martes, 26 de julio de 2016

y los pokemon estallaron todos al mismo tiempo

Foto: Fabricio Estrada


Nada más bello que escuchar truenos en la madrugada e imaginar que en ese oscuro juego de Pokemon existía, desde su lanzamiento, la perversa misión de hacer explotar a la humanidad cuando el último bicho fuera encontrado y cazado.

He conocido locuras masivas. Vi una vez el desenfreno de la derrota en el cinco a dos que México le propinó a Honduras en las eliminatorias de USA 94. La cosa era destruirlo todo y había éxtasis, patadas al rostro, ambulancias puestas a girar sobre sus caparazones. Luego a correr a casa para no perdernos las noticias donde nos mirábamos a nosotros mismos huyendo de las palizas. Era un juego extraño. Teníamos que vernos en repetición para afirmar que todo aquello fue cierto.
Vi las tiendas desabastecidas por oleadas de empleados que deseaban un beeper. Conserjes, directores, ejecutivos, médicos, sacerdotes, todos querían uno y mucho más: querían que el beeper sonara en medio de la nada y decir, oh, lo siento, debo irme, tengo algo importante qué hacer. Todos nos mirábamos cariacontecidos y comprendíamos la importancia de ese gesto. Mirábamos al cura o al médico o al conserje perderse en su moto seguros que ese era el hombre moderno siendo llamado por el progreso o por la oración urgente de la extrema unción. En todos lados sonaban los beeper. Eran una peste.

La lucecita roja e intermitente. También la vi. Todos querían que esa lucecita parpadeara en su cintura. Los primeros celulares hicieron estragos entre los campesinos y los fashion. No había fiesta donde no surgieran esas luciérnagas por el puro hecho de sentirse conectados al siglo que siempre está más allá. Había celulares que funcionaban y otros de juguete. Los que más se vendían eran los de juguete, por supuesto. Lo importante era que la lucecita titilara en la oscuridad de la disco o de la calle. Ahh, ahí comenzaba lo sublime. Todo mundo era un avión en pista de aterrizaje, un satélite cruzando la noche, un puntito brillante en la nada.

Camén jugaba Atari pero dichosamente los cassettes eran siempre los mismos. Durante años repetimos Asteroids, Pacman, Vanguard, Missile Command y Armor ambush. Camen era el único que tenía Atari en el pueblo. Les dimos fin al cansancio y luego los montábamos en la realidad del patio trasero con armas construidas por nosotros mismos, con Memo, Rober, Beto, Damocles y Fidel. Nos gustaba interpretarlos más que jugarlos en la consola. La realidad aún pesaba más. Sabíamos que solo nosotros podíamos darle fin al juego y que luego todo continuaba igual, los ríos, las montañas, las potras. No recuerdo haber quedado en silencio viendo hacia la nada como no recuerdo nada parecido a lo que hoy ya superó a los ensimismados mensajes de texto y a los propios juegos on line. Los fucking pokemon.

El fin de semana anterior he tenido que controlar un tic en mi labio inferior. No dejaba de balbucear. Vi cien. No, vi trescientos muchachas y muchachos avanzando por las calles del Viejo San Juan con los celulares buscando pokemon. Esa masa se concentraba en la plaza frente al Cuartel Ballajá así que supuse que la aplicación los conducía hacia una búsqueda agrupada ahí mismo. Me acerqué a uno de ellos que supuse algo extraviado y le pregunté si había algún tipo de convención tipo Comic con. El extraviado eres tú, ¡acho! Pareció decirme con su gutural y molesto no. Seguimos caminando por las bellas callejuelas y, no exagero, pero los grupos de zombies eran alarmantes. Una niña de seis años pudo evadir el tráfico y la multitud y entró al bar donde habíamos buscado refugio. ¡Encontró un pokemon justo al lado mío luego de recorrer muchas cuadras hasta ese antro!

Los truenos eran muy fuertes. Desperté con ellos en un arrullo inverso. Me decían que me despertara, que ya todos los pokemon habían estallado, que ya no había nada que espiar junto a ellos, que cada casa había sido registrada por la aplicación hasta en los goznes y alacenas. El banco de datos está lleno, susurró el último trueno.


Despertá.