jueves, 17 de enero de 2013

Carta a Allen Ginsberg

Foto: Avedon


Querido Allen.


No te escribo hace meses y te tengo malas noticias. Lo lamento. No hace mucho murió nuestro amigo peruano Walter Curonisy. Se había ido de Huanchaco con Elvira a Venecia y luego a Marruecos, donde ocurrió el deceso. Es muy triste. No tengo mayores detalles que ese. Sabemos que era un hombre maravilloso. Hermosamente maravilloso. Me mostró los dibujos que le regalaste. Uno de ellos era una especie de monje budista con una doble hache encerrada en un círculo. Me dio mucha emoción. Estuve con ellos en Chile y en Perú. Teníamos en común también la amistad de Gonzalo Rojas, quien murió el 2011. La última vez que estuvimos los tres nos acordamos de ti y de tu venida a Chile el 60. Gonzalo te tenía mucho cariño aunque hizo referencia a tu “helenismo”. Fue gracioso. Todos mueren a nuestro alrededor, Allen. Los amigos, los amantes, los enemigos, los que no nos amaron. Todos mueren y nosotros aún aquí. Enfermos y cansados. Patéticos hasta tal punto que ni la muerte nos quiere. Estos días me he acordado mucho de uno de tus poemas. Uno en que hablas de lo maravilloso que es poder mear y cagar. Incluso poder caminar y más aun dar una bocanada de aire. Hablar, cantar, gritar. Te cuento que la traducción de Aullido para Anagrama que hizo Rodrigo Olavarría, que es mi amigo hace varios años, ha sido un éxito. La he visto en casi todas las bibliotecas públicas y en casa de quienes aún tienen un poco de dignidad. Rodrigo hizo también una traducción de un poema mío muy antiguo que se llama “No a las respetables putas de la belleza” y que se publicó hace poco en una revista gringa. Muchos dicen que es una copia de tu “Aullido”, pero yo creo que no. Yo pienso que pudimos sentir lo mismo en tiempos y lugares diferentes, muy diferentes. En cualquier caso, todos los manifiestos son iguales, como los poemas de amor. Y ciertamente prefiero que seas tú con quien estoy hablando en ese poema, pues de algún modo es la afirmación del amor que siento por ti. El amor de la Tradición Susurrada del que hablabas en una entrevista al “Gay Sunshine”. Esa sucesión de amor que comienza con Whitman y terminó acá con Curonisy. De Walt a Walter. Es muy linda esa coincidencia. Se ha cortado ese susurro nocturno, Allen. Todos se mueren a nuestro alrededor. Todos se mueren sin amor. Me muero sin que nadie me haya amado. No quiero morirme con un prontuario erótico tan ridículo. ¿Sabes algo de Peter? ¿Sigue contigo? Creo que nadie se atreve a amarnos porque somos poetas. O sea, que tienen miedo a que escribamos sobre ellos. El ego de estos machitos. Conocí a un chico el año pasado y nos enamoramos. Nunca pasó nada sexual, pero nos queríamos y necesitábamos. Luego se encontró una chica y me mandó a la mierda. Me dijo que se sentía como Neal con respecto a ti y que debía huir. Estuve muy triste pero luego pensé que no hay peor marica que el que huye de sí. Me dijo que odiaba a su padre en cierto aspecto y luego que creía que su padre era homosexual. Conclusión, odiaba su propia homosexualidad no asumida. Al menos nosotros despertamos y cada mañana vemos los mismos ojos o ellos nos miran y esa mirada frente a frente es un recordatorio para no darle ni un centímetro al capitalismo mental ni al fascismo. Veo a los maricas de ahora y aún no los puedo entender o sentirme parte de su mundo. Me siento excluido por los excluidos. Suena hasta ridículo pero así es. La gente vive atemorizada, aterrada de sí misma. Nadie quiere pensarse, escucharse ni dejarse llevar por sus afectos. Es más fácil que otro piense por ti, escuchar a otro y que ese otro te diga a quien sí y a quien no puedes amar. Extraño a los griegos. Walter era hijo de marinos griegos. Eso explica mucho de su belleza física y mental. Lamento haber sido ave de mal agüero, Allen, pero si yo no te avisaba quizá nunca te hubieses enterado. Hace un par de años una editorial en Detroit iba a publicar un libro mío traducido al inglés. Nunca supe qué pasó con eso. Le escribiré a la editora que es una chilena que vive allá. Bueno, eso explica muchas cosas. De ser que el libro salga te quiero pedir un textito para la contraportada. Un parrafito estaría bien. Es sólo para que tú y yo estemos juntos en esas camas con sábanas blancas que se llaman libros. Esas camas donde deseamos a los que se van al amanecer y que amamos a escondidas entre una página y la otra. Espero que tu salud mejore, y la mía también. Con el mismo amor de mis 19 años cuando te leí por primera vez y me decidí a ser poeta. Con ese mismo amor, siempre.

Héctor Hernández Montecinos