lunes, 12 de mayo de 2014

El exhaustivo inventario de los decapitados - Walter Ego




El 29 de abril de 1981, en nota de prensa en la que refería la historia de un falso reportaje escrito por la periodista norteamericana Janet Cooke, Gabriel García Márquez se hacía “las preguntas de siempre sobre las diferencias entre el periodismo y la literatura”, las mismas interrogantes que buena parte de su obra literaria propone ante la disyuntiva de a quién adjudicársela: al periodista feliz e indocumentado que alguna vez fue o al novelista de éxito en que luego se convertiría.
“Relato de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada” constituyen dos ejemplos palmarios de textos donde los recursos del periodismo y de la literatura se entreveran de forma tal que resulta difícil separar al reportero del novelista, quizás porque García Márquez desoyó el consejo de su admirado Hemingway en el sentido de que el periodismo es bueno para un escritor siempre que lo deje a tiempo, y terminó por tender puentes creativos entre ambos mundos. Otro buen argumento es la historia de Margarito Duarte y su deambular por Roma con el cadáver incorrupto de su hija en lucha tenaz por la santificación de la niña, anécdota referida en nota de prensa del 23 de septiembre de 1981 y “redimida de su condición mortal por las astucias de la poesía” en “La santa”, uno de los Doce cuentos peregrinos, en ambos casos con una misma y tierna conclusión. De hecho, en esa colección de relatos hay otros cuatro textos que también existieron como notas periodísticas.
Sin embargo, el texto que mejor revela las dos mitades creadoras de Gabriel García Márquez es “Noticia de un secuestro”, libro publicado en 1996 que acaso mucho gustarán de encajar en los márgenes del llamado nuevo periodismo un tanto anacrónicamente, pues cuando Tom Wolfe zanjaba a golpes de reportajes sus diferencias con la literatura en los hoy lejanos principios de los sesenta, mediante un periodismo que deseaba “se leyera como una novela”, García Márquez ya había conmocionado a la opinión pública colombiana con el relato de un náufrago que sobrevivió diez días sobre una balsa de madera en medio del Atlántico.
Aunque la tentación de hablar de periodismo literario a propósito de “Noticia de un secuestro” es casi irresistible, prefiero calificar esa obra con el apelativo escogido por Truman Capote para denominar la historia del cuádruple asesinato cometido por Dick Hickcock y Perry Smith y relatada por él en “A sangre fría”: novela sin ficción, porque si bien “Noticia de un secuestro” debe al periodista el trabajo de galeote previo a la escritura, su “carpintería confidencial” y la estructura toda, debe, en cambio, al novelista, la voluntad que la sustenta y la credibilidad del relato, que hace de su lectura un goce y una revelación, no sólo por la certidumbre de que lo allí contado no se debe esta vez a la imaginación desmesurada de García Márquez pues fue padecido por cada uno de los protagonistas, sino también por el aliento humano que de él se desprende.
Este trascender lo circunstancial –Pablo Escobar, los Extraditables y el terrorismo urbano indiscriminado– para darnos una visión de la violencia secular en Colombia (la misma que sustentara los treinta y dos levantamientos armados promovidos y perdidos todos por el coronel Aureliano Buendía) es lo que hace de “Noticia de un secuestro” un hito en la novelística garciamarquiana, más que en su periodismo Su estilo personalísimo se torna más efectivo aún al verse forzado a la moderación que le impone la inexcusable objetividad del tema, si bien se toma respiros en parlamentos que parecen corresponder a seres fabulados antes que a personajes de carne y hueso, como aquel dictamen apocalíptico (por revelador) de Pablo Escobar: “Preferimos una tumba en Colombia a una celda en los Estados Unidos”.
“Noticia...”, que refiere la historia de diez secuestros ordenados por Pablo Escobar como forma de presionar al gobierno del entonces presidente César Gaviria para que no validara un decreto que permitiría la extradición de narcotraficantes colombianos reclamados por las leyes norteamericanas, es también la epopeya de la lucha personal de un hombre –Alberto Villamizar– para lograr la liberación de seres queridos, envueltos por la historia y el azar en los vericuetos de la política. Es, asimismo, la relación de los últimos momentos de Pablo Escobar, una criatura cuyo destino trágico parece haber sido concebido para la leyenda. Sólo que esta vez –a diferencia quizás de aquel “Relato de un náufrago”, que fuera noticia más allá de la desoladora experiencia humana que refiere por la carga política que significaba el destructor hundido por los artículos de contrabando mal estibados–, el drama vivido por víctimas y victimarios desborda los límites de lo personal, acaso porque, como dejara escrito Borges con su lucidez habitual, lo que hace un hombre lo hacen todos los hombres, y todos tenemos un poco de los diez secuestrados, de Alberto Villamizar y, ¿por qué no?, de Pablo Escobar.
De esta forma, tal vez sin proponérselo, escribió el reportero García Márquez la “novela de la violencia” que precisaba la literatura colombiana desde hacía mucho tiempo, donde lo que impera es un terror blando y delusorio que emana no del “exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados[...], y la descripción minuciosa de la crueldad”, sino del saber “que el drama de es(t)e tiempo no era (es) sólo el del perseguido sino también el del perseguidor”.
W.E.
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