jueves, 8 de enero de 2015

La fuerza esa que es metáfora en los débiles - F.E.



Pocas veces había visto tal fuerza. El hombre llegó a cambiarme unas celosías y se marchó con el mueble de unas 400 libras en su espalda.

Yo había regresado a casa luego de un periplo alucinante -separación, viajes, canto, amor, odios, estrecheces-; apenas tenía unas cuantas horas de mudanza y junto a mi primo José Luis pude sacar el antiguo mueble que compré con mi primer sueldo allá por 1997. "Debo iniciar de cero el año", me dije, y comencé a evaluar el cómo estaba ese espacio de reseteo. "Comencemos por dejar vacía la sala". El enorme mueble ya estaba bajo el sol cuando el reparador de celosías llegó y se lo ofrecí. Sin chistar me agradeció, hizo su trabajo, me fui a tomar agua y cuando volví la vista el hombre ya no estaba y sólo quedaba mi primo viendo hacia arriba del bloque. "¡Se lo llevó en su espalda!" me dijo el primo. No lo podía creer. Ese mueble era para unos cuatro hombres y el amigo, llamado Carlos, vivía a unos dos kilómetros en dirección a la Villa Franca. Sólo alcancé a ver aquella masa móvil e imposible tomando la calle principal de la colonia y perdiéndose a prisa sin tomar aliento ni pedir ayuda a nadie.

Inmediatamente recordé el relato que, de su niñez a finales del siglo XIX, Froylán Turcios hace en su "Memoria y Apuntes de Viaje" y caí en cuenta que con Carlos había tenido el privilegio de darle rostro y contextura a aquel hombre que, según Turcios, por 100 pesos cargó tres tocadores por casi 80 leguas (1 legua aprox. 4 kilómetros), desde el puerto de Trujillo hasta Juticalpa. Primero cargaba uno a cierta distancia y luego regresaba por los otros, así, sucesivamente hasta llegar a destino. El hombre en cuestión -un indígena fibroso y macilento a la vez, como es Carlos- creyó que los pesados "tocadores" de caoba que cargó eran algo así como pianos y pidió, con respeto, poder escucharlos antes de irse. Con mucho tacto lo desengañaron de ello y él se disculpó por su ignorancia y se fue a morir, dos semanas después, por el tremendo esfuerzo realizado, en medio de vómitos de sangre que no pudieron detener. ¿Qué música quería escuchar de "los tocadores"?, me pregunto ¿Qué tonada escuchó de ellos cuando iba destruyéndose por dentro con 100 pesos en la bolsa?

Vi en los ojos de Carlos mucha determinación pero también cansancio. Imagino entonces, que cuando él cargaba ese mueble vio descanso en casa, se vio arreglándolo y disfrutándolo en familia, no sé, quizá pensaba en venderlo y sacar algo extra para la comida. También hice una nueva valoración de la memoria de Turcios en cuanto al pensamiento de la época ¿cómo pudieron permitirle a ese pobre hombre tal reto? Las condiciones de aquella sociedad de patrones semi-amos, muy posiblemente tenían caracterizado a los porteadores como se calcula la fuerza de una bestia de carga, pero más allá de ello, siento que les pareció una oportunidad única el comprobar si era real la proverbial fuerza indígena en detrimento de cualquier consideración humana. La posibilidad de una demostración sobre-humana, entonces, venció los vestigios de ética de quien Froylán asegura que fue un hombre noble cargado de un sentido de compasión y, también, de derroche infinito: su padre. Porque también se puede derrochar para apostar la vida de otros, no hay que dudarlo.

En mi caso, me queda la tranquilidad de haber recibido hoy, de nuevo, los servicios de Carlos contándome lo que ahora ya es anécdota para él y su famila, entre risas y muestras de una pequeña laceración en su nuca. Lo vi íntegro físicamente, alegre, trancero y feliz. Me preguntó si tenía otro mueble "por ahí" y dentro de mí, surgió un leve demonio interior que hubiese querido comprobar si sería capaz de repetir la proeza de nuevo.

Un viejo poema, de mi tercer poemario, Solares (2004) bien puede servir de corolario a este relato y, con pena, pienso que tuve que habérselo escrito a Carlos:

Los escombros del alma.

El grafito del cielo
boceta un mundo de hombres en ruinas,
atlas cotidianos que apenas soportan
la tristeza de un pájaro
esculpido en los hombros.

¿Adónde van con su yeso y acero,
con la herida jungla,
con la boca espanto del coliseo?

Déjame, ciudad,
una plaza intacta de sueño,
un costillar de tiempo,
el plomo esternón que hunde
los ojos a ras de suelo.
Déjame, ciudad de sombra,
al menos
una muralla vena
un vestigio
la ruta que me lleve a descubrir
bajo tierra y agua
las manías,
las columnas del hombre
los escombros del alma.

F.E.

3 comentarios:

Lucy Cristina Chau dijo...

Lo que para uno es un peso, para otro es un alivio.

Marce Av dijo...

Me dejaste pensativa con una sensación extraña. Cuando descubra la sensación que estoy tratando de definir te la compartiré. Eres Único y me capturas con tus palabras.

Fabricio Estrada dijo...

Salud, Marce y Lucy, hay muchas historias que pasan ante nosotrxs a diario con todo y su peso indefinible.