jueves, 3 de octubre de 2013

Bitácora en Rosario - XXI Festival Internacional de Poesía en Rosario, Argentina

Y la pampa voló. Se elevó primero -como quien no quiere la cosa- y se fue dando vueltas en tres saltos mortales. Luego cayó con el hocico levantando polvo a unos doscientos kilómetros por hora, decí que igualito a un toro al que un gaucho le ha enredado las boleadoras a una distancia respetable. Eso fue lo primero que vi, pues la pampa era cualquier cosa en la extensión, un grupo de árboles, unas banderolas anunciando comida... un auto a doscientos kilómetros que se salía de la autopista y volaba. Eso era lo primero que miraba antes de llegar a Rosario. habia quitado la vista del anuncio de Iron Maiden en la gran Baires y todo el espectáctulo del auto destrozándose vino desde la esquina de mis ojos. ¡Lo viste, lo viste! me gritó un chavo desde el primer asiento del bus Tienda León, con su mate en mano ¡claro, lo vi, lo vi!... y ya, eso era todo, la pampa me devolvió a la hipnosis y al final de la crónica de la doncella en Luna Park.

"La pampa vuela" -pensaba, y ya muy pronto estaba entrando a Rosario. Yo volaba, no podía dejar de sentir las 9 horas de vuelo en mi espalda. Puras alas mis costillas curvadas hacia afuera de mi espalda, ángel un tanto raro pero con la memoria viva, polo a tierra. Nora Cortiñas -sí, sí, la abuela de las abuelas de la Plaza de Mayo- habíaa viajado desde Tegucigalpa a mi lado. Caminé junto a ella por todo el Mall del aeropuerto de Panamá (los aviones son una excusa, allí realmente es un Mall), buscamos regalitos, hablamos de toda la dictadura y hasta alcancé a ver la foto que carga de su hijo Gustavo desde el día en que este desapareció en algún momento en que la barra del Monumental gritaba gol de Argentina. "Al menos quisiera saber dónde me lo dejaron" - me dijo Norita. El vuelo: una tortura. Dudo que alguien duerma con tantos recuerdos terribles encima queriendo ser borrados por una pantallita a 30 centímetros del rostro. Llegamos  a Ezeiza cuando Argentina bajaba al sótano de los 5 grados centígrados. Yo no dejaba de disputarle la ventanilla al de al lado. Miraba las vastas lucecitas de todas las ciudades inimaginables. Creo que vi el Paraguay, creo que vi Bolivia, no sé, la cosa era de alucine: yo viajando junto a una de las memorias vivas y dolorosas de la Argentina. Antes, en el aeropuerto Toncontín, vi cómo se holgaba en su primera clase Rafael Leonardo Callejas, todo dandy, el tipejo, todo feliz en sus miles y miles de millones saqueados de Honduras; y luego Norita, pues, invitándome a un desayuno a las 6 am en Ezeiza. Cuidó que todo estuviera bien con mi conexión y listo, luego se despidió con la vitalidad de una quinceañera que olvida que tiene 84 vueltas al sol y que todavía le da para preocuparse por el desastre humano hondureño, por Bertha Cáceres y el COPINH.

II

"Rosario -me decía Fernando Noy durante un almuerzo del Festival en el Savoy- es un museo de Buenos Aires". Yo no lo captaba aún en su íntima reflexión, pero me quedó dando vuelta la frase, tratando de no perderme detalle de lo que contaba -testimonio directo- de la Pizarnik en sus últimos días anfetaminados y de la Orozco totémica. Lo escuchaba mientras Diana Bellesi masticaba algo en sus recuerdo, lentamente a mi lado. Ya habíamos hablado con Diana durante la mañana, nos recordábamos del Festival de Granada, en Nicaragua del 2008. Había poco que hablar luego de verle el documental "El jardín secreto" en el Fontanarrosa, pero daba para hablar con los ojos.

III

Con Santiago Ney olvidamos Montevideo y Tegucigalpa. Lo nuestro fueron las patinadoras deslizándose al nivel del Paraná. Decenas de patinadoras, muchísimas patinadoras. Era como ponerle patines a las musas de Ruben y las odaliscas de Dominique Ingres. ¡Bellísimas las mujeres de Rosario! -nos repetíamos como un salterio entre trago y trago de cerveza. La poesía se deslizaba natural y dormía plácida en el Parque de España y, por igual, se quedaba encallada en la forma de un enorme buque a mitad del río. "Deslízate, vamos, deslízate" le conjurábamos al buque, pero nada, lo que de deslizaba eran ellas y la plaza rodaba por toda la pampa. Santiago quería ver texturas -no precisamente de patines-. así que nos enrolamos con Ariadna Vásquez de la República Dominicana y nos vamos a subir al monumento de La Bandera, con todo y su General Belgrano muy a gusto en la base de la monumentalidad. Bajamos los escalones y nos calentamos un poco el frío alrededor de la llama del soldado desconocido. "Vaya que es grande esto", comentábamos. Yo me acordé de un chiste de Polo Paz tratando de encontrar la tumba y memorial del soldado desconocido hondureño; me reía a solas pues en el chiste el memorial era en Sipile. Chiste viejo, casi personal: "Pero si esta es la tumba de un perito mercantil" - le decía el general ruso al zanatillo, y éste respondía: "pues sí, pero como soldado totalmente desconocido"... yo me reía con mi chiste mesoamericano y luego ya estábamos en el ascensor de los 21 pisos con el ascensorista tecno y su grabadora poniéndole ambiente al encierro. Se abre el telón Thyssen y Rosario está espléndida en sus terrazas. Puras terrazas. Terrazas y terrazas a 30 metros de altura y ni una patinadora aunque con Santiago las veíamos. Bueno, yo las veía, pues Santiago estaba con lo de las texturas para su pintura. Las baldosas de mármol del monumento estaban repelladas de paisajes chinos. Así nos lo dijo Santiago y yo le creí. Ariadna reía mirando el Paraná. Yo les tomé un par de fotos y luego fuimos desalojados por un pelotón de escolares paracaidistas, escolares voladores, escolares barriletes que reían sobre Rosario.

Pero también reían en la Escuela Perú, Distrito Sur. Me habían preguntado: ¿te obsesiona la nieve? ¿querés conocer la nieve? y yo les decía que sí, la nieve es una vitamina, les repetía, y no la conozco aún, tal vez en la Patagonia exista, tal vez, tal vez yo recorto los papeles blancos con tijeras tropicales, tal vez... y termina todo, y un amigo se acerca luego que me preguntan ¿qué otro país le gustaría conocer? pues Honduras -respondo- pero otra Honduras, ya libre. Y el amigo viene, se saca algo del bolsillo, algo diminuto que es un prendedor de las malvinas iluminado por un amarillo sol argentino. "Llevátelo, llévatelo". Y aquí lo tengo.

IV

El Paraná canta. No es Rosario Bléfari quien lo hace. Es el Paraná... "adiós, adiós, sigo remontando río arriba..." http://www.youtube.com/watch?v=ustdrzSf8AY eso lo escucho hasta en la Plataforma Lavardén ahora que recuerdo. Una vez puse el oído sobre el lago Malaren en Estocolmo y lo que escuché fue el gemido del Vasa, una vocecita helada que quería contarme algo en sueco pero que yo, obviamente no entendí. Ahí anda la foto de mi intriga ante las aguas árticas. Pero cerca del antártico, el Paraná habla claro del adiós, porque ya debo hacer mi lectura lo que significa decir adiós. Cada lectura es un adiós y uno debe agitar todos los pañuelos en sus andenes, vibrar, seguirle la veta sísmica al Zurita rompe-escenarios, al Zurita que nos dice "y bien ¿quién sigue?", y uno le pega al costal de arena del propio corazón, uno hace calistenias arrítmicas, escucha a la eslovena, a toda la tropa argentina con todos los 30/30 a la cabeza y todas las trasnoches. Estoy ahí, de pronto y me decido por entrarle con Sugar man intentando imaginarme a Radio Zativa y Royal Blues en trance. Pues así me tiro, así siento y eso que ya había sentido bastante en la Escuela Perú, junto a los niños de primaria preguntándome de todo, leyendo ellos mismos los poemas. Pasa el temblor y rápido estoy en un cráter desierto...

V

Todas las calles, Café El Cairo. Todas las lecturas australes. Todos los fríos y luego Buenos Aires. Me he dormido en el bus hasta que me despiertan en pleno Aeroparque. La visión es La Costanera, los yates, el gris del Río de La Plata, el frío de nuevo y Lucio Lagos cruzando la calle para recibirme. La Pelancha (Esperanza) me da una enorme sonrisa de bienvenida y de allí en adelante veo un collage: La Recoleta, Palermo, Alvarez Lujan, Puerto Madero, Bulnes, la calle Honduras y en ella, llegando ¡Esmeralda Reynoth! la chiqui, mil veces feliz. Las enormes distribuciones de las avenidas, los enormes edificios de apartamentos, las extensas plazas... nada pudo batir a una hondureña en Buenos Aires que ahora no se pierde como yo, el perdido pero no tan perdido porque Lucio, Pelancha y Esme arman la fiesta de bienvenida entre Quilmes y fernecitos. Baires pesa, enormes grúas las sostienen y continúan su construcción. Cruzan y se pierden las distancias, todos y todas van solas pero apenas se pone en los labios Buenos Aires respira y todxs se sienten parte de algo que ocupa muchos idiomas y que sobrepasa la descripción. ¿Dónde está el fin de esto? -me preguntaba mientras el Monumental del River Plate me decía ¡pasá ché, espabilate! Pasamos entonces y contemplo la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada Argentina), ese nefasto centro de detención, corazón supurante de la historia latinoamericana. Momentos antes, en mi entusiasmo desbordado le he dicho a Lucio: "Pero Lucio, ¡cuánta vida en Buenos Aires!", y Lucio me acota "Pibe, que te dejaste venir en época de vida pero aquí en época de muerte es otra cosa... nosotros pasábamos por la ESMA bajo riesgo de ser tiroteados, todos caminábamos de lejitos de ese lugar sin imaginar que ahí adentro estaban dándole pija a medio mundo".

VI

Luna Park, La Biela, la inabarcable Avenida 9 de julio. Vamos deprisa, sólo tengo dos días, vamos de prisa Argentina. La pampa ya voló, las patinadoras ya se deslizaron, subí a las terrazas y vi descender a los niños en sus espléndidos paracaídas. Ya hablamos, Rosario, ya desgranamos el mate y nos lo tomamos, vamos de prisa buque de Singapur, más aprisa banderolas multicolores de la inmensidad. Ya nos atragantamos de cortinajes dorados y poesía trasnochadora. El sur vuela, el avión es incómodo, los libros son demasiados y no caben en mi maleta, las postales, los puntuales descubrimientos y el hondureño absorto, todo pasa y vamos deprisa, más que los trenes y la temperatura en descenso. Esto es lo que se me viene. Lo demás sigue dando vueltas como las boleadoras que hacen tropezar a quienes van demasiado lentos. Ya lo sé, ya lo sé, me tomo la última Quilmes y listo, que Quiroga me cuente sus cuentos más oscuros. Estoy de vuelta (que casi es lo mismo a dar vueltas en lo dantesco). Tegucigalpa sólo tiene termómetros para medir escalofríos.

F.E.