jueves, 29 de enero de 2015

Chat entre Herman Melville y Joseph Conrad



Hace ya algunos años que escribí otro chat: el que ocurre en mi imaginación entre Ray Bradbury y Arthur C. Clark http://fabricioestrada.blogspot.com/2008/03/messenger-entre-ray-bradbury-arthur-c.html. Una forma de homenaje surgió esa vez a dos de mis autores de ciencia ficción preferidos (que por cierto terminé publicando como anexo en Blancas pirahnas-2011) y, por muchísimo tiempo, intenté recrearlo con Herman Melville y Joseph Conrad quienes con su Moby Dick y El corazón de las tinieblas me regresan una y otra vez a las primeras sensaciones avasalladoras que tuve cuando empecé a leer. Vuelvo a hacerlo, entonces, y de nuevo esa diversión tan snob y propia como la pueden tener aquellxs que aprenden on line el lenguaje élfico de Tolkien. Aquí tienen entonces, ya veré con quiénes continúo.

Conrad: Oye Herman, ¿estás despierto?

Melville: No podía dormir, qué bueno que escribes, no quería acostarme y encontrarme en ese puerto inseguro que siempre me da el sueño.

Conrad: Sí, ya somos dos. Desde hace mucho que sólo veo el mar al cerrar los ojos.

Melville: La vez pasada me dijiste que mirabas una jungla y un río tenebroso.

Conrad: Sí, también. Y tambores lejanos. Oye ¿cómo es que decides embarcarte? ¿Te dan las ganas y ya?

Melville: mmm, interesante. Ahora que lo preguntas sucede que cuando me encuentro con el ceño fruncido y empiezo a detenerme ante los escaparates de las funerarias

Melville: cuando la hipocondría me inspira un irresistible deseo de aplastar el sombrero

Conrad: y también a alguien, me imagino

Melville: pues ¡también! El sombrero y a quien lo use, el asunto es que en ese momento siento que ha llegado la hora de lanzarme al mar… me embarco sin ruido ni alboroto.

Conrad: Mira, no sé si lo tuyo es cansancio o ansiedad, la mente del hombre es capaz de todo, pero hay una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo.

Conrad: Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… hay algo más profundo en el mar, el mar que es una multitud demoníaca.

Melville: Tienes razón, tras conocer al Capitán Ahab no puedo seguir explicando el mar así. Parecía un hombre a quien se hubiera retirado del suplicio de la hoguera, cuando ya las llamas hubieran prendido en sus miembros sin consumirlos ni quitarles su firmeza.

Conrad: Mucho mejor

Melville: Sí, de entre sus cabellos grises se veía salir una cicatriz de un blanco lívido

Conrad: Su ballena blanca era una cicatriz en el mar como en Kurtz “sus planes inmensos” lo condujeron al horror.

Melville: Terrible, Joseph. No me contaste cómo te llama a ti el mar ¿por algo en especial me lo has preguntado?

Conrad: El mar es un mapa extendido para mí, lleno de espacios en blanco. En ellos están las tinieblas y siento que debo explorarlos. Entonces empiezo a buscar un barco, pero el último que abordé me llevó a un río, una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar.

Melville: ahhh, entonces es el río el que te ha intrigado.

Conrad: El río que terminó siendo Kurtz. En mi caso el mar me condujo a un río, de ahí me viene preguntarte. Como el universo el mar también tiene sus paradojas.

Melville: Sí, mira el caso de Ahab con Moby Dick. Una venganza superior termina destruyendo a quien la levanta como palo mayor en un barco de débiles cuadernas. El perseguir y arponear a un fantasma no debe ser considerada faena humana. Persigues a la ballena y resulta que es tu pavor.

Conrad: Nadie es humano una vez que sobrepasa los límites de cierta jungla que todos llevamos dentro, Herman. Kurtz, por ejemplo, lo sabía y eso sedujo a su alma forajida hasta más allá de los límites de las aspiraciones lícitas.

Herman: ¿Pudiste verlo a los ojos?

Conrad: Cuando lo vi por última vez (la última vez que miras a alguien es más significativo que la primera) intenté romper el hechizo, el denso y mudo hechizo de la selva que, en sus ojos, parecía atraerme hacia su seno despiadado y que despertaban en mí olvidados y brutales instintos, recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas.

Melville: ¿El horror?

Conrad: Siii, ¡el horror! ¡el horror! ¡el horror!

Melville: ¿Te puedo hacer una pregunta, Joseph? ¿Prometes no dejarme esperando al día siguiente como la vez pasada que te pregunté sobre el Nostromo?

Conrad: Adelante, lo prometo. Pero eso sí, que quede claro: ni Costaguana ni Sulaco quedan en Honduras. Parodié a Panamá.

Melville: Bueno… Joseph ¿Aún tienes fe en la humanidad, tú cuya alma no ha conocido represiones, ni fe, ni miedo?

Conrad:

Conrad:

Conrad: Lo humano siempre levanta cabeza, Herman, el mar puede estar cubierto por una densa faja de nubes negras, puede ir directamente conducido hacia el mismo corazón de las tinieblas y siempre querrá encontrar motivación por la justicia, que al final de cuentas, es su vocación por lo siniestro. Sí, tengo esa fe extraña. ¿y tú?

Melville: En algo coincidimos, Joseph: el barco de la humanidad se podrá hundir pero como Satanás, no querrá hundirse en los infiernos sin llevarse consigo un pedazo de cielo. Toda gaviota que pase querrá posarse en su mástil y terminará enredada en el hundimiento.

Conrad: ¡Vaya! ¡Eres más pesimista que yo!

Melville: Naaa, el gran sudario del mar seguirá ondeando, como lo hace desde el principio de la creación. Si se salva el mar se salvará algo de la insondable belleza que la humanidad ha deseado para sí siempre.

Conrad: ¡Cierto! Era del mar de lo que hablábamos.

Melville: Sí, el mar es la pregunta.

Conrad: Bueno, Herman, se ha hecho tarde. El próximo barco debería embarcarnos a ambos.

Melville: ¿el del sueño, dices?

Conrad: ¡El mismo! Pero sin ballenas rencorosas de por medio ni oscuros tambores.

Melville: Buenas noches, Joseph.


Conrad: Feliz pesca, Herman.