jueves, 4 de agosto de 2011

El duelo de las palabras - Fabricio Estrada


Leo a Edmond Rostand en su Cyrano de Bergerac, y apenas entrando a la obra, me encuentro con una memorable coincidencia que vuelve equidistante al Cyrano con un pasaje de La isla del día de antes, de Umberto Eco.

Ambos pasajes se enmarcan en un duelo de espadas: el uno es Cyrano declamando mientras pelea contra el Marqués De Valvert y el otro, es Saint-Savin ( en La isla del día de antes, de Umberto Eco) cuando se bate contra un abate… En los dos casos, la dialéctica “del buen hablar” (sprezzata disinvoltura como se le conocía en Italia y despejo, en España) se vuelve el instrumento que vence al contrario. Cada palabra es un golpe, cada idea una finta, cada concepto cerrado la muerte.

Los duelos en ambas obras coinciden con la provocación sarcástica que, los al final vencedores, lanzan contra personajes conservadores y puritanos. Saint-Savin provoca al abate con la especulación de vida en la luna (la escena se desarrolla en el siglo XVII, en los inicios de la Ilustración, en una plaza italiana bajo ocupación española), y éste, le responde “… no blasfeme, señor de Saint-Sevin, porque aunque la luna estuviere habitada, como ha devaneado en esa reciente novela suya el señor de Moulinet, y como las escrituras no nos enseñan, desdichadísimos serían aquellos habitantes, que no han conocido la Encarnación…” Rápidamente la provocación brillante de Saint-Sevin (que llega a sugerir que ante el desconocimiento de Dios por parte de los selenitas, el Papa debe mandar una misión a la luna para evangelizarlos y arrebatarlos así de su ensimismada contemplación de lo infinito sin sentido) encienden el sentido del ridículo y de la deshonra religiosa del abate quien desenvaina su espada con un “¡Basta, señor! Está negando la eternidad del Eterno y eso no se lo permito. ¡Ha llegado el momento de que lo mate, de que su denominado espíritu fuerte no pueda debilitarnos más!”.

Y es aquí cuando Saint-Savin también saca su espada filosófica y va asestando golpes dialécticos al abate en cada lance: “Es vuestra merced animal demasiado pequeño para poder imaginar el mundo como un gran animal, cual nos lo mostraba ya el divino Platón. Intente pensar que las estrellas son mundos con otros animales menores…”, y así, va asestándole a cada sentencia un filazo, “Oh, qué bella befa, señor abate, si Dios es infinito no puede limitar su potencia: Él no podría jamás ab opere cessare, y por lo tanto será infinito el mundo; ¡más si es infinito el mundo, ya no habrá Dios, así como dentro de poco no le quedarán borlas a su jubón!” y dicho esto, arrecia la cólera del abate mientras Saint-Savin lo contiene respondiéndole siempre con filosofía: “¿Acaso Cristo se ha encarnado una sola vez? ¿Así pues el pecado original hace dado una sola vez en este globo? ¡Qué injusticia!... en todos los otros mundos los hombres serían perfectos como nuestros progenitores antes del pecado, y gozarían de una felicidad natural sin el peso de la cruz…”. Aquí es cuando Saint-Savin le cruza una herida al rostro del abate y triunfa, para después morir por una confusión soldadesca, quien ven en los duelistas, a dos insurrectos armados contra el dominio español.

En el caso de Cyrano, el duelo se da por la ofensa que éste ha provocado en un grupo de marqueses (también Rostand ubica la escena en el siglo XVII) , quienes asisten indignados a la suspensión caprichosa de una obra teatral por el capricho de Cyrano, que se empeña en no hacer actuar a un pésimo actor y así proteger la integridad de la obra a presentar.
El Marqués De Guiche se pregunta a viva voz: “¿Y nadie va a responderle?” a lo cual el Marqués De Valvert asume el reto yendo hacia Cyrano espetándole, para provocarlo a un duelo (conocida es la cólera en que monta Cyrano cuando le señalan su enorme nariz): “Usted… usted… tiene una nariz… ¿Cómo decirlo?... Una nariz muy, muy grande…” pero al contrario de lo que se esperaba, Cyrano hace largo chiste de su propia nariz para luego decirle al estupefacto De Valvert: “Esto es, más o menos, lo que usted me podría haber dicho, de tener alguna erudición y algún talento. Pero de inteligencia ¡oh, ser lamentable!, jamás ha tenido usted ni un átomo, y de letras no tiene más que las cinco que forman la palabra “tonto”.”

De Valvert entonces saca su espada y Cyrano le responde igual, no sin antes decirle: “mientras manejo mi espada, improvisaré una balada… compondré una balada al mismo tiempo que me bato. Y al llegar al último verso, lo pincharé, señor.” Y así es como Cyrano comienza el duelo con De Valvert, arremetiendo como lo hacía Saint-Savin contra el abate, en medio de fintas y estocadas:

Balada del duelo en el Palacio de Borgoña entre Bergerac y un bellaco

Tiro con gracia el sombrero
Y tras él, mi capa alada.
Desnudo luego mi espada
-¡éste mi adorado acero!-.
Como Scaramouche ligero,
Noble cual Celadón,
Le advierto, Mirmidón,
Que al final de mis versos, hiero.

(se cruzan las espadas)

Quédese quieto, señor;
Lo pincharé como a un pavo,
Bajo el ala, en el costado,
O junto al azul galón.
En mi mano un avispero
Y mi espada, un picaflor.
Y recuerde, gordinflón,
Que al final de mis versos, hiero.

Me falta aún otra octava.
¡Luce como el almidón!
¿Qué le ocurre, fanfarrón,
que tiembla como una dama?
Abro mi guardia, la cierro,
No me alcanzó su envión.
Cúbrase bien, Laridón,
¡que al final de mis versos, hiero!

(Anunciando pomposamente)

¡Implore a Dios perdón,
que ahora va mi lección!
Me lanzó a fondo. (Se tira) Y reitero
(De Valvert se tambalea, herido. Cyrano saluda.)
que al final de mis versos, hiero.

Sin duda, la coincidencia textual es bastante cercana y hace uso del lenguaje como demostración efectiva de la superioridad racional ante lo impulsivo con que siempre responde la furia conservadora. La sprezzata disinvoltura desapareció hace mucho de la escena cotidiana, pero aún con todo el avance de la procacidad y del totalitarismo de lo mediáticamente ligero, somos capaces de intuir lo que cargan las palabras cuando son concienzudamente reveladas.

Y sí, por supuesto, las palabras nos rebelan y también nos revelan. El abate abatido, pues.

F.E.