jueves, 23 de septiembre de 2021

Günther Grass y Patrick Süskind equidistantes nos señalan el fascismo y su fascinus

"La gente normal no sabe que todo es posible" (Superviviente de Buchenwald citado Por Hanna Arendt)


 Las dos escenas comparten una multitud enardecida. La una por el fervor nazi y la otra por la indignación de atroces asesinatos en serie. En ambas multitudes hay algo que las une. Las dos suceden en una dimensión de la narrativa alemana donde los autores, ambos alemanes, conjuran el deseo oculto y las pasiones más desenfrenadas del aparente caracter alemán domesticado: el ethos pagano de la germanidad pre-cristiana.

Hablo de las escenas donde el pequeño Oscar Matzerath, en El Tambor de Hojalata, y Jean Baptiste Grenouille en El Perfume, se vuelven los orquestadores de la ruptura de todas las reglas que la legendaria disciplina alemana ha querido imponer sobre ese pueblo semejante a bosques infinitos, como diría Elías Canetti (nacido en Bulgaria pero escritor en alemán), o quizá, en una inversión más alarmante de ese orden aparente, es el poder el que ha trascendido la simple fascinación y ha ordenado liberar todas las pasiones y perversidades:

"Es sabido que quienes actúan bajo orden son capaces de perpetrar los actos más atroces. Cuando la fuente de la que emanan las órdenes  se agota y se les obliga a  voilver la mirada sobre sus actos, ellos mismos no se reconocen. Dicen: eso no lo he hecho yo, y no siempre son concientes de que esán mintiendo. Cuando son confrontados con testigos y empiezan a titubear, añaden: yo no soy así, eso no pude haberlo hecho yo. Buscan en sí mismos las huellas de sus actos y no logran encontrarlas. Es sorprendente ver lo intactos que han quedado. La vida que llevan más tarde es realmente otra y no está teñida en absoluto por esos actos. No se sienten culpables ni se arrepienten de nada. Sus actos no los han penetrado." (E. Canetti, Masa y Poder)

Cuando Günther Grass, en El tambor de Hojalata, hace que el pequeño Oscar toque el tambor y rompa la cadencia de la marcha triunfal de la banda que recibirá al representante nazi, impone sobre las notas triunfales el redoble del jazz, ese representante del "arte degenerado" prohibido por el régimen del Tercer Reich, pero a la vez señala que la degeneración está más bien en el incontrolado fanatismo de las masas, que en su forma más caricaturesca y extrema, acompañan el ridículo paso del poder hasta el punto del baile. ¿No es acaso el paso de ganso de las tropas prusianas algo patético de ver individualmente, pero fascinante cuando se trata de un batallón completo en marcha ceremonial? Una vez impuesto el jazz sobre los tambores de la banda de recibimiento, la masa enardecida se mueve a su compás, todo se disloca y termina disolviéndose. El nazi a cargo queda solo en la plaza sin saber qué hacer. Su pueblo, su gloria lo ha abandonado.

Patrick Süskind, en El Perfume, opta por la orgía, quizá porque el perfume del poder haya sido el que enloqueció a las masas nazificadas hasta llevarlas a expresar su propia depravación y vulgaridad en el gran desnudo colectivo proyectado e infligido a los prisioneros de sus campos de concentración. La masividad de cadáveres desnudos que el mundo atestiguó tras la derrota alemana en la segunda guerra mundial, fue la orgía sádica que el nazismo-fascismo desató primero en su imaginación, enloquecidos por un poder sin límites (http://fabricioestrada.blogspot.com/2015/04/salo-o-los-120-dias-dentro-de-honduras.html ) , y luego en la realidad, fríamente, racionalmente, puntillosamente en las grandes fábricas de muerte y obsenidad desplegadas para aniquilar y hacer producir muerte a sus prisioneros. Y sí, el perfume del que hablamos fue percibido por millones de olfatos y millones de olfatos sintieron la putrefacción vulgar del asesinato colectivo. Respecto a él, Hanna Arendt nos dice lo siguiente:

"Cuanto más se haga valer la vulgaridad de una desenfrenada autoalabanza en una sociedad que en términos generales aún se ha formado en las reglas de la buena educación, tanto más fuerte resultará su efecto, tanto más fácilmente se dejará convencer la sociedad de que el valor para romper algo tan sagrado como las reglas de la educación, sólo puede provenir de un "gran hombre" que está más allá de todos los patrones y medidas". (H.A., A la mesa con Hitler, Ensayos de comprensión 1930-1954)

Grenouille no es un gran hombre, todos lo saben al verlo. Es patético, retorcido. Es grotesco e imagen de los pusilánime a la vez, pero tiene el perfume que desata, y eso la masa no lo sabe aunque esté preparada para oler su mandato. De ahí que Süskind también decidiera que fuera esa misma masa avergonzada la que devorara vivo a su perfumista de la atrocidad al final de la novela, hasta no dejar una sola huella en las calles que todos vacían, escondiéndose.

Las escenas son equidistantes, entonces. Aparentan estar lejanas en la línea temporal (lo lejano, a la vez, le sirvió muy bien a los nazis al resucitar el mito de superioridad racial teutón), pero al ser Grass y Süskind de la misma nacionalidad, el contenido empuja a la forma y crea sus límites. Es Alemania en bandeja de plata, y desde Alemania, somos todos los emfebrecidos. El populacho se hace humanidad y esa humanidad se vuelve cósmica. Al ritmo de un tambor o tras la esencia de un perfume, vamos mordiendo e imponiéndonos a la otredad. 

Queda para otra ocasión reflexionar si El Flautista de Hamelin (desde otra línea temporal alemana) se une al selecto grupo de la hipnosis colectiva que tan magistralmente nos dieron a conocer Patrick Süskind y Günter Grass.

F.E.








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