jueves, 23 de febrero de 2012

De una esquina a otra de la ciudad, la gente ha ido tensando la carpa mundialista. Muy parecida a una carpa de iglesia evangélica, bajo ella, centenas de miles se aprentan a recibir el partido entre Honduras y Chile, de rodillas.


Desde la ventanilla del bús alcancé a ver un campo de fútbol de tierra. Desafiando la gravedad matutina, seis tablas le hacían de graderías. Los pachangueritos -totalmente desvelados- hacían de público. En el campo nadie, en el campo las piedras y un remolino de polvo.


Las calles comienzan a acelerarse en forma de tobogán porque la gente quiere irse rápido, más rápido hacia los bares, champas, estancos o discotecas aclimatadas para iniciar el girar y girar futbolero y cervecero. Somos derviches de azul y blanco, giraremos en este culto insípido del mal pronóstico: si ganamos habrá un balazo, si perdemos habrá otro.


Zumban los autos como acelerados en la vieja película muda de las deepciones. La quimera de oro hace que todo el mundo quiera hartarse empanadas chilenas como si así se metieran goles a nombre de Pavón Plummer o del Suazo que se trastabilla con toda hormiga que se le atraviese en el área chica, justo cuando todos estamos a punto de gritar el gol.


Pues ni Costly ni Rambo, ni los veteranos de España 82, ni Porfirio Betancourt rejuveneciendo