lunes, 8 de febrero de 2010

Cuando Sabanagrande sueña - Fotos: Chaliobala ®

Debo admitirlo: regresar a una feria en mi pueblo luego de diez decididos años, fue algo turbador. Mantener en la profunda nostalgia ese lugar en el que uno nace provoca que la presencia física se vuelva espectral. Me sentí entrando a una dimensión que me he acostumbrado a ver con melancolía, y esa melancolía me confrontaba una vez que estuve ahí, viendo las manifestaciones de alegría colectiva a las que ya no pertenezco.

De ahí eso de lo espectral. Yo era era un espectro tratando de reorganizar la realidad que miraba y que definitivamente viví con toda su intensidad en la niñez y en la adolescencia.

Mi pretexto para ir fue el de tomar fotos, registrar el evento del Rey Feo, sin embargo, me aturdí al ver tanta gente desconocida habitando y transcurriendo los espacios que la memoria -falazmente- intenta venderme como sacros. Prueba de ello, estuvo en haberme sumado a escuchar el "Testamento del Rey Saliente" sabiendo que lo que ahí escucharía no tendría ni un tan sólo vínculo con mi fantasmal realidad.


No escuchaba, entonces, y así, me dediqué a escanear cada uno de los hechos que componían la noche, y de manera fascinante, supe que lo que lograba ver eran esas réplicas inmutables a los cuales el rito echa mano para petrificar el tiempo. Ahi estaban los mismos niños que fui, una veces en los salientes de la iglesia y en otras, observando hipnotizado las sillas voladoras.
Era rabia, era desesperación, era lo que toda la tarde intenté explicar a mi hermano César y que al final, terminó por vencerme y haciéndome huir entrada la madrugada.






Me resulta muy terrible, en verdad, regresar a lo que dentro de mí es un laberinto del que intento salir con poesía.

Se escuchaban los motores y lo que escuchaba, era ese sonido que en muchas mediasnoches me ha despertado con la sensación de pérdida insalvable.





Apenas tenía tiempo para hacer coherentes mis palabras: de pronto los signos vitales se erguían ahí, aunque me negara a aceptar su imperio. Esa iglesia, caramba, todo lo mira, todo lo ordena... así entiendo para qué se erige un monumento tan bello: es un ancla, un ancla de mares perdidos.






Cuando Sabanagrande duerme
los niños guardan silencio y le hacen rueda,
porque saben que ella
al soñar habla
y al despertar

enmudece.



1 comentario:

Claudia dijo...

Preciosas fotos, Fabricio, y más por lo que mucho duelen. Un abrazo inmenso!