miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mínimo# vs. mínima identidad

Bananas Christie's Andy Warhol



Necesito seis fotos tamaño pasaporte. Voy a una tienda de conveniencia donde me dicen que hay photomatón y todo, fotógrafo e impresión. Ya casi alistando los siete u ocho dólares que cuestan en Honduras -no en Puerto Rico-, se me acerca un poco la muchacha que atiende y me dice que quizá debo pensármela, porque aquí entre nos, me costará treinta y cinco dólares y como que es demasiado abuso. La miro cuatro segundos sin decir nada ¿una dependienta de franquicia  aconsejándome sin ser un robot eficiente? Mil gracias, le digo, y disimulo con rapidez y estupor.

Me lo sigo pensando. ¿A esta muchacha la habían regañado mucho ese día? ¿Le habría anunciado horas antes que estaba despedida y ese era su último turno?

Muy pocos días después, estamos junto a mi esposa en la fila de caja de otra franquicia. Huevos, pan, leche, cereal y de pronto veo bananos (en la zona centro-sur de Honduras, mínimos) así que no está mal llevar un racimo. El cajero va escaneando los códigos de barra, sumando, pero hace a un lado el racimo de bananos y apenas me mira de reojo. Casi en susurro me dice que mejor no compre eso tan caro, que cada banano (guineo en Puerto Rico) cuesta un dólar en esa tienda, que cómo se les ocurre semejante robo. Quedo de una pieza ¡no era locura ni desquite lo que había poseído a la muchacha de las fotos! ¡Era Resistencia! Era un profundo sentido de servicio que mantenía a raya la voracidad transnacional, porque ese sentido de servicio estaba ligado al saberse ciudadano de una identidad y no de un manual de servicio al cliente, y no a los valores diseñados respecto a la actitud y la calidad total. ¿Puede haber una ética de identidad? Por supuesto, estos dos dependientes me lo demostraban: había en ellos una vergüenza natural de ser cobradores del precio que ha tenido que pagar el mundo a las franquicias imperialistas.

En Honduras le llamamos mínimo al banano por algo peor. Por muchísimas décadas el banano que circulaba al interior del país era el excedente en la producción masiva de las plantaciones para exportación. Era el banano de mínima calidad. Crecimos comiendo sobras y no los estándares impuestos por el primer mundo. ¿Seguían sabiendo deliciosos? Sí, ¿se hubieran podrido en las bodegas de los barcos antes de llegar a Nueva Orleans o a Rotterdam? Sí, pero comer los mínimos da una medida del tipo de consideración que las transnacionales y los gobiernos entreguistas tienen respecto a la población nativa.

No se necesita mucho para que como ciudadanos sepamos reconocer nuestros estándares. Para 1924 la  producción de bananos en Honduras superaba a la de Ecuador, Panamá, Costa Rica, Guatemala, México, República Dominicana y Cuba en Conjunto. El monocultivo portentoso hizo que se nos bautizara como Banana Republic* pero la población comía el mínimo.

Algún tipo de Resistencia tendrá que ser natural y articulada para enfrentar con esa ética natural a los saqueadores. Bien podría llegar a ser nuestra identidad.


F.E.

* Sí, fue para Honduras el mote que luego sirvió para definir a los demás países latinoamericanos expuestos a la intervención imperialista.