viernes, 6 de mayo de 2011

Aleyda Romero presenta poemario Destiempo


Se lo dije luego y fue algo que me faltó decirle durante mi intervención: hay muchos ríos que arrastran piedras pero vos sos de esas piedras que se hacen copantes, que no se dejan arrastrar por el río, sino que se quedan siempre emergentes, para que uno pase.
Y sí, Aleyda esperó y nos hizo esperar, pero en el transcurso, fue un gran apoyo para aquellos que cruzábamos el río, con un pequeño libro en las manos.


Cuando estuvo en Choluteca nos invitó varias veces para lecturas con alumnos universitarios, y eso se nos quedó bien grabado, así como las lecturas íntimas en su casa, junto a su esposo Víctor. Leía aquellos versos con el sentido grave que se le da a lo sagrado, y esa voz -ese sentido- lo volví a escuchar ayer, y me devolvió a los años en que nada existía fuera del poema, cuando junto a Rubén Izaguirre y Víctor Saborío salíamos en busca de los hornos del sur.


Igual, estaba junto a ella, presentándola, el poeta Oscar Espinal, quien leyó el prólogo que hizo para el poemario. Oscar escribió el ultra estético Eterno fulgor hace unos 7 años y luego -asombrándonos a todos por su enorme voluntad en Resistencia- publicó un satírico poemario dirigido a destrozar sin contemplaciones a los actores del golpe de Estado, un desdoblamiento único dentro de la poesía hondureña, tan dada a respetarse a sí misma.

De mi parte, no queda más que agradecerle a Aleyda por devolverme a esa dimensión en la que la poesía le da el mecanismo sutil al mundo, a nuestro mundo tan lleno de horrores y desencantos.

Poema uno

Ahora tengo bienes que me aterran,
mi nombre parece importante
en ese papeleo legalista.

Busco seguros que me den garantías,
me preocupan los robos,
las enfermedades,
el dolor.

La pobreza de espíritu,
la banalidad material,
lo fútil de mis lecciones,
la muerte como siempre

mis poemas
que nadie lee,
mis cuentos
sin final feliz.
Los sueños que aún no alcanzo.


Poema cuatro
A mi Doña por supuesto

Levantándose de todas las caídas,
resistiendo en la penumbra,
para que nadie más sufra.

Estás en todas partes,
en lo infinito de los recuerdos
siento tus manos tibias
en todo lo que palpa
mi tacto de ciega.

Te quedaste aquí,
en cada rincón
de esta casa vieja,
en el sofá,
en la cocina,
en las comidas,
en las recetas.

En nuestras vidas
que fueron siempre tuyas,
en nuestra alma
floreciendo eternamente.


Ustedes

Pisotean dignidades
arrebatan sueños.
Golpean
sin recibir respuesta.
Miran caer luceros
impregnados de sangre
sin sonrojarse,
no tienen compasión
por los que abren el puño
para pedir vida.
Cuántas voces se apagaron
y se escucharon sus gritos.
Cuántos dejaron de ser
para que ustedes fueran.
Nnca se equivocan,
lo saben todo,
ya leyeron la biblia,
comulgan el domingo
en misa de seis.


El poema que no se debe escribir
a F.J.A

Tiempo que se niega
a ser fugaz,
denso
como los segundos
que se despedazan en la espera
de una llamada que no cayó el jueves,
una carta que no vino el lunes,
torpemente
busco encuentros premeditados
para sucumbir al vértigo de verte
una y todas las veces.
Pensarte,
descubrirte en los perfiles
de las estrellas.
Cuando te pienso,
como te pienso ahora
en este lugar
un día viernes
lluvioso,
titubeante,
todos mis ancestros
cobran vida.