martes, 12 de marzo de 2013

Del fuego y sus carbones

Nuestro gato, Mambrú, tose. Tiene laringitis. El veterinario entiende que el cambio climático le ha afectado con todo y su acordeón bajando a los 12 grados y luego subiendo a los 32 grados. Tegucigalpa es un infierno. Cercada por múltiples incendios forestales se esconde en una densa nube y hace que uno salga de la casa a como de lugar.Salimos entonces en un extraño paseo por las candentes sombras. Es tanto el peso de la luz que llegamos a Los Dolores y casi en silencio pedimos el almuerzo. No hay voluntad para nada, la olla de la sopa lo tiene a uno allí, dando vueltas a fuego lento.

Yo quiero volver de inmediato a casa pero Mayra me insiste que entremos a una de esas tiendas de cachibaches donde se encuentra todo lo sobrante a la tristeza. Peluches, bolsos, tiendas de campaña, copas de bodas trágicas, retrateras de familias ausentes y Glenn Gould... sí, el Glenn Gould que desconocía por completo en un estuche de lujo de tres cd con la Goldberg variations que ahora escucho pasmado. Esas son las cosas que se encuentran cuando se escarba a la orilla del hastío, casi podría jurar que Glenn me llamaba porque fue inverosímil lo mucho que aparté para dar, instintivamente, con uno de los pianistas más sublimes de nuestros tiempos: aparté cursos despedazados de inglés, aparté Vhs inservibles, cassettes de Jimmy Swaggartt, conferencias de Carter, aparté la tentación de Norman Mailer y su masiva novela El fantasma de Harlot (vaya pereza que me da leer en inglés, lo admito)... me aparté a mí mismo para encontrarme con este pequeño tesoro.

Si la dependienta me hubiera preguntado ¿busca a Glenn Gould o prefiere a Mailer? con seguridad hubiera creído que las altas temperaturas eran de una fiebre extraña, pero cuando después de 4 horas -y ahora sí conociendo a Glenn- la recuerdo a ella contando los tres cd del paquete y diciéndome son treinta lempiras (10 c/u), estoy seguro que ella, de saber lo que ahora sé de este pianista, caería en cuenta del mal negocio que hizo. Lo disfruto entonces, de la misma manera que estoy completamente seguro que encontraré a Mailer mañana, esperándome entre el olvido. Mientras tanto, leo estos poemas que René Morales me ha mandado desde Tuxtla Gutierrez, como corolario a un día que incluyó ver el fabuloso Djiango de Tarantino y el fuego de Riddik barriendo la plaza de Los Dolores.



1.1

En un rincón del mundo
en donde sólo es posible la rabia
escuchen señores y amos de mi patria
afuera los que jamás fueron consolados

los que entienden la vida
como el acto de no estar muertos

le prenden fuego al mundo
y ya solo queda la seguridad                           
de que todo esto  ahora es imparable






1.2

Aquí siempre hay una segunda chanza
lo importante es no andar jotiando
y diciendo que ya valió verga 

aquí siempre hay una segunda chanza
por más jodido que se vea todo en esta ciudad
en donde el calor se acrecienta gracias al odio

aquí siempre hay una segunda chanza
ya que aún se puede respirar
el aire frio de la mañana
para saber de esa manera
que ni este libro
ni usted
ni yo existimos







Burdel el Bambi o solo dios sabe como se puede trabajar aquí

A mi no me sobra el pan
ni hablo sobre asesinatos
ni me interesan los ladrones de uvas
yo no hablo sobre el color de mis pasos
ni sobre el zumbido de los insectos
yo no hablo sobre mis labios cocidos
ni sobre el germen de trigo
que crece en las avenidas de esta ciudad abandonada

yo solo he venido hasta aquí
para sentarme a esperar un tren sin horarios
que me lleve un poquito más al norte










Monterrey 2:01

He aquí la justicia
la muerte de las bestias de lujo
un coagulo de sal
la  línea blanca
el sonido rojo y cortante
de un anzuelo de plomo cayendo sobre la hierba

he aquí la justicia
la gritadera de las hembras
el aleteo descompuesto
el matadero y sus rincones
el silencio de los caballos
-el viento-
el silencio que ahora vuelve
para apoderarse de la tarde







2.2

Algo queda de mí
en esta patria vacía
en esta fe sucia
en estas víctimas degolladas
como gallinas para un domingo de fiesta

algo queda de mí
en estas manchas rojas
que acompañan esta tarde inolvidable de ejecutados