lunes, 13 de mayo de 2013

La otra conquista


Acabo de verla completa. Hace muchos años me la prestaron en una pésima copia vhs y hoy al fin la veo en su total belleza. Luego de leer la saga de Jenning (Azteca, Otoño Azteca) y la novela El jade y la obsidiana de Alain Gerber, tuve una época de mucho interés por el mundo mexica. Fui buscando más y así fue que el corolario me lo dio el libro histórico La Guerra Chichimeca (1550-1600) de Philip W. Powell, donde termina de mostrarse la rabiosa revancha de la gran resistencia indígena chichimeca, relevo de la ya aniquilida resistencia mexica luego de la guerra del Mixtón.

No solo quería leer. Quería ver y creía que solo una gran producción del tipo Hollywood podría mostrarme lo que mi imaginación daba. Pero me equivoqué rotundamente. No es necesario mostrar la monumentalidad de Tenochtitlán y sus canales y su plaza y su templo mayor y sus multitudes de guerreros para sentir la fortaleza y agonía de esa civilización, y eso me lo ha dejado bien claro el director Salvador Carrasco, quien apoyado en un preciso (y simbolista) diseño de producción a cargo de Andrea Sanderson logró conquistar al público desde todo un contra-plano ontológico. Tan acostumbrado ya a la recreación animada de escenografías antiguas, me veo de pronto ante el poder de la palabra nahual que demuele, por sí sola, ese prejuicio, además de enmudecer ante la contenida y enérgica actuación de Damián Delgado como Topiltzin y la fabulosa presencia de Elpidia Carrillo como la princesa Tecuichpo (la Anna de Predator).

El otro plano del dolor, entonces, en lugar de la agotada referencia a la unión sincrética de dos cosmovisiones. No sólo fue una conquista brutal por medio de las armas y las enfermedades sino que la España Católica se decidió a  barrer la identidad y el espíritu de los pueblos nativos. La escena final de la película es memorable hasta el escalofrío. Topiltzin decidido a terminar con su angustia e impotencia "abraza"  la estatua de la virgen secuestrada (la religión icónica) y se suicida bajo su peso. No hay forma de olvidar ese final. Grande en verdad, grande.

Un detalle interesante que no puedo dejar pasar: Topiltzin es rasurado como otro fraile más. Si es lo que supongo, este hecho es todo un contraste con la costumbre de los guerreros mexicas y chichimecas de quitarle "la coronilla" de la cabellera a sus enemigos muertos o prisioneros:

Son por extremo crueles… a la persona que prenden, sea hombre o mujer, lo primero que hacen es hacerle de corona, quitando todo el cuero y dejando el casco mondo, como una corona de fraile, quitándoles así mismo los nervios, para con ellos atar los pedernales en sus flechas. Sacanle las canillas, ansi de las piernas como de los brazos, vivos, y aún a veces, las costillas, y otras cien crueldades… traen colgadas por detrás, las cabelleras de las coronas que quitan, y algunas han sido de mujeres hermosas con cabellos rubios y bien largos, y ansimismo traen los huesos de las canillas para mostrarlos como insignias de trofeos, y aún no perdonan a los cuerpos muertos, colgandolos y metiendoles flechas por los ojos, orejas, lengua sin perdonar las partes vergonzosas. (Jiménez Moreno basándose a su vez en Gil González Dávila)

Un signo tremendo entonces que vendría a significar humillación hacia el príncipe mexica obligado a convertirse a como de lugar y a la vez, un recordatorio de la implacable venganza que recibirían los españoles caídos en manos de a quienes torturaban en todos los planos existenciales.