espectacularidad, acción). Lo demás es "cine alternativo", lo que vendría a significar a rajatabla, lo demás es selva.

Sin embargo, esta aplanadora referencial se demuestra vacua cuando vemos el enorme impacto del nuevo cine chino, iraní e indio, por no hablar del gran cine argentino, mexicano y brasileño. Generalmente el formato de filmación guía las expectativas de nuestro acostumbrado y alienado público, y el formato entendido en esta mentalidad también viene significando la estructuración del guión, predecible en las cintas de acción gringa y estéticamente correctos en mucho cine europeo.

El hecho es que el público sale satisfecho si se vuelve a desencadenar puntualmente la presentación de personajes y contexto, el problema, el nudo, la tensión y la pirotecnia, que vendría a ser la catarsis en los efectos especiales. Si no existe nada de esto, un vacío enorme se apodera del espectador o espectadora y ¡bingo! La palabra clichada sale rotonda y lironda: “¡Pero qué película más mierda!”. La insistente y masiva emoción  en todas las películas de acción castraron cualquier mirada a todas las posibilidades del cine, dando una sola forma de disfrute, una sola forma de ver, una línea segura para ser parte de “lo grande”.

Lo pequeño es todo aquello que se salga de este contexto, y esto, también viene a presionar a los cineastas que están fuera de este presupuesto, tanto económico como de estilo. Aquí es donde entra el cine hecho por artistas con una fuerte conciencia de “lo nacional”, y al igual que en otras disciplinas, se debaten entre la ruptura de su propia individualidad creativa “no nacional” y la réplica que roce o se encaje en lo “internacional”.

Ningún guión extraordinario en la historia del cine mundial se basa en esos sentimientos cuidadosos, al contrario, estos guiones se saltan toda frontera y se concentran en partir de una crisis humana identificada y toman para sí elementos exteriores del presente o el pasado y de la intuición del futuro, por supuesto. Es así que surgen enormes historias al estilo de El tercer hombre, Ruta a la gloria o El Piano, para dar un ejemplo, donde el peso del guión empuja a la imagen y crea la poética visual en la forma de la más pura cinematografía.

No amanece igual para todos tiene todos estos elementos, sólo que en su producción se muestran más algunos que otros, como es natural en un cine hecho con enormes obstáculos económicos (el cine es el arte más caro) y nutrido por dilatadas relaciones entre cineastas que impide un diálogo continuo de respuestas y reflexiones, sin que la reflexión tenga el mayor peso.

Cuando el cineasta reflexiona demasiado en torno al cine, los guiones terminan siendo sumamente oníricos, lo que conduce a una expresión actoral de largos monólogos y de situaciones que nunca dan polo a tierra. Cuando el cineasta responde a otra obra en exhibición es cuando comienza a salir la fibra y los guiones y actores se precisan. Aquí es donde considero que se encuentra el punto que la crítica debe abordar en No amanece igual para todos, porque interpretar su valía a través del “esfuerzo hecho” y del “apuras penas el país da para una producción de cine” es hacerle un grave daño a lo alcanzado por esta película, donde por fin se encuentran tres directores hondureños y deciden aportar la fragmentaria experiencia hacia un solo objetivo y, donde felizmente, las actuaciones comienzan a perfilarse gracias a una voluntad desenfada tan solo cruzada por algunos manerismos del teatro que en cine deben irse diluyendo, paulatinamente.

En la medida en que se vaya encontrando el cine como razón de ser, las precariedades irán transformándose en estilo y un sentido de reconocimiento de la propia realidad estética irá cimentándose en el público nuestro y siendo reconocido a nivel internacional, sin efectismos ni apadrinamientos estéticos.
Ya lo demostró así Utopía, No hay tierra sin dueño y el documental Quién dijo miedo. Estoy seguro que No amanece igual para todos viene a sumarse a esta lista dichosa de experiencia de vida y espíritu creativo.