jueves, 17 de enero de 2013

Carta a Reinaldo Arenas



Reinaldo querido.

La carta anterior a esta te la mandé hace ya casi una década y aún no recibo respuesta. Al escribirla supe que así sería, pues si estás en Cuba el régimen las destruirá o las usara para hacerte bronca política. Si estás en los Estados Unidos es tanto o más difícil dar contigo. Eres el más revolucionario de todos, Reinaldo querido. No hay nadie como tú. Como ya sabes, siempre me anticipo a la jugada. Esa carta que te mandé se publicó en una revista de mis amigos surrealistas chilenos, quienes tenían contacto con Margarita y Jorge Camacho. El texto llegó a sus manos y me agradecieron la misiva y me dijeron que espiritualmente te la harían llegar. Además Jorge tuvo la gentileza de mandar uno de sus dibujos que son preciosos. El hecho de que la carta haya llegado a ellos, que son los que cuidaron tus obras mientras huías de la persecución castrista me da mucha emoción, pues te aman tanto como te amo yo. Además, ellos han velado maravillosamente por tu patrimonio literario y no sé si ya viste pero se han publicado casi todos tus libros en Tusquets. Eres una super star. Yo los tengo todos y varios de mis amigos también los tienen, o gran parte de ellos. No son libros baratos, pero el valor que tienen como tu obra, tu supervivencia y tu vida los hace ridículamente baratos, pues lo que deberían costar es lo que vale una casa, un elefante o una nube. Hace poco me enteré que Lumen sacó tu poesía completa, Infierno se llama. Ya con el sólo título se me erizan los pelos y se me cae la peluca. Haré lo posible por dar con un ejemplar. 

¿Cómo estás de salud? ¿Necesitas algo de acá? ¿Libros, medicamentos, ropa? Lo que requieras tú me dices y nos movemos para que no estés pasando pellejerías. Un escritor como tú, con tu talento y genialidad no puede estar viviendo con hambre, frío ni tristeza alguna, salvo de amor, que son las que nos hacen escribir esos libracos de cientos y cientos de páginas que tanto nos gustan. Somos unas golosas. Tampoco sé si viste la película que hicieron con Antes que anochezca. Te seré sincero, como siempre lo he sido. La comencé a ver con un amigo gringo que no sé qué oscuras, bueno ni tan oscuras, intenciones tenía conmigo. Llegamos a la parte de la cárcel, apagamos la película e hice mi lucha antiimperialista del deseo. Ya no vi el final. Así que no sé en qué termina. 

Te prometo que si puedo la veré todita esta vez, pero sin compañía para que no haya más intervención, ni menos norteamericana. Al gringo no lo volví a ver. Supe que se casó con una amiga bastante insoportable. En fin. La guerra fría no estaba tan fría. Cuéntame si estás escribiendo algo nuevo. Cuéntame cómo van tus amoríos. Tú eres una cazadora innata, una Diana tropical. Mira, han dado por muerto a Castro innumerables veces. La verdad es que nadie sabe si está vivo o muerto o es un zombi o un robot. Estuve en La Habana hace unos años cuando el paisito donde vivo estuvo de invitado de honor en la Feria del Libro. Hablé de ti hasta con las piedras del malecón, las cacatúas de los árboles y las botellas de ron en la playa. Me hicieron callar varias veces, que bajara la voz, que no podía pronunciar tu nombre. Eso me duele, Reinaldo. No es justo que el mejor escritor de tu generación y uno de los más brillantes de Cuba siga estando vetado por su condición de anticastrista, homosexual o lo que se te antoje ser el día de mañana. No me gusta nada eso. Bueno, el tema es que pregunté por tus libros y me repitieron lo que siempre has dicho, que sólo se publicarán cuando Castro esté en el más allá, en el más allá de más allá. A uno de esos funcionarios le dije que se perdían de leer al escritor cubano más genial de las últimas décadas y me respondió que sí te leen, pero a escondidas. No está tan mal. Luego pregunté, por si aún andaban por ahí algunos de los personajes que nombras en las novelas y me dijeron que sí. 

Nos encontramos una noche con uno de ellos. Olvidé el nombre, pero era un señor flaco, ya sin dientes y muy a mal traer. Hablamos de ti con amor, pero en el más absoluto hermetismo pues él decía que siempre lo tenían vigilado. La Habana me dio tristeza. Parecía una ciudad que permaneció sumergida medio siglo bajo el mar y salió luego a flote, llena de óxido, carcomida por la sal y el viento. Estuve una noche en el famoso malecón. Muchos chicos se acercaron a hablarme. Me ofrecían ron y llevarme a fiestas. Eran todos preciosos. Pero no quise irme con nadie. Pensaba en ti, pensaba en los libros, pensaba en el odio de una patria, pensaba en lo violento del intercambio del deseo. Sabes que a veces me pongo un poco beata. Lo peor es que luego me arrepiento. Pues sí, luego me arrepentí. Llegué virgen y me fui virgen de Cuba. Inmaculada y casta. Me traje un montón de libros, muchos, muchos, pero no los que yo más quería, Reinaldo querido, los tuyos. Algún día alguien pedirá perdón y estés donde estés te cagarás de la risa y si yo estoy viva también, nos cagaremos de la risa las dos juntas. Te quiere siempre, tu Celestino austral. 

PD: Le mandaré ejemplares de mis libros a Jorge y Margarita para ver si ellos te los pueden hacer llegar.

Héctor Hernández Montecinos