miércoles, 10 de octubre de 2012

El fin de las bienales - Gabriel Galeano, Honduras


El fin de las bienales

Por Gabriel Galeano

Uno de los temas más sensibles entre los artistas, curadores,  museos, galerías y público en general es el que respecta a los certámenes artísticos. Digo lo anterior, por todas las implicaciones de las bienales y demás certámenes que pasan desde lo ideológico, cultural, axiológico, político, estético y hasta lo institucional.
Evidentemente, son varias las esferas que se entrecruzan en una bienal, algunas de ellas serán responsabilidad única y exclusiva de los artistas, otras de los organizadores, es decir, curadores, museógrafos, publicistas, diseñadores y de la institución, y porque no, del público que demanda de propuestas innovadoras.  Pero sin duda alguna, parte de la responsabilidad de los artistas es la que tiene que ver directamente con la producción del -objeto –acción artística, es decir, la dimensión estética, la coherencia de su lenguaje, la calidad formal y la propuesta axiológica. Pero el peso no es mucho menor para los comisarios o curadores, un error de valoración y la no incorporación de un sistema estético axiológico puede conducirles al anonimato o una condena que se extiende en los anales de la historia. Algo parecido con lo sucedido por aquellos que tomaron la decisión de expulsar a los impresionistas de los salones oficiales.
El compromiso ético frente las necesidades
La conciencia individual ampliamente divulgada ante las relaciones sociales tejidas en el modo de producción capitalista permitió que los artistas salieran del anonimato presentado en el pasado primitivo. La necesidad de figurar y estampar la huella creadora determinó la necesidad del artista de obtener reconocimiento e inmortalizar su nombre a partir de la amplia colaboración de las instituciones y coleccionistas influyentes. Sin embargo, en diversos momentos se ha intentado por la misma práctica artística devolver al arte la inocencia perdida tras la necesidad de legitimación.
No podemos dejar a un lado la responsabilidad ética, social y política de los creadores, en tanto actúan como sujetos que no hacen prevalecer su voz crítica ante orientaciones políticas determinadas de los organizadores y las instituciones.  O simplemente, orientar su discurso hacia los paradigmas establecidos por la institucionalidad que legitima e incorpora sus textos al sistema artístico. “Existen, y lo vemos a diario los que trabajamos en el mundo de la cultura, casos extremos de instrumentalización de la cultura por parte de algunos políticos e instituciones. Esto tiene mucho que ver con el importante déficit de cultura democrática que padece nuestro país en las instituciones y la sociedad. La instrumentalización política se nutre de malas prácticas: amiguismo, clientelismo, corporativismo, uso interesado, etc. de las cuales tanto participan los políticos como los artistas, los gestores y los colectivos culturales. La falta de transparencia, las subvenciones otorgadas sin criterios objetivos por personas sin capacidad, la no evaluación de los proyectos culturales, los déficits encubiertos, el nombramiento a dedo de los directores de las instituciones culturales y un largo etcétera son ejemplos de estas malas prácticas. Pero, el caso más grave se produce en el momento en que el artista reduce su capacidad crítica y se adapta a lo que la institución quiere oír.
La solución pasa por que a todos los niveles de la sociedad se incremente la cultura democrática. Pero esta es una solución a largo plazo. En el camino hay que intentar distanciar la cultura de la política. Los Consejos de las Artes y la gestión de proyectos culturales por estructuras independientes sin ánimo de lucro son el mejor modelo.”[1]

Las estrategias de incorporación al sistema del arte antes mencionadas, para muchos puede resultar como una táctica válida y legitima, no obstante, se deja a un lado los principios fundamentales en que descansa la creación artística.  El artista debe hacer valer los valores y principios por los cuales se construye el arte, al margen de asegurar el cumplimiento de sus aspiraciones de legitimación. Digo todo esto, porque para algunos creadores lo fundamental pasa en  asegurar la participación en un certamen, o simplemente obtener una presea. Olvidándose de lo esencial de la actividad creadora.
Las paradojas de la institucionalidad
En algunos momentos, los organizadores de las bienales están dispuestos a cumplir con ciertas demandas o exigencias planteadas desde el curso del arte mismo, no obstante, los mismos certámenes a través de sus normativas pueden violentar la libertad creadora restringiendo o simplemente censurando determinada práctica artística.

 Esta claro, que a esta actitud violatoria se suma el crítico y el curador, probablemente por mantener un vinculo más estrecho con el sistema de instituciones y redes de lo artístico. Obvio, que esta interrelación no los exime de culpa, dado que desde la perspectiva de las normas sociales, y en eso soy muy aristotélico, una actividad determinada deberá de dirigirse a la obtención de la felicidad y el bienestar colectivo.
Al margen de la violación de la libertad creadora que puede incurrir una bienal , se suma un mecanismo un tanto peligroso de las bienales e instituciones legitimadoras, y es precisamente la de orientar discursos, tendencias o formas de lo artístico dentro de un contexto o sociedad determinada. Lo anterior, lo considero un peligro inminente, dado que muchas veces no prevalecen las buenas intenciones sino que se entrecruzan los juegos de poder, intereses personales, políticos, económicos, etc., Sin duda alguna, esta consciencia de su rol  legitimador en algunas ocasiones ha influido de forma incorrecta en el curso de una dinámica cultural determinada. Son varios los artistas que se han visto favorecidos, y no necesariamente por sus aportes estéticos a tales alteraciones. Pero al final, lo que prevalece al margen de estas transgresiones es la obra que se muestra para ser comprendida desde múltiples dimensiones y por varias generaciones.
Otro de los problemas presentados por estas alteraciones, es la sustitución de lo artístico por la imagen de la institución, mecanismo casi inevitable por la inversión realizada por las instituciones promotoras, ya sea por la vía estatal o privada. Aún cabe determinar quien debe ser el promotor, que a nuestro juicio puede ser cualquiera, siempre y cuando no intervenga de manera alguna en el proceso creativo y desde luego haciendo valer los mecanismos establecidos por los artistas y profesionales del arte sin oponer líneas o discursos oficiales. O simplemente montar campañas para enaltecer imágenes o determinados productos.
No obstante, las bienales siguen mostrándose como esos espacios que nos permiten indagar y pensar el curso del arte. Son los artistas a partir de sus propias reflexiones lo que nos hacen acercarnos al mundo y a la realidad desde diferentes escenarios, claro, teniendo al arte como un punto integrador que amalgama diferentes esferas de lo real.

Una mirada utópica
 Serán los mismos artistas en su afán de alcanzar la libertad plena los que con sus obras, y propuestas  se resisten a los cánones y paradigmas establecidos por la institucionalidad del arte y su momento histórico. A partir de los intentos de las vanguardias artísticas, concretamente la postura de los surrealistas y de los deriva es que nos hemos dado cuenta que en determinado momento de nuestra existencia las bienales y certámenes artísticos tan solo serán consideradas como objetos de reconocimiento histórico y no como mecanismos de creación artística. En una palabra, no habrá mayor necesidad de ellas.  Esta claro, que los artistas deberán de asumir un compromiso mayor para emprender estas transformaciones, que en gran medida, pasan por la actitud y la misma práctica histórica de los creadores.



[1] Toni González. La legitimidad de las artes y su instrumentalización. (Disponible en: http://tonigonzalez.wordpress.com/2009/08/06/la-legitimidad-de-las-artes-y-su-instrumentalizacion/) (Con acceso el 03/10/12)