lunes, 29 de abril de 2013

Tokio Blues: el sutil suicidio



He terminado de leer Tokio Blues (Norwegian Wood) de Murakami. Primer efecto: volver a The Beatles. Segundo: recordar a Pamuk y El Museo de la Inocencia. Tercero: recordarme a mí mismo, adolescente, amando la pura agonía existencial una mañana en el Instituto Central, como uno de mil enamorados de lo imposible, de algo que asemejaba a la vida pero en sí era muerte, muerte de una época, de una ingenuidad, de un espacio de la ilusión. Cuarto efecto: reconocer el signo que pesa sobre Murakami... Japón se suicidó para poder sobrevivir, para sobrevivir al derrumbe de una era en que los emperadores y los códigos de honor fueron borrados en segundos por el aniquilamiento nuclear. Para Murakami, la radiación que siguió a ello es toda esa alienación donde, el ruido de fondo de una Tokio sesentera es en inglés, es sentirse parte de la cultura anglo-americana, la misma cultura que produjo el vaciamiento y el doloroso gesto de Yukio Mishima montando el seppuku de toda una nación en su propio cuerpo.

Murakami no muestra sus vísceras, quiere que en Tokio Blues nos acerquemos al pecho y escuchemos el latido apenas perceptible del pasado. Pienso, desde esta línea lógica, que muchas naciones ya han muerto en su papel histórico de primera línea y, que de toda su antigua vitalidad nos restan apenas las muestras individuales de aniquilamiento, como el oxígeno que va escapando en forma de burbujas dentro de un río contaminado. Tokio Blues avanza como un río hacia un mar desecado, un océano llamado Naoko junto al cual Watanabe llora inconsolable. Esa imagen desoladora la capta muy bien el fabuloso director vietnamita Tran Anh Hung (desde otra nación suicida que ha debido asumir la nueva realidad con sus propios fantasmas y ecos. Así lo demostró en The Cyclo) quien no se apresura y que tampoco quiere perder tiempo explicando el por qué de sus transiciones. Su película es para conocedores de la novela.

En fin, una novela que aparenta ser una novela de amor pero que en sí es una gran metáfora del fin de una época, y lo peor, en un suicidio cuya banda sonora la interpretan "otros", desde "otra isla" de la existencia.

2 comentarios:

Julia dijo...

Muy buen comentario sobre el libro... y felicitaciones por el blog... La verdad que me costaba encontrar placer en este libro(mas allá de esa nostalgia buscada concienzudamente)y me has ayudado a darle otra vuelta de tuerca. Cariños

Julia dijo...

Muy buen comentario sobre el libro... la verdad es que me costaba bastante encontrarle un placer que excediera la mera nostalgia buscada por el autor concienzudamente... tu reseña le da una vuelta de tuerca muy interesante. Felicitaciones por el blog