lunes, 17 de junio de 2019

Evocaciones fronterizas

La siguiente nota es un extracto del trabajo autoetnográfico que llevé a cabo en la clase de Antropología Sociocultural en la Universidad de Puerto Rico. Lo comparto para mantener el hilo de mis indagaciones sobre la transculturalidad que observo en mí mismo a partir de mi residencia en la isla. El tema que define todo el ensayo lo presenté bajo el título "Evocaciones fronterizas: Literatura, Migración y Racialización en Puerto Rico":



Puerto Rico, Historia Oral: Llegué en abril del 2016 a Puerto Rico. Mi acento es lo que más ha intrigado cada vez que hablo. He sido peruano, chileno, ecuatoriano y colombiano a la vez. Cuando no hablo puedo ser cualquiera, pero nunca un puertorriqueño. En una ocasión, en la estación de buses, un señor se intrigó y me preguntó de dónde era, y al saberlo se interesó mucho que le contara sobre Honduras. “Oye -me dijo-, podrías ser un buen locutor por el tono de tu voz… pero pensándolo bien, no creo que te den ese trabajo porque en Puerto Rico no nos gustan los acentos extranjeros en la radio”. Me hizo pensar mucho en cuanto a los espacios humanos y sus sonidos de orientación territoriales, algo que he ahondado con mi colaborador, André Marcel, puertorriqueño de 32 años y nacido en Bayamón. Hablando con él, hicimos una suposición bastante sugerente respecto al por qué yo no podría ser locutor de radio en Puerto Rico: la necesidad normalizada en la isla de una publicidad que invite a poner en duda a la competencia necesita de un tono muy diferente al acento descendente de los centroamericanos. Para animar hay que elevar, así como de manera natural lo hace el acento puertorriqueño[1].

Como la mayoría de gente que conozco en Puerto Rico y que me ha presentado mi esposa (Iris Alejandra Maldonado ha publicado ya un poemario ), André es alguien que estuvo relacionado bastante cerca con el nuevo circuito poético y con el circuito de creación cinematográfica ya que tiene un bachillerato en Cine y audiovisuales por la UPR. Ahora ya no participa de lecturas y está completamente comprometido en su empleo. Tiene un altísimo nivel de cultura general y de conocimientos literarios y musicales, así como de cine, sin embargo, su situación económica es precaria como la de miles de puertorriqueños que se han visto acorralados por la bancarrota colonizadora generalizada y la emigración masiva antes y después de María. Subsiste con empleo tercerizado y ha aprobado para ayuda estatal de vivienda. Hemos tenido largas pláticas tanto sobre su propia racialización (mestiza ) como de la mía.

Dotado de una inmensa curiosidad, casi de orden antropológico, siempre me ha preguntado sobre detalles no comunes sobre cómo es Honduras y en qué nos centramos los escritores hondureños a la hora de abordar la poesía. De esta forma he comprendido que hay una manera poética de territorializar la palabra y hacerla parte de lo que necesita escuchar determinada población en el contexto cultural de su espacio geográfico. Escribir poesía formal en español no garantiza que la población puertorriqueña amante de la poesía ‘’comprenda’’ la poesía de un hondureño que aún no conoce en toda su dimensión la resistencia anticolonial desde el español hablado en Puerto Rico (cadencias[2], recursos, evocaciones, etc). Le he preguntado entonces a André si él considera que hay una expresión defensiva de gueto en esta apreciación, y él me ha respondido que “tendría que conocer un poco más de Centroamérica antes de identificar tu escritura como hondureña’’[3]. Por otra parte, aún proceda de un país (Honduras) con siete lenguas vivas signando su visión nacional (inglés, tol, garínagu, miskito, chortí, pech y español) no hará de mí un escritor cosmopolita en Puerto Rico. Lo sería sí mis evocaciones estuvieran ligadas al poder hegemónico del inglés y, al mismo tiempo, a las respuestas creativas contra-hegemónicas. De esta forma mi estatus será el de un escritor internacional pero no cosmopolita.

André me recalcó algo muy puntual: desde la revelación de la poesía nuyoricán a través de Pedro Pietri, se impuso una cadencia que dentro del circuito literario hizo percibir al slam como la lengua del futuro: la entonación en las lecturas a partir de los nuyorican fue hacia la forma en que suena la poesía oral en inglés (el flow), que no es otra que la raíz hegemónica del sonido, condicionado a la vez por la búsqueda de sorpresa en la toma del escenario, así como el rap lo inauguró en sus acciones de resistencia públicas. A la vez, un lector joven boricua se establecerá desde el filtro escénico del spoken Word y, de manera natural, estará pendiente del encuentro del poeta con su place memory nacional de resistencia. Podré disponer de un capital cultural en Honduras, pero en Puerto Rico, al leer -que no en la distribución del libro impreso-, tendré que conquistarlo bajo el tamiz de slam nuyorican[4]. En resumen: en Puerto Rico se ‘’lee’’ primero el acento y después se descifra la evocación poética, una vez definida mi procedencia, la realidad evocativa local, con todo y sus condicionamientos lingüísticos y de memoria político-cultural, se activa el interés hacia su propia condición respecto a Latinoamérica y las correspondencias con los creadores del ‘’patio local’’, mismxs que, esencialmente, no hablan, ni escriben, ni evocan en el español que yo utilizo.

Esta última apreciación no me agarra por sorpresa ya que mi expresión literaria y también la normalización relacional cotidiana, ha sido una constante prueba de asimilación de espacio y de la otredad. Cuando publiqué mi primer poemario, Sextos de lluvia, el texto fue recibido en Tegucigalpa como una buena expresión rural de transición a la ciudad, y en mi pueblo, cuando se dieron cuenta que había publicado un libro lo consideraron un producto de Tegucigalpa, “la capital de la cultura de Honduras”. Tuvieron que pasar más de cinco años para que mis amigos de infancia aceptaran que había salido de entre ellos un escritor, y que además “salía en los periódicos”. Aún no tuvieran sensibilidad para la poesía o que nunca hubieran leído un libro en su vida, hasta ese momento consideraron que gran parte de su memoria estaba en juego en mis escritos, y desde ahí, me cedieron representatividad.

Al respecto, André me ha preguntado a quién represento ahora que vivo en Puerto Rico, si a la nostalgia, a la patria perdida o a la ganada, a lo que le he respondido con una situación onírica que me ocurre a diario: desde que llegué a Puerto Rico no me ha aparecido aún en sueños una escena con paisaje puertorriqueño, si no que todo sigue siendo una reiteración hondureña. Siguiendo el hilo, le he dicho que estoy escribiendo una serie de prosas poéticas llamadas Las crónicas del Capitán Snorkel, por aquello de que el uso del snorkel solo admite nadar en la superficie del mar, y a él le ha agradado la idea de que la poesía siempre sea el adelanto de un sueño, en este caso, del día en que por primera vez un paisaje puertorriqueño aparezca en mis sueños más profundos. Cuando le he preguntado si cree que un día me podrá considerar puertorriqueño me ha respondido que no, porque él mismo no podría sentirse hondureño[5]. Ante esto, hemos reflexionado sobre cómo el auténtico bloqueo que el imperialismo estadounidense ha diseñado para Puerto Rico y Latinoamérica ha logrado crear zonas culturales del tipo limbo o de desconocimiento mutuo.

Conclusión

En cada encuentro con André Marcel ha ocurrido esta paradoja: él ve en mí un interlocutor mestizo latinoamericano, no a un hondureño, y cuando logra evocar a Honduras desde su música resulta que es el estribillo garínagu (lengua de la etnia negra garífuna) Watanegui consup Luli ruami Wanaga lo que recuerda como “algo hondureño”, pero admite que durante mucho tiempo creyó que esta canción del ritmo punta (Banda Blanca[6], Sopa de Caracol) pertenecía al cantante puertorriqueño Wilkins, quien la popularizó en la isla en versión pop. Cabe resaltar que en Puerto Rico -como me lo dijo André- se creyó que el estribillo significaba What a very good soup y que para él fue toda una sorpresa que la traducción al español del garínagu significara “quiero tomar sopa… la quiero seguir disfrutando. Lo internacional que ha logrado mi identidad hondureña en Puerto Rico, entonces, fue reconocido a través de un juego de manos del mercado de la música y no de la literatura ni del conocimiento étnico de mi país. Por supuesto, ahora que la amistad entre André Marcel y yo se ha consolidado, lo que yo escribo y le transfiero le da dado nuevos significados acerca de la hondureñidad y una mayor curiosidad acerca de la historia política del país, que aún así, admite verlo como un actor de historia marginal.

Al preguntarle sobre una hipotética situación en la que él pudiera tener el poder de decidir qué idioma debería imponer para que Puerto Rico sobreviviera, no dudó en afirmar que impondría el inglés. Gracias a la entrevista que me dio, logré identificar algunos mecanismos hegemónicos de la cultura colonial estadounidense en lo que concierne a la simbolización y comprensión creativa del lxs puertorriqueñxs y, de este modo, asimilar que ya existe un modo muy tenaz de escribir, ‘’hablar’’ y resistir en la literatura de Puerto Rico, muy diferente a la forma en que yo escribo, resisto y abordo la difusa realidad colonial en Honduras. Crear y resistir al poder hegemónico en Puerto Rico es algo que inicia desde las bases del code switching (spanglish-slam); crear y resistir en Honduras concierne a la forma y al canon, lo que significa prolongar la colonia española con todo y sus valores evocativos.
De igual forma, y en el transcurso de toda la investigación, aprendía a reconocerme parte de una Centroamérica de múltiples realidades e hizo que se consolidara aún más mi insistente latencia ancestral semita[7]

Ante mis amigos de escuela -la mayoría mulatos o de directo ascendente indígena- yo era el niño blanquito que viajaba seguido y que pasaba en otros mundos por mi inusual insistencia con los libros. Pasados los años, el traslado hacia una nueva vida en Tegucigalpa inició una constante de idas y venidas que me llevaron a Europa, a Sudamérica y ahora aquí, en Puerto Rico. Mi necesidad de volver a Sabanagrande, mi pueblo, es la mayor constante, aunque sea por breves horas. Una vez que lo hago, me siento más hondureño y dueño de una identidad mestiza asumida con fuertes evocaciones dispóricas judías. Esta identidad, ante los ojos de lxs puertorriqueñxs que me ven sin conocerme, tiene implicaciones de aislamiento en mí, sensación que he aprendido a sobrellevar con mucha paciencia, si se toma en cuenta que en Honduras soy un escritor reconocido cuyo capital cultural es tomado en cuenta en múltiples foros públicos. 

Pero ¿no provoca el constante tránsito de un espacio a otro una personalidad espectral? Esa es la pregunta que ahora, luego de terminar este proyecto, ha surgido con sugerente insistencia. Y debo decir que ya la estoy tomando como una identidad estratégica que me está permitiendo escribir con total desapego, cálculo o visión out the box. Al final de cuentas, el viejo espíritu translocal antillano, está dándome las primeras grandes lecciones, y por qué no, las fronteras móviles que siempre habité sin definiciones ni arraigos de larga duración.

F.E.




[1] La altura relativa dentro del registro natural de la voz es significativa. Por ejemplo, una elevación de altura al final de una emisión puede cambiar totalmente su significado: con un tono descendente se trata de una simple aserción; con un tono ascendente se convierte en una pregunta. (Roger Fowler, 1978, Para comprender el lenguaje-Una introducción a la lingüística, pag. 257, México, Editorial Nueva Imagen)
[2] No es necesario que un poema dependa de su música, pero si es así, esa música ha de ser un deleite al entendido (Ezra Pound, 1918, Ensayos literarios, pag. 23, Madrid, Tajamar Editores 2016)
[3] Las leyes de la vida individual, que se prestan como las más nobles, que son cantadas por la poesía, no son más que una negación de la vida de la humanidad en general. De modo que no parece muy cercano el momento de la reconstrucción de la totalidad; la realidad sigue permaneciendo sin consistencia, el pensamiento es incapaz de reconstruir su solidez y su vínculo (Enrico de Angelis, 1977, Arte e Ideología de la alta burguesía: Mann, Musil, Kafka, Brecht, pag.133, Madrid, Akal Editor)
[4] Los franciscanos y otros religiosos que llegan de España son los primeros que aprenden la lengua de los vencidos y, aún si ese gesto es totalmente interesado (debe servir para propagar mejor la religión cristiana), no por ello deja de estar cargado de sentido: aunque solo fuera para asimilar mejor al otro a uno mismo, uno empieza por asimilarse, por lo menos parcialmente, a él. (Tzvetan Todorov, 2010, La conquista de América, pag.262, México, Grupo Editorial Siglo XXI)
[5] La raza es un concepto colonial que fue inventado para clasificar las diferencias biológicas, sociales y culturales percibidas (desde una terrible interpretación mendeliana). La Declaración sobre la Raza firmada por gran parte de los antropólogos estadounidenses, señala que el concepto Raza fue elevada a ideología colonial -desde teoremas cuasi-religiosos: la inequidad como hecho natural dado por Dios-- y desvirtúa este instrumento de coloniaje con pruebas irrefutables de la auténtica atribución genética (AAA Response to OMB Directive 15: Race and Ethnic Standards for Federal Statistics and Administrative Reporting, 1998)

[6] Banda Blanca popularizó Sopa de Caracol entre los años 1987-1990, convirtiéndose en la primera banda de punta-merengue hondureña más reconocida a nivel mundial.
[7] André Marcel no dudó tampoco en decir que de primera impresión el creería que soy árabe.

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