jueves, 9 de julio de 2015

Livio Ramírez - Honduras


Cuando Livio regresó de México ya se habían adelantado las palabras del poeta mexicano Marco Antonio Campos para que le recibiéramos -la nueva horneada- con la curiosidad a flor de piel: "Livio fue quizá el poeta más lúcido de mi generación que conocí en aquellos años. Eran notables su capacidad de exposición y de síntesis... al revisar Arde como fiera vuelvo a sentir, hermanos, una violencia verbal, tensa como un cable cruzado sobre el abismo... una impetuosidad salvajemente controlada". Porque cuando comenzamos a acercarnos a él era como si hubiera regresado por esos días, y el descubrimiento paulatino con el que nos íbamos asombrando nos daba la sensación de que no podíamos fallar a la hora de abordar el verso.

Sentados en la clínica donde acompañábamos en su pre-parto a Nelly, la madre de Elías, primogénito del poeta Heber Sorto (genealogía biblíca necesaria para esa noche de tumbos y redirecciones), leímos poesía justo en la sala de visitas, en aquella noche de Comayagüela similar al día en que nació Esteban, mi heredero de asombros. El nerviosismo dio paso a los poemas de Livio, y él nos hablaba con la alegría de haber encontrado una nueva bandada de gavilanes metálicos, dispuestos a picotear la cívica nacionalidad de quejas y pesadumbres. A partir de entonces, verlo llegar es cosa no común pero sí de entrañable celebración. Nunca ha dejado Livio de mantener su piedra inflamable al frente de las razones más humanas, nunca se ha permitido, con nosotros, el silencio del que resguarda un tesoro inalcanzable. Entre mi generación su libro Arde como fiera es un tantra antes de quemar la página en blanco, y nos revisamos muchas veces en él, y dejamos que sus ecos asistan al parto de nuestros primogénitos para que estos sean lo que en verdad esperábamos.


Palabra

no me traiciones
no te me rompas a mitad de vuelo
prefiero que me enseñes
la forma de matarte
si no me das el hijo que yo quiero.


Qué importa

esta cara de mártir barato
la inútil personal
cabrona muerte
huyo de mi posible santidad
quemo el templo
que mi propio dolor construye
corro sobre mis huesos
hasta llegar aquí
donde el dolor de todos
arde como fiera
como mar brutalmente humano


Muerdo mi propia sangre

diariamente
cada instante
pregunto a mis verdades
me escucho
con profunda desconfianza
toco a muerte
el íntimo tambor
a ver si no se rompe
con mi nombre
llamo traidor al ojo
si no llega al subsuelo de la imagen
practico la acrobacia del yo mismo
en el fondo la vida es cuestión de saltos mortales


Tengo ahora

nostalgia de yo mismo
y me quedo sin tiempo
en niño antiguo
y de verdad el pájaro es el pájaro
y un caballo de amor
el aire tiene
son las tres de la tarde
está lloviendo
mi padre habla del mar
siento los peces
mil novecientos livio
y era entonces
un cielo mío
vivo
ciertamente


Invierno:

Tren de tristeza atravesando la tristeza


Ruinas.

Bajo un cerrado mar de alas quebradas,
con un inmenso peso
atado al cuerpo,
yace ese amor.

Ruinas. Amargas ruinas:
destrucciones
que duele ver.
Vencidas,
arrasadas nuestras huellas.

Únicamente en pie,
sobreviviendo:
el árbol del que caen cicatrices.


Molina: aniversario del poeta.

Puntuales    solemnísimos
Posan ante su tumba
Los implacables enemigos de la poesía.


Década.

La poesía contigo
La poesía conmigo
La poesía mostrándote
Su brújula salvaje
La poesía abrazándote
La poesía diciendo
Con su espejo de fuego
Mírate
No traiciones la luz
Que te fue dada
No se apaguen tus manos


Es tarde.

El amanecer se aproxima
como un jaguar.
Los obreros comienzan
a levantar el día.
A estas horas
la soledad acaricia mi cabeza.
Su mano es áspera,
aunque percibo
algo muy parecido a la piedad,
pero mi ojo es materia en combustión:
llama.
Dardo que fluye.
Hoguera casi triste.


¿Y el lenguaje vivísimo que no puede
Escribirse?

¿Y todas las palabras que se niegan a ser
sólo palabras?
¿Y la canción total?
Sueño con páginas
realmente viscerales,
sueño escribir un libro huracanado,
algo como un zarpazo.
Sueño con un canto de actos
que no me necesite
y salga al mundo,
y viva
igual que un gavilán de ojos metálicos.


Escribo:

No sé si hago una autopsia
o giro en la borrasca de un gran autorretrato
o combato en un óleo de todos o de nadie.
Sueño activamente
como una piedra que se incendia de júbilo
a pleno mediodía.
En mis manos dan saltos las imágenes.
La realidad del mundo es mi realidad,
pero no consigo escribir
mi profunda verdad animal,
la tempestad que arrecia aquí en mis sienes.

Infancia.

En el acribillado jardín
los árboles definitivamente callan
las estatuas me miran desde otra realidad
ni el eco de tu nombre te responde:
oh invisible violencia que te arrasa


Livio Ramírez, Tegucigalpa, 1943. Premio Nacional de Literatura -2002. Poeta, ensayista, catedrático e investigador universitario. Sus poemarios: Sangre y estrella, Arde como fiera, Descendientes del fuego, Personajes y otros poemas y Columna que fluye. Fue miembro del Taller Universitario de la UNAM, en 1968, dirigido por Juan Bañuelos. Fundó en 1971 el Primer Taller Universitario de Poesía en la UNAH, Premio Internacional de Poesía Platero, en Ginebra, Suiza-1980, Premio Nacional de Literatura-2000, Premio Nacional de Letras, UNAH- 2002.