jueves, 4 de junio de 2020

Tegucigalpa y la recurrencia - Fotos: Bruno Valladares

Bruno Valladares, amigo doctor de Tegucigalpa, ha tomado estas fotos del centro de Tegus durante la cuarentena. Le he escrito diciéndole que son las mismas imágenes que se repiten y entremezclan cuando sueño. Cuando sueño son estas atmósferas las que se erigen ante mí: la Tegus onírica de siempre. Escribo a continuación lo que estas imágenes me han traído de vuelta o quizá intentaré detallar algo de lo que veo por lo general al cerrar los ojos.


 Aquí fue el giro de la medianoche. Acortamos la llegada a casa en el carro del circo. Siete adentro de la fiesta esa de atravesar Tegucigalpa sin restricciones. Vacía -como siempre a esas horas-, la peatonal fue la risa interminable de haber roto las leyes sin ley de testigo. El carro era perfecto, tan pequeño como nuestros salarios. Quizá hemos sido de los pocos que usamos la vía como autopista.

A la vuelta, subiendo a la izquierda, las manzanas en miel de la navidad, la mayor aglomeración de calcetines de polyester y el laberinto de requinteros más rápidos de Tegus. Pero en esta calle, a dos pasos de la transparencia que no se ve, el Variedades me expulsaba de su paraíso con otras manzanas brillando en mi retina. Una vez subía al edificio a la derecha: ahí trabajó mi madre. Octavo piso Ministerio de Economía y las letras de TAN SAHSA que quedaron colgando como toda la nostalgia hondureña. En la esquina amarilla, la espera de la foto de toda matrícula. Mi rostro debe estar cortado a tijera por ahí, en álbumes Ultracolor o Kodak. En todas salía con un dejo triste o absorto. Alguien, espero, las habrá hecho confeti para piñata barata.

A media calle estaba la barbería de los barberos más serios. Ir allí era como asistir a una preparación de cadáver. Yo era el cadáver siendo acicalado por un silencioso forense especialista en peinados. Pagaba rápido, apenas podía decirle buenas tardes. A unos metros, el lugar de mi primera foto de entusiasmo: con un celular Sony Ericsson creí encontrar en una cortina de metal quemada, la composición y ángulo perfecto para mi nueva mirada de fotógrafo. El edificio entero se había incendiado días antes, pero yo solo miré el color, la textura que contrastaba en el metal. Caminé muy poco por esa calle. Nunca me gustó aún y cuando la mole de Hondutel despuntaba al fondo a la izquierda, con si prometiera ciudad de verdad.



Del Jossy hay mejores cantos que el mío. Fui unas tres veces y no tomaba fotos pero se me quedó su atmósfera verde y roja para ambientar mis recuerdos. Este es un barrio chino de cabo a rabo y no sé cómo un día aprendía a pedir la cuenta en chino y los chinos me quedaron viendo mal para nos traslucir la sorpresa. En El Cantón compré mi primera botella de vino y una vez fui el último de la fila que llegaba hasta ahí. La serpiente venía de dos cuadras abajo, y todos permanecíamos en un silencio de romería aguardando entrar a un santuario. Me entretuve viendo los escaparates con toda su porcelana barata hasta que di con las fotos del mural de ladrones expuestos a la entrada del mini súper. Quedé frío. Eran tantas mostrando pañales y latas de leche. 

La acera que se ve a oscuras fue en su tiempo las ínfulas de modernidad de una ciudad que no cuajó. Era una acera amplia que le daba una amplia bienvenida a los consumidores de Rivera y Compañía. Esta calle tenía su despleigue de glamures: la vieja pizzería Pizza Boom sus espaguetis con pollo (afamados por todas las nostalgias de primeros sueldos invertidos ahí) y, en diagonal, Restaurante Mediterráneo, con mi primer cordero a la griega y mi copa de vino snob. También hubo un "centro turístico'' donde vi bailar parejas al ritmo de Rigo Tobar, en esa cumbia alicaída de sirenitas de oropel. Pero nunca vi a turista alguno. La calle se ponía oscura de pronto, la sangre de los heridos en las aceras se volvía fluorescente y uno tenía que iniciar la ruleta rusa de pedir un taxi que no asaltara.

 Las fauces oscuras de un lobo que se ven al fondo son las de la pomposa Plaza Central. En la esquina naranja un Pollo Campero que tuvo su tiempo de prestigio para invitar a nuestras novias. Frente a él, el edificio que le llaman Jestereo y en el cual, en el cuarto piso, hice mi práctica profesional de Tercero de Comercio. La Procuraduría General de la República. Era tan solemne el nombre y tan aburrida su música ambiental que yo me ponía a ver desde sus ventanales la plaza (la de las fauces oscuras) a la hora en que los practicantes de mi colegio, el Central, comenzaban a agruparse para lucir sus uniformes de práctica, así como yo, flaco gris y blanco con termito clásico al hombro. Un mediodía de 1992, septiembre, vi que todos los burócratas de la oficina se arremolinaban en  torno a una radio y comenzaban a gritar como celebrando un gol. ¿Quién metió gol? pregunté. ¡Muchacho! -me dijo una secretaria con lápiz labial todavía ochentero- ¡ganamos el pleito limítrofe a El Salvador! ¡Ahora tenemos 112,498 km cuadrados!... Regresé a mi escritorio y me dije que iba a extrañar cuando la profesora Magdalena Cruz nos hacía repetir en coro ¡Honduras tiene 112,088 km cuadrados! ¿Por qué no se lo dimos a El Salvador? volví a preguntar. Nadie sabe lo que es un nido de burócratas viéndote con rabia patriótica. Nadie.

 Dos hotelitos viéndose insistentemente. Ninguno de los dos puede invitar al otro a ir a uno de sus cuartos aún hayan pasado por ellos poblaciones completas. Ellos solo pueden verse y desear que quienes entran a sus entrañas sepan honrar su impotencia de edificaciones viejas y austeras.
En la esquina derecha, El Cantón y el inicio del barrio chino de facto. Esa calle debió vestir sus mejores galas cuando supo que iba a ser fotografiada por Bruno, pues nunca la vi tan iluminada. Los adoquines aun se sostienen y se han ido puliendo. Esta es de las pocas calles que aún los mantienen y que hicieron suspirar al poeta sampedrano la primera vez que llegó a Tegucigalpa. Íbamos la tribu completa en la paila de un carro. Dos o tres botellas de ron y el suspiro: siempre quise vivir en una ciudad con adoquines. Al escucharlo todos reímos y dimos un brindis por eso ¡También nosotros! -gritamos.
 Otra calle de barberos y poetas. Los antiguos barberos nunca imaginarían que cortaban el pelo a un lector de poesía y que, sobretodo, en la esquina, en primer plano a la izquierda, un poeta también cortaría pelos y tardes, fígaro posmo y rockero. Dos edificios bellísimos a mitad de calle, el Hotel Boston y su retador con balcón cuarentero, frente a frente. Pasé siempre por esa calle para bañarme de su diseño bello y tener cómo defender a Tegucigalpa cuando me decían que era fea.

En esta esquina veía pasar a Ezequiel Padilla. Sigo llegando a comer donde Víctor, Brenda y Meli. Busco una mesa junto a Esteban y dejo que el carrete de la calle comience a correr para quizá capturar de nuevo el fantasma del tigre. Al fondo estaban los cines Palace y Lido y en la siguente cuadra el Instituto Alfonso Guillén Zelaya donde estuve meses en mi primero de Comercio. El Mónica era un amplificador de bocinas y motores de buses más que una estación, pero de alguna forma daba caché decir que tomabas el bus en el Mónica. Era como una referencia de urbanidad que te ponía en situación de conocedor. No estoy seguro cuántos kilómetros repetí en esa misma cuadra, yendo y viniendo, pero lo que si aseguro es que aparece en mis sueños siempre. Lo extraño es que en mis sueños esa calle está limpia y no tiene las toneladas de basura que ahora la cubren.

"Donde Tom"... "Por El Millón"... "En la esquina del Santa Teresita"... en las fauces del fondo estaba la Imprenta López y fue allí donde nacieron mis poemarios hasta Houdini vuelve a casa... Más allá de la oscuridad está el Finlay y los espectros mellizos de los cines Aries y Tauro. Bajé esa calle saliendo de tandas nocturnas cuando se podía ir al cine de noche. Caminaba con tranquilidad aunque solitario. En los audífonos, una selección de baladas del glam metal o un disco de Enigma para que la calle pareciera amplificar el misterio. The return to innocence. De día, es una de las avenidas que más evito cuando regreso. Me parece insoportable su carga de tráfico y fantasmas.


Y quizá sea esta la calle que más caminé en Tegucigalpa: la que va desde el Barrio Abajo hacia Los Dolores. Inviernos copiosos, frentes fríos, largas filas para el taxi, pollos fritos comidos tras las borracheras con amigos, el girar a la plaza y permitir que la ciudad se abriera como un despliegue de mar, el cableado arañesco y los comedorcitos para desayunar... el dolor terrible en el pecho por ese amor que me desgarraba... y a la vuelta, abajo a la izquierda, comenzaba la subida a la Cerro Grande como entrando a un sueño lleno de los símbolos que recolecté al cruzar Tegus.

1 comentario:

Ara dijo...

Hola Doctor....excelente recopilacion...me hizo recordar mis tiempos de estudiante, del barrio la ronda al Moderno...y cierra con broche de oro....la subida a Cerro Grande, donde actualmente vivo. Hermosos recuerdos Doctor....GRACIAS!!!