domingo, 17 de enero de 2016

Ctesifonte - Cuento de Fabricio Estrada



En ninguna de las traducciones sobre la tentación se ubica el lugar donde hemos sido tentados alguna vez. Sin embargo se coincide que el sitio debe tener una altura suficiente para abarcar de una sola mirada a las naciones, que debe soplar el viento y escucharlo en muchas lenguas, incluidas las muertas. Yo he hablado en lenguas muertas mientras duermo y también he sido tentado por el vacío. Muchas veces el lugar más alto fue a ras de suelo y ninguna nación se me presentaba adelante, sólo mi sombra como la sombra en picada de una torre insignificante que se iba abajo, socavada por las aguas.

De elegir un lugar para la mayor de las tentaciones -las tentaciones pueden ser inmisericordemente pequeñas- elegiría ese arco del antiquísimo palacio real de Ctesifonte. Desde ahí vería las ruinas de las naciones y el viento y la lluvia silbarían su tonada antigua. Quiero quedarme con esa imagen de Ctsesifonte antes de vaciarme en el espanto, sí, pero sobre todo, quisiera creer que la persona que está ahí, tendida en el patio, absorta y mal oliente ante la eternidad y su altura, puedo ser yo, en cualquier lugar, en cualquier hora insulsa.

El invierno ha sido tan denso en los últimos meses y ha hecho que de la sensación melancólica de las primeras ráfagas pase de inmediato a una sórdida repulsión por todo lo que las gotas pudren. En medio de una sensación ausente, cada gota de lluvia que escucho me va aplastando cada vez más y cada noche, cada tarde es el día en que Ctesifonte eleva ruinas y tentaciones para luego derribarlas lentamente, en una masa húmeda. He considerado necesario repetirme en voz alta lo que germina dentro de mí como hiedra mala y asfixiante. Escribirlo en las más altas horas de la noche mientras afuera se va sumando el sonido de los mangos que caen, podridos, llenos de agua, ya abiertos por sus gusanos transparentes. Caen con un golpe sordo, una tras otro, durante días y días. Caen y cubren el patio como bubones de una peste incurable venida del cielo.

Noche tras noche ese sonido seco de los frutos que esperábamos en casa desde el verano. La primera floración completa de un árbol que sembramos hace muchos años y que jamás tuvo la fuerza necesaria para hundirse en la plataforma arcillosa donde fue construida esta urbanización inhumana, yerma. 

Cuando lo vimos crecer nos alegramos de saberlo el único que pudo hacerlo en toda la colonia, aunque sabíamos que su copa era desmedida para sus raíces y que su sombra era enferma, pálida, incapaz de dar frescura. Eso era lo que más nos intrigaba. Estar bajo él era como permanecer de pie ante un horno de brazas espectrales. Ni siquiera los pájaros se detenían en sus ramajes –al menos nunca los habíamos visto- ahuyentados por cierta vibración que comenzaba en sus hojas más bajas y que terminaba en la punta más quebradiza de su achatada silueta. Aún así lo integramos a la conciencia de la casa, como se le da espacio a una mascota informe, a una torva criatura que se asume a pesar de su  evasiva certidumbre. Muchas veces quise cortarlo y muchas veces desistí de ello pensando en darle más tiempo para que acumulara savia buena –eso pensaba en ese entonces-, aún y cuando hasta sus hojas recientes muy pronto iban adquiriendo manchas blancas primero y luego un creciente rubor café que las iba estrujando rápidamente hasta hacerlas polvo. Quedaba seco durante mucho tiempo hasta que de improviso regresaba su intento, como la profunda inhalación y exhalación de un viejo animal en agonía. Esta vez sí echará frutos, nos decíamos, pero la marea café regresaba desde su interior, las pústulas afloraban en su corteza, su lepra lo abrasaba en su viscosa fiebre. Y así, volvíamos a pensar en arrancarlo de cuajo. Hasta este fin de verano en que las pequeñas florecillas amarillas brotaron fuera de estación. Y luego las diminutas frutillas, como una colección de verdes corazones de aves que alguien fue colgando con suma delicadeza. Nos alegramos mucho ante el súbito portento pero, inmediatamente, al acercarnos a su tronco, tuvimos un sobresalto al encontrar alrededor de él restos de plumas ya convertidas en humus. Eran cientos de plumas de todos los tamaños.

2

Esa misma noche comenzó a llover. La lluvia caída sobre cada ruina del mundo desprendía los mangos que, en su oscuro percutir, nos iba sumiendo en una profunda tristeza. Apenas cerrábamos los ojos sentíamos la caída y la acuosa explosión de la valva, en mil gotas, esparciendo su sabor de asco. Los frutos se fueron acumulando, volviendo inútil el intento de recogerlos. Apenas llegaba la noche llegaba la lluvia y con ella la tumoración sobre las baldosas del patio. Cada día calculábamos cuánto mangos más quedaban por caer de las ramas pero siempre las cuentas nos salían mal y éramos testigos de la incontenible aparición de nuevos racimos.

Una tarde, comprobé que ya quedaban muy pocos, apenas una media docena, quizá, pero la sorpresa fue que al mirarlos de cerca todos ellos estaban en perfectas condiciones, no tocados aún por la enfermedad, brillantes  como el sol que anunciaba el fin del copioso invierno. Los mosquitos desaparecieron de improviso durante el final del día y, como si se tratara de una despedida, la última lluvia llegó sedosa, casi imperceptible, casi sombra liquida. Nos apresuramos al aseo del patio con todas nuestras energías, limpiamos las manchas que se fueron tatuando por semanas e incluso, cenamos ahí mismo, sacando conclusiones para decidir, de una vez por todas, cortar al día siguiente el árbol entero. Nada de podas, nos dijimos, cortarlo, sí, hundir la barra hasta la cofia y luego plantar una plancha de cemento sobre el lugar. Sintiéndonos muy cansados pero satisfechos por la decisión, nos dormimos temprano. Yo soñé que en un camino polvoriento y seco encontraba un cascote desprendido de un templo antiguo. Lo tomaba con curiosidad y llamado por una fuerza poderosa, levantaba la vista para encontrarme a los pies de una enorme construcción semi-destruida en la cual aún se sostenía la línea cóncava de una cúpula, partida de manera transversal. Justo en el punto donde las dovelas se unían con precario equilibrio, notaba que el hueco que ahí se formaba tenía la misma forma del cascote que había levantado del suelo. Al mirarlo de nuevo sentí que su peso aumentaba tanto que ya no podía sostenerlo y que a la vez, iba adquiriendo la silueta de una tosca figurilla humana, similar a una ofrenda votiva de incalculables años. Mi corazón comenzaba a latir con violencia y un enorme golpe se dejó escuchar en los muros, retumbando en el recinto entero.

Desperté a las sacudidas de mi esposa, quien asustada me preguntaba si había escuchado lo que cayó en el patio. Eran las cinco de la mañana. Le pregunté sobre lo que había escuchado y me aseguró que algo pesado, nada pequeño, había caído secamente. Dominando mi desconcierto ante el súbito despertar, me levanté y fui hacia la puerta trasera, abriéndola con mucha cautela. La luz del amanecer era plomiza y sucia, como un paño usado para refrescar a un moribundo. Había un completo silencio y en el centro del patio, un cuerpo humano. Un hombre desnudo y en posición fetal. Un hombre cuya palidez era agitada por violentos espasmos respiratorios.

Haciendo acopio de toda la serenidad y controlando todas las suposiciones que mi raciocinio exigía, me fui acercando a él sintiendo que la cabeza me pesaba el doble, pero fue ella quien, con prisa nerviosa, se acercó al cuerpo y lo observó detalle a detalle.
Está agonizando –me dijo casi susurrando-, tiene una enorme herida entre abierta en su costado.
¿Pero cómo? ¿De dónde ha salido? –fue mi estúpida respuesta.
El hombre continuaba ahí, absoluto en su forma, abrazado a su ignoto tiempo y dimensión, tan pálido que parecía estar cubierto por una fina película de agua de la cual emergía ya una necrosis avanzada, tumefacta en cada uno de sus miembros. Despedía un olor dulce y nada repulsivo que contrastaba con los lamparones café en las plantas de sus pies y con… la licuefacción orgánica que se alcanzaba a ver en la herida amarilla de su costado, una herida que iba desde la axila de su brazo derecho hasta la altura de la cadera. Y sin embargo, el hombre agonizaba cuando ya debería estar muerto. Emitía una débil queja que poco a poco se fue confundiendo con el zumbido de las abejas y mosquitos que iban llegando. Nos apartamos con asco, casi al límite del vómito y en ese mismo instante, el hombre se apretó más a sí mismo mientras sus quejidos se ahogaban, borboteantes.
La transparencia en que se había convertido su piel fue mostrando sus venas como una intrincada y vasta raíz que partía del pequeño tallo que comenzó a surgir de la herida. Iba creciendo con las últimas exhalaciones y, para horror nuestro, desplegó un par de hojas que se marchitaron de inmediato antes de que un fruto delicioso y maduro apareciera, inflándose de pronto como una burbuja roja y amarilla que por su propio peso y delicia cayó, desprendiéndose de la vida en el mismo segundo que el hombre dejaba de respirar.

3

En ninguna de las traducciones sobre la tentación –lo he investigado con mucha obsesión-  se ubica el lugar donde hemos sido tentados a la disolución alguna vez. Sin embargo, en algunas consideraciones  a pie de página de oscuros y vilipendiados sabios, se coincide que el sitio donde nace y muere ese segundo en que toda razón desaparece para dar reinado a la locura, debe tener una altura suficiente para abarcar de una sola mirada a las naciones, que debe soplar el viento como un desesperado que da respiración boca a boca a un cielo agonizante y que la lluvia, la lluvia entera, debe hablar alto, muy alto para escucharla en sus muchas lenguas, incluidas las muertas.

Aquella vieja imagen de Ctesifonte se encuentra en toda enciclopedia que se precie de sí misma. En ella, el hombrecito sobre la enorme bóveda se detiene en una contemplación infinita que hace dudar su caída. He arrancado esa página. Ya no existe más. He arrancado por igual el árbol.


Ya no hay tentación.