martes, 26 de enero de 2016

Momotombo: al encuentro con el último pinar.

Más habré de alabarte que a aquellos esplendores
que, sonriendo nos pidan nuevas fábulas dulces.
Pues, ¿quién hizo escribir al sabio o al poeta
sino la luz de su paraíso, Natura?

John Keats


Llegar hasta el pino más hermoso, quizá el que resuma lo mucho que perdí de aquel paraíso de adolescencia. Llegar a él y encontrarlo intacto, como una llama verde en un templo inmemorial. Hacer camino de nuevo junto a Damocles y llevar a nuestros hijos al Momotombo*, a nuestros amigos. Convencerlos que llegar hasta la cima es una conquista de la vida.
El cerro Momotombo visto desde el pueblo de Sabanagrande.

Sendero de Pedreras.


Esteban va más que emocionado atravesando lo que hace 28 años yo recorría bajo la lluvia y la neblina. Casi éramos el bosque hace 28 años, conocíamos cada rincón del cerro, cada atajo. Desde el colegio mirábamos “la punta del cerro” y planeábamos lo que haríamos: subir en dos grupos, jugar a la guerra, evadirnos, acecharnos y que la lluvia nos empapara hasta los huesos antes de llegar a la nube que se formaba en la cima. Esteban llevaba todo eso en la cabeza porque se lo he venido contando casi con una sensación de regreso imposible.





Los viejos senderos ya no están, así que decidimos subir por Pedreras hacia el sendero principal de los encinales y los muros de piedra. Enrique –hijo de mi primo Jairo-, Ricardo –hermano de mi compa Ponce-, César Núñez –compa entrañable-, Alessandro y Samy –hijos de mi camarada de aventuras de siempre, Damocles-, Esteban y yo, estos somos los que subimos tras los pasos perdidos. Sabanas de Encina (a mí me gusta más llamarla Sabanas de Encima) nos da el paso hacia una pequeña desorientación que nos hace meternos de lleno a la zarza y a las garrapatas. El sol tiene una transparencia espléndida y los tonos del paisaje son casi vírgenes como bien los describiera Willian V. Wells en su libro Exploraciones y Aventuras en Honduras, de 1857**. Así lo voy pensando porque este país sigue teniendo mucho de aquella naturaleza paradisíaca donde las temperaturas oscilaban entre los 11 y 20 grados centígrados. La temperatura que nos acompaña es de unos 25 grados y los pinares comienzan a delatar la grave amenaza del gorgojo de pino que está causando una debacle ambiental en todo el territorio hondureño.

Sabanas de Encina.

Alessandro y Esteban ante un ejemplar de pino casi perfecto.

Las primeras señas del gorgojo.

Samy, el pequeño hijo de Damocles Castro. Foto: Enrique Núñez.

Esteban en sus diez años.


 Vista del pueblo desde la cima.






Esta plaga ha causado hasta la fecha la destrucción de 340,000 hectáreas de pinares en Honduras; casi incontrolable –por razones de cambio climático, falta de prevención y voluntad política de los últimos gobiernos- ha generado pérdidas económicas que ascienden a 221,6 millones de dólares***. A primera vista da la impresión de un colorido otoño o del efecto de un incendio forestal, pero al acercarse al tronco, se puede observar la resina que brota en el tronco de los pinos (savia que intenta contrarrestar al gorgojo) pero, es esa misma reacción la que nos dice que los pinos tienen los días contados ya que el insecto ha mutado con más fuerza y no será detenido más que talando.

Wells y el gorgojo, entonces, es lo que zumba en mis pensamientos y así lo vamos hablando con César. Damocles está más que ocupado alentando a Samy para que mantenga su increíble energía. Tiene tres años y ha recorrido la mayor parte del camino sin pestañear. La punta del cerro ya asoma y, luego de desenmarañarnos del camino que mi torpe memoria equivoca, alcanzamos el punto donde en 1988 llegamos a acampar con Marlon Portillo, Wilberto Izaguirre, Jorge Rodríguez, Damocles Castro y yo. Esa acampada significó para mí el inicio de mi independencia y así lo asumí, como un ritual. Lo que pasó ahí es inolvidable: los aldeanos de Sabanas de Encima nos confundieron con guerrilleros y cargaron contra nuestro campamento armados con machetes, pistolas y antorchas. Gracias a nuestro conocimiento del terreno, logramos huir hacia el pueblo a plenas 1:30 am, en medio de la sempiterna neblina y de los acuciantes gritos de los aldeanos. Fue una historia que nos dio aura de intrépidos una vez que la contamos y que hizo que más amigos se unieran a los juegos que hacíamos en todo el cerro. Subíamos luego más de 15 y todos queríamos llegar primero para subir el banderín ganador. Yo usaba un guante rojo y lograba transmitir un lenguaje de señas para avanzar y detenernos. Aún tengo amigos que recuerdan ese guante y reímos felices rehaciendo la trama de aquellos días en que podíamos desafiar cualquier intento del cerro por detenernos.

Lugar del campamento de 1988.



Ahora voy con cuidado. Cuido los pasos de Esteban que quiere –sin vértigo alguno- volar a la orilla del precipicio. Ha llegado, mi pequeño, al santuario que siempre veo cuando quiero llenarme de sentido de vida. Ve los pinares, el horizonte que Beto García me pedía que visitáramos cuando estábamos aburridos en el parque de Sabanagrande. Kike nos pasa la guitarra. Es tiempo de cantar y de volver. No sé cuánto tiempo pasará antes que el gorgojo devore las hectáreas de mi memoria. El último pino parece fuerte. Su luz puede cegar un poco más al insecto. Wells sabrá mantener el pulso de su crónica en un territorio que se niega a derrumbar su belleza.  

Bajamos.
El banderín que dejamos será una gaviota extraviada.

Vista hacia el oriente, Texiguat, Liure. El Paraíso.

Vista hacia el sur en dirección del Golfo de Fonseca.


Mar adolescente.

A Beto, desde la infancia.

Lo único que yo no tenía era el mar.

Pero es sabido que de la ausencia

hacemos lo real, lo que nos llena,

lo que siempre nos regala una sonrisa.

Cuando faltaban sus olas

subíamos al Momotombo en busca del Golfo,

enormes gaviotas las miradas,

nos quedábamos en su vuelo

hasta que fundidas con el sol,

caían incineradas en las aguas.



Luego, la distancia era noche

y nosotros, regresábamos al pueblo

con el tronar de los pinares.



Odiseo montañés,

temblaba con la idea

de que en lugar de esos bosques

viniéramos corriendo bajo el mar.


(de Poemas de onda corta, 2009 – F.E.)



Foto: Enrique Núñez.




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*Este toponimio es más conocido por el Volcán Momotombo, de Nicaragua. En Sabanagrande hay familias con ascendentes nicaragüenses que debieron nombrarlo así a mediados del siglo XIX.