viernes, 6 de abril de 2012

Viernes Santo de 1988, Sabanagrande


Will se había concentrado a conciencia y Pir más que ningún otro de los soldados. Will era Cristo y Pir el centurión, Gayo Casio, a cargo del flagelamiento. Por alguna razón alguien creyó que el peso de la cruz debía ser auténtico para ver el sufrimiento real en Will, aunque éste no lo supiera hasta que sintió que no podía... pero la gente sí que quería.

Para aumentar los problemas de Will estaban cada una de las piedras donde rebotaba la popa de la pesada cruz. Sabanagrande, siempre forrada de piedras, era parte del martirio. Y así comenzó el "cuadro vivo" de la crucifixión de ese año. Las doñitas comenzaron a llorar de inmediato y se cubrían la cara con sus huipiles, rezaban mientras Pir, cada vez más metido en el personaje, le daba latigazos al Cristo surgido de entre nosotros. "Ya no le pegués, mal nacido, ya noo", decía una viejita, pero Pir era inconmovible y Will estaba a punto de estallar colérico.

Llegó el momento de entrada de Simón de Cirene (Jorje) y Will vio que un borrachito gritaba al lado de Pir "Maldito! lo vas a matar... yo cargaré la cruz de mi Señor", y sin más, apartó la mano de Pir y empujó a un lado a Jorge y le dijo a Will: "Mi Cristo, déjeme ayudarle vaya..." y Will en la más feliz improvisación de su vida le dijo "si hombre, aquí está", descargándole en los hombros todas las chimaduras y astillas de la cruz. El borrachito no se inmutó y fue murmurando sus galimatías, en un zigzag apócrifo y estruendoso hasta el Gólgota.
Al pie de la cruz, todo mundo ayudó al Cristo a subir porque se estaba arremolinando la tormenta fija de todo viernes santo y la chicharras ya no se aguantaban. Subió Will entonces, por su propio pie y le amarraron las muñecas. Nada de esta revelación tras bambalinas hizo que la gente perdiera el hilo místico. Las viejitas seguían llorando igual y desde el viejo y cacarachoso megáfono el sacerdote iba marcando el ritmo: "Primera palabra... segunda palabra... tercera palabra..." Al llegar a la séptima palabra Will por fin murió, a lo cual Pir procedió a amarrar en la punta de su lanza una bolsa llena de Sprite que haría las veces del agua que saltaría por un costado de la herida.

Y así fue: fresca y burbujeante la herida fue un surtidor de risas asolapadas que Will miraba desde lo alto con reprobación, moviendo la cabeza y con un ojo entrecerrado. Comenzaron a caer una gotas gordas y pesadas y se hizo la repartición de las ropas con rapidez. Mi tía Tanchito había preparado un cuarto de su casita a modo de cueva, para que lleváramos el cuerpo de Cristo a su reposo previo a la resurrección.
Will pesaba bastante y a cada paso nos tropezábamos, a lo cual Will nos decía: "Cuidadito me dejan caer... cuidadito", pero seguía guardando la compostura de muerto sublime y no descuidaba detalle alguno.
Lo acostamos en el cuartito-cueva, en una cama de petate cubierta con sábanas almidonadas. Yo me quedé junto a Camén (Carlos Manuel Rivera), Damocles, Edwin y Alexis en una esquina del cuarto, discretamente, porque comenzaron a llegar las fieles viejitas, una por una, a dejarle ofrendas y lágrimas al Cristo muerto.

Para nuestra alegría, lo que dejaban a los pies de Will eran jugos de naranja Leyde en envase de cartón, mínimos, bolsas de semitas pelonas, dulces Diana salvadoreños y otras cositas, todas comestibles y oportunas para la hora que era. Afuera comenzó la tormenta, las viejitas tocaron el pie de Will por última vez, se persignaron y salieron aprisa murmurando: "ojalá que la resurrección la hagan en cuadro vivo este año...", sí, quería una segunda parte. Nosotros, apenas salieron, le caímos a la bisutería, glotonamente.

Esa es la imagen que siempre recordaré del Viernes Santo de 1988, una imagen que debí fotografiar de haber tenido una cámara, o pintar de haber tenido la insistencia necesaria en la pintura: Cristo Will rodeado de sus discípulos, ya resucitado, todos hambrientos y riendo con inocencia picaresca a sus pies.

F.E.