lunes, 16 de mayo de 2016

Roberto Mascaró, Uruguay - Poemas




Hemos cortado el cable submarino que va de Malmö a Utila y de Utila a San Juan. No hay puentes, ni siquiera un pedazo del inmenso que une a Suecia y Dinamarca. Lanzo una botella al mar y apenas alcanza para que lleguen unas cuantas palabras que se han salvado del ron al fondo de ella. Queda un poco de borrasca en ellas, espero en repuesta versos pero hoy he bajado a las playas cerca de Santurce y lo que me ha devuelto es una botella llena de un líquido tóxico que incendia. Su poesía pareciera que trae tras de sí un redoble de tambores, un crescendo de dientes apretados, una agitada barra, una torcida espumosa y hooligan que se viste de palabra con inmensas mantas para cubrir el mítico Centenario. El irredento charrúa anda lo más ártico posible, y casi lo veo con su galeón sin tesoros a sus espaldas, mientras va anotando en su bitácora. Una colección de muelles y refriegas van surgiendo a medida que el poema va implosionando y que, polifónicos, los coros de la hinchada alcanzan su frenesí. Hay toda una locura en estas graderías, casi registro videográfico de un aquelarre futbolero que ningún Báltico congela.

Esto es lo que recibo, entonces. Y los dejo, porque me voy a sintonizar ese canal donde Roberto narra el partido con su sombrero de tres picos manchado de sal.

Tango del Apocaliptus Oriental





                                                                            Para los lobos de Cabo Polonio







I                                                                                                              



Como a hermana bastarda te prestaré mi odio

y entraremos a saco en la negra ciudad;

patearemos las ratas y encenderemos fuegos

en todas las esquinas.

                                  

                                     Iremos esposados.



Detenida de mí. Cuerpo mismo del crimen.

Escena del delito. Ramera idolatrada.



A tu disposición.



Unidos para siempre, por siempre y como siempre.



Para que no te alejes de mi vera,

darling, tesoro, beib, mami, rubia

de Niu Shor.



Correrá el Miguelete con todos sus cadáveres

y de esa agua viscosa se engomará algún ángel

ahogado por el plástico, envenenado en miasmas,

negro como azabache, repicando en la mierda,

chas-chas al tamboril.



Reina de Nuevo París: esposados iremos.



Pasando el Pantanoso, como pa’  la Tablada,

por ashá, atrás del Cerro, más bien por Pajas Blancas,

allá suben fogatas que franelean las nubes

y cubren de hollín puro todo Pocitos Nuevo.

Son los recicladores empastados de restos,

en la mente los cascos delgados de un caballo

que algunos se comieron p´al casorio e´ la Juana.



Las gasas de hospital y la infección y el cáncer

tapizan las aceras de Carrasco y Malvín.



“¡Qué cuadro, compañero!”, Negro Wilson uil sei.



Una guiñada al Cielo mentando el Manifiesto.











II



Te miraré de frente al cruzar el semáforo

de camino Corrales. Y tus ojos zancudos

se irán por algún techo, levitando en la brisa,

repitiendo en la tripa tu mente alucinada.



Y de los basurales se escuchará un embrujo,

un poste o eco lúgubre, como un grupo de esparto

o bien coro aterrado de agudos querubines

tragados por las grietas, resbalando en la pátina,

pegados en la grasa, aullando por el humo

acre de los suburbios.



Con un crujido de John Cage.



¿Te abrirás al paisaje?



El arrabal amargo

irá aprendiendo cosas.



La ausencia de veredas hará el paso liviano.



Nuestra facha será negroide o no será.



Y la mesa de truco, y  los gauchos y chinas

persignándose atónitos nos cederán el paso

por hoteles de mala muerte del Interior, pulgosos,

con hojas raídas de la Declaración de la Habana en sus piezas

y los piones caerán enredados en bombacha o bombacho rural paquistaní

y sombrero portugo de ala ancha.



Se despertará el áspero Chiripá de Acá,

El Culero Oriental, meid in Taiguán.



¿Te haré los calzones de lana pero te los terminaré de cuero?

¿O venderé productos de entreport, látex, uñas, diademas, pasamontañas?

¿Sangre de vaca en polvo?



Brillará el diente de oro en la noche de ciénaga.



Olímpicos bailaremos “El Pericón Nacional”

y comeremos mejillones provenzal

mirando un cielo de Mar de Bering, saboreando

guampa molida afrodisíaca,

sentados en bellas alforjas marroquíes del París del Sha,

en el Hotel Argentino de Piriápolis, ¡qué no ni no!

Rodeados de travestis, de melómanos, de yanquis, de

cabezas bien rapadas.



“Somos versátiles”, dirán.

“Más te vale, rapaz”, bramaremos

por las avenidas del Parque de los Aliados,

cubierto por las sombras de negros bujarrones

aliados del Imperio Genocida Occidental.



Defensor de menores, juzgado de otro turno,

legajos y vaginas, crótalos y azoteas

hacen la muerte un paso.



Todo terminará en una pelea a botellazos, as iusual.

Como un pastoso Peñarol que se embarra,

se empantana, se retrotrae, avanza reculando

y ataca defendiendo, vuelve loco al contrario,

lo calienta, lo alaba, lo deja llegar y

sobre la hora, gana.



Tendré que sacarte por la trastienda, drogada y borracha.

Dormiremos en una amueblada de mala muerte,

con yacuzi, cama redonda de agua y olor a lavandina.









III



Como te digo una cosa

te digo la otra.

                   Ahora, pará la oreja:



Soñarás con Verlaine y con la Pompa Yira.

Y un traveco morado zurcido en terciopelo.

Bello como una estampa de Changó.

(Palidez de vampiro en tierna juventud).

Cándido como un adolescente de Padua.



Como la Virgen de Guadalupe, protectora nuestra.



Y láminas de goma acariciando el heno.

Y un repique que llega agitando estandartes.

Y los gritos de fútbol que vienen por las calles.

Y los fuegos artificiales del gol.

Y la sordera del que

grita en el colmado Centenario.



Mentime que me gusta.



Levantaremos el Monumento a la Vaca, esa heroína única,

Animal Nacional Orgánico (ANO),

único amor de mis amores,

dama galante, meditativo agente,

dechado de humildad, paciencia soberana,

desjarretada siempre, siempre de ojos en blanco,

sacrificada al fin, le da el rojo a la Patria,

que cantó Zitarrosa, el delicado y triste

trovador oriental.



Junto a la Oveja térmica y estática, indigesta,

Madre del Cordero sagrado, no del Año Nuevo,

sino del Fin del Año.



¡Tánta vaca y oveja vendimos a las Guerras!

Morfaba Johnny cornebif uruguayo en Guadalcanal,

y tal vez también Jimmy come hoy asado en Kandahar.



Restauraremos la Melodía Nacional.

A cuerpeada limpia, a taco y punta, a rompe y raja,

a montonera y entrevero,

a pollerazo limpio y a taquito alfiler.



Y viviremos gracias al Ritmo Nacional.



Y moriremos a la sombra de la Tumba Nacional.



Bailando la cumbia nacional nacional.



Aunque la gloria sea con Peñarol Peñarol.



Sin chistar.



Zapatearemos sobre el Capital.



Alquilaremos un auto de ocasión.

Alguna lata eventual que transporte.

Un robot que haga lo que ordenemos

y agregue algo de banda ancha oriental.



Y enfilaremos por la Rambla, una y otra vez.

Los Accesos-Carrasco, Carrasco-Los Accesos.

75 km p/h.



Esto te gusta, ¿eh?

Le llaman la Paja Húngara:

se hiende sin anexos

por el vector que va cediendo

y por la tramontina que ocasiona

dentro mas dependiendo de la carcasa.



Pero, el cosquilleo es el paso final,

como decía el Gordo

en tanto la agarraba.



Sacarás tu pelo rojo por la escotilla

y gritarás como alelada y veré

una vez más las pecas de tu cuello,

oleré tu perfume de puta universal,

santa mía bendita, ardiente meretriz de mis noches charrúas,

ignorando a los curiosos de peluca

aunque repiquen con sus bastones por las veredas

regadas de tu ropa interior sin estrenar.



Mientras tanto devoraremos viandas locales,

jugosas y sangrientas como muslos de adonis

-húngaras, chimichurris, mollejitas, buñuelos, pan

con chicharrones, torturadores, muzarela, figaza,

asado ´e tira, corvina a la plancha, pascualina, asesinos, pastel de carne,

berberechos, almejas, pejerreyes, colchón de arvejas, violadores,

vino con gaseosa, pez espada, buseca, muzarela con orégano,

milanesa a caballo, mejillones, Patricia, medio y medio, flan con dulce de leche,

budín de pan, Martín Fierro, pirón, buñuelos, tumba, patria, milicos,

pastaflora, cobardes, fainá: bajo el hollín eterno del Mercado Etílico.









IV



En el verano rumbearemos al mar.

A ese mar  mentiroso que es un río,

el río camaleón que nos da nombre,

el que trae toninas, noctilucas;

ese río de pájaros con sabor a oceano,

que igual viene mojando nuestra mejor arena.



Todo será sencillo y tan charrúa,

tan chaná masacrado,

tan guaraní, arachán, tan Frutos genocidas,

aniquilado por aquel cruel Imperio

que difundiese la cocina española

hasta el Río de la Plata, edén muy bravo,

especialista en platos de la casa:

Restaurante Juan Díaz de Solís,

menú del día, menú de medianoche,

perdidos en la nieve y la ventisca

años después, y orgullosos

de ser parte de nuestra especie humana.



El país natural depredador,

el tigre en el flotante camalote

hace un guiño a la pastera Botnia,

entonces el fulano se distrae

y un golazo de Edinson Roberto

Cavani.



Ah pajas de la hora de la siesta,

el delicioso río tan ancho como mar

y las arenas blancas quemando nuestras plantas.

Ah, el Séptimo Círculo, ah las aventuras

de encantadores cowboys, de Marcial

Lafuente Estefanía.

Ah el clásico más célebre del mundo

que se llama Memorias de una princesa rusa

(y que se encuentra gratuitamente online).



Nos vamos para afuera esta semana.

(Todo aquello que no es Montevideo

es para nosotros el afuera).



Tu serás simplemente mi querida

novia, mi dulce prometida.

Yo seré un chico sano, izquierdoso y valiente.

Nuestro lecho será de sol y playa.

Siempre, siempre a tu lado. Chic to chic.



Olvidaremos todos los golpes de estado impunes.



¡Olvidaremos la maldita Ley de Caducidad, vergüenza planetaria!



¡Arena, arena, arena!

Nuestra arena es la más esplendorosa:

del color del cabello de la reina de las rubias taradas: Paris

Hilton, esta pobre muchacha, que es tan burra que olvida

que el oro es veneno: recuerden lo que le pasó a la chica

de Godfinger...



Merluza a la plancha comeremos,

empanadas de algas,

berberechos cogidos en la arena

y fainá de la orilla en el boliche

con velas y faroles a mantilla.



Jim Morrison va a estar rugiendo siempre

en las radios Espica de los goles.



Descalzos, naturales, espontáneos.



Ese rumor de océano, ese ritmo de oleaje

nos mecerá en el sueño

dulcísimo del sexo y del canabis.



¡Oh el inocente porro inmaculado!



Ya nunca más aquella falda blanca, “túnica”

con pajarita azul (la llaman moña:

al comenzar las clases es azul de bandera

y en el final del año violeta funeraria)

que me obligaban a llevar en la escuela

me harán sentir un bobo reverendo.

¡Niños del Uruguay, a quemar moña y túnica!



Oh la papa o la tumba, oh los asados.

¡Oh todos aferrados a la ubre!

¡Oh aroma de eucaliptus de Ramón Anador!

¡Oh gran cabeceador Alberto Spencer!

¡Oh el sagrado Inversor, oh el Capital!

¡Ay mi Punta del Este guerrillera!



Oh sol de Peñarol que se ha extraviado.

Oh bandera, oh bruma que la cubre.

(Mama, ganarle al cuadro afrancesado

que se esconde en la calle 8 de octubre).



Ganaremos de atrás con gol soñado.



Por eso nos llamamos los Campeones del Siglo.









V



Aunque te arrepientas de todo el horrible

Industrialismo y las vías férreas inútiles y las hortalizas y esos

señorones encopetados que en las fotos ésas marrones,

con trajes arrugados mas ensombrerados,

como escapados por la escotilla trasera, intactos, iluminados,

rodeados de zapallos en una chacra de Casupá:

ahora estamos en la era de Gaga o de Gagá

chupándole las tetas a George Sand.



Pero por ahí nomás nuestro elixir se truncará a costurones,

hélo aquí empercudido por la intemperie,

acicalado de ébano lujoso -esforzados atletas

que vienen de triunfar-

machacado en bengalas por un techo pasmado,

las cabezas colgando fuera del convertible,

con más vales de nafta (esos vales castrenses, carajo,

carne, verdura, arroz de chacras militares

entregado en la puerta de nuestros oficiales

por la tropa, esa anaconda muda,

aquí no hay corrución, señó)

y el humo de los porros que va hacia el Paccha Cielo.



No importa, nuestros hijos portarán la antorcha,

y también la alforja gitana sin duda,

se frotarán la mota por la noche,

tomando helados en costaneras antisépticas

con ventilador incorporado al bies

y  deslizadores áureos mas vibrátiles.



Nuestros hijos serán chinos,

chinos de La Teja o chinos de Bella Unión,

chinos de mierda,

de América y del mundo y de la Santa Impunidad,

engañados por un puñado de dólares,

por un puñado de carnes, un puñado de pelotas,

deportistas de corte continental, hinchando, hinchando,

intelectuales sin tacha, holgados

en su camisa blonda, en sus babuchas dodecafónicas.



Leerán Lolita en versión frenopática, filisteos

a mucha honra y dispuestos a todo

-shoot the lyon at the zoo-, ofídicos serán,

atrabiliarios, ¡Diantres!, hélas,

lo que el galano os demande ¿devotos?

Oh bien sure

Monsieur, é tudo bem, a fojas cero

descompaginarán los tropicalismos descalzos,

las esclavas de tobillo, las pequeñas gemas

que a mi amada engalanan, el pircin del malevo

clavado entre los huevos y el peroné.



Y además, vos y yo,

estaremos trabados para siempre.



¡Siempre andaré a tu vera!

Buscaré tu nombre en las placas sin fin

del Parque Posadas, en vano, ebrio

y rodeado de guardias armados que

Me iban a matar, como dijese Chávez.









VI



¿Habrá acaso blasón con más decoro

que el negro con el oro?



Hemos de volver al combate, en fija.

Ay, m’ hija, el combate nos llama,

siempre y siempre combate,

siempre fajar la faja y cruzar el facón.



Caras de los que te beben,

oh santo, alto licor que te ofrece la Patria,

¿combatiremos pues?



El Muñeco, la Chola, el Pardo, el Hétor,

la Patitas de Cerdo, el Zambo, el Cabecita Negra, Dienteleche,

la Tetona, el Chinchulín, la Chola, el Chongo, la Jazmina,

el Carozo, la Pocha, la Gatuperra, Batoví, el Manguera,

Catongo, Juana la China, el Querusa, el Pararí, el Chorizo,  Bujarrón,

el Macaco, la Caldera, el Corvina, el Menchaco, Pomelo, el Calato,

Frankenstein y el mambo:



¡Ellos también existen!



Hallamos un país desconchinflado

por lachos blancos y lachos colorados.

Y ahora la bandera de Otorgués, Señor,

se ha puesto en su lugar: hemos vencido.



La sangre vertida por los torturadores de la Matria

nos mira.



(Clemencia para los vencidos).



La Revolución ha empezado: ¡Vívela ya!



Todo el país charrúa avanza.



La Celeste es la gloria celestial.



Socialismo ya.



Legalais también.









VII



¡Avanza, forajida, ramera mía, mi forra!

Toda en ropas de noche que son como un vapor.

Abrazame en las luces rosáceas de la Rambla.

Parate en las esquinas del barrio del Condón.

Que la blusa trasluzca tus pezones patente.

(De ahí el éxito de las jóvenes que lavan autos).

Besame en las arenas quemadas de Neptunia.

Llevame a la Coronilla, al Chuy.

Acelerá a fondo que quiero morir en el Este,

con un quegüis en mano, besando a una morocha

junto a la suimin pul.



Te garanto, en chancletas

iremos predicando

que todo, todo, todo se trataba de nada

y hay que empezar de nuevo por lo tanto:

bilingües, asociales,

zurdos, bien achinados,

descalzos,  retacones, vertebrados al paso,

en el pecho la brisa y en el alma la calma,

llevando picemeiquers o datos de Dou Yons,

memoriosos, anales, sublimes y pendejos,

sobre rancia llanura raspando nuevo mote,

cual si le cimentaran el coturno o palenque,

dándose unos masajes orientales

de aquellos, figurando en unas páginas arrancadas

al Contrato Social,

encontradas en el excusado de una estancia de

Ibiray (Paraguay),

-el ADN del excremento no

identificado hasta el momento-

como una piara de anormales hablando

cosas descabaladas,

una reunión de efebos compartiendo canabis

y jugando a las madres:

en doctas compañías se decidió el asunto,

“Chupando zorra”, dijese Maribel

-y de todo lo dicho estampo sello y firmo

encamado en la mejor amueblada del Universo-

sin religión, sin dogma, sin martirio,

y por si alguno entre ellos realmente

le encontrara

(como lo hiciese el gran Julian

Assange)

algún día

el goyete a la Cosa.





(inédito en libro, Montevideo, 2001- Malmö, 2014)







Roberto Mascaró, Montevideo, Uruguay, 1948.


Autor de los libros estacionario (1983); Chatarra/ Campos (1984); Asombros de la nieve (1984); Fält (Campos) (poemas en versión sueca de Hans Bergqvist, Fripress, Estocolmo, 1986); Mar, escobas (1986); Cruz del sur (1987); Gueto (1991); Campo Abierto-öppet fält (1998); Campo de fuego (2000); Montevideo cruel- tangos (2003); Un río de pájaros (Colombia, 2004); Asombros de la nieve, antología (Caracas, 2005); Viendo caer la lluvia de una ventana azul (Tegucigalpa, 2012); Nómade Apátride (Catapulta, Bogotá, 2012). Ha  publicado más de cuarenta volúmenes de traducciones , entre ellas obras de Tomas Tranströmer, August Strindberg, öyvind Falhströn, Ulf Eriksson, Tomas Ekström, Jan Erik Vold, Edith Södergran, Henry Parland. Su poesía ha sido traducida al sueco.

Traductor del Premio Nobel de Literatura 2011, el sueco Tomas Tranströmer.