"La gente normal no sabe que todo es posible"(Superviviente de Buchenwald citado Por Hanna Arendt)
Las dos escenas comparten una multitud enardecida. La una por el fervor nazi y la otra por la indignación de atroces asesinatos en serie. En ambas multitudes hay algo que las une. Las dos suceden en una dimensión de la narrativa alemana donde los autores, ambos alemanes, conjuran el deseo oculto y las pasiones más desenfrenadas del aparente caracter alemán domesticado: el ethos pagano de la germanidad pre-cristiana.
Hablo de las escenas donde el pequeño Oscar Matzerath, en El Tambor de Hojalata, y Jean Baptiste Grenouille en El Perfume, se vuelven los orquestadores de la ruptura de todas las reglas que la legendaria disciplina alemana ha querido imponer sobre ese pueblo semejante a bosques infinitos, como diría Elías Canetti (nacido en Bulgaria pero escritor en alemán), o quizá, en una inversión más alarmante de ese orden aparente, es el poder el que ha trascendido la simple fascinación y ha ordenado liberar todas las pasiones y perversidades:
"Es sabido que quienes actúan bajo orden son capaces de perpetrar los actos más atroces. Cuando la fuente de la que emanan las órdenes se agota y se les obliga a voilver la mirada sobre sus actos, ellos mismos no se reconocen. Dicen: eso no lo he hecho yo, y no siempre son concientes de que esán mintiendo. Cuando son confrontados con testigos y empiezan a titubear, añaden: yo no soy así, eso no pude haberlo hecho yo. Buscan en sí mismos las huellas de sus actos y no logran encontrarlas. Es sorprendente ver lo intactos que han quedado. La vida que llevan más tarde es realmente otra y no está teñida en absoluto por esos actos. No se sienten culpables ni se arrepienten de nada. Sus actos no los han penetrado." (E. Canetti, Masa y Poder)
Cuando Günther Grass, en El tambor de Hojalata, hace que el pequeño Oscar toque el tambor y rompa la cadencia de la marcha triunfal de la banda que recibirá al representante nazi, impone sobre las notas triunfales el redoble del jazz, ese representante del "arte degenerado" prohibido por el régimen del Tercer Reich, pero a la vez señala que la degeneración está más bien en el incontrolado fanatismo de las masas, que en su forma más caricaturesca y extrema, acompañan el ridículo paso del poder hasta el punto del baile. ¿No es acaso el paso de ganso de las tropas prusianas algo patético de ver individualmente, pero fascinante cuando se trata de un batallón completo en marcha ceremonial? Una vez impuesto el jazz sobre los tambores de la banda de recibimiento, la masa enardecida se mueve a su compás, todo se disloca y termina disolviéndose. El nazi a cargo queda solo en la plaza sin saber qué hacer. Su pueblo, su gloria lo ha abandonado.
Patrick Süskind, en El Perfume, opta por la orgía, quizá porque el perfume del poder haya sido el que enloqueció a las masas nazificadas hasta llevarlas a expresar su propia depravación y vulgaridad en el gran desnudo colectivo proyectado e infligido a los prisioneros de sus campos de concentración. La masividad de cadáveres desnudos que el mundo atestiguó tras la derrota alemana en la segunda guerra mundial, fue la orgía sádica que el nazismo-fascismo desató primero en su imaginación, enloquecidos por un poder sin límites (http://fabricioestrada.blogspot.com/2015/04/salo-o-los-120-dias-dentro-de-honduras.html ) , y luego en la realidad, fríamente, racionalmente, puntillosamente en las grandes fábricas de muerte y obsenidad desplegadas para aniquilar y hacer producir muerte a sus prisioneros. Y sí, el perfume del que hablamos fue percibido por millones de olfatos y millones de olfatos sintieron la putrefacción vulgar del asesinato colectivo. Respecto a él, Hanna Arendt nos dice lo siguiente:
"Cuanto más se haga valer la vulgaridad de una desenfrenada autoalabanza en una sociedad que en términos generales aún se ha formado en las reglas de la buena educación, tanto más fuerte resultará su efecto, tanto más fácilmente se dejará convencer la sociedad de que el valor para romper algo tan sagrado como las reglas de la educación, sólo puede provenir de un "gran hombre" que está más allá de todos los patrones y medidas". (H.A., A la mesa con Hitler, Ensayos de comprensión 1930-1954)
Grenouille no es un gran hombre, todos lo saben al verlo. Es patético, retorcido. Es grotesco e imagen de los pusilánime a la vez, pero tiene el perfume que desata, y eso la masa no lo sabe aunque esté preparada para oler su mandato. De ahí que Süskind también decidiera que fuera esa misma masa avergonzada la que devorara vivo a su perfumista de la atrocidad al final de la novela, hasta no dejar una sola huella en las calles que todos vacían, escondiéndose.
Las escenas son equidistantes, entonces. Aparentan estar lejanas en la línea temporal (lo lejano, a la vez, le sirvió muy bien a los nazis al resucitar el mito de superioridad racial teutón), pero al ser Grass y Süskind de la misma nacionalidad, el contenido empuja a la forma y crea sus límites. Es Alemania en bandeja de plata, y desde Alemania, somos todos los emfebrecidos. El populacho se hace humanidad y esa humanidad se vuelve cósmica. Al ritmo de un tambor o tras la esencia de un perfume, vamos mordiendo e imponiéndonos a la otredad.
Queda para otra ocasión reflexionar si El Flautista de Hamelin (desde otra línea temporal alemana) se une al selecto grupo de la hipnosis colectiva que tan magistralmente nos dieron a conocer Patrick Süskind y Günter Grass.
_"El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, ha ido disminuyendo en las dos últimas décadas...._ _Esto es una inversión del efecto Flynn. Parece que el nivel de inteligencia medido por pruebas está disminuyendo en los países más desarrollados. Puede haber muchas causas de este fenómeno. Uno de ellos podría ser el empobrecimiento del lenguaje. De hecho, diversos estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento del idioma: no sólo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo. La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio del pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre en tiempo presente, limitado al momento: incapaz de proyecciones en el tiempo. La simplificación de los tutoriales, la desaparición de las mayúsculas y la puntuación son ejemplos de "golpes fatales" a la precisión y variedad de la expresión. Sólo un ejemplo: eliminar la palabra "señorita" (ya obsoleta) no sólo significa renunciar a la estética de una palabra, sino también promover sin querer la idea de que no hay etapas intermedias entre una chica y una mujer._ _Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad de expresar emociones y menos capacidad de procesar el pensamiento._
_Los estudios han demostrado cómo parte de la violencia en las esferas públicas y privadas proviene directamente de la incapacidad de describir las propias emociones a través de palabras. Sin palabras para construir el razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible._ _Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento. La historia está llena de ejemplos y muchos libros (Georges Orwell - 1984; Ray Bradbury - Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios siempre han obstaculizado el pensamiento, a través de la reducción del número y el significado de las palabras. Si no hay pensamientos, no hay pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin el condicional? ¿Cómo es posible considerar el futuro sin una conjugación de tiempo futuro? ¿Cómo es posible capturar una temporalidad, una sucesión de elementos en el tiempo, ya sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin un lenguaje que distinga entre lo que podría haber sido, lo que ha sido, lo que es, lo que podría ser, y lo que será después de que lo que podría haber sucedido, haya sucedido realmente?_
_Queridos padres y maestros: hagamos que nuestros hijos, nuestros estudiantes, hablen, lean y escriban. Enseñemos y practiquemos el lenguaje en sus más diversas formas. Aunque parezca complicado._ _Especialmente si es complicado. Porque en este esfuerzo reside la libertad. Aquellos que afirman la necesidad de simplificar la ortografía, descontando el lenguaje de sus "defectos", aboliendo géneros, tiempos, matices, todo lo que crea complejidad, son los verdaderos arquitectos del empobrecimiento de la mente humana._ _
No hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza"._
Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que «vivir significa tomar partido». No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a los asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica. La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos. Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar. La fatalidad que parece dominar la historia no es otra cosa que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos, sin ningún tipo de control, que tejen la trama de la vida colectiva, y la masa ignora, porque no se preocupa. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa. Pero los hechos que han madurado llegan a confluir; pero la tela tejida en la sombra llega a buen término: y entonces parece ser la fatalidad la que lo arrolla todo y a todos, parece que la historia no sea más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, quien lo sabía y quien no lo sabía, quien había estado activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es el responsable. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: Si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó? Pero nadie o muy pocos culpan a su propia indiferencia, a su escepticismo, a no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien. La mayoría de ellos, sin embargo, pasados los acontecimientos, prefiere hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente en ruinas y de otras lindezas similares. Recomienzan así su rechazo de cualquier responsabilidad. Y no es que ya no vean las cosas claras, y que a veces no sean capaces de pensar en hermosas soluciones a los problemas más urgentes o que, si bien requieren una gran preparación y tiempo, sin embargo, son igualmente urgentes. Pero estas soluciones resultan bellamente infecundas, y esa contribución a la vida colectiva no está motivada por ninguna luz moral; es producto de la curiosidad intelectual, no de un fuerte sentido de la responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida, que no admite agnosticismos e indiferencias de ningún género. Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lágrimas. Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio; y el que aún hoy está en la ventana, al acecho, quiere sacar provecho de lo poco bueno que las actividades de los pocos procuran, y desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento. Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes.
¿Cuánto más rersistirá el formato del libro entre los lectores una vez que admitimos que los lectores no lo son tal por simplemente leer libros? Nos acompaña en esta reflexión el poeta hondureño Fabio Castillo y la editora hondureña Frances Simán, para sopesar, contrastar el hecho de seguir editando libros en el formato clásico. Escúchenos, en medio de una época que ya nadie se escucha... ni baila pegado. Spotify, Anchor.fm, Google Podcast, Ivoox.com, por aquí estamos.
Stephen King nos acompaña desde una entrevista que le diera a El País, España, en el año 2013. He trasladado su voz con la magia del podcast para acercarnos a uno de los escritores que mayor impacto ha tenido en la cultura del cine y del imaginario global del terror. No se pierda esta memorable entrevista, suscríbase a Ivoox.com, Anchor.fm y Spotify, y démonos la oportunidad de escucharnos en medio de la época donde ya no escuchamos, ni hablamos, y ni siquiera bailamos pegado. !Póngale música a su memoria!
Héctor Lavoe me dio la bienvenida a "la isla" haciéndose pasar por Juan Gabriel. Era un sábado con parroquia llena en la barbería de Hirám, en Barahona, Morovis. Mi suegro, José Maldonado me llevó y desde ese momento, hasta ahora, es ahí donde me recorto el pelo. Pero cada pelo caído tiene su precio en la barbería de Hirám. Al preguntarme mi nombre le dije de inmediato soy Fabricio, a lo que él replicó, ¿Patricio?,no, Fabricio, le aclaré. Me quedó viendo de lado, como afinando el oído ¿Jauricio? ¿es así? No, respondió uno de los viejitos que ya se habían interesado en el asunto y que esperaban turno, Es Pagricio. Le ofrecí una sonrisa y lo corregí, pero otro de los parroquianos intervino, ya dirigiéndose al otro que estaba a su lado: acho! yo escucho Pauricio... no, no, no, es Jauricio, seguro que sí. "De ahí pa' bajo, Ayo escuchaba aquel debate melodioso donde la décima se mezclaba con la plena y ya no quise corregir a nadie.
Aquello era una apuesta donde casi se tiraban los dólares en medio de la barbería. Ellos siguieron en lo suyo y fue entonces cuando alcancé a ver de reojo el cuadro que estaba al lado del espejo. Era Juan Gabriel pintado al óleo, solo que con unos lentes ochenteros y unas solapas doradas en su camisa de largo cuello en V. Unos días antes había fallecido el divo mexicano, así que comprendí que en cualquier barbería que se preciara de pertenecer al vibrar popular habría un homenaje muy sentido por la pérdida. Me sentí identificado, parte de una familia extendida donde los boricuas se hacían presentes en las alegrías o tristezas cantadas al pie de las belloneras (rocolas) más pérfidas. Sin pensármelo dos veces, y mienttras la discusión por mi nombre subía de tono, le pregunté a Hirám que si le gustaba mucho la música de Juan Gabriel ya que hasta un cuadro de él tenía en su trabajo. ¿Dónde está Juan Gabriel? me dijo, y todos los que alegaban por mi nombre callaron de tajo. Las tijeras quedaron en suspenso. Alcancé a escuchar el retumbo de los pelos cortados contra el piso. Señalé con mi boca, y todos vieron hacia el cuadro.
!Juan Gabriel! jajajajajajajajajajajajajaja...
Las carcajadas eran un aleteo de gallos, una banda de cokis borrachos a medianoche, era el boceteo perfecto en medio de una cabalgada.
¿Juan Gabriel? dijeron todos a la vez, !a las millas que será Juan Gabriel! !Ese es Héctor Lavoe, chico! Yo sentí que me hundía en la silla. El viejito junto a la puerta se doblaba de la risa y se veía que estaba haciendo un esfuerzo considerable por no perder las placas dentales. ¿Pero quién te ha dicho a tí que Lavoe se parecía a Juan Gabriel, pana? Y las carcajadas continuaron. Ay Jauricio Jauricio, decía uno, ay Patricio Patricio, reía Hirám, te comprendo porque eres nuevo aquí y tu nombre se confunde tanto jajaja
Salí de ahí bien peinadito, jurando que pronto llegaría el día de mi suerte, y que solo hasta entonces podría habitar la isla sin equivocarme entre un lagartijo y una gallina de palo. Con Hiram nos seguimos riendo recordando ese sábado, y desde entonces, él se ha convertido junto a Pepito, mi suegro, en mis interminables fuentes para conocer el Puerto Rico profundo, sus voces, sus canciones, sus paveras incorregibles.
En este episodio le encontramos coincidencia al relato de la muerte en Juan Rulfo y Ray Bradbury, en un juego de espejos que incluye uno de mis relatos inéditos. Póngale música a su memoria y comparta el podcast que ha abierto una nueva ruta evocativa.
En este episodio haremos una reflexión acerca de la cultura como elemento invasivo al medio ambiente, desde la antigua Grecia a la conquista de América, desde la voz de Berta Cáceres a la necesidad impostergable de reinventarnos para sobrevivir al cambio climático.
!Dese la oportunidad de ponerle música a la memoria!
Como la sonda Voyager, el podcast ha cruzado el umbral de los 365 días, adentrándose en los abismos de otros espacios. Para ello, nos hacemos acompañar de la reseña que escribiera para la novela Contacto, de Carl Sagan, además de un recuento marciano para entender un poco de lo que imaginamos cuando imaginamos lo desconocido. Pase adelante !dese la oportunidad de ponerle música a la memoria!
El poeta hondureño Ludwing Varela (Tegucigalpa, 1984) coincide conmigo en un comedor ya emblemático del centro de Tegus. Siempre un conversador de primera línea y amigo de años, Ludwing nos da un retrato al que debemos prestar atención: ¿Cómo está sintiendo el poeta todo esta centrifugadora llamada Covid 19 en una de las ciudades más golpeadas por la dictadura? Pase adelante, póngale música a la memoria.
El cineasta franco-hondureño René Pauck, nos permite una entrevista que va a revelarnos datos de asombro y una vida entregada a la conformación de una cinemateca dentro de la UNAH. Con su proverbial alegría nos cuenta también sobre sus películas preferidas y sobre la importancia de la memoria visual para Honduras.
"La cosa es que se malea, y no hay nada que hacer"; el chiki, el diablo, el alero: "no dejés que se vuelva zalamero porque te pierde"; en menos de cuartilla y media y en un máximo de seis, por cuento, Fabricio Estrada, narra, poetiza, profundiza en contextos y nos hace ver qué el corazón palpita pero no tiene la forma que se le asigna talento requiere tejer tus sueños a otros sueños (dicho así), y en tres renglones más, hilvanar un hijo. He leído y disfrutado el conjunto de 12 cuentos, de F. Estrada, ricos en figuras, escenarios, sensaciones, emociones, lenguaje invertido, ironía, algo de la guerra silenciosa callejera y las otras guerras, igual de invasivas y desiguales, dónde las fotos de los muertos no aparecen en los periódicos. Ninguno de estos escritos comienzan con érase una vez, pero es una y otra vez, este mundo, el nuestro aquí, igual que estos textos de los que me apropié al leerlos y de quién los asuma también. La "Era PRE SCHUMANN", trabajo de Estrada, alza vuelo hasta aterrizar en esa fiebre que no cesa mientras se escribe, dicho -leo, en tono irónico, satírico, mordaz, pero porque no, también cierto? He allí la lectura y la interpretación, que inicia con un contexto de la Teguz; de esta capital "especie de isla exiliada" y luego avanza y adquiere profundidades de "tentaciones por el vacío" y confrontar la creación, el mito, y desaparecerlo con solo borrar lo escrito, arrancar la página, cortar la figura del y con ello desdibujar la tentación. Más temprano que tarde , sé que Fabricio Estrada, "asumirá imperativos" de su pasión por la literatura para que "florezca en la piel" la esencia del respeto y la trascendencia de la palabra, en este país que tanto lo necesita y referente en nuestra América Latina.
Me concedí el permiso, celebrando, el juicio a favor de Bertita Cáceres, y siguen los Atala! el cumple de la hija segunda, ayer, y la lectura de este libro.
La crónica de mi estadía de un mes en Tegucigalpa, Honduras, la multitud que avanza dentro de mí, las voces, el doloroso proceso de reconocerme un Virgilio en uno de los inferno-paraísos más desconocidos del planeta tierra. Me acompañan, el historiador Edgar Soriano y Esteban, mi hijo.
A través del emblemático poema del maestro hondureño Jaime Fontana, he creado un palimpsesto para intentar explicar el estar de visita en mi tierra natal.
Por alguna razón que aún desconozco, venir a Honduras resulta casi como la prueba de un momificado a través del libro de los muertos. Llega el punto que hasta alcanzo a sentir el escozor del natrón en mi nariz, rebusco con ansiedad en mi mochila los vasos canopes que mostraré en migración y voy sosteniendo mi corazón de la misma forma en que Tarkovski le indicó al actor que hiciera con la vela, al atravesar la piscina de su famosa escena.
La aerolínea Spirit es una especie de sarcófago gigante de color amarillo, y retrasa el pesado del corazón a su capricho. Cada hora está enviando actualizaciones del nuevo horario del vuelo y si no se está atento, la puerta por donde uno debe abordar aparece, por ejemplo, de la G4 original en la G14 de la carrerra olímpica dentro de aeropuertos. Así me sucedió: estuvimos hora y media en medio de la pista de Fort Lauderdale, Florida, porque había atasco en la saturada puerta de bajada. Mi horario de conexión era a las 11:30 pm y cuando al fin pude desembarcar eran las 11:40 pm. A esas alturas estaba convencido de que había perdido el vuelo, pero al entrar a la terminal vi a cientos de personas aglomeradas y enfadadas exigiendo embarcar o la conexión que en ese momento les estaban anunciando cancelada. Ahí no había Covid-19 ni nada parecido, ahí era un smashing durante un concierto de Sepultura. La visión me animó, porque significaba que en todas las puertas habrían problemas similares, así que comencé la carrera que solo un marine en Normandía pudo dar, urgido de salir lo más pronto posible de la playa bajo fuego y con todo su equipo a cuestas. Corrí, bufé, hablé en inglés perfecto a la hora de preguntar where is the fucking gate G4????
Cuando creí que ya no daba más llegué, justo cuando anunciaban que la puerta de embarque había sido cambiada a las G14. Quise reclamar y recibí un raspapolvo de la encargada del counter: señor, si usted quiere llegar a su destino corra ya. Me vi arrastrado por fuerzas desconocidas y aún así deseaba arrebatarle las sillas de ruedas a los que se me cruzaban y así poder usarlas como patineta. "Esta es la última llamada para el vuelo NK829 hacia San Pedro Sula". Fui el último en entrar a cabina y para acortar lo sucedido, fui el último en la zona de reclamo de equipaje en San Pedro Sula, el que buscó y buscó y no encontró su maleta, la dulce maleta de rueditas verdes y lona negra, la inocente maleta perdida en un peor limbo de equipajes que las vistas en Toy Story 2. No estoy seguro si quería llorar o cruzarme de piernas sobre el counter para afligir a pura concentración de yogi a la muchacha que intentaba explicarme y tranquilizarme. Yo solo abría la boca para decirle que Spirit era la peor aerolínea del planeta, y ella, más nerviosa que Elon Musk cuando aterriza uno de sus engendros espaciales, quiso darse por vencida e insultarme, pero ambos entendimos que debíamos calmarnos, que en medio de tanto reinicio operacional éramos simples motas amarillas.
Aquí estoy ya, entonces, recibiendo emails que me aseguran que la maleta viene en camino hacia Tegucigalpa. Alrededor de 30 ejemplares de La Era Pre Shuman andan flotando por ahí y significarían una pérdida imprtante para mis pocas posibilidades de hacer llegar personalemente el libro a Honduras.
Insisto: Spirit es lo peor de lo peor: ni siquiera ofrecen un vaso de agua a menos que se compre con tarjeta de crédito.
Cada junio es un inevitable renacimiento de Lorca, así como agosto no fue su final. En este episodio nos vamos a dar repaso a los últimos días de vida del genial poeta andaluz, el momento de su captura y el eco que nos dejó para siempre más allá de los retumbos del fusilamiento fascista.
Toda ciudad espera a su ángel o a su poeta. Ahí están
para demostrarlo los cientos de ángeles hechos estatua en multitud de ciudades
alrededor del mundo: desde Berlín a Ciudad de México, o desde Tegucigalpa a
Rilke, porque Rilke es todas las ciudades que se precien de tener su ángel. Los
poetas están ligados a cierto fulgor angelical romántico -y terrible a la vez-
quizá porque reflejan la ciudad que habitan y que, sin dudarlo, están
dispuestos a derrumbar hasta sus cimientos o a proteger, espada en mano, para
que nadie de los expulsados por su claridad se atreva a regresar al paraíso
perdido.
Hay ciudades que esperan por siglos por su ángel-poeta,
a aquel que pueda describir la idea de belleza sublime a la que el alma
colectiva aspira para salir, al menos en lo que dure un poema, de la desolación.
Lo observado por Richard Harding Davis, viajero estadounidense que visitó
Tegucigalpa en 1896, nos acerca a esa espera con una observación que en
principio pareciera llena de una ingenuidad desproporcionada, pero que a la luz
de la poesía se comprende en todo su esplendor: “Frecuentemente admiramos los
adornos dentro de las casas, siendo la mayoría de éstas de adobe, en las
paredes repelladas encontramos pegados periódicos, litografías, comerciales de
20 o 30 años atrás. En una de estas casas encontramos una bien grande de una
mujer, que por casualidad todos nosotros conocíamos, que anunciaba una máquina
de coser. Tan alegres nos sentimos de encontrar una cara familiar, que los tres
nos descubrimos y nos inclinamos muy cortésmente ante ella; pero la señora de
la casa que nos observaba, equivocando nuestra reverencia, la colocó en el
altar de los santos creyendo que era un ángel”. La señora esperaba un
reconocimiento foráneo de una belleza que ella ya relacionaba con algo más allá
de su entorno, así como Juan Ramón Molina debió esperar para su poesía en su
viaje a Río de Janeiro.
Éste es el suspenso que advierto a lo largo de la
novela El Pescador de Sirenas, de Óscar Estrada, vida novelada como los
recortes de periódicos en las paredes de las casas que describe Richard Harving
Davis, con la salvedad de que, en la novela, la ciudadanía y el poder ya sabían
que tenían su ángel, pero necesitaban confirmarlo una y otra vez, probando con
golpes económicos, encierros y destierros al hombre que asumía sin escrúpulos
su posición de poeta total de Honduras. Así, Óscar Estrada va hilando la imagen
de una vida que ha sido repetida como leyenda del modernismo hondureño, y sin
embargo, nos la narra desde el anverso de la tela, donde las puntadas son
dolorosas y descarnadas. El Juan Ramón Molina de El Pescador de Sirenas
sabe que todo lo que toca la Tegucigalpa de entonces se convierte de inmediato
en acto patético, así que lucha, al menos, para salvar su honor de caer en lo
cursi. La tropa de personajes que él mismo crea de sus amigos de parranda en el
bajo mundo de Comayagüela, es en realidad el espejo alevoso de los círculos de
poder al que él ha tenido acceso gracias a su ángel, un poder de
escenarios teatrales baratos donde un cancel de madera divide la sala del
Congreso Nacional de las oficinas del presidente.
La novela que nos ha escrito Óscar con afortunada
técnica periodística -no pudo elegir mejor formato para cubrir, con
mirada de paparazzo decimonónico- el declive existencial de una voz portentosa
que fue apagándose en la misma medida que sus letras se elevaban sobre la
sórdida sociedad que lo acogiera. La transfiguración de mortal a leyenda ya se
había dado en Molina mucho antes que Óscar Estrada escribiera esta novela vital
para la literatura hondureña y centroamericana, pero solo El Pescador de
Sirenas nos conjunta de manera coherente aquello que fue -durante mucho tiempo
y con hálito de nota roja- un ángel despedazado en medio de una cantina perdida
en El Salvador.
Antes de que nos cuenten otra versión difusa del Perú en un momento sociopolítico tan crucial, mejor escuchamos al poeta peruano dándonos un marco de lo que sigue siendo profunda fuerza poética para Latinoamérica. Nos acompaña también la opinión y memoria viva del poeta hondureño Rubén Izaguirre, recordándonos el enlace histórico que hay entre Perú y Honduras... y Centroamérica.