lunes, 19 de mayo de 2014

Ángel Crespo, España - Cuatro poemas



La mano contra el sol
Tiendo la mano contra el sol y veo
una oscura muralla, y las almenas
en que el viento y la luz se dan de bruces;
y vislumbro un ocaso casi antiguo
o bien un parco infierno
en el que parvas almas aún esperan.
Y, con la mano puesta contra el sol,
siento que de mi sombra van raíces
a donde corren silenciosos ríos;
y escucho, con el sol tras de mi mano,
un vuelo de aves y un morir de abejas,
y una enramada violeta y roja
sobre un cielo amarillo.
Y al retirar la mano,
el sol no está, me niega, no se ha ido.

La voz
En todas partes una lengua emerge
que entre los árboles canta, canta.
Sube una voz. Ignoro cuántos pájaros
tiene mi voz que en los árboles vive.
Ignoro cuánta voz tiene mi voz.
Canta debajo de las ramas verdes.
Con las aves que nacen de mi boca,
canta de prisa encima de mis labios.
Una voz es un hilo que se rompe
cuando un pájaro viene con el vuelo torcido,
cuando un ave no tiene voz humana
y se hunde el viento en que un vilano vuela.
Yo no sé cuánto hilo tiene mi voz,
ni si algún halo tiene acaso
el ala de mi voz
que como el ave asciende.
Pero a las ramas sube
y de tal modo puéblalas
que se rompen de pronto y llueve savia cálida
sobre mis propios labios,
que son como mis fauces.

El tedioEl tedio a veces es como el amor;
mana de las cavernas
del pecho, se dilata,
atraviesa la estancia y los cristales
y se difunde hasta perderse
de vista.
Y, barnizado
con su color distinto,
es más íntimo el mundo.


No te asomes
No te asomes a ese jardín
ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.
No te acerques a ese jardín
si quieres que aún existas
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.
Déjalas bajo el sol: búscate dentro
esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.