lunes, 4 de marzo de 2013

Honduras en caos administrativo y moral - Julio Escoto



Son muchos los analistas y editorialistas que preguntan si los signos vitales
bajo los que subsiste este paciente crónico nombrado Honduras indican
que llega a su fin o por lo menos a una situación tan crítica que la solución
única serán medidas groseras y drásticas que a quienes dañarán es
mayormente a la gran población. Pues los síntomas son evidentemente
catastróficos: déficit fiscal nunca antes igualado; deuda externa en alza
tras los inmensos beneficios que produjo la condonación mayormente
gestionada por la administración Maduro y avalada por la entonces
prestigiosa figura del cardenal Óscar Rodríguez, jarana que ha vuelto hoy
a su nivel anterior; espantosa deuda interna de 50 mil millones de lempiras
sin inmediata posibilidad de solución que no sea negociarla, negarla o
transformarla en deuda externa, en cualquiera de cuyos casos originará
daños mayores que los que busca prevenir; hiperinflación presupuestaria
dado que la asamblea legislativa votó un balance decididamente desigual
y donde los gastos viajan por tierra y los ingresos por aire, adicional a
que significativa parte del gasto es corriente, sin inversión, apuntalado
por recursos externos de donación nada seguros.
Si eso no fuera suficiente el estado de la infraestructura total del país se
halla en indolente deterioro: en los hospitales falla el abasto de medicamentos;
las escuelas de educación primaria ocupan reponer con urgencia,
según EL HERALDO, medio millón de pupitres y no hay posibilidad
inmediata de subsanar la necesidad; la red vial se halla en abandono,
vencido plenamente su ciclo de mantenimiento o relevo de capa asfáltica
y de concreto, pronto a ingresar el invierno y sin planificación, diseño
ni dinero para repararla; las alcaldías municipales –Choluteca, La Ceiba,
San Pedro Sula, Santa Rosa de Copán. Ocotepeque– están a punto
de colapsar en bancarrota y son incapaces para atender los servicios
básicos exigidos, y ya pagados, por la ciudadanía, en evidente falla de
capacidad de administración; los aeropuertos de Honduras son los más
atrasados del istmo en materia arquitectónica, técnica, de hospitalidad
turística (Panamá entrega ahora a todo visitante un seguro gratuito
médico por 30 días) e incluso de equipo de aeronavegación; hacen
falta 800 000 viviendas para equiparar el crecimiento demográfico
natural y los jóvenes que se aventuran al matrimonio carecen de opciones
domésticas dignas para adquirir siquiera modestísimo hogar,
quedándoles casi en exclusiva la penosa alternativa de vivir arrimados
 donde papá y, o, mamá; desde 1998 –desastre natural del Mitch
– los barrios marginales, villas de covacha, ciudades miseria y residencias
 de cartón se incrementaron en 39% (equivalente a su efecto similar
 de lastre contra el PIB); la burocracia y el clientelismo estatal
 ascendieron a 90,000 empleados públicos; la inseguridad civil
rompió todos los techos no solamente americanos sino mundiales,
 convirtiéndonos en asombro del orbe al pinacular 92 homicidios por
 100 mil habitantes; los registros de pobreza aumentaron desde 2009,
 año del golpe de Estado, cuando el gobierno de Zelaya logró su
 máxima reducción en épocas modernas, e igual, la tasa de crecimiento
 económico para el año presente no sobrepasará el dígito dos y fracciones,
 cuando en 2008 consiguió lo nunca acontecido, 6%.
Y eso es lo material; resumiremos próximamente el deterioro moral
en que nos hallamos.
Es evidente, pues, que el actual equipo de gobierno no estaba ni está
 preparado para manejar el país, a pesar de sus ostentosas promesas
 de campaña electoral pasadas y presentes. Pues lo integran cáfilas de
 ambiciosos e improvisadores sin dominio profesional, políticos baratos
 de baja ralea incapaces de inventar propuestas y soluciones, mancos
 para imaginar ni para asesorarse en conveniencia. Su concepto
 administrativo único es la represión, echar tropas a la calle, práctica
 donde acumulan un fracaso tras otro. Debemos considerar entonces
 seria y severamente erradicarlos para siempre del panorama político
 nacional y prevenir que aparezcan otros similares, y hacerlo consciente
 y electoralmente. Su continuidad solo aventura caos.