domingo, 9 de junio de 2013
Kawas maneja, programa deportivo
Monitoreando los programas deportivos del domingo, en ese afán de explicación que uno ya sabe pero que insiste entre la desazón y la costumbre, me topé con este sorpresivo y grato formato de entrevista que Mauricio Kawas (TodoDeportes Canal 11) ha decidido producir. Y caramba ¡qué alegría me ha dado su frescura! En un país cuyo entretenimiento pasa casi con obligatoriedad por ver las repeticiones futboleras al fin pasa algo diferente en la tele.
Y no me vengan a decir que simplemente Kawas copió el formato de los reality gringos como Operación Rescate, naaaaaa. Lo que sucedió es que Mauricio entendió que si no se imitan las buenas cosas en la producción jamás se generarán contenidos, porque el contenido surge de la propia práctica, con las propias circunstancias y vivencias. El formato se vuelve novedoso porque es nuestra realidad la que habla.
No hay originalidad pura en las producciones tv. Quien espera una idea pura nunca la pondrá en práctica. Como bien lo dijo un escritor: "El mucho experimento retrasa la prueba". Lo he disfrutado mucho, sin duda. La entrevista de hoy fue con Danni Turcios y así, con todo el relajamiento y fuera del estudio y sus aprensiones, Danni contó interioridades de las selecciones en las que ha participado que nunca, en el tenso formato normal, hubiera contado.
Recomendado cien por ciento.
Y no me vengan a decir que simplemente Kawas copió el formato de los reality gringos como Operación Rescate, naaaaaa. Lo que sucedió es que Mauricio entendió que si no se imitan las buenas cosas en la producción jamás se generarán contenidos, porque el contenido surge de la propia práctica, con las propias circunstancias y vivencias. El formato se vuelve novedoso porque es nuestra realidad la que habla.
No hay originalidad pura en las producciones tv. Quien espera una idea pura nunca la pondrá en práctica. Como bien lo dijo un escritor: "El mucho experimento retrasa la prueba". Lo he disfrutado mucho, sin duda. La entrevista de hoy fue con Danni Turcios y así, con todo el relajamiento y fuera del estudio y sus aprensiones, Danni contó interioridades de las selecciones en las que ha participado que nunca, en el tenso formato normal, hubiera contado.
Recomendado cien por ciento.
viernes, 7 de junio de 2013
Post-Bang
Oscar quiso atravesar su casa de la sala a su dormitorio pero ya había comenzado el intercambio de ametralladoras afuera. Una poderosa descarga hizo que la bala atravesara la pared de concreto y diera directamente en la cabeza de Oscar, que cayó ante su familia, al lado de la computadora. Alcancé a ver la escena en un noticiario pero ya habíamos escuchado el fragor de los tiros la noche de ayer.
Fue impresionante en verdad la intensidad de fuego. No hubo ninguna diferencia entre lo escuchado en cualquier ciudad de Siria o en Malí. Había encono y no parecía terminar. Es más, llevamos ya una semana completa escuchando los disparos entre las 8:30 pm y la 9:30pm, quizá más días.
Vivo en una colonia que fue urbanizada en 1986. La Cerro-Grande, en Comayagüela. Ubicada en lo alto de la capital (noroeste) se domina desde sus miradores ambas ciudades, Tegucigalpa y Comayagüela. 1,100 metro sobre el nivel del mar. Al mismo tiempo que su construcción fueron creciendo a sus alrededores lo que pronto se dio por llamar invasiones y que ahora, bajo el nuevo lenguaje tecnócrata suavizador, son llamadas colonias en vías de desarrollo, áreas de marginamiento urbano o, en lenguaje marxista, áreas excluidas. El punto es que sus nombres fueron surgiendo con alentadora buena fe: Villa Franca, Villa Unión, Villa Cristina, Campo Cielo, Alemania, La laguna y Las Pavas.
A medida que fueron creciendo creció el conflicto. Siempre se supo que eran zonas calientes pero su auténtica calentura se muestra en su totalidad hasta ahora, a sangre y fuego, como una auténtica zona de combate. Todos sus ecos llegan directamente hasta la Cerro-Grande y también sus muertos. Por lo general la ruta de ascenso hacia esta colonia (El Chile) ha sido un lugar para abandonar cadáveres; el más famoso de ellos el sonado caso de la estudiante normalista Ricci Mabel, asesinato que dio por inaugurado el Kali-yuga en Tegucigalpa.
Pero repito, lo que estamos viviendo estos días sobrepasa la definición de criminalidad. No es una guerra solo de mareros. Esto es un entramado mucho más complejo como un aparato sanguíneo en sí que filtra por todos lados: dispara el XIII al XVII, el XVIII al policía, el policía uniformado al policía de civil, el XIII al sicario policía de franco, el policía sicario al civil desarmado, el desarmado civil le paga a un XIII o un XVIII para eliminar al policía uniformado que lo intentó matar de civil... y en medio de todo eso, los blancos surcos de la cocaína como pintura guía dentro de un hospital desplomado.
Hace unos días tuvimos en casa a Héctor, un niño de 11 años que vive en la Campo Cielo. Nos ofreció su servicio para chapear las plantas (podar) frente a la casa. Ya en confianza nos habló de cómo se vive en su colonia, del miedo a cruzar ciertas zonas hacia la Villa Unión porque ahí hasta los niños odian a los del "otro lado" y "nos verguean". Habló de las tirazones (de las balaceras) y del cómo una mañana se encontró una pistola con balas "bien puntuditas". Se la quiso quedar pero un policía lo vio con ella y se la arrebató para quedársela él, luego de un brusco interrogatorio donde tuvo que intervenir toda la familia. Héctor ya no va a la escuela como Oscar ya no va hacia su dormitorio. Héctor vive aún, sigue viniendo por acá, pero no sé, a ese ritmo, por cuánto tiempo más.
Así sucedió con Don Augustín, quien venía con sus dos hijos pequeños a chapear por la colonia. Un día vino solo. Me contó que el mayorcito había muerto (13 años) asesinado por malas compañías. Me señaló hacia lo alto de la Zona 2. Ahí está el enorme tanque de abastecimiento de agua, pintado de azul. El primer lugar donde tocaba la neblina antes -recordé yo. "Ahí mataron a mi muchachito sus propios amigos" -me dijo Don Augustín-, por eso mandé al otro para afuera (hacia tierra adentro), para que no me lo maten. No sé qué ha pasado con Don Augustín, no ha vuelto, y las plantas se crecían esperándolo y nada. Ahora no puedo dejar de ver el tanque de agua allá arriba sin imaginarme a su hijo elevando un barrilete púrpura, como lo hacíamos antes nosotros, niños, sobre el tanque de agua en el terreno de los Alfaro, allá en Sabanagrande.
También la muerte y su centro de gravedad fijado en los alrededores -y que ahora se desplaza hacia aquí, inexorablemente- ha ido atrayendo a amigas y amigos que crecimos en la Zona 3. Gaby, desde muy niña, me decía "Adiós espagueti" y se reía a carcajadas cuando yo le respondía: "adíos albóndigas" (todo por unas tiras cómicas que pasaban en la tele). Siempre sonriente de pronto ya era una jovencita que muy pronto, también, quedó embarazada. Logró graduarse de maestra pero nunca encontró plaza. Un día vino a casa a pedirme ayuda en dinero para llevar a su hijo al hospital. Otro día apareció en las noticias, asesinada en la zona de El Pedregal. "Estaba enviciada con la droga", me contó alguien cercana a ella. Dos disparos en la cabeza.
Chorro de humo -Gabriel- murió dentro de un bus. Se había ido a vivir a La Laguna. Baleado. Arlem, que conocí igual desde niña y que tuvo un pequeño con un amigo, fue asaltada y se negó a entregar su celular. Fue baleada dentro de un "rapidito" de ruta Cerro-Grande Centro. Osman fue asesinado de un balazo en la cabeza dentro de su propio auto. Era periodista, recién graduado. Un año antes su padre había sido asesinado en un hotel del Guanacaste. La esposa de "el negro", Allan, fue asesinada frente a él cuando dejaban la basura en el contenedor cerca de la escuela. Se negó a entregar el celular. Un disparo. No hay que ser un mago para aprender a sortear lo que parecería inminente. Las consecuencias han sido un repliegue paulatino hacia el encierro y salir nada más bajo pasos y rutas precisas. Y escuchar, claro, con los oídos aguzados, hacia dónde van las balas. Mientras tanto, el cuerpo de vigilantes mantienen a raya la Zona
3 aunque la amenaza haya llegado ya en forma de un letrero que los delincuentes pintaron en la propia garita de guardia, a medianoche: "se las tiran de muy vivos guashis, ya les va a tocar". Los guashis borraron como pudieron la advertencia y ahora, esperan.
jueves, 6 de junio de 2013
El retorno, Miguel Guardia - México
Hoy para hablarte me he quedado solo;
cerré para estar solo todas las ventanas,
el ojo alegre de las cerraduras
y los libros y las puertas. Y todo lo he cerrado.
Nomás los labios no, ni estas atormentadas
palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.
Es muy verdad que yo hubiera querido hablarte,
como antaño, del amor y de las cosas que nos unen;
hubiera querido decirte largamente
que te quiero, que me gusta que me sigan tus ojos,
que no hay suavidad como la de tus manos,
pero hace afuera un aire erizado de gritos,
¿comprendes?
pero algo trágico está sucediendo allá afuera,
y yo no lo sabía.
Mira: sólo el amor no basta;
tampoco basta con que querer que nuestros hijos
sean los más hermosos o los más inteligentes,
porque sé que en ellos le daremos al mundo,
únicamente, más carne para el dolor,
otro recinto de amarguras,
otra enturbiada fuente de lamentos;
ni siquiera bastaría que tu y yo y nuestros hijos
fuéramos a detener a todos los que pasan,
para preguntarles, con un gesto amistoso,
por qué están desesperados, por qué gritan así,
por qué llevan la vida como la más estúpida,
la más innoble o la más feroz de las tareas.
Nadie me escucharía ¿sabes?
Creo que nadie nos escucharía.
Y tendrías que sentir lo que yo, ahora:
aquí encerrado tengo la certeza
de que si cogiera el teléfono y llamara
y llamara, y llamara hasta morir de sed y de hambre,
todos los números contestarían ocupados.
Podría también abrir las ventanas y gritar;
gritar por la mañana, por la tarde, por la noche;
aullar, gritar hasta que todo el mundo se despertara
destrozarme gritando y gritarles y gritarles.
Pero para ser eso es necesario ser heroico,
y yo no soy más que un hombre con el corazón desgarrado
y convencido de que ya no existen los héroes,
de que nadie mueve un dedo para salvar a nadie:
todos están cuidando sus pedazos de pan duro,
cepillando con agua su único traje
para evitar que se vea pardo,
pensando en una hermosa mujer que se entregara gratis.
Los héroes...
(Cuando llegues a estas dos últimas palabras,
los héroes,
te ruego que las digas con una voz cuidadosa,
como si anunciaras a alguien la muerte de sus padres.)
Ya no hay héroes ¿me oyes?, ya no hay héroes:
todos asisten diariamente a una oficina
y son buenos empleados y trabajadores;
todos están casados y tienen hijos innumerables,
y acostumbran a hacer un paseo dominical,
provistos de bolsas en las que hay tortas y refrescos.
Corren un poco entonces y golpean una pelota
o tratan de subirse a un árbol inclinado y pequeño
para demostrarse que aún siguen siendo los mismos.
Luego comen, hablan sabiamente del aire puro,
satisfechos de su existencia reposada y cómoda,
y regresan a sus casas y se duermen tranquilos
tras de poner su dentadura en un vaso con agua.
Y yo no sabía nada de esto y estaba mudo,
y me levantaba contento por las mañanas
y hablaba de amor y de nostalgia, como lo más hermoso
y lo más terrible que pueda sucederle a un hombre.
Se aprenden, sin embargo, palabras oscuras,
y cambian de sentido nuestras viejas palabras.
Si ellos quisieran mirar a su alrededor,
si ellos quisieran mirar a su alrededor, y ver,
si ellos quisieran mirar a su alrededor, y ver,
y si ellos vieran que el mundo ya no es sencillo,
si por lo menos sintieran algo del dolor del mundo,
si se conmovieran, por lo menos, con un verso sencillo,
si un odio simple les partiera el alma,
si por lo menos lloraran con un dolor sencillo;
su pecho no sonaría más como un ataúd;
sabrían que las sirenas de las ambulancias
aúllan, como mujeres enloquecidas, al olor de la sangre;
que hay niños que se quejan suavemente
como si cantaran una vieja canción,
porque se están muriendo sin que nadie lo sepa;
que hay gemidos y palabras entrecortadas
brotando de zaguanes oscuros, de cuartos de hotel,
de estrechos callejones donde el hombre se refugia;
del quejido impotente y opaco y terroso
de los que caen diariamente bajo la violencia;
del odio de los que roban por vez primera
porque ya nada tienen que pueda serles robado;
que hay cantos lúgubres en las iglesias
y coros aterrorizados en los hospitales;
conocerían el zumbido plomizo del silencio
de los que ya aprendieron que todo es inútil.
Y quizá cada uno tomara su corazón,
henchido, inflado, hinchado por la ira
y por el llanto y la desesperanza,
y lo arrojara desde su turbia torre de marfil,
como semilla grande para el florecer del héroe;
para alfombrar de púrpura valerosa el camino
que haya de pisar mañana el héroe verdadero.
¿Estás haciéndome caso?: el héroe verdadero.
El que lleva en las sienes una corona de espigas
y en el pecho un corazón de pan tranquilo y vigoroso.
Compréndeme ahora: se engañan quienes creen
que sólo ante un lecho de muerte uno se despide
para siempre, de todo aquello que le es querido:
estoy vivo, y estás viva, y existe la esperanza,
pero tengo que despedirme de estas palabras mías
que no gritaré jamás, porque sólo soy un hombre.
Pero ojalá llegue alguien que las arroje al aire:
ya sé que muchas serán arrastradas por el viento,
entonces, y que algunas caerán sobre las azoteas
y que lentamente irá secándolas el sol
y pudriéndolas la lluvia;
que otras quedarán sobre el asfalto de las calles
y que serán comida de los perros,
pero que una, la más limpia y serena de todas,
acunará la infancia del que estamos esperando.
Eso era todo lo que quería decirte.
Ahora voy a salir de nuevo a la calle:
deséame la mejor suerte,
y que tenga la fuerza de voluntad necesaria
para no dejarme acobardar, como ellos.
(Miguel Guardia, Ciudad de México, 1924-1983)
cerré para estar solo todas las ventanas,
el ojo alegre de las cerraduras
y los libros y las puertas. Y todo lo he cerrado.
Nomás los labios no, ni estas atormentadas
palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.
Es muy verdad que yo hubiera querido hablarte,
como antaño, del amor y de las cosas que nos unen;
hubiera querido decirte largamente
que te quiero, que me gusta que me sigan tus ojos,
que no hay suavidad como la de tus manos,
pero hace afuera un aire erizado de gritos,
¿comprendes?
pero algo trágico está sucediendo allá afuera,
y yo no lo sabía.
Mira: sólo el amor no basta;
tampoco basta con que querer que nuestros hijos
sean los más hermosos o los más inteligentes,
porque sé que en ellos le daremos al mundo,
únicamente, más carne para el dolor,
otro recinto de amarguras,
otra enturbiada fuente de lamentos;
ni siquiera bastaría que tu y yo y nuestros hijos
fuéramos a detener a todos los que pasan,
para preguntarles, con un gesto amistoso,
por qué están desesperados, por qué gritan así,
por qué llevan la vida como la más estúpida,
la más innoble o la más feroz de las tareas.
Nadie me escucharía ¿sabes?
Creo que nadie nos escucharía.
Y tendrías que sentir lo que yo, ahora:
aquí encerrado tengo la certeza
de que si cogiera el teléfono y llamara
y llamara, y llamara hasta morir de sed y de hambre,
todos los números contestarían ocupados.
Podría también abrir las ventanas y gritar;
gritar por la mañana, por la tarde, por la noche;
aullar, gritar hasta que todo el mundo se despertara
destrozarme gritando y gritarles y gritarles.
Pero para ser eso es necesario ser heroico,
y yo no soy más que un hombre con el corazón desgarrado
y convencido de que ya no existen los héroes,
de que nadie mueve un dedo para salvar a nadie:
todos están cuidando sus pedazos de pan duro,
cepillando con agua su único traje
para evitar que se vea pardo,
pensando en una hermosa mujer que se entregara gratis.
Los héroes...
(Cuando llegues a estas dos últimas palabras,
los héroes,
te ruego que las digas con una voz cuidadosa,
como si anunciaras a alguien la muerte de sus padres.)
Ya no hay héroes ¿me oyes?, ya no hay héroes:
todos asisten diariamente a una oficina
y son buenos empleados y trabajadores;
todos están casados y tienen hijos innumerables,
y acostumbran a hacer un paseo dominical,
provistos de bolsas en las que hay tortas y refrescos.
Corren un poco entonces y golpean una pelota
o tratan de subirse a un árbol inclinado y pequeño
para demostrarse que aún siguen siendo los mismos.
Luego comen, hablan sabiamente del aire puro,
satisfechos de su existencia reposada y cómoda,
y regresan a sus casas y se duermen tranquilos
tras de poner su dentadura en un vaso con agua.
Y yo no sabía nada de esto y estaba mudo,
y me levantaba contento por las mañanas
y hablaba de amor y de nostalgia, como lo más hermoso
y lo más terrible que pueda sucederle a un hombre.
Se aprenden, sin embargo, palabras oscuras,
y cambian de sentido nuestras viejas palabras.
Si ellos quisieran mirar a su alrededor,
si ellos quisieran mirar a su alrededor, y ver,
si ellos quisieran mirar a su alrededor, y ver,
y si ellos vieran que el mundo ya no es sencillo,
si por lo menos sintieran algo del dolor del mundo,
si se conmovieran, por lo menos, con un verso sencillo,
si un odio simple les partiera el alma,
si por lo menos lloraran con un dolor sencillo;
su pecho no sonaría más como un ataúd;
sabrían que las sirenas de las ambulancias
aúllan, como mujeres enloquecidas, al olor de la sangre;
que hay niños que se quejan suavemente
como si cantaran una vieja canción,
porque se están muriendo sin que nadie lo sepa;
que hay gemidos y palabras entrecortadas
brotando de zaguanes oscuros, de cuartos de hotel,
de estrechos callejones donde el hombre se refugia;
del quejido impotente y opaco y terroso
de los que caen diariamente bajo la violencia;
del odio de los que roban por vez primera
porque ya nada tienen que pueda serles robado;
que hay cantos lúgubres en las iglesias
y coros aterrorizados en los hospitales;
conocerían el zumbido plomizo del silencio
de los que ya aprendieron que todo es inútil.
Y quizá cada uno tomara su corazón,
henchido, inflado, hinchado por la ira
y por el llanto y la desesperanza,
y lo arrojara desde su turbia torre de marfil,
como semilla grande para el florecer del héroe;
para alfombrar de púrpura valerosa el camino
que haya de pisar mañana el héroe verdadero.
¿Estás haciéndome caso?: el héroe verdadero.
El que lleva en las sienes una corona de espigas
y en el pecho un corazón de pan tranquilo y vigoroso.
Compréndeme ahora: se engañan quienes creen
que sólo ante un lecho de muerte uno se despide
para siempre, de todo aquello que le es querido:
estoy vivo, y estás viva, y existe la esperanza,
pero tengo que despedirme de estas palabras mías
que no gritaré jamás, porque sólo soy un hombre.
Pero ojalá llegue alguien que las arroje al aire:
ya sé que muchas serán arrastradas por el viento,
entonces, y que algunas caerán sobre las azoteas
y que lentamente irá secándolas el sol
y pudriéndolas la lluvia;
que otras quedarán sobre el asfalto de las calles
y que serán comida de los perros,
pero que una, la más limpia y serena de todas,
acunará la infancia del que estamos esperando.
Eso era todo lo que quería decirte.
Ahora voy a salir de nuevo a la calle:
deséame la mejor suerte,
y que tenga la fuerza de voluntad necesaria
para no dejarme acobardar, como ellos.
(Miguel Guardia, Ciudad de México, 1924-1983)
Una guerra para armar
Sin alfileres pero la imagen es tan aguda y dolorosa como usarlas. Sin mapa extendido en la sala pero el mapa soy yo y el video es el verdadero espejo. En este mapa que soy ubico las ciudades y las explosiones. Atravieso calles y conozco los nombres de los barrios de Siria.
Siempre he estado atento a los conflictos armados que, en otros tiempos, eran seguidos por noticias difusas de la radio y con un mapamundi sobre apuntado. Miles de hogares tuvieron ese rito en todas las guerras lejanas del siglo XX y por igual, en las muy internas, aunque estas eran consideradas por igual lejanas, aunque éstas sucedieran a dos pasos, ya sea en El Salvador, en Guatemala o en Nicaragua. Recuerdo muy bien el dilatado rompecabezas de ir armando el escenario general a puntillazos radiales, y al final nada, la guerra era solo matar y por ningún lado la causa real. Solo el recuento de bajas y rápidamente el cambio hacia el anuncio comercial. "Mejor mejora Mejoral".
Con las nuevas herramientas de "seguimiento" me decido por auscultar la guerra en Siria. Despliego el Google Earth, enlazo con youtube y wikipedia, me aseguro con un par de blogs especializados en la materia y listo, ahí estoy, en Homs, en Damasco, en Al Qusayr, Aleppo, en todo ese territorio desangrado. Me llama la atención lo profuso en el uso de la video-cámara. Youtube está plagado de combates en Siria. Pareciera que la consigna de ambos bandos es llevar una corresponsalía directa, casi colocando las cámaras en la punta del fusil, sin intermediación periodística, sólo la cámara y el combate, los francotiradores señalando previamente al contrario que en segundos caerá, los tanquistas como dentro de una play station.
Los corresponsales son eliminados como moscas, sobretodo si cubren televisoras sirias. El broadcast es simplemente pasarse con prisa la toma y subirla al youtube.
Este nivel de datos llega incluso a mostrar escenas editadas con imágenes de ambos bandos: desde el hueco donde el Rebelde lanzará su RPG hasta el contraplano del T-72 que recibe el impacto. Es posible entonces armar la guerra a placer, manipulándola personalmente como eso, como lo que es en realidad virtual: una guerra para armar. He encontrado así, secciones completas de tiros especializados: imágenes de solo francotiradores, de solo rpgeros, de solo tanques, de solo recuperación de heridos en medio de combates. En este almacén bélico hay vituallas para lo que sea incluida la nueva esfera roja giroscópica de Google Earth que permite ubicarse en cualquier plaza con vista 360 grados del lugar a ras de suelo, ahí mismo.
A esta escala de información la electrizante escena de desembarco en Saving private Ryan quedá anulada. Bands of Brother y Pacific lo mismo. El guión no se escribe sino que se siente, queda al silencio propio la intensidad de la búsqueda y el difícil final de lo que se ve, porque el esfuerzo por finalizar el scouting pasa por negarse a continuar enlazando, corraborando, compartiendo. Solo así se logra cierto desenlace y al final el desenlace no deja nada, aunque la guerra de la realidad continúe imparable, fragorosa, atroz.
Entendido el ritmo llega uno a posicionarse no por bando sino por acción o drama mostrado. En lo particular he llegado a lamentar la muerte grabada de un arrojado Rebelde (FSA) que no cesaba de hostigar con su calibre .50 a una compañía del Ejército Sirio. Solo, ante la cobardía manifiesta de sus jóvenes compañeros, lanza andanadas de balas una y otra vez ocultándose tras una esquina. Los compañeros lo alientan a que continúe sin atreverse a cubrirlo. Sólo es él y a la cuarta ocasión que aparece es agarrado de lleno por francotiradores. Luego los compañeros lloran alrededor de su cuerpo. Tomo este ejemplo con dolor y, también con la insensibilidad de poder retroceder la imagen al infinito para prolongarle la vida al muchacho.
A esto se llega.
E incluso a más.
El turismo de guerra ha sido inaugurado con la llegada al frente sirio de un fotógrafo japonés aficionado que logró colarse con las columnas del FSA. Pagó por ello alguna buena cantidad. Si bien es cierto que a lo largo de la historia han existido muchísimos casos de millonarios aburridos que no dudan en comprarse un boleto para circunnavegar el mundo o el espacio, para irse de safari en otras tantas guerras, participando ellos mismos por placer, este caso del japonés me causa un escalofrío por todo lo que desatará en forma de clubs hartos de jugar al paint ball. O quizá yo sea el iluso y quizá estos clubs ya existen del mismo modo que yo, aún cómodo y reticente, sigo lo que ocurre en Siria.
Siempre he estado atento a los conflictos armados que, en otros tiempos, eran seguidos por noticias difusas de la radio y con un mapamundi sobre apuntado. Miles de hogares tuvieron ese rito en todas las guerras lejanas del siglo XX y por igual, en las muy internas, aunque estas eran consideradas por igual lejanas, aunque éstas sucedieran a dos pasos, ya sea en El Salvador, en Guatemala o en Nicaragua. Recuerdo muy bien el dilatado rompecabezas de ir armando el escenario general a puntillazos radiales, y al final nada, la guerra era solo matar y por ningún lado la causa real. Solo el recuento de bajas y rápidamente el cambio hacia el anuncio comercial. "Mejor mejora Mejoral".
Con las nuevas herramientas de "seguimiento" me decido por auscultar la guerra en Siria. Despliego el Google Earth, enlazo con youtube y wikipedia, me aseguro con un par de blogs especializados en la materia y listo, ahí estoy, en Homs, en Damasco, en Al Qusayr, Aleppo, en todo ese territorio desangrado. Me llama la atención lo profuso en el uso de la video-cámara. Youtube está plagado de combates en Siria. Pareciera que la consigna de ambos bandos es llevar una corresponsalía directa, casi colocando las cámaras en la punta del fusil, sin intermediación periodística, sólo la cámara y el combate, los francotiradores señalando previamente al contrario que en segundos caerá, los tanquistas como dentro de una play station.
Los corresponsales son eliminados como moscas, sobretodo si cubren televisoras sirias. El broadcast es simplemente pasarse con prisa la toma y subirla al youtube.
Este nivel de datos llega incluso a mostrar escenas editadas con imágenes de ambos bandos: desde el hueco donde el Rebelde lanzará su RPG hasta el contraplano del T-72 que recibe el impacto. Es posible entonces armar la guerra a placer, manipulándola personalmente como eso, como lo que es en realidad virtual: una guerra para armar. He encontrado así, secciones completas de tiros especializados: imágenes de solo francotiradores, de solo rpgeros, de solo tanques, de solo recuperación de heridos en medio de combates. En este almacén bélico hay vituallas para lo que sea incluida la nueva esfera roja giroscópica de Google Earth que permite ubicarse en cualquier plaza con vista 360 grados del lugar a ras de suelo, ahí mismo.
A esta escala de información la electrizante escena de desembarco en Saving private Ryan quedá anulada. Bands of Brother y Pacific lo mismo. El guión no se escribe sino que se siente, queda al silencio propio la intensidad de la búsqueda y el difícil final de lo que se ve, porque el esfuerzo por finalizar el scouting pasa por negarse a continuar enlazando, corraborando, compartiendo. Solo así se logra cierto desenlace y al final el desenlace no deja nada, aunque la guerra de la realidad continúe imparable, fragorosa, atroz.
Entendido el ritmo llega uno a posicionarse no por bando sino por acción o drama mostrado. En lo particular he llegado a lamentar la muerte grabada de un arrojado Rebelde (FSA) que no cesaba de hostigar con su calibre .50 a una compañía del Ejército Sirio. Solo, ante la cobardía manifiesta de sus jóvenes compañeros, lanza andanadas de balas una y otra vez ocultándose tras una esquina. Los compañeros lo alientan a que continúe sin atreverse a cubrirlo. Sólo es él y a la cuarta ocasión que aparece es agarrado de lleno por francotiradores. Luego los compañeros lloran alrededor de su cuerpo. Tomo este ejemplo con dolor y, también con la insensibilidad de poder retroceder la imagen al infinito para prolongarle la vida al muchacho.
A esto se llega.
E incluso a más.
El turismo de guerra ha sido inaugurado con la llegada al frente sirio de un fotógrafo japonés aficionado que logró colarse con las columnas del FSA. Pagó por ello alguna buena cantidad. Si bien es cierto que a lo largo de la historia han existido muchísimos casos de millonarios aburridos que no dudan en comprarse un boleto para circunnavegar el mundo o el espacio, para irse de safari en otras tantas guerras, participando ellos mismos por placer, este caso del japonés me causa un escalofrío por todo lo que desatará en forma de clubs hartos de jugar al paint ball. O quizá yo sea el iluso y quizá estos clubs ya existen del mismo modo que yo, aún cómodo y reticente, sigo lo que ocurre en Siria.
miércoles, 5 de junio de 2013
EMULACIÓN DE BORIS PASTERNAK, O DE OTRO INTENTO DE SUICIDIO - Rodolfo Girón, México
Miguel, Ramón, Marco Antonio
Hace un rato bajé de la lluvia
Para ahogarme en un taxi
Y el conductor comentó a la pareja de amantes
Que sin rubor acariciaban a la noche
No les importa la precipitación
Y yo le respondí que no era importante eso
Sino la ausencia de compañía que desde hace años es puntual
La misma soledad que me ha cortado la luz del cuarto
Mientras ellos siguen allí construyendo una ilusión
Si al menos tuviese una ahora
Bastaría pensar en los recovecos de algún cuerpo
En los meandros de un pensamiento favorable
En las oraciones de una mujer extrañando tus balcones
predicando por tu bienestar
pero no hay tal construcción
ni tal refugio de carmín esperando tu retorno
y entonces me dije que tendría que hablarles como un enfebrecido dictador
que mañana mandará a reprimir a los huelguistas
a los sedicentes
porque estorban y estoy seguro de que ellos han conspirado
para que esta falta de penínsulas y besos
taladre el almanaque y los mensajes que no llegan
porque ninguna boca ha decidido pronunciarme a solas
sin miedo a fragmentar sus cimientos
sus jardínes
los refugios con comida donde ha establecido
una vidente y profunda relación con las nubes
y la materia discursante que atestigua la calle desplomada
el surco del asfalto tragándose las cosas bellas
que algún día podrían levantarse
resplandecer por esa noticia subterránea
y quizá ustedes logren entender desde la honda recepción
en que esperan la llegada de este canto
porque otra vez me será imposible llorar a gusto
a mi modo bárbaro de gemir durante horas
hasta instalarme limítrofe al desierto
o a ustedes
o a la vieja forma de sacar todo el misterio
todo el abandonado malecón que ya no resisto.
R.G.
Polis
Polivalente como ninguna, toda preciada de sí misma, llega la polimara al polígono de la noche. Mientras afinan los hierros unos se entretienen con Apolliniere y su balazos a Lulú, silbando como viejos obuses nadie creería que son tan jóvenes como apolíticos, tan sencillos como un poliedro, tan polillas imantadas por una luz que solo brilla en los túneles del fusilado.
Poliamorosa la polimara hace costumbre y miserere en fervoroso oficio de sangre. Politeísta lanza sus oraciones en todas las direcciones y éstas llegan a las puertas, a las techumbres, a las cocinas, bajo las almohadas, al callejón más oscuro, al santo más perdido llega la oración perdida, como si a través de un poliducto montado con ternura e ingenio la bala nunca pudiera desviarse, nunca abandonara al penitente que espera, desde el cielo, el instantáneo sueño que lo agarra lavando, comiendo, besando, jugando, con la boca abierta o apolillado por la espera -debe decirse-, sin apologías de ningún tipo, solo esperando lo que debe estallar de un momento a otro como lo hace la rosa del patio en la noche, sin aviso, sin testigos, solo roja y silenciosa, lentamente bella e irrevasable.
Cae la noche en el polígono de la noche porque hay diferentes noches en una. Es un edificio de muchos sótanos la noche, atestada de ropa usada que se revende en el segundo que cae el muerto, con sus orificios y manchas, el poliester atravesado, la polichumpa rota, la polibota rasgada, el polivoz lamento del responso que va a cesar apenas reviente el siguiente pasmo que viene uniformado y con el rostro cubierto, la polimara en su dilema de asistir al velorio o seguir disparando a diferentes distancias o a bocajarro, politraumática, poliserena, cosmopolita como en CSI, casi políglota pero no para tanto.
F.E.
lunes, 3 de junio de 2013
Dos tomas
Tengo dos escenas insistentes en mi memoria, ambas de reciente calca mientras atravesaba el centro de esta ciudad. En ambas, lo patético alcanza nuevas cotas, imposibles de obviar.
1- La primera es la de un grupo de estudiantes de secundaria, alumnos y alumnas de esos nuevos colegios privados que saturan los estrechos edificios del centro. Corren arriba y abajo de la acera, por relevos. Uno de ellos desvía y pide a los peatones que por favor se cruce a la otra acera. "Estamos en Educación Física", dice entre molesto y apenado. El joven maestro no se inmuta y hace correr a todos y todas. Tocar la pared y regresar. Regresar y agacharse. Con permiso, por favor, con permiso. Hacer cuclillas y saltar. Saltar y Estirarse. Con permiso, por favor, con permiso. Los que vamos de transeúntes apenas damos crédito a lo que vemos. Tanto es el absurdo de la escena, tanto el abandono y tanta la tosudez del maestro. Los espacios públicos en Tegucigalpa son los que se inventan. No hay el menor interés en crearlos y eso dice mucho de la clase política y su estrechez. El ghetto es real.
2- La segunda escena es justo alrededor del monumento a Morazán. Repetidas una y mil veces las horas, cualquier hecho o presencia convoca a la rueda, ya sea para rodear a un pastor evangélico o para escuchar a un curandero cantante. Esta vez es la copulación de una pareja de perros lo que atrae el morbo y, en el colmo de la lujuria colectiva y el ocio más delirante, poco a poco se ha ido dejando un enorme espacio en limpio donde el centro de ese reloj sexual se concentra un frenético perro callejero en penetrar a su perra elegida. El perro trata y la gente hace como que no mira. El perro arremete y la gente se sonríe de lado. El perro penetra y la gente, lúbrica, lo celebra en la diversión más soez, rodean a los frenéticos animales y nadie se permite cruzar ante ellos para interrumpirlos. Terminan los perros y la ciudad entera es barrida de la historia.
1- La primera es la de un grupo de estudiantes de secundaria, alumnos y alumnas de esos nuevos colegios privados que saturan los estrechos edificios del centro. Corren arriba y abajo de la acera, por relevos. Uno de ellos desvía y pide a los peatones que por favor se cruce a la otra acera. "Estamos en Educación Física", dice entre molesto y apenado. El joven maestro no se inmuta y hace correr a todos y todas. Tocar la pared y regresar. Regresar y agacharse. Con permiso, por favor, con permiso. Hacer cuclillas y saltar. Saltar y Estirarse. Con permiso, por favor, con permiso. Los que vamos de transeúntes apenas damos crédito a lo que vemos. Tanto es el absurdo de la escena, tanto el abandono y tanta la tosudez del maestro. Los espacios públicos en Tegucigalpa son los que se inventan. No hay el menor interés en crearlos y eso dice mucho de la clase política y su estrechez. El ghetto es real.
2- La segunda escena es justo alrededor del monumento a Morazán. Repetidas una y mil veces las horas, cualquier hecho o presencia convoca a la rueda, ya sea para rodear a un pastor evangélico o para escuchar a un curandero cantante. Esta vez es la copulación de una pareja de perros lo que atrae el morbo y, en el colmo de la lujuria colectiva y el ocio más delirante, poco a poco se ha ido dejando un enorme espacio en limpio donde el centro de ese reloj sexual se concentra un frenético perro callejero en penetrar a su perra elegida. El perro trata y la gente hace como que no mira. El perro arremete y la gente se sonríe de lado. El perro penetra y la gente, lúbrica, lo celebra en la diversión más soez, rodean a los frenéticos animales y nadie se permite cruzar ante ellos para interrumpirlos. Terminan los perros y la ciudad entera es barrida de la historia.
sábado, 1 de junio de 2013
Georgia canta con Rodríguez
¿Por qué muere Georgia en Could Mountain, Rodríguez? ¿Has ido al lugar? Nadie huye tanto de las balas para ir a cantar la última nevada en el mismo sitio que se nace, grande y gordo como un muñeco de nieve, sonriente como un santo al que fusilan con todos sus hábitos.
Algunas aves son más inteligentes que los cuervos y no lo cantan a los cuatro vientos.
Son grandes aves monacales, tímidas y sin brújulas.
Cuando estaba ante las fogatas siempre hubo una puerta entre las llamas, y me adentraba en el túnel sin miedo.
Georgia es aquí ¿verdad, Rodríguez?
Todos posamos. Todos damos la serenata, giramos como hurones y luego rasgamos el banjo un par de veces y morimos.
A veces la guerra es para quien menos la busca. Aunque ocultemos el rostro tras un sombrero mágico y aparezcamos de pronto en medio de un campo de trigo, ya sin nieve ni cuervos.
F.E.
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