sábado, 18 de abril de 2015

Bartender, o la paciencia delirante



Un bartender es funcionario de la aduana más movida en el tránsito humano. No pide pasaportes de ningún tipo, cartas de recomendación, invitaciones oficiales, al contrario, siempre da y escucha la polifonía del silencio, porque todos hacen como que hablan pero en realidad, el bartender sabe que vienen a él para llenar su silencio de un solo trago.
Has aprendido las conductas:                                                                         
si esperan una chica
buscarán la última mesa junto a la ventana
si esperan a su sombra
buscarán la barra                                                                                                                    
Un francotirador aviva la llama del bartender, y Paola lo sabe ahora, porque en su momento supo disparar hacia las sombras cuando las tuvo a su alcance, implacable, calcó la paciencia y precisión del dolor, la nostalgia, el suicidio, la conspiración de los tristes, el contrato de la carne y de lo efímero, el gran carnaval que Dionisio trajo en su despedida.

¿Quién recoge las cenizas del  bonzo silencioso que se inmola en un rincón del bar? El bartender. ¿Quién encuentra las madrugadas que se fueron rodando bajo la mesa con  retinteo metálico y devaluado? El bartender. ¿Quién recibe las hurañas propinas que deja la soledad? El bartender, por supuesto.  En todo el poemario vamos siendo testigos de una paciencia infinita decidida a detallar la celebración íntima que cada uno de los clientes trae para compartir en esta tierra de nadie, esta zona franca de la locura. Como Panero lo dijo, Paola reivindica el derecho a la locura, el hecho de que hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca, porque hacer un poemario sobre la fauna y flora que llegó a Rayuela en los tiempos que Paola y Dennis estuvieron detrás de la barra, es negar – y sublimar a la vez- las duras jornadas del desamparo económico en que el azar y  la frustración impusieron su dinámica. Así es que la fortuna fue contar con el temple que la poesía auténtica sabe dar a sus elegidas junto al arqueo de caja que solo la locura puede asumir como riesgo y fe.

Leer Bartender, de Paola Valverde, es entrar a un mundo dentro del cual todos y todas estamos en deuda y a la vez perdonados, porque al entrar en él ya pagamos el precio de habernos convertido en personajes de una poesía delirante que elevará a consigna la épica de los solos.

Fabricio Estrada
San José, Costa Rica

18-4-15