miércoles, 28 de agosto de 2019

Álvaro Mata Guillé - Costa Rica





De niño
me preguntaba por la niebla mezclándome en ella,
dejándome ir en el letargo que abrazaba el polvo,
era un tiempo sin tiempo:

lo ajeno, la nostalgia,
yo mismo reapareciendo en la lejanía, en el cerro
que desdibujaba las cuevas de la bruja, en los
brazos de los árboles dirigiéndose hacia las lomas,
diluidos en la bruma,
en el vacío
;

había unas pocas calles
recorridas por el sol y el rumor de algunos fantasmas,
voces de sombras que salían de las casas,
un antes de un antes inmerso en la penumbra,
confundido en el silencio,
al que percibía mientras buscaba (en el cúmulo de cosas,
el polvo, la lluvia, el viento)
cuál era mi rostro,
cuál mi voz
una sombra
;
nací en un lugar sin nombre,
el país de los ausentes decía Jorge Arturo,
el pueblón le llamaba Eunice Odio,
un lugar que no era un lugar decía yo
.




En las noches imaginaba lugares distantes,
veredas,
callejones,
sonidos que pernoctaban en las aceras,
escapando entre los bosques,
un dejarse ir vislumbrando en lo lejano,
un perderse
;

la misma sensación de nostalgia reaparecía
al contemplar el brillor
que parpadeaba en las montañas,
en las casas al lado de la bruma
que encubría los surcos
entre los árboles,
el exilio,
la distancia
;

sumido en la llovizna,
buscaba un algo del algo,
estando allá estaba aquí,
todo era todo:

ajenidad, sueño, 
minutos transformados en lo incierto,
el mutismo que iba al pasado en busca de respuestas,
pero las respuestas no son respuestas,
son ópalos que se pierden sin brillo en el abismo,
diluyéndose como la lluvia en los cerros,
esperando la venida de los muertos,
lo que dicen en nosotros,
mientras llega la niebla
.




Casi al amanecer,
quedando todavía unas estrellas,
con el viento detenido y también la lluvia, 
continuaba deambulando por los barrios
de mi barrio:

reaparecía el desierto,
unos cerros dormidos,
el murmullo de cantos que apenas escuchaba,
ritos caminando hacia el vacío
;

el allá era el aquí,
iba y venía era el otro:

la sombra, la niebla, lo ausente,
el pasado regresando a la lejanía,
el todo en el todo, 
la sombra, la niebla,
lo ausente
.



El mutismo se sumergía en la indiferencia,
pasaban las cosas sin pasar:

un pájaro, una nube,
el sol de nuevo entre las calles envejeciendo,
un perro arrastrando las cadenas,
un grito, un pájaro,
una nube
,

perseguía el crepúsculo,
buscaba un fantasma,
la extrañeza,  
el origen del origen en el polvo
pero nada había
.




(Del capítulo: Una laguna muerta)




<<Yo estoy convencido de ser un fragmento de sol,
pero educado como un fragmento sin sol>>,
nos decía Antidio en su Campo Nublo,
cuando empujaba la luna intentando podarla
hasta la esencia:

era una luciérnaga redonda,
una pelota de belleza,
nos decía
. 

A finales de un mes de octubre,
cuando los muertos se preparan
para regresar de Mictlán,
donde habían ido en busca de la casa del Sol,
atravesando cuevas entre cerros y montes,
persiguiendo estrellas de granito, allá,
en aquel lugar, 
donde los niños se cuelgan de los árboles
amamantándose como hojas,
mecidos por las nubes entre flores
;

cuando los viejos junto a los niños,
regresaban a conversar con parientes y conocidos,
departiendo en los altares,
al lado de las tumbas
marcadas con una cruz en la vereda,
cuando en los cementerios,
junto a la bruma que espejeaba en calles
y poblados,
partió Antidio Cabal iniciando así el mutar
entre olvido y recuerdo
;

abandonaba la incompletud y el ente,
detenía lo incierto que empaña lo otro,
reuniéndose con lo que no se conoce
desde lo provisional,
desde la temporalidad que termina
y se evapora
;

cuando las almas
como luces que parpadean,
de viejos y niños abandonaban el crepúsculo,
Antidio se internó en el campo nublo,
deponía sus partes temporales,
dejando el conflicto entre razón y sinrazón
en busca,
como lo había hecho siempre,
del exilio a otro exilio,
llevándose la esencia a un lugar sin lugar
y sin esencia,
ajeno a la normalidad, a los entornos,
para mudar carne y sangre en ceniza,
los conceptos en viento,
en ensueño,
en sombra
;


cuando los altares se sumían en olores
y el fragor del incienso
teñía las flores amarillas
entre dulces, pan de muerto,
rostros convertidos en calacas,
y Mictlán,
el jardín de humo de Tlaltecuhtli,
habitaba por unas horas entre nosotros,
nos llegó la noticia de su muerte,
llegaba como llega noviembre,
con más lluvia,
más bruma,
más frío
.



(Del capítulo: Memorias)





Al regresar,
después de haberme ido con viento
y nubes detenidas,
inmerso todavía en lo lejano,
envuelto en el rumor de las campanas,
me encontré con algunas voces que aún
pregonaban en los cuartos,
con el clamor de las sombras junto al polvo,
entre libros cubiertos de mugre y ceniza, 
algunos recuerdos entre los bocetos
de los escritos,
algunas hojas carcomidas por el tiempo
en los escombros,
por lo ausente,
por el vacío
;

me adentré,
en aquella casa de la que había salido en un día
temprano aventurándome,
escondido en la penumbra hacia los cerros,
sin saber quién era, qué hacía ahí,
cuál era mi rostro, cuál mi voz, 
palpando las paredes,
los pasillos,
sintiendo los tablones flojos en el piso
;

quedaban algunos cuadros,
algunos muebles,
los tallos de flores secas en los vasos
y la cama sola en el cuarto,
el crucifijo,
las velas desgastadas,
los estantes,
los libros quemados
;

la casa no era mi casa,
era un lugar sin lugar,
sin nombre
;

un rato después salí al patio,
miré sin mirar los árboles
confundidos en la hojarasca,
a lo lejos,
en la planicie,
mientras llegaba la lluvia,
mientras bañaban la ceniza
y la nieve era perseguida por el viento
y el ruido del granizo,
;

era un día como cualquier otro,
un día en el que me sentía más solo,
en una tarde como cualquier otra, 
sumido en la bruma
.


Noches después
de dialogar con voces y sombras,
con la nieve, el viento,
     el mutismo de la hojarasca
regresé a las calles entre los cerros
                    todavía adormecidos,
caminé por lugares que no recordaba,
por las sombras en las lomas en los bosques,
por las planicies que cubrían el desierto,
en la espesura
en la lejanía
;

en los caminos,
había algunos fantasmas que corrían detrás de los perros,
los pájaros mudos entraban
y salían de las casas entre las sombras,
volvía a los árboles, a las hojas de ceniza,
al cementerio
;

era un pueblo que no era un pueblo,
teñido por el polvo
;
entre las losas
busqué sin buscar un destello,
me perdí en los reflejos,
en un algo que presentía el horizonte,
pero los cerros oscurecían detrás de las nubes, 
anocheciendo,
huyendo
;

volví sin llegar,
iba y venía sin irme,
no estaba,
era el humo, era yo,
era un sol, un astro,
una ostra,
el otro lado de sí,
era el otro:

los pájaros mudos,
la sombra, la hojarasca,
el desierto en la planicie oscurecido por la ceniza,
por el polvo,
los fantasmas entre las nubes
detrás de la niebla
persiguiendo el fulgor
.



Ir y venir es una ilusión,
otro espejismo
.




(Capítulo: En un país sin nombre)

*Todos los textos pertenecen al libro: Un país sin nombre.




Álvaro Mata Guillé
Escritor, ensayista, director teatral. 


Como escritor

        Invitado frecuente de festivales literarios, como de poesía o ferias del libro, en países como México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Argentina, España, donde ha realizado talleres literarios, charlas y conferencias.
        Ha publicado en diversos periódicos y revistas del mundo.
        Columnista de crítica cultural en la revista Libros y letras, de Bogotá, Colombia.
        Director de Poesía en tránsito-Corredor cultural, que integra festivales de México, Costa Rica, Argentina, El Salvador, Guatemala, España, coordinando además los encuentros en Costa Rica, México y España. Director de Aire en el agua editores (Costa Rica) y del cuerpo editorial de la Revista Contra el tedio.
        Director general del proyecto literario En el lugar de los escudos (en el Estado de México), buscando renovar los vínculos sociales desde la literatura.

Libros publicados:
Un libro sin nombre, antología, Editorial La Chifurnia, El Salvador; Una serpiente sin alas, editorial Babilonia, Bogotá, Colombia (2019) Un país sin nombre, editorial Ponciano Arriaga, México (2018); Más allá de la bruma, Editorial Abismos, Ciudad de México (2017); La niebla y lo ausente, antología, Colectivo Editor Latinoamericano, Argentina (2015); Separata. Breve Antología, Secretaría de Cultura, México (2010); Debajo del Viento, 2°edición, Editorial Ciudad Gótica, Rosario, Argentina (2010); Intemperies, Editorial Aldus, México D.F. (2015); Debajo del Viento, 1° edición, Ediciones Libri Amicis, Caracas, Venezuela (2015); Escenas de una tarde, 1° y 2° edición Costa Rica (2014 y 2015), Escenas de una tarde, 1° edición, Bahía, Brasil.


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