jueves, 31 de mayo de 2012

Koult entrevista a Javier Payeras



Javier Payeras (Guatemala, 1974) es un legendario personaje de la franja centroamericana. Ha publicado La ausencia es 1/4 vacío (1998), Soledadbrother(2003) y La resignación y la asfixia (2011), entre otras incursiones poéticas. Es también autor del libro de cuentos (…) y once relatos breves (2000), de las novelasRuido de fondo (2003), Afuera (2006), Días amarillos (2009) y Limbo (2011), así como de libros objeto y publicaciones experimentales. Durante su valiente periplo literario, cuentan los Anales del Istmo de Guatemala, Payeras ha sorteado lo bueno, lo malo y lo incontestablemente feo (en realidad lo bueno ha sido más que lo feo, pero debemos dramatizar). Y hoy, aunque inyectarse una vacuna contra la gripe sea más importante que responder a este interrogatorio, Javier, incondicional como siempre, ha preferido ponerse en una situación incómoda.
¿Crees en la lactancia materna o estás a favor de la leche de fórmula? 
(Risas) Pues he padecido mucha dependencia al polvo blanco, digo, la leche en polvo. Es muy triste porque consumirla es hacerlo muy lejos de cualquier ternura maternal, simplemente estás sentado en el comedor, con un enorme vaso, esquivando la mirada hacia cualquier cosa impresa que tengas frente a tus ojos, algo que bien puede ser la fotografía de un periódico o el laberinto impreso en la parte de atrás de una tapa de cereal.
Hojuelas de maíz con leche… El desayuno que nos ha dispensado Hollywood a pesar de los buenos panes con salame. Lo que indirectamente me lleva a la pregunta de rigor, Javier: ¿fuiste amamantado? Y si nunca fue así, ¿cómo es tu relación con los pechos en general? 
La verdad mi mamá nunca me amamantó. Soy un hijo de la cucharada resbalándose en el agua purificada. Mi relación con los pechos es aún posmoderna. Es inevitable encontrarse undocumental de Discovery Home & Health donde grupos de mujeres revelan sus incomodidades mamarias. Por lo regular sus esposos no responden, por pudor me imagino, y sus hijos no se sienten muy gratificados con su madre. Los pechos me obsesionan desde que leí aquel ensayo de Freud que refiere a un paciente que veía a su padre con dos enormes pechos y que el psicoanalista asociaba con la idea occidental de El Diablo. Satanás tiene tetas grandes.
Yo soy de la idea de que al personaje de tu más reciente novela, Limbo (Magna Terra, 2011), tampoco lo amantaron; es un hombre patético, debilucho por momentos, definitivamente no se nutrió bien. Lo que me gusta, sin embargo, son sus divagaciones y sus tránsitos por la ciudad. Es una especie de flâneur, ¿no te parece? Un paseante guatemalteco que escucha el Kid A de Radiohead todo el santo día. En ese disco hay una canción llamada “How to Disappear Completely”, y me parece importante porque tu personaje se desenvuelve justamente dentro de un mundo entre vivos y muertos, donde siempre sobra el tiempo para desaparecer. 
Claro, bróder. Lo que no está en la literatura, no está en la vida, así que acomodar la rutina a una “historia” es una singular “prueba de existencia”. La verdad Limbo tiene menos de Kafka, Joyce o Radiohead, que de Knut Hamsun. Vos lees el personaje de Hambre y te deja inmóvil por su forma tan pusilánime de vida; no encontrás en ese libro ninguna referencia a la condición que lo empuja a vivir tal cosa, el hambre que se agota al final de cada capítulo, cuando por alguna sádica esperanza aparece un plato de comida. Limbo es el relato de un Samsa latinoamericano que quiere ser insecto para lograr insertarse en su medio y dejar el encierro. Porque para vivir en sociedades tan patéticas como la guatemalteca se hace necesario un insano ejercicio de transformación diaria, dejar de ser individuo para convertirse en una suerte de insecto colectivo. Cada día se hace más complicado resumir esto: es casi imposible encontrar, en uno mismo, un pequeño espacio que no esté colonizado por otros.
Cambiando un poco de tema, ¿qué puedes decirnos acerca de la última aparición de El Increíble Hulk en la pantalla grande? ¿No crees que anduvo un poco más descontento de lo acostumbrado? A mí me preocupa, sinceramente.
Pues a mí me encanta cómo traducen los nombres como Hulk en España: “La Masa”… Yeah. Me gustan esas traducciones peninsulares que parecen arcaísmos de la Edad Media. El Poema del Mío Cid con efectos especiales. Yo me siento David (Bruce) Banner la mayor parte del tiempo. Cuando soy Hulk por un día o por una noche, me destruye la culpa al día siguiente. Lo he sido tantas veces que creo que ya odio serlo. Ya no escribo en Prozac porque era tan caro que decidí pasarme a un genérico, la Fluoxetina, luego ya no tuve para eso, así que volví de nuevo a ser Hulk. Un Hulk triste que pasea por el jardín de su casa y firma un libro de asistencia cada mañana. En fin, deprimente.
Antes de terminar, querido Javier, quisiera preguntarte algo que siempre ha rondado mi cabeza: ¿pudiste haber trabajado como buzo en torneos de golf? Ponerte una escafandra, digo, salvar pelotitas…
Las pelotas de golf se parecen a la Luna. De niño las usaba para construir con ellas pequeñas maquetas de módulos espaciales. Yo era un niño raro; mi mamá nunca quedaba bien conmigo regalándome juguetes, así que me daba dinero para que fuera a comprar basura y cosas usadas a un mercado cerca de mi casa. Con las pelotas de golf era fácil armar un sistema solar completo, pintando con tempera cada cuerpo celeste (¿viste qué barroco?). Creo que no puedo salvar nada, ni siquiera la literatura. Puedo únicamente aumentar la cantidad de cosas escritas que deambulan por ahí con total impunidad.