viernes, 12 de abril de 2013

Leer a punta de puntos



"La verdad es concreta", dijo Brecht y Armand Mattelart apuntala lo dicho diciendo: sí, "la verdad es concreta porque la verdad se descubre en la unión de la idea y de la práctica". La verdad -diría yo- no la he ido descubriendo luego de muchos razonamientos. En Honduras la verdad va surgiendo desde todas las vías hasta coincidir en un punto de pus al que uno debe estar dispuesto a ver crecer y estallar sobre la piel y bajo ella hasta volverse septicemia. En principio no duele saberla, conocerla, arder en su pústula. Crea no más un estupor provisional que es reemplazado por las retiradas más elegantes desde que Shakeaspeare lo instruyera ("si debes retirarte hazlo con elegancia").

Yo he creído en los libros (creer es una de las especies de la verdad), porque en ellos rebosan las palabras que los escritores y escritoras asumen como sangre. Los libros entonces me han parecido un corazón ambulante que se puede llevar en el bolsillo, en el bolso, bajo el brazo, en el tablero del carro, en la mochila viajera; un corazón, entonces, que late vivo y que trasplantás en otro cuando lo entregás. Nunca ofrecí un libro sin la sensación de un donante de órganos que se ofrece en vida, por eso el negocio de los libros de manera directa (venderlos personalmente) me ha parecido un tráfico desolador, lleno de salpicaduras y coágulos asquerosos. ¿Cómo entregar tu bomba de vida ante alguien con cara de Anubis? Anubis te pesa el corazón en la balanza y a su capricho puede mandarlo a los cocodrilos del Duat.

Así pasa en el tráfico de libros en los colegios de secundaria de Honduras. Aparte de la censura oficial de la Secretaría de Educación y su "Evaluación de Obras Recreativas" (Sub-Secretaría de Asuntos Técnicos Pedagógicos), existe también la consecuente censura que aplica el analfabetismo funcional pero la peor censura, la más bizarra, es la de los maestros que tiene otro amigo maestro como escritor y que hacen el binomio conocido como "mercantilización de la lectura". Estos maestros son la ciudadela medieval atrás de las murallas principales (el analfabetismo y las directrices del Estado). Estos y estas maestras son los que no dejan pasar la literatura genuina que se está haciendo en el país en el afán de mantener el negocio con sus compañeros de magisterio que han publicado poemarios, novelas o cuentos. Dicho sin más dilación: son los últimos censores, ya enajenados por el sistema.

La verdad surge por sí sola y se presenta como una cascabel que salta hacia la vena en cada paso que das: la idea es que aquí no se lee. La práctica es que muchos maestrxs y el Estado prohíben leer. En los colegios de secundaria se venden libros como para hacer tu casa o tu carro a punta de puntos. Los libros se meten como soldados a una trinchera defendida por niños. Los libros bien pudieran haberse publicado en blanco y eso no importa porque los alumnos y alumnas no los leerán, no encontrarán nada en ellos. Y los libros que están diciendo cosas no sortearán esa otra censura, esa mafia.