jueves, 12 de mayo de 2016

Los gallos de Ciales pelean por uno, Foto: Fabricio Estrada

Al sol se le ponen espuelas. Las necesita para plantarse al borde de la noche y romper en cantos. Cantar en Ciales-Puerto Rico, cantar en Talanga-Honduras, en Guanajuato-México, en Caaucupé-Paraguay, pero cantar con las armas puestas para enfrentar a los otros soles que se le vienen encima, sortear las pruebas del peso del corazón, el griterío previo al combate (¡Voy de a seis, voy de a seis!), el encierro y la furia dentro de la urna cósmica.




Nunca había asistido a una pelea de gallos y vine a verla aquí a Puerto Rico, a Ciales, un pueblo de montaña de larga tradición en este tipo de justas. Acompaño a don José Maldonado, mi suegro, gallero irredento que este día le apuesta a dos guerreros. Van con nosotros Juan y Víctor, este último, un extemporáneo pirata de corazón noble, todo investido de autoridad gallera y con los atavíos de cada sábado: su camisa roja y las argollas bucaneras colgando de sus orejas. Más tarde lo veré cortando espuelas y negociando, gritando y alentando, socarrón y alma indefinible del Coliseo de Gallos. Nos tomamos las Medallas, hago las debidas libaciones y observo, ya metido al plan de documentalista. Don José me va presentando y es la confianza y el respeto que le tienen el que me permite poner mi cámara casi en el pálpito nerviosos de los duelistas.








Los veo ahí, con su corte de guerra, con sus músculos tensos y sin crestas (a la muerte no le enamoran las crestas ni nada que pretenda impresionarla). El corte y puesta de espuelas artificiales es rápido y tiene características industriales, casi automáticas: se toma al gallo con cierto amor descuidado, se toma la pata y sin aviso se corta; de inmediato se le aplica un cauterizador y se le venda con una cinta de meticulosas vueltas. Veo a un gallo que tiembla incontrolable y me trae al gladiador inexperto que se orina en la primera pelea que Russel Crowe acomete en Gladiator. Aquí no hay palabras de aliento pues hay unos sesenta gallos en proceso de armado, así que no creo que existan tantas citas épicas para repetírselas al oído y que tiemblen de otra cosa que no sea pánico, que tiemblen de excitación, por ejemplo, que tiemblen porque saben que los otros vienen dispuestos a que el día los ilumine.








Don José me ha conseguido una locación justo al borde de la arena de combate, al lado del juez, lo que me permite descifrar su monótona narración de los duelos, algo que para muchos viene resultando imposible de entender desde el principio de los tiempos y que han aprendido a identificar como un tantra tibetano de pase a la otra vida. La verdad es que apenas le entiendo, apenas percibo la frase que más repite al micrófono, el sigue perdiendo sigue perdiendo sigue perdiendo que es lo último que escucha el gallo más desesperado.



Desde esa distancia, me impresiona sobremanera el porte de estas bellas aves ¿pero qué estoy diciendo? ¿aves?, ¡mejor decir archaeopteryx reencarnados e implacables! Las plumas del cuello se despliegan, las alas se extienden en una curva tensa y alarmante, la danza prevista en los genes con toda y su solemnidad… el arquetipo de todos los trajes guerreros y la más pura furia delicadamente desencadenada. Cada parte del cuerpo es escudo, lanza, espada y puñal, cada giro una finta desconcertante que antecede al casi invisible tajo de las espuelas. Una fascinación culpable recorre mi espina dorsal, esa sangre que salta hacia mi rostro en gotas terribles, esa decisiva promesa de no dejar en pie al oponente… y las tribunas gritando, y el dueño del gallo que va perdiendo casi sobre la pista, en el borde acolchado, eufórico de tristeza, cantándole las palabras más melodiosas del caribe, las más boricuas e intraducibles, esa cantao que es de niños y de grumetes a la vez.






















Me he detenido por segundos para limpiarme el rostro y continuar fotografiando y, también, para hacerle caso al juez que me pide no meter la cámara a pelear. Quiero la foto más cercana quizá, la que le haga sacar espuelas a la cámara pero ese otro ojo distrae, esa otra coraza japonesa no es permitida a menos que ayude en algo, que devuelva la vista al gallo que ha quedado cegado por el pico contrario.  Disgrego por segundos y me dejo llevar por los rostros de la tribuna. El primer combate duró apenas 40 segundos y creo que al final se llevó el premio, pero hay otros que no comprendo por su extensa duración y escarnio. Luchas ciegas, estocadas ciegas, adiós lirismo en el coágulo que un guerrero expulsa por su pico, resurrecciones impensables, huidas auténticas, fragor, asfixia… creía que todas podían durar cuarenta segundos, pero no es así. Registro combates de hasta cinco minutos en los que se declara empate tan solo para que ambos vayan al sacrificio de otra forma, más privada y silente. Prefiero no ir a ese teocalli mexica, me quedo hecho un mar de contradicciones al ser testigo del carácter de especie que vuelve al gallo implacable una vez que comprendió que su oponente está a su merced. Sigue picoteando los ojos, sigue aplastando cabezas con arrogancia, danza de lado, arremete, canta. No hay piedad en ese canto, es como gritarles a todos que triunfó sobre el inframundo y que ha salvado a la humanidad de su pusilánime destino en las sombras.







Salgo del Coliseo aturdido. Algo perdí ahí adentro y a la vez, alguien ganó por mí. Al sol se le quitan las espuelas y se le cuentan las heridas. Es posible que pueda seguir peleando y que se cure luego de un largo tiempo en recuperación. Pienso en quiénes somos cuando otros luchan por uno y la voz del juez se eleva más clara que nunca, traducido a todos los idiomas y dialectos, cantados o murmurados, escritos u orales; la misma frase que el gallo al morir escucha por última vez es la que escucho yo una vez que veo la noche cerrarse sobre los campos, la misma frase y el mismo sino. La verdad es que en lo humano algo sigue perdiendo sigue perdiendo sigue perdiendo.