lunes, 27 de abril de 2015

Diario de Hiroshima



Cuando el doctor Michihiko Hachiya se dio cuenta de que estaba desnudo también Japón entero había sido desnudado y puesto a la intemperie posnuclear. El pika don (el destello estruendoso, como lo llamaron los testigos) había sucedido a las 8:15 de esa mañana del 6 de agosto de 1945 y la muerte se había regado como el mismo delta del río Ota donde fue asentada Hiroshima. Nadie sabía lo que había sido arrojado sobre la historia para partirla en dos. El doctor Hachiya creía que la explosión había sido de una bomba de 500 libras pero cuando comenzó el deambular de los quemados con su piel cayéndole de los brazos y rostros tuvo que reconsiderar la impresión de su propias heridas psicológicas.

He leído, con profunda atención a los detalles, este Diario de Hiroshima y ningún otro documento me había resultado tan completo para conocer no solo de la destrucción material causada por las bombas atómicas, sino que para comprender el desmoronamiento psicológico o la deconstrucción psicosocial que éstas acarrearon en los sobrevivientes. La perturbación, el anonadamiento, los impulsos heroicos pero estériles (me impresiona el pasaje donde, en medio del incendio absoluto, un grupo de hombres es enviado a rescatar el retrato oficial del emperador para ponerlo a resguardo; al verlo, los heridos y los agonizantes hacen un esfuerzo sobrehumano para inclinarse ante él), la búsqueda de soluciones médicas ante el mal de radiación que era totalmente desconocido y sobretodo, el despertar terrible a la conciencia de la dictadura militar impuesta a rajatabla durante décadas y que ahora se demostraba culpable en toda su arrogancia hacia la ciudadanía, en toda su cultura de élite brutal avasalladora aún en los momentos de catástrofe nuclear. La vulgaridad en ascenso a despecho de la estricta disciplina del Mikado-Bushido, ( el Mikado en su acepción original se le llamó al poder del emperador pero por igual es un juego de palillos que consiste en ir quitándolos uno por uno sin mover a los demás... ¡tan frágil como paciente el poder!), la necesidad de explicaciones y la respuesta silenciosa de la ciudad sin vida.

"Las influencias maléficas que parecían haber descendido sobre Hiroshima me inquietaban sobremanera. Esos soldados borrachos, de cuyo indecoroso comportamiento había sido testigo involuntario en el viaje de regreso de Miya Jima, eran típicos del presente. Los viejos proverbios: "La justicia es fuerza" y "Vale más el carácter que la cuna", ya no tenían aplicación, o lo que era lo mismo nadie parecía hacerles caso. Se me ocurrió que quizá la disciplina de la buena crianza solamente surtiese efecto en tiempos de paz, cuando imperan el orden y la ley. La educación no puede mejorar el carácter, que asoma tal cual es cuando no hay policía que mantenga el orden. La educación es un barniz, un revestimiento. Educado o no, el ser humano revela su verdadero temperamento en los momentos de aflicción, y entonces gana el más fuerte. Invirtiendo los proverbios, la fuerza se convierte en justicia, la cuna es más importante que a educación. Entonces la fuerza rige el país." (M.H.)

¿Qué puede ocurrir más oprobioso, humillante y desconcertante luego de un desenlace tan brutal como una bomba atómica? Se creería que nada más, pero la posterior llegada de los norteamericanos a suelo japonés demostró que la tortura apenas había comenzado, más allá de las mutaciones físicas, más allá del aniquilamiento y las escenas dantescas. En la última página del diario del doctor Hachiya, asistimos a un diálogo desolador. Un oficial de ocupación estadounidense llega de visita al hospital donde Hachiya es el director. El militar se muestra silencioso y con gesto grave contempla la ciudad devastada desde una ventana hasta el momento de dirigirse hacia él con ayuda de un intérprete:

-"¿Usted qué opina del bombardeo? preguntó.
- Yo practico la religión budista, desde niño me han enseñado a aceptar la adversidad resignado. He perdido casa y fortuna, también fui herido, pero no obstante eso considero una suerte que mi esposa y yo estemos con vida. Agradezco haber conservado el don de la vida, aún cuando en la vecindad la muerte no dejó de visitar una sola casa.
- No puedo compartir sus sentimientos -dijo el extranjero en tono áspero-. Si yo estuviera en su lugar demandaría al país -siguió mirando un rato por la ventana y por último se marchó con los demás.

Referí a mis amigos el extraño comentario. "¡Demandar al país! ¡Demandar al país!", no cesaba de repetir para mis adentros. Pero por más que lo repetía, por más que me devanaba los sesos, no pude comprender qué había querido decir con esa frase".

En esta última reflexión se sintetiza para mí, a la perfección, la insensibilidad y frivolidad maestra con que los estadounidenses decidieron el lanzamiento de las bombas y del cómo creyeron que reaccionaría la población, casi haciéndoles un llamado a una "responsabilidad empresarial" por lo asumido por sus gobernantes militares, es decir, todo lo que trajera como consecuencia la bomba sería susceptible de demanda civil, en tribunales fantasmas bajo una ley nueva y desconcertante (...). El choque cultural era tan destructivo como los átomos desencadenados, y el cinismo histórico habría de permanecer mutando por décadas en la nueva era que se inauguraba sin contemplaciones de ningún tipo.

La aspiración de Hakko Ichiu (el concepto de expansión militarista japonés: "Las ocho esquinas del mundo bajo un solo techo") había sido barrida del mapa así como la fe de toda una nación, una nación que ahora tendría que vérsela con otra expansión militar que cubriría el mundo entero bajo la sombra del hongo nuclear.

F.E.