miércoles, 18 de enero de 2012

Pistones - Marlon Ochoa, HND


Julio despertó a las 9 de la mañana. Aún no había salido el sol. Abrió su ventana de madera y pudo ver las últimas auroras boreales que se movían como humo entre las nubes. Oyó a lo lejos el sonido del revólver que disparaba con precisa puntería a las estrellas que todavía brillaban. La luna se rindió y un momento más tarde el sol se posó justo al centro del firmamento. Desde hacía varias semanas que al cielo se le habían muerto 7 líneas completas de pixeles y a Julio le extrañaba profundamente que esto no fuera tema de discusión en el telediario del meridiano. Sólo habían pasado 10 minutos cuando ya era la 1 de la tarde.  Abrochó los botones de su overol y saltó de su puerta. 

Mientras caía pudo ver cómo los demás trabajadores que vivían debajo de su contenedor se preparaban para también saltar, vio como los que aún tenían cabello lo cargaban de gelatina o brillantina para no parecer escoba de paja al llegar al camión. Él, como la mayoría, había optado por raparse la cabeza, además que en la cena colectiva no le gustaba figurar entre el mar de trabajadores por su cabello, el cual no favorecía su timidez al ser azul, un color poco frecuente entre trabajadores. Cayó en el camión que lo esperaba debajo de su casa y supo que no era el primero. 

Cayó sobre ese judío alto, de pómulos blancos y sólidos, que vivía 22 pisos debajo de él. Sintió cómo al caer sobre él le enterraba el codo entre las 2 primeras costillas. Al parecer se las había quebrado. Julio, como siempre, se había dislocado el hombro y su brazo rebotaba con una elasticidad de ballestita entre el resto de cuerpos que habían caído atunizados en los segundos anteriores.  No tuvo tiempo de reaccionar cuando unos segundos más tarde caía sobre su cabeza la barriga de su vecino, desnuda, pues no había alcanzado a abrocharse bien el overol; el camión arrancaría dentro de un instante. Cayeron 4 pisos más de hombres y el camión arrancó dejando un rastro de humo insoportable. 

El trayecto era siempre el mismo,el estertor también, sin embargo, cada vez se oían menos quejidos en el vagón de acero. Casi todos habían aprendido a soportar el dolor con un estoicismo poco heroico, sólo cuando la fábrica central había decidido reclutar algún joven y por uno de esos frecuentes errores burocráticos lo colocaban en un contenedor arriba del cuarto piso era que se escuchaba esa extraña melodía que no se podía ubicar entre la muerte de una cucaracha o un tren estrellándose contra un bomba nuclear. Ese día, sin embargo, todo era silencio y si no fuera por alguno que otro hueso reacomodándose hábilmente, Julio hubiera vuelto a creer que se había vuelto sordo, el sonido del escape del camión había sido guardado como se guarda uno un papel doblado en la camisa. Llegaron y sintió cómo los cuerpos de los pisos de encima comenzaban a bajar del camión. 

El aire se tornaba cada vez menos denso y finalmente oyó cómo la barriga apostada encima de su cara comenzaba a despegarse dejando colarse una ráfaga de viento repentino sobre su cuerpo. A pesar de su hombro logró apoyar su mano sobre la cara del judío y de un brinco descendía del camión. Se colocó rápidamente en la fila de su sector, el U-63. Alineadas en el resto del valle se podían ver las filas de los demás sectores. Todavía faltaban 3 minutos para que abrieran las fauces de la fábrica, pasaron como pasa un carro en cualquier autopista interestatal. Luego el reloj marcó las 2 de la tarde. Se comenzó a oír la orquesta industrial de las cadenas que en estricta ceremonia levantaban las compuertas de aquel dantesco complejo. 

Los trabajadores comenzaron a entrar, de uno en uno, mostrando el código binario en su nuca. Julio entró repitiendo aquel ballet fordista. Caminó por el túnel que le correspondía. De los 28 pasillos a la derecha, el de Julio era el último. Llegó al final de aquel amplio claro semi-curvo y entró mecánicamente en el arco con rótulo “Diodos y Transitores”. El resto ya habían comenzado, todavía se veían los cuerpos tambaleantes y resistentes de algunos colegas. Julio seguía sintiendo el dolor en su hombro. Se paró sobre su silla, que estaba en la tercera fila y coloco el nudo alrededor de su cuello. Nunca duraba más de 1 minuto.
Marlon Ochoa
10:08 pm, 23 de noviembre de 2011